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domingo, 9 de junio de 2024

La liturgia, mucho más que ceremonias


Retomamos las cartas dedicadas a los principales documentos del Concilio Vaticano II. Me refiero hoy a la constitución “Sacrosanctum Concilium”, con la que la Iglesia se propuso «proveer a la reforma y fomento de la liturgia» a fin de «acrecentar entre los fieles la vida cristiana, adaptarla a las necesidades de nuestro tiempo, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia» (SC 1).

El 5 de diciembre de 1963 el papa Pablo VI promulgó esta constitución “una cum patribus”, es decir, en unión con los padres conciliares, conforme a la novedosa y preciosa fórmula en la que ya apuntaba la doctrina sobre la colegialidad episcopal, conforme a la renovada eclesiología católica. La profunda renovación de la liturgia impulsada por esta constitución abrió una oportunidad a las culturas no occidentales para celebrar el único misterio cristiano. Durante el debate previo, muchos padres conciliares habían insistido en que la reforma litúrgica no podía separarse de la renovación catequética y moral, de la participación del laicado en la liturgia y de la adaptación de su estructura y lenguaje al sentir del pueblo cristiano.

Estos aspectos, que ahora parecen irrelevantes, porque en gran medida están conseguidos, supusieron un vuelco substancial en la vida de los cristianos, al pasar de unas celebraciones en latín a la lengua con la que habitualmente nos comunicamos, y de unos ritos barrocos y de difícil comprensión a unos signos sacramentales que manifiestan con sencillez el misterio cristiano, pues no en vano esta constitución proclama que «en la liturgia Dios habla a su pueblo y Cristo sigue anunciando el Evangelio; y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración» (SC 33). En consecuencia, recuerda a los pastores que velen para que «los fieles participen en ella de forma consciente, activa y fructuosa», pues «toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (SC 7) y, si es cierto que no constituye la única acción de la Iglesia, no puede olvidarse que «es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10).

Transcurridos sesenta años desde su promulgación, tal vez ha llegado el momento de revisar y actualizar las celebraciones según la actual sensibilidad de jóvenes y adultos, tal como se ha puesto de manifiesto en el proceso sinodal, siguiendo los principios señalados por el Concilio y la reciente Carta apostólica “Desiderio desideravi” del papa Francisco, sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 4 de febrero de 2024

Como un hombre habla con su amigo


Continuamos nuestro recorrido por los principales documentos del Concilio Vaticano II. Hoy abordamos la constitución sobre la Divina Revelación. Se la conoce por sus palabras iniciales: Dei Verbum (la Palabra de Dios).

La constitución explica cómo Dios habló muchas veces y de diversas maneras a la Humanidad. Esta comunicación divina tuvo su punto culminante en Jesucristo. Al hacerse humano y vivir entre nosotros, nos reveló los secretos de Dios, ya que «nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).

Frente a las ideas equivocadas de Dios que los seres humanos fabricamos a lo largo de los siglos, Dios mismo ha querido revelarse a sí mismo y darnos a conocer el camino de nuestra salvación, «movido por su gran amor», para recibirnos en su compañía, invitarnos a la comunicación con Él y hacernos partícipes de la vida divina. Esta revelación «se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí», de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman las palabras, y las palabras esclarecen el misterio contenido en las obras (cf. DV 2).

Con esta constitución, el Concilio explicó que la Palabra de Dios fue confiada a los apóstoles y que a partir de ellos nos llega por dos corrientes: la Escritura y la Tradición. Ambas tienen una misma fuente y se complementan. El Magisterio, por su parte, no está por encima de la Palabra de Dios, sino que la sirve, la anuncia e la interpreta auténticamente. Así aclaró la polémica originada con la reforma protestante.

La Dei Verbum enseña también que la Sagrada Escritura ha sido inspirada por el Espíritu Santo y, para comprenderla, hay que leerla «con el mismo Espíritu con que se escribió» (DV 12), atendiendo a los “géneros literarios” y a la cultura del tiempo en el que fueron narrados los hechos bíblicos.

Recomienda, además, la lectura asidua de la Sagrada Escritura, «porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo», como afirmó San Jerónimo, e invita a acercarse con gusto a los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, a través de la escucha atenta de las lecturas, en las celebraciones litúrgicas, y de la lectura orante o “lectio divina” de la Palabra de Dios, que os animo a practicar como se viene haciendo en muchas parroquias.

Hermanas y hermanos, termino esta carta con una llamada a revisar nuestra actitud, espiritual y corporal, cuando se proclama la Palabra de Dios en la liturgia y en los encuentros de oración. Seamos conscientes de que es Dios quien, a través de su Palabra proclamada, nos habla “como un hombre habla con su amigo” (Ex 33, 11).

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 26 de noviembre de 2023

Iglesia, ¿qué dices de ti misma?


