miércoles, 30 de septiembre de 2026

Una diócesis más misionera

Jóvenes malagueños en la experiencia Colombia 26

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Octubre es el mes misionero por excelencia. Este año celebramos la 100ª Jornada Mundial de las Misiones y el papa León nos urge a «renovar en nosotros el fuego de la vocación misionera y avanzar juntos en el compromiso de la evangelización».

Es necesario renovar este ardor, pues corremos el riesgo de refugiarnos en un trabajo pastoral intenso pero muy circunscrito a los estrechos límites de lo más próximo. Sin embargo, la labor evangelizadora en la diócesis se enriquece si traspasa océanos, llevando el Evangelio a otros pueblos, insertándose en otras culturas, impulsando la llamada “misión ad gentes”: llevar el Evangelio a quienes aún no lo conocen y reforzar las comunidades cristianas que viven en minoría y dificultad, perseguidas incluso.

Recientemente, he tenido la alegría de conversar en Málaga con Juan Manuel Barreiro, misionero en Venezuela, un pueblo tan íntimamente unido a la inquietud evangelizadora de nuestra diócesis. Así lo he podido constatar hojeando las reflexiones y vivencias de Lorenzo Orellana. También, he presidido la Misa de envío de David Roca, sacerdote diocesano que acaba de partir hacia Mozambique como misionero, respaldado por el IEME. Y he seguido complacido, y con cierta inquietud por los efectos del terremoto sufrido, la experiencia “Espíritu misionero. Colombia 26” de un grupo de jóvenes malagueños acompañados por el delegado de Misiones, P. José Luis Pereyra IMC.

Cuando el verano convierte a Málaga en lugar deseado de tantos turistas, hay ejemplos magníficos de misioneros, sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares dispuestos a arriesgarse por el Evangelio en tierras a veces inseguras. Quiero expresar mi gratitud a Dios y compartir con todos el gozo que siento por las personas que nos recuerdan el grato deber de predicar el Evangelio a todos los pueblos. He podido constatar, como obispo de Málaga, que nuestra diócesis no solo es extensa, sino que sabe superar fronteras, viviendo la universalidad de la Iglesia.

Pero, esta acción de gracias por los misioneros y misioneras malagueños, nos invita a todos a reflexionar. Me hago a mí mismo y os ofrezco tres preguntas. Primera: ¿Los que nos quedamos aquí, ¿nos sentimos solidarios con la misión ad gentes, acompañando a los que parten con nuestro cariño y teniéndoles presentes en la oración? Segunda: ¿Colaboramos económicamente en las colectas para las misiones y nos implicamos en algún proyecto misionero concreto, comunicándonos con sus responsables? La tercera es más personal y reclama una respuesta valiente: ¿Podría el Señor estar llamando a alguno de nosotros a entregar unos años a la misión ad gentes? Pensad con libertad y generosidad esta opción. No supondría una pérdida, sino un verdadero regalo para nuestras comunidades cristianas y para nuestro presbiterio.

Una diócesis, sobre todo si es grande como Málaga, no puede pensar solamente en sus necesidades particulares. Hemos de permanecer abiertos y disponibles a la Iglesia universal.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Defender el Vaticano II


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

El Concilio Vaticano II sigue siendo uno de los acontecimientos más importantes de la Iglesia contemporánea. Supuso un verdadero don del Espíritu Santo para la evangelización en el mundo de hoy, tan cambiante y tan distinto al de épocas pasadas. En este sentido, el Concilio fue una «puesta al día» no de la doctrina, sino de la forma pastoral de trasmitirla.

En torno al Concilio han surgido dos interpretaciones opuestas que, pese a sus enormes diferencias, coinciden en comprender el Vaticano II como una ruptura con la tradición.

