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domingo, 28 de julio de 2024

¿Un Dios aguafiestas?


Las personas y los pueblos han inventado «dioses tan aburridos como ellos, serios y formales faraones, atrapamoscas con sus tridentes de opereta… dioses egoístas y pijoteros que imponían mandamientos de amar sin molestarse en cumplirlos», como escribió el recordado José Luis Martín Descalzo. Así, se ha presentado a Dios como un aguafiestas, un personaje serio, adusto y solitario, que se complace en nuestros sacrificios y no tanto en nuestras alegrías.

Entre tantas imágenes distorsionadas de Dios, Jesucristo nos revela el auténtico rostro del Padre, un padre con corazón de madre, que quiere que todos sus hijos e hijas tengan vida, no una vida cualquiera, sino una vida plena, la vida eterna: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Llama la atención que, según el Evangelio de San Juan (2, 1-11), Jesús comienza su ministerio público en un banquete de bodas, en el que convirtió agua en vino, para que pudiera continuar aquella fiesta. ¡Qué significativo! Alguien podría pensar que ese episodio fue una casualidad. Pero no, no fue un acto aislado. A menudo Jesús participó en fiestas y comidas con todo tipo de personas: gente mal vista, como publicanos y pecadores; hombres de buena posición, como los fariseos; y, por supuesto, con sus amigos y discípulos más cercanos.

Esta forma de actuar llamó mucho la atención, pues la mayor parte de los maestros y predicadores se mantenían alejados del pueblo. Algunos incluso vivían en el desierto, como Juan Bautista. Los fariseos criticaron a Jesús y se quejaron a sus discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?» (Mc 2,16). El mismo Jesús fue bien consciente de estas acusaciones; por eso dijo: «Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19).

La vida de Jesucristo, el Hijo de Dios, lo deja bien claro: Dios no es un aguafiestas, sino todo lo contrario. Él instituyó el séptimo día para que pudiéramos descansar y disfrutar. A través del profeta Isaías, nos promete que nuestro destino final es la alegría de una fiesta eterna: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados» (Is 25,6).

Bienvenidas, por tanto, las fiestas, cuando nos hacen más humanos y nos arriman con alegría y gratitud al amigo de siempre y al que viene de lejos, cuando nos permiten descansar del esfuerzo diario, brindar por las cosas bellas de la vida y acercarnos al Dios que nos ofrece el vino bueno de la felicidad, la fraternidad y la esperanza.

Con mis mejores deseos para quienes celebráis las fiestas patronales en estas fechas, recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 3 de abril de 2022

“Procesionar” a Jesús


Pronto saldrán por nuestras calles los “pasos” de la Semana Santa, suscitando profundos sentimientos religiosos, en quienes los portan y en muchos de los que los contemplan. Es ahora el momento oportuno para recordar que sacar en procesión aquellos momentos de la pasión y muerte de Jesús, representados en esos “pasos”, supone enaltecer a una persona que fue condenada a muerte por la envidia de unos, el fanatismo de otros, el miedo de algunos a perder el poder, el silencio de tantos y el griterío de una masa manipulada. Esa visualización del dolor de Cristo nos recuerda hasta dónde llegan las consecuencias del pecado y la injusticia, y pone ante nuestros ojos a muchos hombres, mujeres y niños que ahora sufren, sin merecerlo, junto a nosotros, en Ucrania y en demasiados rincones del mundo.

Sacar en procesión la pasión de Cristo nos descubre que Dios lucha, con un realismo e intensidad inimaginables, contra el mal que habita en el mundo. El papa Francisco ha dicho: “A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad, Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón” (29 de marzo de 2013). Por ello, los discípulos de Jesús debemos implicarnos decididamente en la lucha contra la injusticia, utilizando las mismas armas que el Señor: la verdad, el bien, el amor, el servicio y la entrega hasta el extremo; y rechazando, por tanto, la tentación de recurrir a la violencia, que engendra todavía más sufrimiento.

