Mostrando entradas con la etiqueta santos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta santos. Mostrar todas las entradas
domingo, 26 de abril de 2026
Dr. Gálvez Ginachero, siempre actual
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Al acercarnos al 29 de abril, fecha en la que se cumple el 74 aniversario del fallecimiento del Dr. José Gálvez Ginachero, nuestro corazón se llena de gratitud por la huella que dejó en nuestra tierra. Este médico malagueño, nacido el 29 de septiembre de 1866 y actualmente en proceso de beatificación, continúa iluminando nuestro presente y ofreciéndonos un testimonio vivo de fe, esperanza y caridad.
Fe. Se sabe que el Dr. Gálvez, antes de entrar en quirófano, dedicaba siempre un breve momento a la oración. No lo hacía para ser visto, sino como un acto íntimo de confianza en Dios. En su fe reconocemos una luz que sostiene, unifica y orienta hacia lo esencial. Su vida estuvo marcada por una profunda rectitud interior y por una coherencia que se transparentaba en cada decisión. La fe no lo apartó del mundo; al contrario, lo llevó a implicarse más en él, desde un modo de servir que, aun teniendo notoriedad pública, nunca buscó el protagonismo. Su ejemplo nos recuerda que la fe auténtica no se exhibe, sino que se encarna en gestos concretos de entrega.
Esperanza. Durante los brotes de enfermedades infecciosas que afectaron a Málaga, el Dr. Gálvez se convirtió en un verdadero referente de esperanza. Mientras otros se dejaban llevar por el miedo, él organizaba recursos, atendía a los enfermos y animaba a sus colaboradores. Supo mirar de frente la realidad, con sus heridas y desafíos, y se comprometió activamente en transformarla. Afrontó tiempos difíciles con la seguridad de que Dios no nos deja de su mano y actúa siempre en nuestro favor. Su ejemplo nos invita a no dejarnos vencer por el desánimo, a cultivar una mirada capaz de descubrir posibilidades donde otros solo ven límites y a trabajar con perseverancia por un futuro más humano y fraterno.
Caridad. Nunca cobró a quien no podía pagar y, además, en muchas ocasiones costeó personalmente medicinas, alimentos o ropa para los más necesitados. Lo hacía con discreción, evitando que nadie se sintiera humillado. Tras largas jornadas de trabajo, salía por la noche a visitar enfermos en casas humildes. La caridad, virtud que impregnó toda su existencia, lo impulsó al trabajo bien hecho y al servicio perseverante y discreto. Es la caridad de los “santos de la puerta de al lado”, de los que hablaba el papa Francisco: personas que, sin estridencias, hacen de lo ordinario un lugar de fidelidad y entrega. En el Dr. Gálvez vemos cómo la santidad se encarna en lo cotidiano y se transparenta en gestos, pequeños y grandes, que nutren la esperanza y alivian el sufrimiento de los demás.
Pidamos al Señor que esta memoria del Dr. Gálvez siga dando fruto en nuestra Iglesia diocesana, especialmente entre los cristianos y cristianas laicos.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 8 de junio de 2025
Virtudes de ayer para el laicado de hoy
En el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, me ha parecido sugerente recordar las virtudes de un laico santo del siglo XIII. A pesar del tiempo y de la distancia cultural que nos separan, sus virtudes son muy actuales.
San Fernando destacó especialmente por su justicia. Fue un rey que gobernó con equidad, buscando siempre el bienestar de sus súbditos, independientemente de su estatus social. En una época como la España feudal del siglo XIII, marcada por profundas desigualdades, aplicar justicia no era tarea fácil y sin embargo él lo logró. Hoy, en nuestra sociedad moderna, esta virtud sigue siendo fundamental, ya que a menudo prevalecen intereses personales o ideológicos por encima de la auténtica justicia.
