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domingo, 16 de febrero de 2025

Defender la fe


En este mundo tan crispado y polarizado, hay quienes se consideran legitimados para burlarse gratuitamente de los símbolos cristianos, con el aplauso de alguna gente. Ante estas provocaciones, otros sienten la obligación de “defender la fe”, pero utilizan insultos y descalifican a los que no se pronuncian con su misma contundencia. Unos y otros, aunque están en trincheras opuestas, se asemejan más de lo que parece, ya que legitiman la violencia verbal y el ataque personal.

Ante estas acciones y reacciones, los cristianos hemos de hacer un esfuerzo para defender la fe no de cualquier manera, sino al estilo de Jesús. Recordemos que Él proclamó: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos» (cf. Mt 5,43-45).

Jesús nos pide que recemos por quienes nos persiguen. La oración, aunque a veces pueda parecer inútil, es el medio más eficaz para purificar nuestras intenciones, para actuar y hablar movidos por el amor y no por la rabia (cf. Mt 5,22). Sólo así seremos capaces de vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21) y de transparentar el amor del Padre celestial que ama a todas las personas.

El encuentro con el Señor nos permite defender la fe con la humildad de quien se sabe pecador, sin despreciar a los que no comparten nuestro credo (cf. Lc 18,9-14). La oración nos ayuda a discernir cuándo tenemos que responder con argumentos y cuándo es mejor reaccionar con el silencio, siguiendo el ejemplo de Jesús, que no siempre respondió con palabras a algunas acusaciones (Cf. Lc 23,9; Jn 19,9).

En la oración caemos en la cuenta de que defender los signos más sagrados de nuestra fe pasa necesariamente por la solidaridad con las personas que sufren cualquier tipo de violencia, injusticia o abuso; pues «si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (San Juan Crisóstomo).

La oración nos ayuda a distinguir cuando somos atacados por ser fieles a la verdad y al Evangelio y cuando lo somos por nuestros errores. Y, por último, la relación con Dios nos anima a sentirnos dichosos cuando nos insulten, nos persigan y nos calumnien de cualquier modo por causa de Jesús, porque tenemos ocasión para dar testimonio del amor de Dios y nuestra recompensa será grande en el cielo (cf. Mt 5,11-12; Lc 21,13).

Aunque este camino pueda parecer poco eficaz, el Evangelio siempre es el medio más seguro para defender la fe en el Dios del Amor, manifestado en Cristo muerto y resucitado. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 17 de noviembre de 2024

Los pobres y las parroquias


“A los pobres los tendréis siempre con vosotros” (Mc 14, 7). Así lo dijo el Señor y el papa Benedicto XVI nos lo recordó, en su encíclica “Deus charitas est”, al escribir: «El amor (caritas) siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. (…) Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo» (n. 28). También en nuestros pequeños pueblos, donde pensamos que todos tienen al menos lo necesario, hay pobrezas que hacen sufrir.

Esta advertencia no puede dejarnos indiferentes a quienes seguimos a Cristo. Él tuvo entrañas de misericordia ante los hambrientos, enfermos, desesperados, extraviados, descartados… y les ofreció pan, salud, esperanza, orientación, amor, en una palabra. Nosotros, sus discípulos, hemos sido enviados para continuar su tarea aquí y ahora, tanto personal como comunitariamente.

Por eso, el papa Benedicto afirmó que «practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a la esencia de la Iglesia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. Ella no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra» (DCE 22). De modo que, sin el ejercicio de la caridad, no hay comunidad cristiana.

Por ello, toda parroquia, tanto si es pequeña como si tiene muchos feligreses y está situada en un lugar donde el nivel de vida es más alto, debe preguntarse si es una verdadera comunidad samaritana para con las personas que sufren. No es suficiente que Cáritas diocesana u otras entidades atiendan a los pobres; es necesaria también la implicación de cada parroquia. Nos jugamos en ello nuestra fidelidad a Cristo.

Si en alguna parroquia no puede lograrse un grupo de Cáritas, nuestro Plan Pastoral prevé la creación de equipos de Cáritas en la unidad pastoral o en el arciprestazgo, «para que animen la caridad y promuevan el voluntariado». También podría asumir las funciones del grupo de Cáritas el Consejo de Pastoral o algún miembro de la comunidad, de modo que los mayores y enfermos sean acompañados, quienes vienen de lejos sean acogidos y los que tienen problemas económicos sean socorridos.

