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domingo, 15 de marzo de 2026

Paz en la tierra


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Nos duelen profundamente las noticias que llegan de la guerra en Irán y Oriente Medio. Tampoco podemos olvidar el sufrimiento que persiste en Ucrania o en Gaza, ni las guerras olvidadas que desangran a tantos pueblos africanos. En muchos de estos lugares, la riqueza de la tierra —codiciada por intereses poderosos— se convierte en causa de violencia y guerra, en vez de ser fuente de vida y desarrollo para sus habitantes.

No solo nos inquietan las repercusiones que podemos padecer al llenar el depósito del coche o al pagar la cesta de la compra. Lo que verdaderamente nos hiere es la pérdida de vidas inocentes, el dolor de tantas familias, el clima de odio, inseguridad y desamparo que sufren millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos. Ante esta dolorosa realidad, ¿qué podemos hacer?

Rezar por la paz. La oración es la primera respuesta del creyente ante el sufrimiento del mundo. Con León XIV, «elevamos nuestro humilde ruego al Señor para que cese el estruendo de las bombas, callen las armas y se abra un espacio de diálogo en el que se puedan escuchar las voces de los pueblos». El Papa nos invita a confiar esta intención a María, «para que interceda por cuantos sufren a causa de la guerra y acompañe los corazones a través de senderos de reconciliación y de esperanza».

Acoger la paz en el corazón. La paz verdadera comienza con una transformación interior que nos hace renunciar al odio, al rencor y a la indiferencia. Acoger la paz en el corazón significa dejar que Dios cure nuestras heridas, purifique nuestros miedos y nos enseñe a mirar al otro como hermano. Es un camino de conversión que nos invita a buscar la justicia y la verdad, a reconocer la propia agresividad y a dejarnos reconciliar. Solo un corazón pacificado puede convertirse en fuente de paz para los demás.

Vivir la paz en la vida cotidiana. La paz se construye día a día, en lo pequeño y en lo cercano: en la familia, en el puesto de trabajo, en la parroquia, en la hermandad, en el barrio o en el pueblo. Vivir la paz implica elegir palabras que no hieran, gestos que unan, actitudes que favorezcan el encuentro. Es aprender a escuchar antes de juzgar, a resolver los conflictos sin recurrir a la violencia, a tender puentes donde otros levantan muros. Como recordábamos los obispos de Aragón en 2023, «no sirve de mucho lamentarse de las guerras entre países, si en el ámbito doméstico no somos capaces de trabajar por la paz». Como ciudadanos responsables, también estamos llamados a exigir a las autoridades de las naciones decisiones valientes, que prioricen la vida de los pueblos por encima de intereses económicos, estratégicos o ideológicos.

Que la Paz del Señor habite en vuestros corazones y se extienda al mundo entero.

domingo, 25 de enero de 2026

Un solo Espíritu, una sola Esperanza


Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla:

Del 18 al 25 de enero, la celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos ha convertido a la Diócesis de Málaga en un gran templo, donde fieles, pastores, sacerdotes y religiosos de diversas confesiones cristianas han hecho latir sus corazones al mismo ritmo, acogiendo la súplica del Señor en la Última Cena: «Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti, para que el mundo crea» (Jn 17, 21).

La división entre los cristianos sigue siendo un escándalo que resta credibilidad y fuerza a la Buena Noticia del Evangelio, tal como denunciaba el decreto Unitatis redintegratio del Concilio Vaticano II. No podemos resignarnos ni acostumbrarnos a una Iglesia dividida, porque no es el estado natural en el que los cristianos estamos llamados a vivir la fe. Trabajemos, por tanto, sin descanso para alcanzar una comunión cada vez más plena, que haga posible la unidad en lo esencial y el respeto escrupuloso a la legítima diversidad.

