domingo, 25 de diciembre de 2022
Navidad en las afueras
A veces, en nuestras conversaciones sobre la Navidad, da la sensación de que solo las personas y familias felices pueden celebrarla y hacer fiesta. ¿Quién no ha dicho o escuchado alguna vez: No tengo ganas de celebrar la Navidad, ha muerto mi padre, he perdido el trabajo, mi hija está desanimada…?
Sin embargo, Jesús nació en Belén y sigue naciendo cada día en nosotros para que todos, en especial quienes sufren o sufrimos, podamos experimentar la cercanía de Dios, la “nueva vida” que nos ofrece en su Hijo Jesucristo. No fue por un azar de la historia que María tuviera que parir a su hijo en un establo de las afueras de Belén, como tampoco fue por casualidad que Jesús muriera en una cruz fuera de Jerusalén. Además, durante los tres cortos años de su predicación por Palestina, Jesús mostró un afecto especial hacia quienes sobrevivían en “las afueras” de la sociedad excluyente de su tiempo: habló en público con las mujeres, tocó a los enfermos para curarlos, dedicó tiempo a los niños, brindó su amistad a las prostitutas, a los pecadores e incluso a los odiados recaudadores.
Por eso, si tú, que estás leyendo esta carta, estás sufriendo en estos días navideños, te digo: Dios nace especialmente para ti, quiere compartir tus dificultades y regalarte su amor; quiere sembrar esperanza en tu vida. Me permito recomendarte que te acerques a Él en el silencio de la oración; deja que María ponga al Niño en tus manos y, al tocar su pequeñez, abrirá los ojos de tu alma para que percibas, a través de tantas personas buenas que te rodean, el amor que Dios te tiene.
Y si te sientes feliz, acompañado, con suficientes recursos y sin grandes preocupaciones, me atrevo a decirte: no te encierres en tu propio bienestar. Contempla reposadamente el nacimiento del Niño Dios y verás que la Navidad te impulsa a acercarte a los pequeños, a dar esperanza a los que sufren y ternura a quienes encuentres en tu camino. Piensa en las personas de tu familia, de tu pueblo, de tu país o del mundo entero que necesitan tu solidaridad y acércate a ellas para compartir gratis lo que has recibido gratis.
Cáritas nos está recordando en estos días que «Solo el amor lo ilumina todo» y nos hace una invitación muy directa: «Sé Navidad, sé luz para los demás». Ante el desastre de las guerras, el drama de la migración que desarraiga y llena de incertidumbre la vida de tantas personas; ante la falta de empleo y de vivienda, los problemas de salud mental y la soledad, dejemos que el amor de Dios nos ayude a superar los miedos, prejuicios y desconfianzas, de modo que puedan emerger, desde nuestro verdadero ser, la solidaridad y la generosidad que nos habitan.
Acerquémonos a las afueras, donde nació y sigue naciendo el Niño Dios. ¡Feliz Navidad!
domingo, 18 de diciembre de 2022
Un silencio habitado
En el retiro de Adviento de Confer y Acción Católica, tres mujeres nos ayudaron a profundizar en el corazón de la Madre de Jesús y en nuestro propio corazón. Con la intención de animarnos a vivir esta última semana del Adviento, comparto algunos pensamientos que ellas transmitieron.
María vivía en Nazaret, un pueblo pequeño de Galilea con mala fama, donde la vida no era fácil. El silencio habitaba su corazón desde que nació, porque la cultura de aquella tierra discriminaba a las mujeres desde el nacimiento: la llegada al mundo de un varón se celebraba con alegría y si nacía una niña sólo había silencio. En su juventud, el silencio de María no estaba hueco, sino poblado de esperanza. Como la gente creyente de su tiempo, esperaba la llegada del Mesías.
Aquel silencio hizo posible su encuentro con Dios, que anhelaba acercarse a la humanidad y había decidido tomar carne humana en las entrañas de una mujer. Cuando un mensajero de Dios le dijo que ella iba a ser la madre del Mesías, quedó sorprendida y desconcertada: ¿cómo podía ser aquello, si no había conocido varón? Pero no perdió la lucidez; el silencio hizo posible el diálogo y, con el diálogo, la disponibilidad, que le llevó a exclamar, consciente y confiada: «Hágase en mí según tu palabra».