Sacar en procesión a Cristo lleva consigo la llamada a descubrir que Dios ama a la humanidad y a cada uno de nosotros, pues envió a su Hijo al mundo para mostrarnos su amor entrañable y enseñarnos un nuevo modo de vida. Por amor, Jesús predicó, curó y rezó al Padre; por amor no se escondió cuando su vida corrió peligro y aceptó voluntariamente la cruz; y por amor murió y resucitó, para que compartamos con él una vida nueva, plena y eterna.

Lo mismo que para sacar un “paso” en procesión necesitamos unir fuerzas y arrimar nuestro hombro al de otros hermanos, en esta lucha contra el mal y en el trabajo por el Reino de Dios, hemos de colaborar de igual modo, dejando a un lado protagonismos estériles. A veces, nos parece que solos avanzamos más deprisa, hasta que caemos en la cuenta de que necesitamos a los otros. Del mismo modo, en la familia y en la comunidad cristiana, caminando y trabajando juntos logramos deshacer las dificultades y multiplicar los éxitos y las alegrías.

Con mi deseo de que los “pasos” de la pasión de Jesucristo, que saldrán por nuestras calles, nos ayuden a contemplarlo y a implicarnos para mejorar nuestro mundo, como Él y con Él, os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.

domingo, 2 de enero de 2022

Feliz 2022


Desde que sonaron las campanadas que dieron paso a este 2022, no hemos dejado de escuchar y de pronunciar estas palabras: ¡Feliz año nuevo!

Nos deseamos de corazón felicidad, a pesar de la incertidumbre que está causando esta última ola de la Covid-19. Nos deseamos felicidad, aunque sabemos que no nos van a faltar dificultades personales y familiares, políticas, económicas y sociales. Nos deseamos felicidad, aunque no podemos prever y adivinar a ciencia cierta lo que sucederá en los próximos meses. Es más, somos conscientes de que los males de nuestra sociedad, algunos tan graves y arraigados, no van a desaparecer fácilmente, por mucho que nos deseemos un Año Nuevo próspero y feliz.

Sin embargo, a pesar de incertidumbres y problemas, los creyentes tenemos razones sólidas para afirmar que este 2022 puede ser un año nuevo, un año bueno. Creemos en Jesucristo. Nos apoyamos en la certeza de que Él es el Dios-con-nosotros y seguirá fielmente a nuestro lado, en la andadura del Nuevo Año. Nos acompañará no como un simple testigo de nuestro quehacer y vivir. Él trabajará por nuestra felicidad más y mejor que nosotros mismos; nos alertará y nos defenderá de los peligros, sobre todo de aquellos que nos apartan del amor del Padre y de las personas más necesitadas; nos inspirará y animará a construir el Reino de Dios, promoviendo los valores que lo manifiestan: la verdad, la vida, la santidad, la gracia, la justicia, el amor y la paz.

Jesús, el Dios-con-nosotros, desea ser nuestro amigo, guía, defensor, animador… A nosotros nos toca reconocerlo y acogerlo. Si recibimos a Jesús, para que sea el centro vital de nuestra existencia, podremos hablar con toda verdad de Año Nuevo, porque caminaremos como hombres y mujeres renovados por Cristo; contemplaremos la realidad e interpretaremos la vida y los acontecimientos desde la fe y la luz de Jesús; y nos comprometeremos en su servicio, con la confianza de que construimos, con Él y como Él, un mundo nuevo.

Así, no soñaremos ingenuamente en un Año Nuevo, en el que todo dependerá de la buena o mala suerte. Las personas sabias saben que la felicidad no consiste en la falta de problemas y dificultades. Somos más felices cuando asumimos el presente con realismo y aprendemos de los éxitos y fracasos; cuando confiamos en nosotros mismos, en la fuerza del corazón, tantas veces desconocida, que nos permite afrontar los retos que la vida nos va planteando. Somos más felices cuando no nos encerramos en nosotros y nos abrimos a los demás, para apoyarles y para recibir apoyo; cuando confiamos plenamente en Dios. Él siempre nos acompaña y ayuda, aunque a menudo nos desconcierte.

Jesús, el Dios-con-nosotros, es nuestra esperanza. Por Él, podemos decirnos y decir al mundo: «Feliz Año Nuevo». Santa María, Madre de Dios, nos acompañará en esta andadura.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...