domingo, 21 de diciembre de 2025
Navidad. Contempla, celebra y comparte
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
No sé si sois de los que acogen la Navidad con ilusión o de los que esperan que llegue cuanto antes el día siete de enero; pero, en cualquier caso, os invito a vivirla con la intensidad que merece, conjugando tres verbos.
Contemplar. Leed el Evangelio del nacimiento de Jesús o contemplad un Belén como si estuvierais presentes en el establo donde Jesús nació: mirad a Jesús como María y José, imaginad los olores de aquel lugar, acoged con ternura al recién nacido, acariciad su piel y dejad que su manecita se agarre a la vuestra. Este ejercicio, tan propio de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y aparentemente infantil, conseguirá que el misterio de Dios se introduzca en vuestra sensibilidad y vaya moldeando vuestra vida.
Al arrodillarnos ante el pesebre de Belén, aprenderemos que los colores del verdadero amor son la compasión, la cercanía y la paciencia. Dejemos que el Niño Dios nos mire y en sus ojos veremos reflejado el ser de Dios y su amor por la humanidad. Dios se hizo pequeño y entró en la historia humana con la lógica del amor: no humilla a los que ama, sino que los eleva; no se impone, sino que se ofrece. Es el Enmanuel, “Dios-con-nosotros”, la Palabra hecha carne.
Celebrar. El Hijo de Dios nace en el seno de la familia de María y José y es reconocido por unos pobres pastores, que celebran su presencia con alegría. Hoy, el misterio de Dios encarnado se hace visible en vuestras familias y en vuestras comunidades cristianas.
Cuando nos acercamos a cada hermano y hermana con sinceridad y sin prejuicio, cuando nos escuchamos y nos perdonamos, cuando brindamos juntos por tantas cosas buenas que Dios nos regala, Jesús vuelve a nacer entre nosotros, crece la fraternidad, y la fraternidad despierta la esperanza.
Compartir. Quien se acerca a Jesús Niño aprende a estar cerca de los demás, especialmente de los pobres, los descartados y los frágiles. Él, que nació en un establo y se vio obligado a emigrar a Egipto, nos desinstala de nuestra comodidad y nos pone en camino hacia el hermano. No celebraremos la Navidad si no nos acercamos a quienes viven en la intemperie de la vida. Por eso, Cáritas nos invita a comprometernos para que tener una vida digna deje de ser una cuestión de suerte.
Al encontrarnos con los pobres, no sólo les llevamos alguna ayuda, sino que en ellos nos encontramos con Jesús. Ellos son la manifestación –la epifanía– cotidiana de su presencia en medio de nosotros. Si queréis ser amigos de Jesús, haceos amigos de los necesitados, acompañadlos con humildad, escuchad sus historias con respeto y veréis cómo Dios os salva desde ellos.
Que esta Navidad, hermanas y hermanos, nos haga más contemplativos, más fraternos y más solidarios.
domingo, 14 de diciembre de 2025
Profesar la fe y la esperanza
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
En este Jubileo de la Esperanza conmemoramos que en el año 325, hace ahora 1.700 años, tuvo lugar en Nicea el primer concilio ecuménico de la historia de la Iglesia. Allí, los 318 obispos proclamaron la fe católica en la divinidad de Jesucristo con estas palabras: «Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza (homoousios) del Padre». Esta formulación fue enriquecida el año 381 por el concilio de Constantinopla, dando origen al Credo niceno-constantinopolitano (el llamado popularmente “credo largo”) que profesamos en la celebración de la Eucaristía.
De este modo proclamamos que Jesucristo es nuestra Esperanza, pues al compartir el ser de Dios y también nuestra naturaleza humana, no hay ninguna situación de pobreza o violencia en la que no se haga presente la fuerza salvadora del amor de Dios.
El Credo niceno-constantinopolitano es común para católicos, ortodoxos, luteranos, reformados, bautistas, anglicanos, metodistas, evangélicos… La diócesis de Málaga ha sido pionera en el camino de la reconciliación entre las Iglesias cristianas y todos nosotros –laicos, religiosos, sacerdotes y obispo– hemos de seguir avanzando. No se trata solo de orar juntos en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, sino de aprender a trabajar unidos al servicio del Reino y de ser instrumentos de reconciliación y concordia en un mundo polarizado y dividido.