El papa Francisco habló de tres tipos de ecumenismo: el de las manos, el de la cabeza y el del corazón. Son dimensiones complementarias de una misma llamada a la unidad. El ecumenismo del corazón ha sido especialmente intenso durante este Octavario por la Unidad: católicos, ortodoxos y protestantes hemos unido nuestros corazones al de Cristo para celebrar la comunión que existe entre quienes compartimos un mismo bautismo, como se ha expresado en las numerosas oraciones ecuménicas celebradas en los templos de las distintas confesiones. El ecumenismo de la cabeza nos impulsa a profundizar en los principios y fundamentos de la unidad a la que el Señor nos convoca; en este ámbito, la teología y la formación ecuménica, accesibles en nuestros centros teológicos, desempeñan un papel fundamental. Por su parte, el ecumenismo de las manos nos invita a trabajar y colaborar en todo aquello que resulte posible. Todo cristiano que se acerque con autenticidad al Evangelio escuchará la llamada a servir a los más pobres, en cuyos rostros reconocemos al mismo Cristo sufriente.

Recién llegado a Málaga, mantuve un encuentro fraterno con representantes de todas las Iglesias cristianas. Allí pude agradecer su cálida acogida y propuse poner en marcha un proyecto social común, que nos permitiera servir juntos a nuestros hermanos y hermanas que sufren. Estoy convencido de que el servicio compartido abrirá caminos hacia la fraternidad y la comunión, porque nos acercará cada vez más a Cristo presente en los pobres. Un proyecto social común podrá hacer realidad el lema del Octavario para este año: “Un solo Espíritu, una sola Esperanza” (Ef 4, 4), en un mundo herido por la polarización, las injusticias y las guerras, que necesita signos concretos de fraternidad y solidaridad con las personas más vulnerables.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 24 de noviembre de 2024

¿Dónde está Dios cuando todo se anega?


Desde que el mundo es mundo, los seres humanos miramos al cielo cuando nos golpean desgracias, propias y ajenas. Así ha vuelto a ocurrir con ocasión de las recientes inundaciones que han anegado el Levante español. Miramos al cielo para presentar nuestro dolor y nuestras preguntas, para pedir luz y fuerza.

Buscamos respuestas y a menudo nos encontramos con el silencio de Dios. Esta experiencia aparece con frecuencia en la Biblia: «¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? … Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío», rezaba el pueblo con el salmo 12. El mismo Jesús dirige al Padre una oración desgarradora: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Sal 22,1; Mt 27,46). Estoy seguro de que Dios acoge nuestras más sangrantes oraciones con comprensión y ternura; es más, prefiere que le echemos en cara nuestro dolor a que nos alejemos de Él.

Dios responde a nuestras angustiadas oraciones con su cercanía más que con sus palabras. Respetemos, por tanto, el silencio de Dios, renunciando a dar explicaciones del mal demasiado simplonas, como “Dios se lleva a los mejores”, “Dios lo ha querido librar de males mayores” o “Ha sido un castigo divino”. Este tipo de expresiones pocas veces alivian y además hablan mal del Señor (cf. Jb 42,7).

Respetemos el silencio de Dios y abramos el corazón a su amor, porque más allá de las apariencias, Él siempre está a nuestro lado. La Biblia nos cuenta que todas las personas que han acudido a Él con su dolor han descubierto, más tarde o más temprano, su mano poderosa y cariñosa. Así lo hemos experimentado muchas veces los hombres y mujeres de fe, que hemos reconocido, como Jacob: «Realmente el Señor está en este lugar [en esta situación] y yo no lo sabía».

La cercanía de Dios a la humanidad sufriente se hizo palpable en Jesucristo, su Hijo. En Él se hizo presente definitivamente la bondad y el amor de Dios (cf. Tt 3,4). Su cruz nos recuerda que Dios está presente en nuestras cruces, su Espíritu mueve a las personas de buena voluntad a la solidaridad, y con su amor es capaz de convertir en bienes nuestros males.

