domingo, 29 de mayo de 2022
Comunicar en tiempos de ruido
Siempre me han llamado la atención las cartas cruzadas entre San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. Ignacio estaba en Europa y Javier había partido para un Oriente, entonces mucho más lejano que ahora. Ambos jesuitas eran buenos amigos y vivían con pasión sus respectivas misiones, con pesadas cruces que soportar y profundas alegrías que compartir. ¡Tenían tanto que decirse! pero sólo podían comunicarse a través de una carta garabateada en un trozo de papel, que tardaría meses en llegar, si llegaba a su destino.
Ahora disponemos de unos medios de comunicación inimaginables en el siglo XVI, pero muchas veces tenemos poco que contar. Cuando paseamos por las redes sociales encontramos alguna perla, sin duda alguna; pero nos topamos con demasiados mensajes sin sustancia y con ataques absurdos que no soportan medio minuto de reflexión. Por ello, en esta Jornada Mundial para las Comunicaciones Sociales, quiero recordar tres pasos que pueden favorecer una comunicación auténtica, en los medios y en la vida cotidiana.
El primero es la cercanía. Frente a tanta información fabricada en oficinas y a las opiniones que no se molestan en conocer la realidad, el Papa Francisco nos alentó a “desgastar las suelas de los zapatos”, para aproximarnos a los acontecimientos y a las personas que los protagonizan. Sólo así podremos “relatar la verdad de la vida que se hace historia”, mostrando tanto los fenómenos sociales más graves como las energías positivas que emanan de las bases de la sociedad (Mensaje para las Comunicaciones Sociales 2021).
El segundo paso es la escucha con los oídos del corazón. En su mensaje para esta Jornada de las Comunicaciones Sociales, el Santo Padre constata el hecho de que «estamos perdiendo la capacidad de escuchar a quien tenemos delante, sea en la trama normal de las relaciones cotidianas, sea en los debates sobre los temas más importantes de la vida civil… Existe realmente una sordera interior peor que la sordera física. La escucha, en efecto, no tiene que ver solamente con el sentido del oído, sino con toda la persona. La verdadera sede de la escucha es el corazón».
El tercer paso es el silencio, destacado por el sabio Papa Benedicto XVI: «Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a primera vista parecen desconectadas entre sí, a valorar y analizar los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido» (Mensaje para las Comunicaciones Sociales 2012).
Os animo a todos, hermanas y hermanos, especialmente a quienes os dedicáis a la noble profesión del periodismo, a favorecer una comunicación fiel a la realidad, enriquecida con la escucha y reflexionada en el silencio. Recibid un cordial saludo en el Señor.
domingo, 22 de mayo de 2022
Enfermos que curan
Recuerdo mi visita, en el hospital, a una enferma muy querida para mí. Me contó su estado de ánimo, sus miedos, sus esperanzas, su modo de orar en la enfermedad… No he olvidado aquella conversación ni la extraña envidia que sentí, al darme cuenta de que ella, a pesar de sus limitaciones y graves problemas de salud, estaba aprovechando y disfrutando la vida más que yo.
No sé si fui capaz de animarla, pero estoy seguro de que aquel encuentro fue realmente sanador para mí. Me ayudó a caer en la cuenta de lo poco que valoro y agradezco la salud, la posibilidad de moverme, de trabajar, de encontrarme con amigos… Me hizo entender que es posible aprender a confiar, a compartir y amar en todas las situaciones de la vida, por complejas y dolorosas que sean. Y, sobre todo, me sirvió para conocer mejor a Dios, que siempre está a nuestro lado, también cuando nos resulta difícil percibirlo, ofreciéndonos su mano para rescatarnos de la soledad y de la desesperanza.
El encuentro con los enfermos, especialmente cuando padecen patologías graves y prolongadas, es doloroso. Sin embargo, en esta sociedad que muestra tan escasa tolerancia al dolor y a la frustración, hay que reivindicar el poder sanador y humanizador que tiene la cercanía de las personas enfermas.
Por ello, me atrevo a deciros una palabra de esperanza, con motivo de la Pascua del enfermo, en primer lugar a vosotros, enfermas y enfermos; para que no os encerréis a solas con vuestro dolor y os atreváis a compartir vuestros miedos, preocupaciones y anhelos, con Dios y también con la familia, con los amigos de confianza, con los sacerdotes y los agentes de pastoral de la salud. Aunque podáis sentiros una carga, no dudéis de que aportáis mucho a vuestras familias y a las personas que os rodean.
