miércoles, 27 de mayo de 2026
El cuidado (urgente) de la creación
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Cuando las consecuencias de nuestros actos no son inmediatas, tendemos a actuar con menor responsabilidad. A simple vista, no parece ocurrir nada por comer en exceso, descuidar el mantenimiento de una casa o no limpiar los cauces de los barrancos… Nada sucede, hasta que la salud se resiente, la vivienda se deteriora y las aguas se desbordan. Con el cuidado de la creación ocurre algo similar, pero de forma aún más acentuada: los efectos de nuestros excesos y omisiones no se perciben a corto plazo o avanzan con tanta lentitud que no terminamos de reaccionar con la urgencia que deberíamos.
Por eso, al celebrarse el XI aniversario de la encíclica Laudato si’, me parece oportuno recordar la llamada inaplazable del papa Francisco a cuidar de nuestra “hermana y madre tierra”. En este documento escribía: «esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla» (n. 2).
Su sucesor, el papa León, también ha subrayado la necesidad de situar esta problemática en el centro de nuestra vida de fe. En su mensaje para la Jornada de Oración por la Creación de 2025 afirmaba que la justicia ambiental es, para los creyentes, «una exigencia teológica que, para los cristianos, tiene el rostro de Jesucristo, en quien todo ha sido creado y redimido. En un mundo en el que los más frágiles son los primeros en sufrir los efectos devastadores del cambio climático, la deforestación y la contaminación, el cuidado de la creación se convierte en una cuestión de fe y de humanidad» (Mensaje para la X Jornada de Oración).
En este contexto, la Plataforma Ecosocial Laudato si’ de Málaga realiza el jueves 28 de mayo un gesto simbólico en el Bosque Urbano de nuestra ciudad, en el espacio que dicha plataforma cuida. El gesto consistirá en apadrinar un árbol y asumir el compromiso de cuidarlo. Desde allí, los participantes podrán dirigirse a la parroquia de San Andrés y Virgen del Camino, donde la comunidad cristiana elevará su Acción de Gracias por la Creación y por el compromiso de tantas personas y comunidades que trabajan por la justicia social y climática en todo el planeta.
Que este aniversario y este gesto nos impulsen a «tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios en nuestros estilos de vida, producción y consumo» (Carta apostólica “Fratello Sole”); a «pasar de la arrogancia de quien quiere dominar a los demás y a la naturaleza, reducida a objeto manipulable, a la humildad de quien cuida de los demás y de la creación» (Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación de 2024); en definitiva, a expresar nuestra humanidad y nuestra fe en el cuidado de la Casa Común.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
sábado, 23 de mayo de 2026
"Compartiendo caminos, acompañando esperanzas"
Con este lema, nuestra diócesis acogerá el “Encuentro de Laicos de Parroquia” que la Acción Católica General va a celebrar en Málaga del 24 al 26 de julio. Hombres y mujeres; niños, jóvenes y adultos de todas las diócesis de España se darán cita en esta tierra para vivir una hermosa experiencia de Iglesia, compartiendo los caminos que nos han conducido a Jesucristo y acompañándonos en “la esperanza que no defrauda” (Rm 5,5).
La llamada a acompañarnos mutuamente está inscrita en nuestro ser más profundo. El Señor nos ha creado a su imagen y semejanza. En la Trinidad nos da a entender cuál es el modelo de relación que debe primar entre los seres humanos: cada persona divina tiene la misma dignidad que las otras y vive para las otras. De igual modo, cada uno de nosotros ha de vivir para los otros y reconocer en ellos la común dignidad de ser hijos de Dios, sean cuales fueren las circunstancias concretas de su vida.
Desterremos, pues, toda tentación de aislarnos en nosotros mismos o de someter al otro a nuestra voluntad. Estamos llamados a acompañarnos, a escucharnos y a sostenernos recíprocamente, ya que éste es el estilo de vida de Jesucristo, que se refleja en su nombre: “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros”.
El acompañamiento mutuo es más necesario que nunca y adquiere un valor especial, pues vivimos tiempos marcados por el individualismo, la soledad y la confusión. Estar disponible para el otro llega a ser la manera de cuidarnos, imitando el modo de ser de Dios, que ha querido entrar en la historia humana alentando procesos de crecimiento con ternura y paciencia.
Siguiendo el modelo divino, la Iglesia desea hacer suyos “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo” (GS 1), tal como proclamó el Concilio Vaticano II, y quiere ser taller y escuela de acompañamiento en los procesos de conversión, de iniciación cristiana, de desarrollo comunitario y de compromiso en los diversos ámbitos de la vida: la familia, el trabajo profesional, la cultura y la sociedad.
Como se deduce del Documento Final del Proceso Sinodal, el acompañamiento es un reto para cada una de nuestras parroquias y realidades eclesiales. En la fase de implementación del Sínodo, que estamos viviendo, hemos de poner manos a la obra y conseguir que acompañar sea la gran tarea que nos implique a todos.
Aprovecho la solemnidad de Pentecostés, Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, para invitaros a participar en este Encuentro de Laicos de Parroquia. No perdamos la oportunidad de vivir una experiencia que no nos dejará indiferentes y de poner en práctica el valor de la hospitalidad como diócesis acogedora, para que cuantos vengan puedan disfrutar el alma abierta y hospitalaria de este pueblo.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
sábado, 16 de mayo de 2026
Comunicar en cristiano
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Vivimos en una época donde la comunicación ocupa gran parte de nuestra vida. Nunca habíamos tenido tantos medios para expresarnos y, sin embargo, pocas veces había resultado tan difícil reconocernos de verdad. Las palabras circulan con rapidez, las opiniones se multiplican y, con frecuencia, el barullo termina imponiéndose a la reflexión serena. Para ayudarnos a comunicar desde el espíritu del Evangelio, quisiera proponer tres actitudes fundamentales: verdad, humildad y caridad.