Su valentía como líder militar es otra de las virtudes que hoy siguen siendo necesarias. En la actualidad, se requiere coraje para afrontar los problemas, sin huir de las dificultades, y para anteponer el bien común a la comodidad personal.
La humildad de San Fernando fue igualmente notable. Vivió de manera sencilla, sin lujos ni ostentaciones, lo que le permitió conectar con su pueblo. Esta humildad es esencial, porque si algo tenemos es porque lo hemos recibido, y hemos de utilizarlo no tanto para ser servidos, sino para servir. Además, sólo cuando somos humildes, la gente más sencilla podrá acudir a nosotros con confianza.
Igualmente, San Fernando fue un monarca sabio, capaz de negociar con inteligencia y manejar las complejas relaciones entre los reinos cristianos y musulmanes. La sabiduría, tanto la académica como la que se obtiene a través de la reflexión y la escucha, sigue siendo clave para tomar decisiones justas y servir al bien común.
La generosidad fue otra de sus señas de identidad. San Fernando apoyó a los más necesitados, promoviendo obras de caridad y fomentando la construcción de hospitales. Hoy, la generosidad sigue siendo un valor fundamental para hacer frente al individualismo y a la indiferencia. Esta capacidad de dar sin esperar nada a cambio revela la verdadera grandeza de una sociedad o de una persona.
Aunque fue un guerrero, San Fernando prefería la paz. Sabía evitar el derramamiento de sangre cuando era posible y entendía que no todo vale, ni siquiera en tiempos de guerra. En el mundo actual, tan polarizado y dividido, debemos ser conscientes de que un buen fin no justifica medios inicuos, y empeñarnos en fomentar el diálogo, la reconciliación y la paz.
Finalmente, San Fernando fue un hombre de profunda oración. Buscaba la inspiración divina para discernir, decidir y actuar con sabiduría y misericordia. Cuidemos, también nosotros, la relación personal con Dios, pues Él nos ama y nos proporciona serenidad y fuerza para seguir con Él su camino de amor.
Que San Fernando interceda por todos, especialmente por los hombres y mujeres laicos de nuestra Iglesia, para que crezcamos en justicia, valentía, humildad, sabiduría, generosidad, paz y oración.
domingo, 3 de noviembre de 2024
Recordar a los difuntos
La solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos nos mueven a visitar los cementerios y a recordar a los seres queridos que ya partieron desde esta orilla a la de la eternidad. Nos hace bien, aunque nos incomode, volver la mirada a quienes nos precedieron y a la misma muerte.
Nos hace bien recordar que, gracias al esfuerzo de nuestros antepasados, somos lo que somos y tenemos lo que tenemos: los derechos que gozamos y que deberíamos defender mejor, un nivel de vida muy superior al de nuestros padres y abuelos, un patrimonio cultural admirable y, sobre todo, los valores y la fe que dan sentido a nuestra vida e inspiran nuestras opciones y decisiones. Reconozcamos, por tanto, cuánto les debemos, aunque no fueran perfectos, como ocurre con todos los seres humanos.
Nos hace bien recordar que esta vida no es eterna, que ni siquiera vamos a vivir doscientos años; para no conformarnos con “ir tirando” o con “divertirnos a tope”. Aprovechemos el tiempo, uno de los dones más preciosos que el Creador nos ha regalado, para disfrutar y compartir la vida, crecer como personas y mejorar la sociedad en la que vivimos.
Nos hace bien pensar de vez en cuando que un día hemos de morir, para orientar nuestro camino. En este sentido, San Ignacio de Loyola, en los números 186 y 340 del libro de los Ejercicios Espirituales, invita a sus ejercitantes a decidir como si estuviesen al borde de la muerte. Puede parecernos una recomendación inquietante y, sin embargo, es provechosa y necesaria, porque a menudo escogemos lo que ahora parece conveniente, sin pensar a largo plazo.