Si queremos hacer presente a Dios en el sufrimiento de los hermanos, Jesús nos enseñó el camino de la oración, la cercanía y la entrega, como Él y con Él. Por eso, os invito a dar gracias por tantas personas buenas que hacéis presente el amor de Dios en muchas situaciones dolorosas; os animo también a contribuir en las colectas de este Domingo de Cristo Rey, que enviaremos a Cáritas Diocesana de Valencia, institución que ha estado, está y estará al servicio de las personas que más sufren, antes y después de las inundaciones.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 22 de septiembre de 2024

Como tú y contigo


Al comenzar mi andadura como pastor de esta querida Diócesis de Teruel y Albarracín, elegí el lema “Como Tú y Contigo”. Estas palabras son el eco de mi pobre respuesta a la llamada de Jesucristo, tal como la presenta San Ignacio de Loyola en el libro de los Ejercicios Espirituales, cuando escribe: «Quien quisiere venir conmigo ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir… Asimismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche… Porque así después tendrá parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos».

Este lema me ha servido de inspiración en los momentos dulces y difíciles de la misión que se me ha confiado. Con todas mis limitaciones, he intentado situarme, trabajar y relacionarme al estilo de Jesús, es decir, “vivir como Él”, y he procurado buscar cada día momentos de intimidad “con Él”, como me recomendó vivamente el cardenal Juan José Omella, el día de mi ordenación episcopal, y nos recuerda el papa Francisco: «La primera tarea del obispo es rezar y no como un loro, ¡no! Rezar con el corazón, rezar. “No tengo tiempo”. ¡No! Deja todas las demás cosas. Rezar es la primera tarea del obispo».

El Santo Padre no sólo urge a los obispos a mantener la cercanía a Dios en la oración, también nos pide cuidar la cercanía a los hermanos en el episcopado, a los sacerdotes y a su santo pueblo. Por eso, tres años después, quiero utilizar el mismo lema “como tú y contigo”, pero con letras minúsculas, tal como me sugirió un sacerdote al poco tiempo de llegar a Teruel.

Con vosotros y como vosotros, amigas y amigos de Teruel y Albarracín, voy aprendiendo a ser obispo, a amar a esta tierra y a sus gentes, a valorar el esfuerzo y el sacrificio de tantas personas que han dado su vida en esta diócesis y por ella, a escuchar al Espíritu Santo para vislumbrar los caminos que el Señor va marcando a su Iglesia y a nuestro mundo. Como escribió San Francisco de Asís en su testamento, también yo quiero decir con el corazón agradecido: «Dios me ha dado hermanos». ¡Gracias por vuestra cercanía y cariño, por vuestra paciencia y comprensión, por vuestros ánimos y críticas, por vuestro trabajo y oración!

Pido al Padre que me conceda la gracia de saber dar prioridad, entre todas mis tareas cotidianas, al encuentro con Jesucristo, buen pastor, y con las personas que sois parte activa de esta querida Diócesis de Teruel y Albarracín. Como Tú y Contigo, Señor; como vosotros y con vosotros, queridos hermanos y hermanas.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 14 de julio de 2024

Tener a Dios propicio y escaso el pan


Algunas personas aconsejan a otras que recen ésta o aquélla novena, para conseguir que todo les vaya bien o que alguien cercano recobre la salud. Estos consejos conectan con la angustia de quienes harían cualquier cosa para solucionar un problema grave. Sin embargo, estos mensajes, sin duda bienintencionados, no ayudan a descubrir el sentido y la finalidad de la oración cristiana, porque tienden a confundirla con una negociación con Dios, en la que, si le ofrecemos sacrificios y oraciones, Él, a cambio, nos da salud o éxito en la vida. Además, este tipo de prácticas pueden conducir a la frustración e incluso a la increencia, cuando se comprueba que no se alcanza lo que se pretende.

Santa Teresa de Jesús, que tenía una profunda experiencia de oración, la entendía de una manera bien diversa. Ella decía a sus monjas que orar es «tratar de amistad estando a solas muchas veces con quien sabemos nos ama». En esos momentos de intimidad con el Señor, podemos expresarle con confianza nuestras preocupaciones y deseos. Hemos de rezar, pues, no para que Dios nos ame y nos bendiga, sino porque, como escribió el apóstol San Juan a sus comunidades, «Dios nos amó primero» (1 Jn 4, 19), antes de que pudiéramos ofrecerle oraciones o compromisos para merecer su amor. Él conoce nuestras necesidades y siempre está dispuesto a favorecernos, sin condiciones.