Pido al Señor que esta sensibilidad crezca cada día más en el corazón de todos los bautizados –pastores y laicos– y se plasme en iniciativas concretas.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 17 de diciembre de 2023

Somos Navidad, Amor y Esperanza


Gracias a Dios, la Navidad despierta buenos deseos, motiva buenas acciones e impulsa compromisos continuados en muchas personas. Valoremos cada gesto sencillo de ayuda y de ternura, ya que puede hacer mucho bien y, además, refuerza la cadena de solidaridad que debe unirnos a todos.

En estas fechas, Cáritas nos lanza un mensaje muy personal: “en esta Navidad tú tienes mucho que ver”. Aunque nos consideremos pequeños, insignificantes e incluso pecadores, tenemos mucho que ver con la Navidad, pues será Navidad en la medida en que cada uno nos dejemos contagiar por la ternura de Dios hecho un bebé indefenso, reclinado sobre unas brazadas de hierba. Será Navidad en la medida en que logremos mirar y sonreír con amor a quienes están a nuestro lado, sobre todo cuando sufren. Así encenderemos las luces más necesarias, las luces de la esperanza. Cáritas nos anima a “no dejarnos cegar por las luces de la apariencia y de la superficialidad” y nos propone tres actitudes que debemos adoptar para que brille la luz de la solidaridad:

La primera: “Enfoca la mirada y abre el corazón. Ponte las gafas adecuadas para corregir tu forma de mirar y de situarte ante lo que está pasando alrededor”. Apartemos definitivamente la indiferencia, que nos impide ver las injusticias y el sufrimiento; aparquemos el pesimismo, que paraliza y entristece; desterremos los intereses creados, que nunca muestran lo que podemos aportar; arrojemos el escudo de la falsa modestia con el que nos defendemos de la llamada a poner aunque sólo sea un granito de arena para la solución de los problemas.

La segunda: “Contempla el mundo con los ojos de Dios. Es la mirada nueva de Jesús al mundo desde la bondad y la ternura de Dios la que hace ver nuestra humanidad frágil y quebradiza, necesitada de ser sostenida”. Dios nos mira de cerca y con cariño; valora cada gesto de amor; se fija más en lo bueno que hacemos que en nuestros errores… Que su mirada transforme la nuestra.

La tercera: “Convierte la mirada en acción. Todas las personas tenemos mucho que ver en las oportunidades que otras pueden tener. Lo que tú hagas o dejes de hacer, lo que puedas aportar puede dar vida, aliviar la soledad, sanar el alma, hacer que otros y otras sientan que la vida brota nueva en ellas”. Dios ha puesto en nuestras manos un poder curativo, que se multiplica cuando lo utilizamos en favor del prójimo.

Queridos hermanos y hermanas, aprovechemos la oportunidad de ser Navidad, Amor y Esperanza. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 2 de abril de 2023

Una semana para enamorarnos


Aunque estamos en Teruel, no pienso ahora en Isabel de Segura y Diego de Marcilla, sino en otro enamoramiento, del que podemos ser protagonistas, aunque la peripecia de Diego e Isabel pueda servir de referencia. Lo cierto es que nuestras vidas cambian profundamente cuando nos enamoramos de verdad: nuestra manera de pensar, nuestros sentimientos y deseos, hasta la mirada y el cuerpo se transforman cuando nos enamoramos, ya que el amor despierta y unifica nuestras fuerzas, tantas veces adormecidas y dispersas, para buscar el bien de la persona amada y la unión con ella.

La Semana Santa nos invita a enamorarnos de Jesucristo. Por no recurrir a otros testimonios, que pudieran parecer menos ecuánimes, quiero citar las palabras de dos historiadores (Jacob Burckhardt y Timoty Garton Ash), que no profesan la fe cristiana y, sin embargo, han dicho que Jesucristo es «la figura más bella de la historia del mundo» y «una fuente de inspiración constante y maravillosa».

La Semana Santa nos ofrece la oportunidad de enamorarnos de Jesús, al revivir sus gestos, palabras y silencios. En los acontecimientos que contemplaremos estos días, lo veremos haciendo frente a los poderes de este mundo, lavando los pies de sus amigos, como si fuera un esclavo, y partiéndoles el pan, como hace una madre con sus hijos; sudando sangre por la angustia ante lo que se le venía encima y, aun así, abrazando el camino del amor “hasta el extremo” que el Padre le marcaba; lo veremos lanzando una mirada agradecida a las mujeres, que le acompañan con sus lágrimas, y al Cirineo, que le ayudó a llevar la cruz; lo veremos muriendo, para mostrarnos que el amor de Dios es más fuerte que nuestro egoísmo y que la misma muerte; lo veremos, ya resucitado, saliendo sin acritud al encuentro de sus amigos, que lo habían dejado solo, y encomendándoles de nuevo la tarea de continuar su misión.