También desearía dirigirme a quienes tenéis miedo a la enfermedad y os resulta difícil visitar a los enfermos, o a quienes buscáis ansiosamente en un fármaco el alivio de cualquier sufrimiento físico o psicológico. Tratad de acercaros a quienes sufren, para experimentar su fuerza sanadora, y tened en cuenta que el dolor y la enfermedad no sólo nos hablan del final de la existencia, sino que también pueden abrirnos la puerta a una vida más humana, más esperanzada y más confiada en el amor de Dios.
Quiero, además, dar gracias a Dios por todo el personal sanitario y por los que ejercéis de buenos samaritanos con los enfermos, en las familias, los hospitales y las residencias. Aunque en muchas ocasiones os podáis sentir impotentes, sabed que hacéis mucho bien con vuestra cercanía y con vuestro acompañamiento respetuoso y cordial. Y dejaos cuidar, para que podáis vivir con dedicación y cariño ese “ministerio de consolación” que ejercéis con los hermanos enfermos.
A todos, hermanas y hermanos, os saludo muy cordialmente en el Señor.
domingo, 15 de mayo de 2022
Cosechar lo que otros sembraron
En mis visitas a las parroquias y pueblos de esta Diócesis, me encuentro con muchísimas personas buenas, generosas, religiosas, humildes, capaces de grandes sacrificios por amor. Cuando puedo conocerlas un poco, compruebo que no son así por casualidad, sino porque hubo quien sembró en ellas la semilla de la fe, de la honradez y de muchos otros valores, que Dios ha hecho fructificar. Entonces, experimento la alegría de cosechar lo que otros sembraron y doy gracias a Dios de corazón.
Estas experiencias me reafirman en la convicción de que somos lo que somos gracias a la buena gente que nos ha precedido: generaciones de hombres y mujeres que, con las limitaciones propias de lo humano, empeñaron su vida en sembrar lo mejor de sí mismas en sus hijos y nietos.
Cuando caemos en la cuenta de esta realidad, nos alejamos tanto del orgullo como de la desesperanza. Si el orgullo nos hace pensar que las cosas buenas que hacemos se deben exclusivamente a nuestro esfuerzo, la vida y la Palabra nos recuerdan: «¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué viene tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? » (1 Cor 4, 7). Y cuando no nos faltan motivos para la desesperanza, la presencia de tantas personas buenas es un signo elocuente del amor de Dios, que nos acompaña y sostiene continuamente, tal como Jesús nos prometió: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
También nosotros hemos de sembrar semillas de fe, de ternura, de esfuerzo, de solidaridad en la familia, en la comunidad cristiana y en las personas con las que convivimos, para que no se rompa la cadena de bondad que hace posible la vida humana en la tierra, sabiendo que otros cosecharán lo que ahora nosotros sembramos. Hemos de sembrar con realismo y paciencia, pues hasta que el grano de trigo no se pudre en el corazón de la tierra, no brota la espiga. Sembremos con esperanza, ya que la muerte y resurrección del Señor Jesús, en quien creemos, nos convencen de que el amor siempre es fecundo y, como ha dicho el papa Francisco, «tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida» (Evangelii Gaudium, 279).
Os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.
domingo, 8 de mayo de 2022
Romerías
Hay quienes dicen que la religiosidad popular se centra más en el sufrimiento de la pasión que en la alegría de la resurrección. Es evidente que la escenografía de nuestras procesiones de Semana Santa sigue los “pasos” que llevaron a Jesús a su dolorosa muerte. También es cierto que los seres humanos somos proclives a conmovernos con los que sufren más que a empatizar con los que se sienten felices. El dolor suscita compasión, mientras que el éxito provoca envidia en no pocas ocasiones.
No obstante, la religiosidad popular también se manifiesta en las romerías, que, en nuestra tierra aragonesa, suelen coincidir con el tiempo pascual. Tanto las procesiones de Semana Santa como las romerías de Pascua han arraigado profundamente en la vida de los pueblos. De hecho, atraen a muchos jóvenes y adultos que habitualmente no celebran la fe cada domingo en su parroquia.