Dios nos ama siempre, pero su amor no nos soluciona todos los problemas. Jesús advirtió con claridad que sus seguidores tendríamos que soportar tristezas, luchas, persecuciones (Jn 16,20.33; Mc 10,30). En efecto, es posible “tener a Dios propicio y escaso el pan”, como reza un himno de la solemnidad de San José. Sí, queridos hermanos y hermanas, es posible tener a Dios propicio y andar escasos de pan, de salud o de reconocimientos; es posible tener a Dios propicio y viajar en una patera, estar en la cárcel o no encontrar un empleo digno. Miremos a Jesús, que era “el Hijo predilecto del Padre” y nació en un establo, no tuvo donde reclinar la cabeza y murió en una cruz.

Si al leer esta carta alguno se pregunta: «¿Entonces para qué sirve rezar?», le responderé con palabras de San Agustín cuando dijo: «Nuestro Dios y Señor no pretende que le mostremos nuestra voluntad, pues no puede desconocerla; pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y así prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar. Su don es muy grande y nosotros somos menguados y estrechos para recibirlo (…). En efecto, Dios no nos oye porque ambicione nuestras plegarias, pues siempre está pronto para darnos su luz, pero nosotros no siempre estamos dispuestos a recibirla, porque estamos inclinados a otras cosas. En la oración acontece la conversión de nuestro corazón a Dios, que está siempre dispuesto a darse a sí mismo» (Carta a Proba y Tratado sobre el sermón de la montaña).

Recibid mi cordial saludo en el Señor.

domingo, 7 de julio de 2024

Vacaciones, ¿para qué?


Con el título de esta carta no pretendo transmitir la idea de que las vacaciones son un capricho superfluo, pues las necesitamos para el descanso del cuerpo y del alma. También el buen Dios descansó el séptimo día de la creación, como nos recuerda el libro del Génesis (2, 2-3).

No obstante, quizá sea bueno que nos planteemos cómo organizamos las vacaciones, y si realmente nos descansan; porque a veces las programamos como un maratón de actividades que produce agotamiento o, por el contrario, se dedican a no hacer nada, lo que suele provocar una sensación de insatisfacción. Por eso, me ha parecido útil ofrecer algunas sugerencias para vivir las vacaciones gozosa y provechosamente.

Si durante el año el trabajo o el estudio nos dejan poco tiempo para disfrutar de la familia y de las amistades, dediquemos algo de nuestras vacaciones a “perder el tiempo” con esas personas que llevamos en el corazón y que apenas vemos. Y digo “perder el tiempo” con la intención de subrayar que estas relaciones son gratuitas y están libres de otros intereses. Llevan simplemente a encontrarnos, a compartir una comida o un rato de conversación, a interesarnos unos por otros, a sentirnos queridos y a manifestar nuestro mutuo aprecio.

Las vacaciones también son una ocasión propicia para profundizar en nuestra relación con Dios, utilizando ese tiempo libre de tareas y obligaciones para la lectura espiritual y la oración. ¡Cuántas veces quisiéramos que nuestras conversaciones con Dios fueran más intensas, pero no encontramos tiempo! Las vacaciones nos ofrecen la oportunidad de leer ese libro de teología o de hacer esos Ejercicios Espirituales de varios días. Es la mejor inversión de nuestro tiempo, si hacemos caso a las palabras del salmo 61: “Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación. Sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar, no vacilaré”. No olvidemos que Dios es el más hermoso manantial del que brota el descanso y la paz.

Las vacaciones, por otra parte, nos ofrecen la posibilidad de cuidar nuestro cuerpo, gracias al cual nos relacionamos y hacemos tantas cosas preciosas, pero que apenas escuchamos y cuidamos. Muchas veces no respetamos sus ritmos, no lo alimentamos bien o lo forzamos innecesariamente con estimulantes y relajantes. Ojalá utilicemos también las vacaciones para tratar el cuerpo como se merece, proporcionándole las necesarias dosis de descanso y de deporte.

Por último, os animo a dedicar una parte de las vacaciones al voluntariado, en los lugares de residencia habitual o en algún país más pobre, colaborando en proyectos misioneros o con alguna organización solidaria solvente.