Este Jesús está vivo, cuenta contigo y te llama, te abre las puertas de su corazón y de su familia, formada por una multitud de mujeres y hombres, niños, jóvenes y adultos, tan débiles como tú y como yo, que quieren vivir en fraternidad y construir, como Él y con Él, su Reino de justicia, libertad, verdad, amor y paz.

¡Enamórate en esta Semana Santa! Como dijo el P. Pedro Arrupe SJ: «Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón, y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera».

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 29 de enero de 2023

Lo más importante es amar


Cuando una relación de pareja o de amistad nos ha hecho sufrir mucho, sentimos vivamente la tentación de replegarnos en nosotros mismos. A veces incluso nos negamos la posibilidad de amar y ser amados, a causa del miedo a padecer un abandono, a no estar a la altura de la otra persona, a que el amor desestabilice las rutinas que nos dan seguridad o me exija lo que no quiero dar. De vez en cuando resulta provechoso preguntarse qué mecanismos de bloqueo, conscientes o inconscientes, entornan o clausuran las puertas del propio corazón.

Cuando damos la espalda al amor, crecen la desesperanza y la tristeza, la indiferencia y la injusticia; y mengua el gozo profundo, que brota del intercambio de dar y recibir con generosidad. Para nosotros, mujeres y hombres de fe, cerrar las puertas al amor supone además renunciar a la experiencia de conocer a Dios, al Dios-amor, que solo podemos encontrar cuando frecuentamos sus caminos preferidos: los de la compasión, el servicio y la entrega. Es más, sólo desde la vivencia del amor podemos ser redimidos y salvados.

El papa Benedicto lo explicó con admirable sencillez y profundidad: «Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de “redención” que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es “redimido”, suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha “redimido”» (Spe Salvi 26).

¡Abramos de par en par las puertas del corazón al amor de Dios y al amor humano, pequeño reflejo, pero muy luminoso, del amor divino! «Déjate amar, Él te ama así, es decir, tal como tú eres. No temas, confía, pues nada se antepone al amor de Dios para contigo, ni tus propios pecados», decía Sor Isabel de la Trinidad. Déjate amar y ama. No esperes a tener la vida resuelta o a alcanzar la perfección para empezar a amar, pues la práctica del amor es la mejor escuela en la que podemos aprender el arte de amar. Lo más importante es amar, en nuestra vida de familia y vecindad, en los compromisos apostólicos y sociales, en cada encuentro y en cada momento de la existencia. La vida no amada es vida perdida.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 15 de enero de 2023

Benedicto XVI, maestro de lo esencial


En torno a la muerte del papa Benedicto XVI se han publicado estudios serios, que nos han ayudado a conocerlo mejor; pero no han faltado críticas injustas, que lo presentan como un tradicionalista desfasado, y algunas alabanzas interesadas, utilizadas para atacar a su sucesor. Estemos atentos para no favorecer este tipo de críticas tendenciosas y de alabanzas con doble intención. En esta carta quisiera destacar su acierto al recordar a los hijos e hijas de la Iglesia lo esencial de la experiencia cristiana: el encuentro con Jesucristo y la práctica del amor fraterno.

Con respecto al encuentro con Jesucristo, afirmó: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE 1). En efecto, la salvación no viene por el conocimiento teórico de ciertas verdades o por el cumplimiento de algunas normas; la salvación de Dios nos alcanza cuando nos encontramos con Jesucristo y nos dejamos amar por él. Por eso, en la encíclica Spe Salvi explicó que el ser humano es redimido por el amor incondicional de Dios, que nunca nos faltará, suceda lo que suceda (cf. n. 26). En su última Audiencia, confirmó esta enseñanza al expresar este deseo: «Me gustaría que cada uno se sintiera amado por ese Dios que ha dado a su Hijo por nosotros y que nos ha mostrado su amor sin límites».

Acerca del amor fraterno, nos ayudó a entender que el amor a Dios y al prójimo están estrechamente unidos: «Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo “piadoso” y cumplir con mis “deberes religiosos”, se marchita también la relación con Dios (…). Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama» (DCE 18). Asimismo, recordó a la Iglesia y a cada comunidad cristiana: «Practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio» (DCE 22).

