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domingo, 30 de junio de 2024

Nuestra “VIP”


En la cultura actual parece que no están de moda los héroes y los santos, que en otro tiempo se presentaban como dignos de ser imitados. Sin embargo, también esta época tiene sus “VIP” (personas muy importantes), que marcan tendencia con sus opiniones y sus comportamientos: periodistas, políticos, deportistas líderes religiosos, youtubers, etc. Algunos de ellos son buena gente y otros populistas; pero unos y otros han logrado conectar con las emociones del pueblo.

En esta Diócesis de Teruel y Albarracín, nuestros antepasados consideraron “VIP” a Santa Emerenciana. Esta mujer murió mártir en el siglo IV siendo muy joven. Se jugó la vida por Jesucristo y por honrar a su hermana Inés, y es nuestra patrona. Llama la atención que la mayor parte de los patronos y patronas de nuestras parroquias sean mártires, y me pregunto si los cristianos de hoy podríamos fijar la atención y ponernos bajo el patrocinio de personas capaces de entregar su tiempo y su vida por la fe, la verdad, la justicia, la solidaridad, la libertad…

Tengo la impresión de que hoy predominan otras tendencias. ¿No os parece que se ha ido contagiando una alergia a darlo todo y a poner toda la carne en el asador por algo que merezca la pena de verdad? ¿No os parece que cada día nos cuesta más superar esa etapa adolescente, en la que, como el Narciso del mito, vivimos enamorados de nuestra propia imagen, pero remoloneamos demasiado para asumir la condición de adultos, de madres y padres pendientes de sus hijos, que se dejan la piel por ellos, olvidándose de sí mismos?

Es evidente que el cuidado de sí mismo no sólo es un valor, sino condición imprescindible para poder comprometernos generosa y eficazmente en el servicio al prójimo, a la sociedad y a la Iglesia, pero también hay que recordar que la tendencia al narcisismo, a pensar sobre todo en uno mismo, está muy presente en nuestra cultura y nos afecta.

¿A dónde nos conduce este camino? ¿Son más felices los que lo siguen o quienes, por el bien de los suyos y de la sociedad, son capaces de renunciar y entregarse? ¿Qué alegría es más duradera, la del que se da a fondo por los otros o la de quien solo se interesa por alcanzar sus objetivos personales?

Hagamos silencio en nuestro corazón y tratemos de descubrir los anhelos que tantas veces quedan escondidos bajo el manto del ruido y la superficialidad. Seguramente escucharemos una llamada a amar como queremos ser amados. Entremos en nuestro interior y encontraremos la fortaleza del Espíritu que nos impulsa a abandonar la senda de las medias tintas y, como nuestra patrona, nuestra “VIP” Santa Emerenciana, elijamos la del amor y la entrega sin reservas ni condiciones.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 5 de mayo de 2024

La gloria de Dios, nuestra felicidad


Todos queremos ser felices. Esta aspiración guía, consciente o inconscientemente, nuestras decisiones. Pero no siempre encontramos el camino de la felicidad. De hecho, a veces nuestras acciones nos conducen a la tristeza, el aislamiento y el sinsentido.

El anhelo de ser felices coincide con el sueño de Dios sobre el mundo y los seres humanos. Cuando leemos esa carta de Dios que es la Sagrada Escritura, nos sorprende comprobar cuál es el sueño de Dios acerca de sus criaturas. En el Libro de la Sabiduría se leen estas consoladoras palabras dirigidas a Él: «Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado. ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?, o ¿cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida» (Sab 11, 24-26). Dios es “amigo de la vida”, no un aguafiestas ni el enemigo de nuestra alegría.

Para mostrarnos el camino de la felicidad, a veces complicado, Dios nos entregó a su propio Hijo, pues como Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10,10). No fueron palabras vacías, que se quedaron en buenas intenciones. Los gestos que realizó, antes y después de su muerte, pusieron de manifiesto que había venido para acoger a los enfermos, para devolver la dignidad a los marginados, para perdonar a los que estaban abrumados por el peso de su mala vida, para consolar a aquella mujer viuda que acababa de perder a su único hijo, para transmitir su vida resucitada a aquellos discípulos decepcionados ante su cruz. Estos gestos eran signos que anunciaban un nuevo modo de vivir, del que él ya era el heraldo e iniciador.

Hermanos y hermanas de Teruel y Albarracín, estamos llamados a ser felices con Jesús y como Jesús, y a contagiar vida, amor y esperanza a las personas que se sienten angustiadas y abatidas, aunque para lograrlo debamos descentrarnos de nosotros mismos, y vivir con la mirada puesta en esa existencia plena que es, ni más ni menos, la vida que Él y su bendita madre ya disfrutan junto al Padre en esa casa en la que ya nos está preparando una morada.

San Ireneo decía que la gloria de Dios es que el ser humano tenga vida (cf. AH 4, 20, 7). En un mundo en el que tantas personas han perdido la alegría y la esperanza, vivamos de tal manera que quienes se acerquen a nosotros y a nuestras comunidades perciban que nuestro único propósito es ofrecerles la vida que Dios nos regala en su infinita misericordia. Amén.

domingo, 5 de febrero de 2023

La obsesión por la felicidad


Todos los seres humanos queremos ser felices. Este deseo de felicidad «es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre» (Catecismo, n. 1718). Sin embargo, en muchas ocasiones la felicidad se convierte en una obsesión: pretendemos ser felices a cualquier precio, rechazando todo aquello que pueda suponer esfuerzo y sacrificio; apartándonos de Dios y de cualquier persona que nos pueda cuestionar o incomodar. Estas actitudes nos alejan de la felicidad que tanto ansiamos. Lo sabemos por experiencia propia y ajena.