Y nos hace bien pensar en los difuntos porque seguimos unidos a ellos por el amor y la oración, que traspasan la barrera de la muerte. Desde la cárcel, el apóstol Pablo escribió a los cristianos de Filipos: «Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Fp 3, 21). En efecto, somos ciudadanos del cielo, la meta de nuestro camino no está en el cementerio, sino en Dios, en quien encontraremos paz verdadera, libertad completa, felicidad desbordante, fraternidad perfecta… Creemos en esta vida plenamente feliz, en la vida eterna, confiados en la palabra de Jesús, que nos aseguró que iba a prepararnos un lugar junto a Él en la casa del Padre (cf Jn 14,3), y porque, a pesar de nuestros fallos, cada día podemos experimentar que Dios nos tiende la mano para librarnos del miedo y la desesperanza.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 30 de junio de 2024
Nuestra “VIP”
En la cultura actual parece que no están de moda los héroes y los santos, que en otro tiempo se presentaban como dignos de ser imitados. Sin embargo, también esta época tiene sus “VIP” (personas muy importantes), que marcan tendencia con sus opiniones y sus comportamientos: periodistas, políticos, deportistas líderes religiosos, youtubers, etc. Algunos de ellos son buena gente y otros populistas; pero unos y otros han logrado conectar con las emociones del pueblo.
En esta Diócesis de Teruel y Albarracín, nuestros antepasados consideraron “VIP” a Santa Emerenciana. Esta mujer murió mártir en el siglo IV siendo muy joven. Se jugó la vida por Jesucristo y por honrar a su hermana Inés, y es nuestra patrona. Llama la atención que la mayor parte de los patronos y patronas de nuestras parroquias sean mártires, y me pregunto si los cristianos de hoy podríamos fijar la atención y ponernos bajo el patrocinio de personas capaces de entregar su tiempo y su vida por la fe, la verdad, la justicia, la solidaridad, la libertad…
Tengo la impresión de que hoy predominan otras tendencias. ¿No os parece que se ha ido contagiando una alergia a darlo todo y a poner toda la carne en el asador por algo que merezca la pena de verdad? ¿No os parece que cada día nos cuesta más superar esa etapa adolescente, en la que, como el Narciso del mito, vivimos enamorados de nuestra propia imagen, pero remoloneamos demasiado para asumir la condición de adultos, de madres y padres pendientes de sus hijos, que se dejan la piel por ellos, olvidándose de sí mismos?
Es evidente que el cuidado de sí mismo no sólo es un valor, sino condición imprescindible para poder comprometernos generosa y eficazmente en el servicio al prójimo, a la sociedad y a la Iglesia, pero también hay que recordar que la tendencia al narcisismo, a pensar sobre todo en uno mismo, está muy presente en nuestra cultura y nos afecta.
¿A dónde nos conduce este camino? ¿Son más felices los que lo siguen o quienes, por el bien de los suyos y de la sociedad, son capaces de renunciar y entregarse? ¿Qué alegría es más duradera, la del que se da a fondo por los otros o la de quien solo se interesa por alcanzar sus objetivos personales?
Hagamos silencio en nuestro corazón y tratemos de descubrir los anhelos que tantas veces quedan escondidos bajo el manto del ruido y la superficialidad. Seguramente escucharemos una llamada a amar como queremos ser amados. Entremos en nuestro interior y encontraremos la fortaleza del Espíritu que nos impulsa a abandonar la senda de las medias tintas y, como nuestra patrona, nuestra “VIP” Santa Emerenciana, elijamos la del amor y la entrega sin reservas ni condiciones.
Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Afinar el oído
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escu...
-
Al cumplirse el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, quisiera recordar con inmensa gratitud algunas de sus “manías”. Un rasgo...
-
Hace poco, una amiga me dijo: “Ahora que eres obispo, mira si podéis inventar una oración más dinámica a la Virgen, porque el Rosario es muy...
-
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: Al acercarnos al 29 de abril, fecha en la que se cumple el 74 aniversario del ...