Por un lado, ciertos sectores tradicionalistas sostienen que el Concilio introdujo una discontinuidad con respecto a la enseñanza anterior, especialmente en cuestiones como la libertad religiosa, el ecumenismo, las relaciones con las religiones no cristianas o la comprensión de la misión de la Iglesia. Últimamente han proliferado, especialmente en las redes sociales, publicaciones que presentan la supuesta ruptura introducida por el Vaticano II como la causa de todos los males que actualmente aquejan a la Iglesia.

Por otro lado, cierta corriente interpretativa, apelando a un presunto «espíritu del Concilio», considera que el Vaticano II inició una transformación que todavía estaría pendiente de completarse mediante nuevas reformas. Sin embargo, muchas de esas propuestas no aparecen explícitamente en los textos conciliares, ni se corresponden con la intención original que puede reconocerse en las actas del Concilio.

Ante estos planteamientos, es útil recordar la advertencia de san Juan Pablo II: «Leer el Concilio suponiendo que conlleva una ruptura con el pasado, mientras que en realidad se sitúa en la línea de la fe de siempre, es una clara tergiversación» (Discurso del 27 de febrero de 2000). En esta línea, Benedicto XVI nos invitó a comprender el Concilio desde una “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad.

El Concilio supuso una verdadera renovación, que desgraciadamente algunos quieren negar; pero no el nacimiento de una Iglesia diferente. La Iglesia anterior y posterior al Vaticano II es la misma Iglesia de Cristo. Esta perspectiva permite afrontar con mayor profundidad las cuestiones discutidas, reconociendo que la tradición no es simplemente una colección de fórmulas antiguas que deban repetirse sin más.

Por otra parte, es ingenuo ignorar que la Iglesia ha cambiado en muchas de sus expresiones desde su fundación. Y resulta mezquino que una persona o un grupo pretenda decidir en cuál de esas etapas debemos reconocer a la «Iglesia verdadera». Tampoco debemos olvidar que el cambio en la Iglesia es necesario en su fidelidad al Evangelio y a la verdad plena a la que el Espíritu nos va conduciendo (cf. Jn 16, 13).

Defender el Concilio significa, por tanto, dejar que hablen sus propios documentos, leerlos en relación con el magisterio precedente y posterior, y procurar poner en marcha sus enseñanzas.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Afinar el oído


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escuchar mejor, para descubrir así los caminos que el Espíritu Santo abre hoy para nuestra Iglesia. Quisiera reflexionar en esta carta sobre cuatro dimensiones de la escucha.

De entrada, hemos de escucharnos a nosotros mismos, porque no siempre lo hacemos. Vivimos tan deprisa que muchas veces no llegamos a reconocer lo que hay dentro de nosotros; en otras ocasiones, damos por buenas las opiniones y prejuicios ajenos sin preguntarnos: ¿realmente pienso yo así? O bien nos dejamos llevar por el miedo, el enfado o el deseo inconsciente de tener razón. Escucharse a sí mismo requiere hacer silencio y examinar qué hay en nuestro corazón y en nuestra conciencia. Solo desde esta escucha interior podemos aportar verdad a los procesos sinodales.

También hemos de escucharnos unos a otros: en la familia, en la comunidad y en todos los ámbitos en los que transcurre nuestra vida. Con frecuencia ocurre que, mientras uno habla, los demás ya están pensando en cómo responderle. El proceso sinodal reclama la paciencia de escuchar al hermano, incluso cuando no piensa como nosotros. Escuchar no significa estar de acuerdo con lo que se oye, pero sí demuestra que nos tomamos en serio lo que el otro dice. Una comunidad que escucha es una comunidad capaz de caminar unida, aun en medio de las diferencias.

Además, tendríamos que escuchar la realidad que vivimos, para descubrir lo que Dios nos dice a través de los signos de los tiempos: las situaciones, los acontecimientos y los cambios significativos que ocurren en un momento determinado de la historia. Hoy podríamos hablar de la transformación de la política internacional, el avance de la inteligencia artificial, el auge del emotivismo, las nuevas búsquedas espirituales, las sociedades cerradas y excluyentes, la crisis climática, los compromisos líquidos, la polarización social y el difícil acceso a la vivienda, entre otros desafíos.