Además, profundizó en la importancia del amor en la vida social. Explicó la relación entre el amor y la justicia: «Por un lado, la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos (…). Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón» (CV 6). También aseguró que el amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa: «Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo» (DCE 28).

Con el corazón agradecido por el ministerio y el magisterio de este papa sabio y humilde, os saludo muy cordialmente en el Señor.

domingo, 19 de junio de 2022

Somos lo que damos. Somos amor


Todos experimentamos desde pequeños el deseo de ser libres y felices. Sin embargo, la libertad requiere un aprendizaje, a veces tortuoso, y la felicidad suele ser esquiva. Por ello, tenemos la tentación de buscarla por atajos que sólo proporcionan alegrías cortas, que luego dejan largas resacas de tristeza.

Hay personas que quedan atrapadas en una espiral que les mina la libertad y la felicidad. Otras, en cambio, gracias a la ayuda de Dios y de tanta gente buena como nos rodea, logran aprender de sus propios errores y caen en la cuenta de que la vida encuentra sentido cuando se regala, y que la alegría crece cuando nos dedicamos a los demás. En efecto, somos lo que damos: el tiempo que compartimos, las sonrisas y los abrazos que regalamos, el perdón que ofrecemos, el trabajo responsable por el bien común, el empeño en construir un mundo de hermanas y hermanos… San Agustín lo expresó con una frase precisa: “Amor meum, pondus meum”, que significa: “mi amor es mi peso”. Dicho con otras palabras: Yo valgo lo que vale mi amor.

Somos lo que damos, somos amor. Este es el lema del Día de la Caridad, que Cáritas celebra coincidiendo con la solemnidad del Corpus Christi. En esta fiesta, conmemoramos que Cristo nos regaló su cuerpo y su vida entera en la última Cena y en el Calvario, y sigue entregándose en cada Eucaristía, memorial de su entrega “hasta el extremo”. Cada vez que lo recibimos, su amor nos alimenta, nos une a todos los que lo comulgamos y, como Él y con Él, nos sentimos urgidos a amar de la misma manera. Benedicto XVI lo explicó con una frase cargada de significado: “la Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús” (DCE 13).

La Iglesia nos invita, en esta solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, a asombrarnos ante la misericordia del Padre que ha mirado compasivamente nuestra pequeñez y nos ha entregado a su Hijo como alimento, para que tengamos vida en abundancia. Él nos mueve a mirar con ternura a nuestros hermanos, sobre todo a los que sufren, y a alimentar, con humildad y respeto, su hambre de pan, de amor, de esperanza y de fe. Las dos miradas: al Sacramento y a los pobres, se enriquecen mutuamente, de manera que el amor a los pobres resulta imprescindible para experimentar que Dios nos ama y que también nosotros le amamos.

Queridos hermanos y hermanas, acoged con devoción y gratitud el pan eucarístico; porque el Espíritu que transforma un pedazo de pan en el Cuerpo del Señor, nos irá transformando, si lo acogemos con un corazón abierto, en pan para los hermanos y hermanas, en sacramento del amor de Dios en medio del mundo. Recibid un cordial saludo en el Señor.

domingo, 6 de marzo de 2022

Pedir perdón por amor


En nuestras conversaciones familiares, cuando estamos con los amigos y no digamos en los discursos de los parlamentos, parece que hay palabras prohibidas. Rara vez se escuchan expresiones como “Me equivoqué” o “Pido perdón”, ni siquiera cuando nos sorprenden “con las manos en la masa”. También los cristianos, que comenzamos cada Eucaristía reconociendo nuestros pecados “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, tenemos no pocas dificultades para admitirlos en la vida cotidiana.

Así es desde el origen de los tiempos. Tras el primer pecado, Dios se acercó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás, Adán?, ¿de qué gloria has caído?, ¿en qué miseria?»; buscando con ello que el hombre le dijera: «¡Perdóname!» Pero, no hubo ni humillación ni arrepentimiento, sino todo lo contrario. El hombre le respondió: “La mujer que Tú me has dado me engañó”. No dijo: «mi mujer», sino: «la mujer que Tú me has dado», como si dijera: «la carga que Tú me has puesto sobre mi cabeza». Entonces Dios se dirigió a la mujer y le dijo: “¿Por qué no has guardado lo que te había mandado?”, como queriendo decirle: «Al menos tú di ¡perdóname!, y así tu alma se humille y alcance misericordia». Pero tampoco ella pidió perdón. La mujer por su parte le respondió: “La serpiente me ha engañado» (cf. Conferencia de Doroteo de Gaza, sobre el renunciamiento).