Verdad. En el actual clima de crispación podemos acostumbrarnos, casi sin darnos cuenta, a la manipulación y la descalificación de personas. Si recurrimos a la mentira para defender a la Iglesia, a nuestro grupo de fe o al partido político preferido, quizá ganemos alguna batalla, pero nos alejaremos de Cristo, pues Él es la Verdad con mayúscula. Mientras que «quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios», como señaló con tanta lucidez santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).
Cristo no nos pidió ganar debates, sino permanecer en la verdad. La mentira, incluso cuando parece útil, destruye. La verdad, aunque resulte incómoda, libera y abre caminos de crecimiento. Por eso, comunicar en cristiano exige contención para no difundir mensajes inciertos y honestidad para no exagerar una parte de la información, ocultando aspectos relevantes. Comunicar en cristiano exige, en definitiva, el coraje de buscar y transmitir la verdad.
Humildad. No somos propietarios de la verdad, sino sus servidores. La humildad nos enseña a escuchar antes de responder, a comprender antes de juzgar y a reconocer que nadie posee una mirada completa sobre la realidad, porque la verdad de Dios, del mundo y de nosotros mismos no cabe en nuestra pequeña cabeza.
Además, el papa León XIV ha insistido recientemente en la importancia de custodiar “las voces y los rostros humanos” en medio de una comunicación cada vez más acelerada y tecnológica. En este contexto, los creyentes estamos llamados a encontrarnos y dialogar desde la serenidad y la humildad.
Caridad. Parafraseando a san Pablo, podemos decir que, aunque tuviéramos la mejor información y la más brillante estrategia comunicativa, si no tenemos amor, de nada nos sirve. Santa Teresa Benedicta de la Cruz nos recordó la necesidad de unir verdad y caridad: «No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad». También la verdad, cuando la usamos como un arma arrojadiza, puede herir a nuestro interlocutor e incluso dañar la convivencia.
Por eso, conviene preguntarnos si nuestras palabras fortalecen realmente la esperanza de quienes sufren y la fraternidad entre personas y pueblos. No olvidemos que el lenguaje es un don sagrado para tender puentes que unan, no para levantar muros que dividan.
Con el deseo de que el Señor resucitado renueve nuestro modo de escuchar y de manifestarnos, y nos ayude a crecer en verdad, humildad y caridad, recibid un saludo muy cordial en el Señor.
sábado, 9 de mayo de 2026
La vida nueva que brota de la enfermedad
La fragilidad humana, el deterioro producido por el paso de los años y las enfermedades han llevado a algún pensador de nuestro tiempo a afirmar que somos “seres-para-la muerte”; pero la fe en Jesucristo resucitado nos impulsa a proclamar que somos “seres-para-la-vida”. De hecho, los relatos evangélicos nos presentan a Jesús curando a muchos enfermos, como signo de que el Reino de Dios está llegando.
Es normal, por tanto, que deseemos estar sanos y tratemos de alejar los sufrimientos. Bienvenidos sean, pues, los avances médicos que nos ayudan a superar las enfermedades y a sobrellevarlas con la mejor calidad de vida posible. Sin embargo, también hemos de reconocer que la realidad de la enfermedad y de los enfermos nos ofrece una oportunidad preciosa de crecimiento humano y espiritual, cuando nos situamos adecuadamente.
La actitud básica es acercarnos a las personas enfermas. El primer paso no es “hacer” algo con ellas, sino “estar” con ellas. La enfermedad suele llevar consigo un incómodo acompañante, que es la soledad. A menudo nos alejamos de los enfermos porque, aún sin pretenderlo, nos recuerdan nuestra propia fragilidad. Cuando vencemos esta tentación y nos acercamos a ellos, descubrimos que la vulnerabilidad nos une y nos permite ayudarnos con verdad. Además, con nuestra cercanía les estamos diciendo que son valiosos para nosotros, no por su productividad, sino por ellos mismos.
La segunda actitud es hablarles con verdad, si así lo quieren. Existe una tendencia natural a rodear al enfermo de un “silencio piadoso” o de falsos optimismos que terminan aislándolo en su propia realidad. Pero la verdad no daña, sino que ilumina. Cuando el enfermo pide claridad sobre su estado, ocultársela supone restarle autonomía. Una comunicación honesta, envuelta en caridad, permite que la persona integre su proceso y le encuentre sentido en medio de la incertidumbre. Así pues, es necesario crear espacios de confianza en los que el enfermo pueda expresar sus miedos, esperanzas y deseos, sus dudas y sus convicciones de fe.
Y, finalmente, abrir los ojos para descubrir la acción de Dios en los enfermos y a través de ellos. A menudo pensamos que Dios sólo actúa por medio de la curación, pero su presencia es más honda y eficaz. Dios se manifiesta en la paciencia con la que algunos enfermos viven su enfermedad, en la fe inquebrantable de quienes asumen con serenidad sus sufrimientos y en la capacidad de algunos para abandonarse en las manos del Señor, especialmente cuando la medicina solo puede aliviar su dolor. A través de su fragilidad, Dios nos vuelve más compasivos y nos enseña a dar prioridad al amor sobre las prisas del mundo. Los enfermos “evangelizan” a quienes los cuidan; por eso, podemos celebrar la “Pascua del Enfermo”, es decir: el “paso” de la enfermedad a una nueva vida.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
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