Y, sobre todo y en todo, hemos de escuchar a Dios, sin pretender que Él confirme nuestra posición. Escuchar a Dios nos exige estar abiertos a que su Palabra nos cuestione y nos transforme. Él se comunica con nosotros en la Escritura y en el silencio de la oración, así como a través de las personas con las que nos encontramos, especialmente las que sufren, son pobres o están marginadas. Nos habla también en las realidades temporales que vivimos y en los gemidos de la hermana-madre Tierra.

El camino sinodal pide que aprendamos a escuchar antes de tomar la palabra, a comprender antes de juzgar y a reflexionar juntos antes de decidir, unidos a María, la mujer de la escucha y de la acogida.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Soñar con Santa María de la Victoria


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Una hermosa tradición nos recuerda que hace más de quinientos años, cuando las tropas cristianas que asediaban Málaga estaban a punto de retirarse, el rey Fernando el Católico, que las capitaneaba, tuvo un sueño en el que la Virgen le daba ánimos. Poco después, la ciudad se rindió y aquella imagen de María quedó para siempre vinculada a la historia de Málaga. Santa María de la Victoria, con su auxilio materno, nos invita, también hoy, a seguir soñando y venciendo en nuestras batallas cotidianas. Pienso especialmente en tres:

Primera: la batalla contra la autosuficiencia. Vivimos en una cultura que nos susurra, con la fuerza de las redes sociales, que podemos caminar solos, que no necesitamos de nadie y que hemos de ser capaces de resolverlo todo por nosotros mismos. Pero, si entramos en nuestro interior, descubrimos que no somos autosuficientes y que crecemos en la medida en que nos apoyamos en los demás y en Dios.

La autosuficiencia nos encierra, nos hace desconfiar y, en ocasiones, nos impide reconocer nuestra propia fragilidad. María, en la bella escena de la Visitación (cf. Lc 1,39-56), nos muestra otro camino: tras acoger el anuncio del ángel, no se encierra en sí misma, sino que se pone en camino para ayudar a su prima Isabel, en quien encontrará, al mismo tiempo, comprensión y apoyo.

Segunda: la batalla contra la superficialidad. Podemos acostumbrarnos a juzgar deprisa, a repetir lo que otros dicen sin comprobarlo, a dejarnos engañar por el señuelo de la apariencia. La superficialidad nos aleja de la verdad, puede enfrentarnos unos con otros y nos hace vulnerables ante quienes pretenden manipularnos. Necesitamos aprender de nuevo a escuchar, a pensar, a discernir, a abrir el corazón a la verdad, como María, que «guardaba y meditaba las cosas en su corazón» (Lc 2,29).

Y tercera batalla, necesaria en nuestra Iglesia, contra el individualismo. Tenemos una riqueza enorme: parroquias, colegios católicos, hermandades, asociaciones, movimientos, vida consagrada y tantos hombres y mujeres que entregan generosamente su tiempo y sus capacidades; pero, necesitamos vencer la tentación de ir cada uno por su lado, superando recelos, protagonismos y prejuicios. Lo que hace una parroquia puede enriquecer a otra; lo que aporta un colegio puede ayudar a una comunidad; las hermandades y asociaciones pueden hacer más eficaz su labor evangelizadora, promoviendo nuevos caminos de colaboración.

María, en el pasaje de las bodas de Caná, nos hace una recomendación mirando a su Hijo: «Haced lo que Él os diga». El mandato de Jesús, recogido en una oración al Padre como un testamento, se concentra en una súplica: «Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno». (Jn 17,21). Alegremos a María, nuestra Madre, sentándonos como hermanos en la mesa de la Eucaristía y anunciando en comunión el Evangelio.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

Santidad alegre y comprometida

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: La solemnidad de Todos los Santos nos invita a contemplar a tantos hombres y m...