El silencio abrió su corazón a la alabanza a Dios, que bendice a los pequeños y confunde a los poderosos, sacia a los que tienen hambre y despide vacíos a los que acaparan, y extiende su amor y misericordia de generación en generación. La alabanza no la alejó de sus vecinos y parientes, sino que potenció su mirada generosa, para descubrir el apuro de su prima Isabel, que esperaba un hijo en su vejez, o el bochorno de unos novios, que se estaban quedando sin vino el día de sus bodas, o las necesidades de tantos otros que cada día recurrimos a ella.
Al contemplar el corazón de María, nos podemos preguntar: ¿cultivamos el silencio o estamos atrapados por la cultura de la dis-persión y la dis-tracción?, ¿esperamos en el amor de Dios o confiamos más en otros dioses, como el poder, el dinero, la apariencia o la fama?, ¿intuimos la presencia alentadora de Dios, en lo más íntimo de nuestra alma y en tantas personas, cuyos nombres tenemos grabados en el corazón: quienes nos engendraron y educaron, nos enseñaron a rezar y a vivir, nos socorrieron o nos pidieron ayuda y compartieron con nosotros diversiones y trabajos, gozos y tristezas?, ¿nos encerramos o permanecemos abiertos a Dios y a nuestros prójimos?
Dios también te llama por tu nombre y confía en ti, como confió en María. Aunque no comprendamos algunas cosas, ábrele tu vida y dile como ella: «Hágase en mí según tu palabra». Verás cómo Dios, a través de ti, derrama su ternura y su paz en nuestro mundo.
domingo, 4 de diciembre de 2022
"Discapacidades" que enriquecen
A fuerza de ensalzar la juventud, la belleza y la fuerza, corremos el riesgo de hacer invisibles y relegar a las personas con discapacidad. A pesar de que están lejos los tiempos en los que se las escondía en sus casas o en determinadas instituciones, sin permitirles participar en la vida social, todavía hay camino por andar, tanto en la sociedad como en la comunidad cristiana. El papa Francisco nos ha recordado que en la vida de la Iglesia, «la peor discriminación es la falta de atención espiritual, que a veces se ha manifestado en la negación del acceso a los sacramentos».
Ante el Día internacional de las personas con discapacidad, que celebramos este sábado 3 de diciembre, me siento llamado a animar a todas las comunidades de nuestra Diócesis a vivir con más intensidad lo que somos: una Iglesia sinodal, inclusiva y accesible. Esto nos obliga a esforzarnos para aceptar a cada persona como es, reconociendo su manera de ser y eliminando las barreras que le impidan acceder y participar en las diversas actividades parroquiales y diocesanas. Todo hombre y mujer, sea cual sea su discapacidad, tiene derecho a enriquecerse con la vida de la Iglesia y, a su vez, puede enriquecer a la comunidad desde sus circunstancias, que les permiten ver el mundo y vivir la fe con una perspectiva distinta, que nos enriquece a todos.
Esto no son solo bellas palabras. Hace treinta años conocí a una persona con una enfermedad degenerativa grave, que gracias a Dios, los médicos han podido ir controlando hasta hoy. En poco tiempo, se quedó casi ciego y con una movilidad muy reducida. Al principio el sufrimiento fue terrible, en su cuerpo y en su alma; pero poco a poco, con la cercanía de la familia y el apoyo de la fe, descubrió que tenía mucho que aprender y mucho que aportar, especialmente a quienes sufrían enfermedades semejantes a la suya.
Conoció y participó en la FRATER (Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad), un movimiento cristiano presente en nuestra Diócesis. Fue fundada en 1942, por un sacerdote enfermo, Henry François, en la ciudad francesa de Verdun. Desde su experiencia de enfermedad y su trabajo como capellán de hospital, se dio cuenta de lo importante que era reunir a personas con enfermedad y discapacidad, para que, fundamentando su vida en la amistad y la fraternidad evangélica, se animaran mutuamente a desarrollar sus potencialidades sociales y eclesiales. Por ello, animo a todas las personas interesadas a conocer la FRATER. Les podrá ayudar a crecer en espiritualidad, solidaridad y espíritu misionero.
También os animo a todos, hermanos y hermanas, especialmente a los pastores, a acoger y dar protagonismo a los enfermos y personas con discapacidad. No hay vida que no sea valiosa, aunque experimente limitaciones más o menos severas.
Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.
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