Hemos de reconocer y promover los muchos valores que dan fuerza a estas manifestaciones de religiosidad popular. En las romerías, salimos de la comodidad de nuestras casas, para avanzar juntos hacia la ermita, que se convierte en el símbolo de una meta espiritual. La Santísima Virgen y los Santos son los acompañantes y guías de nuestro caminar. Disfrutamos de la creación, que resucita cada primavera. Nos sentimos miembros de una misma comunidad, aunque pertenezcamos a familias y pueblos diversos. Se fomenta la convivencia y la participación de todos… En este ambiente humano y espiritual, la Eucaristía tiene un lugar ideal de celebración, llega a ser el centro de la romería y se prolonga en la mesa compartida, puesto que la Comunión eucarística reclama siempre comunión de vida.
Pido al Espíritu del Señor que nos ilumine, para que seamos capaces de aprovechar las posibilidades que las romerías nos ofrecen para humanizar nuestras vidas y acercarnos más al Evangelio de Jesús. Que Él inspire en todos nosotros el deseo y el acierto para corregir las desviaciones que puedan darse en las romerías y, al mismo tiempo, sepamos introducir algunos elementos que a veces están ausentes, como la preparación espiritual previa y la solidaridad con los pobres. De este modo, quienes participamos en ellas nos daremos cuenta con más claridad de las raíces de lo que hacemos y festejamos, raíces que pueden convertirse en fuente de inspiración y de fuerza en el trabajo y la convivencia de cada día; también podremos disfrutar de una experiencia hermosa de Iglesia, que peregrina unida al encuentro con Cristo Resucitado, camino, verdad y vida.
¡Feliz Pascua, hermanas y hermanos! Cristo Resucitado también te espera en esa ermita tan querida para ti. Él caminará a tu lado y lo reconocerás en la fracción del pan, como los discípulos que marchaban hacia Emaús.
María, te acompaña, para que puedas encontrarte con su Hijo y gozar, con ella y como ella, de su vida resucitada y resucitadora. Amén.
domingo, 1 de mayo de 2022
Trabajo y dignidad
Aunque este año en el 1 de mayo celebramos el III Domingo de Pascua y la memoria de San José Obrero queda litúrgicamente en segundo plano, no podemos ignorar, ni como cristianos ni como ciudadanos, el impacto social del Día Internacional de los Trabajadores, así como sus justas reivindicaciones.
No todas las personas son tratadas con respeto ni disfrutan de condiciones dignas de trabajo. Muchas ni tan siquiera pueden contar con un empleo estable y seguro con el que ganar el sustento diario. También hay quienes, obsesionados con su trabajo, desatienden a sus familias y ponen en riesgo su salud, o trabajan únicamente pensando en ganar cada día más, para mejorar su estatus de vida y de consumo. Y, gracias a Dios, conocemos a hombres y mujeres que trabajan responsablemente y además dedican parte de su tiempo en favor del bien común y de los desfavorecidos.
Ante estas y otras realidades que presenta el mundo del trabajo, me ha parecido oportuno subrayar algunos principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia, con el fin de que podamos situarnos evangélicamente en este ámbito, esencial para el desarrollo de la persona, la familia y la sociedad.
Recordemos, en primer lugar, que el trabajo humano continúa la tarea creadora de Dios; es una vocación recibida de Dios al concluir la creación del universo. Por ello, el trabajo nos hace semejantes a Dios, porque con el trabajo somos capaces de crear.
El trabajo es, además, un deber social. Somos herederos del trabajo realizado por generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido y somos artífices del futuro de quienes vivirán después de nosotros.
Por ello, el acceso a un trabajo digno es un derecho que la sociedad y sus gobernantes deben procurar a todos los ciudadanos, particularmente a los jóvenes. “Es difícil tener dignidad sin trabajar… Trabajo quiere decir llevar el pan a casa, trabajo quiere decir amar” (Francisco, 22/9/2013).
Apostar por un trabajo digno supone rechazar las tendencias materialistas y economicistas, que reducen a las personas a meros instrumentos o a piezas del engranaje de la producción, y unir nuestras voces a la del papa Francisco cuando denuncia la trata de personas, la esclavitud laboral que sufren los niños en muchos países y las condiciones de trabajo indignas en las que se debaten tantos seres humanos, sobre todo inmigrantes.
Finalmente, quisiera señalar que la Doctrina Social de la Iglesia advierte que no se debe ceder a la tentación de idolatrar el trabajo, porque el sentido último y definitivo de la vida humana está en Dios, fuente de vida, y no en el trabajo.
En este Día Internacional de los Trabajadores, uno mi oración y compromiso con el vuestro y el de tantos hombres y mujeres que se esfuerzan para conseguir que el trabajo humano recupere su dignidad para todas las personas, en nuestra tierra y más allá de nuestras fronteras.
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