El papa León XIV ha conmemorado el concilio de Nicea peregrinando a Turquía y participando en la oración ecuménica que tuvo lugar en la antigua Nicea, actual Iznik, frente a los restos de la basílica donde se celebró el concilio. Y en su carta apostólica “In unitate fidei” ha dado un renovado impulso a esa profesión de fe. En ella nos invita a volver a la pregunta que hizo Jesús a los Doce: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 15, 15).
En los tiempos del concilio de Nicea, el presbítero Arrio había afirmado que Jesucristo era una criatura especial, superior a todas las demás, pero que no era Dios. El concilio corrigió a Arrio, afirmando que Jesús de Nazaret es de la misma sustancia (homoousios) del Padre. No se trataba de una disputa sobre palabras, sino de una cuestión fundamental: si Jesús fue un personaje carismático, un revolucionario social o alguien que amó como nadie lo había hecho hasta entonces, es un hombre digno de admiración, pero si además es de la misma sustancia del Padre, entonces es el Hijo de Dios, que sigue vivo y presente entre nosotros y nos salva de caer en el vacío. La pregunta “¿Quién es Jesús para ti?” no es ociosa, como no lo fue la respuesta que dio, en su día, el concilio de Nicea.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 7 de diciembre de 2025
Violencia contra la mujer
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
En una semana han sido asesinadas dos mujeres en la provincia de Málaga, víctimas de la violencia de género; seis en lo que va de año. Como Iglesia, no podemos permanecer indiferentes ante este drama.
San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Mulieris Dignitatem (1988), analiza los textos del libro del Génesis, que desgraciadamente se han utilizado para justificar la subordinación de la mujer al varón, y concluye: «la mujer no puede convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina». Benedicto XVI denunció con claridad que «aún persiste una mentalidad machista, que ignora la novedad del cristianismo, el cual reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer con respecto al hombre». El papa Francisco señaló que «las distintas formas de malos tratos que sufren muchas mujeres son una cobardía y una degradación para toda la humanidad… No podemos mirar para otro lado». Y León XIV, en la homilía del pasado Pentecostés, se refirió «con mucho dolor» a «los numerosos y recientes casos de feminicidio».
Ante esta dura realidad y a la luz del Magisterio de los últimos papas, surge de manera espontánea la pregunta: ¿qué estamos haciendo y qué más podemos hacer? Los proyectos de casas de acogida de Cáritas, organizados en dos arciprestazgos de la diócesis, se han consolidado como un recurso esencial para mujeres embarazadas en situación de vulnerabilidad, algunas víctimas de violencia. Las religiosas Adoratrices en la ciudad de Málaga ofrecen un hogar de protección y atención educativa, socio-laboral, psicológica, jurídica y sanitaria a mujeres, también a las que han sufrido algún tipo de violencia, favoreciendo que puedan reconstruir sus vidas y, desde su experiencia, contribuir a la construcción de un mundo más justo. El Cotolengo y el Centro de Orientación Familiar, igualmente, han acogido a mujeres maltratadas y, en coordinación con los servicios sociales, se ha buscado una respuesta adecuada en centros especializados.
Debemos celebrar los avances innegables en el reconocimiento de la igual dignidad de hombres y mujeres, así como en la lucha contra la violencia machista. Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer, tanto en la sociedad como en la Iglesia.
Por ello, animo a nuestras parroquias, movimientos y comunidades a superar la tentación de silenciar este gravísimo problema; a acoger y acompañar a las víctimas; a promover programas de formación sobre la dignidad de la mujer y la igualdad en Cristo; a respaldar iniciativas que protejan a las mujeres en situación de riesgo; a promover, en suma, el Evangelio de la vida.
Invito también a la sociedad en su conjunto a evaluar y mejorar las estrategias necesarias para erradicar con eficacia esta lacra, y a promover la formación humana que reciben nuestros jóvenes, de modo que los fortalezca interiormente para reconocer, prevenir y enfrentar la violencia contra la mujer.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
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