En vez de admitir nuestros pecados y poner enmienda, en demasiadas ocasiones empleamos nuestras fuerzas en justificarlos o esconderlos, como el Rey David. Cuando el Rey peca con la mujer de Urías, en vez de reconocerlo, manda a Urías a primera línea del frente, para que acaben con su vida (cf. 2 Sam 11). Reflexionando acerca de esta escena, el Papa Francisco comenta: “Os confieso que cuando veo estas injusticias, esta soberbia humana, o cuando advierto el peligro de que yo mismo puedo correr de perder el sentido del pecado, hace bien pensar en los numerosos Urías de la historia, en los numerosos Urías que también hoy sufren nuestra mediocridad” (cf. Meditación cotidiana, 31 de enero de 2014).

En esta Cuaresma recién estrenada, necesitamos escuchar la voz de nuestra conciencia, la voz de tantos profetas que, como Natán al Rey David, nos dicen: “Tú eres ese hombre”, el que mató la única cordera del pobre en vez de sacrificar una de tus muchas reses. Tú eres ese hombre o esa mujer, que, como el hijo mayor de la parábola, ha olvidado el mucho amor que ha recibido y se dedica a pasar factura de los servicios prestados, a las personas y a Dios.

domingo, 6 de febrero de 2022

Dios te ama


En este mundo nuestro, tan apasionante y tan extraño, muchos prefieren comunicarse con una pantalla de ordenador o de teléfono móvil de por medio, arrinconando las relaciones tú a tú, que pueden comprometer y limitar la libertad. Gana terreno la consigna “No llames por teléfono, manda un audio”. Llamar se considera algo invasivo y arriesgado.

En el ámbito religioso ocurre algo similar. Hay quienes prefieren una espiritualidad sin rostro e incluso sin Dios. A través de ciertas técnicas de introspección, algunas espiritualidades propician el encuentro con uno mismo, generando cierta sensación de armonía, que satisface, pero no salva. Si hace algunas décadas hizo fortuna, en ámbitos críticos, el eslogan “Jesús, sí; Iglesia, no”, ahora parece abrirse paso el lema “Espiritualidad, sí; Dios, no”.

Sin embargo, el ser humano, para ser feliz, necesita amar y ser amado. Y el amor no es una energía que podemos tomar y usar, como si fuera el combustible con que rellenamos el depósito del coche. El amor requiere el encuentro personal con un “tú”, humano o divino, al que abrimos el corazón, para recibir amor y para ofrecérselo; ya que solo mi disponibilidad para amar y entregarme me hace capaz de acoger y disfrutar el amor que el otro me regala.

Para ayudarnos a entender que Dios es un tú, una persona, ciertamente diversa a nosotros, la Biblia utiliza, al referirse a Él, palabras que indican relación estrecha: Señor, Padre, Amigo, Pastor, Esposo… Y Jesús, el Hijo de Dios encarnado, se encuentra a menudo no con una energía indefinida, sino con el Abbá, el Padre, el papá.

Por estas y por tantas razones, he querido titular esta carta: Dios te ama. El Dios que ve y escucha, que tiene entrañas de misericordia y corazón de madre, te ama. “Dios te ama tanto que te da toda su vida. No es un dios que nos mira con indiferencia desde lo alto, sino que es un Padre, un Padre enamorado que se involucra en nuestra historia; no es un dios que se complace en la muerte del pecador, sino un Padre preocupado de que nadie se pierda; no es un dios que condena, sino un Padre que nos salva con su abrazo amoroso” (Francisco, 14-III-2021). Dios te ama y te impulsa a amar; no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre a la fraternidad, especialmente con los que sufren.

Es verdad que las relaciones directas con otras personas comprometen mucho más que un diálogo virtual, pero el tú a tú propicia una comunicación más profunda y satisfactoria. Es cierto que el encuentro con un Dios personal, tal como es revelado por Jesús, compromete mucho más que el contacto con una energía, pero sólo el amor de Dios, más fuerte que la muerte, puede llenarnos el corazón y salvarnos de la soledad, del miedo, del egoísmo, de la desesperanza.

Dios te ama. Acoge, vive y comparte esta Buena Noticia. Recibe un saludo muy cordial, en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...