Cuatro días antes de terminar la primera de las cuatro sesiones que tuvo el Concilio, el cardenal de Malinas-Bruselas, Leo Jozef Suenens, lanzó a la asamblea conciliar la pregunta: «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?». Esta pregunta estuvo presente en los posteriores debates conciliares y cuajó en la primera de las constituciones dogmáticas del Concilio, cuyas palabras identificativas, en latín, son: “Lumen gentium”: «por ser Cristo luz de las gentes…». Sin embargo, el Concilio, en la respuesta a esta pregunta sobre su identidad, no empezó hablando de sí misma, sino de Cristo, luz de los hombres y mujeres que habitamos esta tierra. Sólo después se identificó a sí misma como “sacramento” de Cristo o «señal e instrumento» de lo que Cristo aporta a la humanidad, «señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano (LG 1)».

El Concilio, a lo largo de todos sus debates y documentos, manifestó dos convicciones fundamentales. Primera: por gracia, todos somos “hijos de Dios” ?la filiación? y segunda: que estamos llamados a construir un mundo de hermanos ?la fraternidad?. En esto se condensa la tarea o misión que Jesucristo ha querido encomendar a este nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia: «anunciar el Reino de Cristo y de Dios y establecerlo en medio de todas las gentes», observando fielmente los «preceptos de caridad, de humildad y abnegación» de su Fundador, siendo ya «el germen y el principio de este reino» (LG 5).

Todas las demás consideraciones, que el Concilio desgrana en esta constitución, dependen de esa declaración de principios sobre la identidad de la Iglesia. No soy capaz de resumir su riqueza espiritual, pero, al menos, debo enumerar sus grandes afirmaciones. Los dos primeros capítulos hablan del misterio de la Iglesia, primero en su dimensión trascendente como Iglesia que nace de la Trinidad, y luego en su forma histórica de pueblo de Dios en esta tierra, que le hace ser una «realidad compleja». Los dos siguientes describen los “estados de vida” en la Iglesia: pastores, laicos cristianos y miembros de la vida consagrada. Los capítulos quinto y sexto plantean su misión santificadora, común a todos los miembros del pueblo de Dios. Los dos últimos asocian el desarrollo escatológico de la Iglesia con la figura de la Virgen María y su participación en el misterio de Cristo: ella es modelo del ideal cristiano y de la Iglesia ya consumada.

No penséis que es una lectura aburrida o difícil. Esta constitución, leída con la luz del Espíritu Santo y, cuando sea necesario, con la ayuda de los sacerdotes de vuestras parroquias, os hará gustar el gozo de pertenecer al pueblo de Dios, que peregrina en estas tierras de Teruel y Albarracín.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 19 de noviembre de 2023

Redescubrir el Concilio



Al cumplirse sesenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, el papa Francisco nos invita a redescubrir su riqueza. Impulsado por esta invitación, deseo proponeros en mis próximas cartas dominicales unas breves reflexiones sobre los cuatro pilares básicos del Concilio: las tres constituciones dogmáticas “Lumen Gentium”, “Dei Verbum”, “Sacrosanctum Concilim” y la constitución pastoral “Gaudium et spes”. Quisiera reflexionar con vosotros sobre la importancia decisiva de este Concilio para nuestra Iglesia y animaros a conocerlo mejor.

Hoy, a modo de introducción, recuerdo el discurso de san Juan XXIII, en la Solemne apertura del Concilio Vaticano II. Aquel jueves 11 de octubre de 1962, resonaron las palabras emocionadas del Pontífice, invitando a toda la Iglesia a alegrarse, «porque, gracias a un regalo singular de la Providencia Divina, ha alboreado ya el día tan deseado en que el Concilio Ecuménico Vaticano II se inaugura solemnemente aquí, junto al sepulcro de San Pedro, bajo la protección de la Virgen Santísima».

Frente a los detractores, que veían con gran temor la convocatoria del Concilio, y de quienes pretendían romper con la Tradición de la Iglesia, el Santo Padre, explicó sus intenciones: «el gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea».

Estas palabras de Juan XXIII son como una llave que nos permite acceder a los tesoros del Concilio. De igual modo, el papa Benedicto XVI, en su discurso del 22 de diciembre de 2005, invitó a toda la Iglesia a comprender los textos conciliares en clave de reforma: «de la renovación dentro de la continuidad». Así deberíamos leer también los documentos del Sínodo de los obispos, en fidelidad a la Tradición de la Iglesia y abiertos a la eterna novedad del Espíritu (cf. Jn 16,13). En aquel tiempo y en el nuestro, el camino de la Iglesia es siempre la fidelidad y el dinamismo. No cabe ruptura ni inmovilismo.

Finalmente, quisiera subrayar algunas actitudes que San Juan XXIII destaca en su discurso de apertura. Ante los errores, «la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad». Frente al pesimismo de los «profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos», el papa proclama: «la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados». Ante las discordias, «debe promoverse la unidad de la familia cristiana y humana»

Reavivemos, queridos hermanos y hermanas, estas actitudes de fidelidad y renovación, de misericordia, esperanza y unidad. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...