Jesús ha salido al encuentro de la humanidad para mostrarnos, con su vida y con sus palabras, el camino más seguro para nuestra felicidad. «Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad» (Catecismo, n. 1718) y nos muestran que la alegría cristiana no se aparta de la senda de la pobreza, el sufrimiento y las lágrimas; se adentra en el territorio de la misericordia, la limpieza de corazón, la justicia, la paz y la persecución; para encontrar su fuente más pura en el encuentro con Dios.

Queda claro que el ideal de persona humana que nos presenta Jesús poco tiene que ver con el que nos vende la publicidad, representado por un hombre joven, guapo, fuerte, rico, independiente, que no sufre por nada ni por nadie. A veces, sin darnos cuenta, hemos asumido este modelo. Por eso, de vez en cuando, deberíamos preguntarnos si realmente nuestro referente de vida es Jesucristo.

Quizá una famosa conversación de san Francisco con el hermano León nos ayude a intuir el giro radical que el Evangelio nos presenta en la búsqueda de la felicidad. El santo explica al hermano que la verdadera alegría no consiste en el crecimiento de la orden franciscana, en la conversión de todos los infieles o en la capacidad de hacer milagros. «Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría», repetía Francisco. «Pero entonces, ¿cuál es la verdadera alegría?», preguntaba el hermano. Y el maestro le respondió: «Regreso de Perusa y llego aquí muy de noche y es invierno… Y lleno de barro, con el frío y el hielo, llego a la puerta y, después de mucho aporrear y llamar, viene el fraile y pregunta: “¿Quién es?”; yo respondo: “Fray Francisco”; y él dice: «Vete, éstas no son horas de llegar, no entrarás aquí». Y al insistir de nuevo responde: «Vete, eres un simple y un ignorante; de ningún modo vendrás con nosotros; somos tantos y tales que no te necesitamos”… Yo te digo que si en todo esto conservo la paciencia y no me molesto, y sigo en paz… esa es la verdadera alegría».

Que el Señor nos conceda no obsesionarnos con nuestra propia felicidad y busquemos, como Él y con Él, el bien de las personas que nos rodean y de aquellas más necesitadas. Así, la felicidad se nos dará por añadidura. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 2 de enero de 2022

Feliz 2022


Desde que sonaron las campanadas que dieron paso a este 2022, no hemos dejado de escuchar y de pronunciar estas palabras: ¡Feliz año nuevo!

Nos deseamos de corazón felicidad, a pesar de la incertidumbre que está causando esta última ola de la Covid-19. Nos deseamos felicidad, aunque sabemos que no nos van a faltar dificultades personales y familiares, políticas, económicas y sociales. Nos deseamos felicidad, aunque no podemos prever y adivinar a ciencia cierta lo que sucederá en los próximos meses. Es más, somos conscientes de que los males de nuestra sociedad, algunos tan graves y arraigados, no van a desaparecer fácilmente, por mucho que nos deseemos un Año Nuevo próspero y feliz.

Sin embargo, a pesar de incertidumbres y problemas, los creyentes tenemos razones sólidas para afirmar que este 2022 puede ser un año nuevo, un año bueno. Creemos en Jesucristo. Nos apoyamos en la certeza de que Él es el Dios-con-nosotros y seguirá fielmente a nuestro lado, en la andadura del Nuevo Año. Nos acompañará no como un simple testigo de nuestro quehacer y vivir. Él trabajará por nuestra felicidad más y mejor que nosotros mismos; nos alertará y nos defenderá de los peligros, sobre todo de aquellos que nos apartan del amor del Padre y de las personas más necesitadas; nos inspirará y animará a construir el Reino de Dios, promoviendo los valores que lo manifiestan: la verdad, la vida, la santidad, la gracia, la justicia, el amor y la paz.

Jesús, el Dios-con-nosotros, desea ser nuestro amigo, guía, defensor, animador… A nosotros nos toca reconocerlo y acogerlo. Si recibimos a Jesús, para que sea el centro vital de nuestra existencia, podremos hablar con toda verdad de Año Nuevo, porque caminaremos como hombres y mujeres renovados por Cristo; contemplaremos la realidad e interpretaremos la vida y los acontecimientos desde la fe y la luz de Jesús; y nos comprometeremos en su servicio, con la confianza de que construimos, con Él y como Él, un mundo nuevo.

Así, no soñaremos ingenuamente en un Año Nuevo, en el que todo dependerá de la buena o mala suerte. Las personas sabias saben que la felicidad no consiste en la falta de problemas y dificultades. Somos más felices cuando asumimos el presente con realismo y aprendemos de los éxitos y fracasos; cuando confiamos en nosotros mismos, en la fuerza del corazón, tantas veces desconocida, que nos permite afrontar los retos que la vida nos va planteando. Somos más felices cuando no nos encerramos en nosotros y nos abrimos a los demás, para apoyarles y para recibir apoyo; cuando confiamos plenamente en Dios. Él siempre nos acompaña y ayuda, aunque a menudo nos desconcierte.

Jesús, el Dios-con-nosotros, es nuestra esperanza. Por Él, podemos decirnos y decir al mundo: «Feliz Año Nuevo». Santa María, Madre de Dios, nos acompañará en esta andadura.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...