Recibid mi cordial saludo tanto los que vais a disfrutar de vacaciones como los que, por diversos motivos, no tengáis esta oportunidad. Que el Señor os bendiga y acompañe.

domingo, 16 de junio de 2024

400 años de silencio, oración y trabajo


En el año 1624, un grupo de monjas caminó por las calles de Rubielos de Mora hasta llegar al templo que había sido la iglesia parroquial. Allí instalaron un convento de vida contemplativa, siguiendo la inspiración de San Agustín, uno de los grandes padres de la espiritualidad cristiana, y allí han continuado viviendo ininterrumpidamente en silencio, oración y trabajo.

Durante cuatro siglos, el incienso de la oración y de la vida entregada a Dios de estas mujeres se ha elevado desde el convento hasta el cielo y han descendido las bendiciones divinas sobre el pueblo, en un movimiento circular impulsado por la vida de unas monjas que decidieron entregar a Dios los días de sus vidas. Hermanos y hermanas, os invito a considerar el regalo que supone tener en esta querida Diócesis un monasterio de monjas contemplativas. El monasterio es tierra sagrada en la que se hace palpable la presencia y cercanía de Dios.

Agradezcamos especialmente este regalo cuando el Papa nos anima a hacer de este año un año de oración como preparación para el Jubileo de 2025. Este deseo del papa Francisco entronca con la memoria de aquel gran creyente del siglo V, que fue Aurelio Agustín, venerado por la Iglesia como San Agustín. Su insaciable sed de felicidad le llevó a buscarla en las muchas fuentes del mundo que pretenden calmarla, pero sólo la encontró en la eterna Verdad de Dios, única fuente que la sacia definitivamente, tal como el propio Agustín confesó: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Quienes han seguido la espiritualidad de San Agustín han descubierto en la oración cuan «¡tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo, pero me llamaste y quebraste mi sordera».

Esta efeméride y este año dedicado a la oración son un reclamo para acercarnos al único monasterio de vida contemplativa que tenemos en la Diócesis, para renovar nuestra vida interior y para pedir la gracia de acrecentarla, una vida espiritual que es imprescindible para el creyente siempre y más en el siglo XXI.

Felicito a la comunidad de Madres Agustinas en el cuarto centenario de su presencia entre nosotros e invito a todos los diocesanos y diocesanas a unirse en la Eucaristía que celebraremos el próximo domingo 23 de junio en la iglesia conventual, para dar gracias a Dios porque estas religiosas viven entre nosotros y por su generosa y prolongada entrega. Que San Agustín las siga bendiciendo y renueve en ellas el carisma que el Espíritu Santo le inspiró, para regalarlo a nuestra Iglesia de Teruel y Albarracín. ¡Muchas felicidades!

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 2 de junio de 2024

El arte de la oración


«Me alegra pensar que el año 2024, que precede al acontecimiento del Jubileo, pueda dedicarse a una gran “sinfonía” de oración; ante todo, para recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo». Desde la Iglesia particular de Teruel y Albarracín acogemos con alegría esta llamada del papa Francisco. Me satisface comprobar que nuestro Plan Pastoral Diocesano 2023-2028 concuerda con esta convocatoria del Santo Padre. En este Plan nos comprometimos a «ayudar a todos los bautizados a crecer en la relación con Dios, a purificarla y a hacerla madurar, siguiendo el modelo de Jesucristo y dejándonos conducir por su Espíritu».

Somos conscientes de que necesitamos cultivar la relación amorosa con Dios, “estando a solas muchas veces con quien sabemos nos ama”, como Santa Teresa de Jesús recomendaba a sus monjas. Sin embargo, reconocemos las dificultades que encontramos en algunas ocasiones: nos faltan tiempos de calidad, nos falla la humildad para acoger el regalo inmerecido de la amistad con Dios, vivimos la oración más como una tarea pesada que una relación gozosa, nos aburrimos, realizamos nuestras prácticas piadosas pero no acabamos de encontrarnos con Dios. Y así poco a poco nuestra fe pierde vitalidad y corre el riesgo de convertirse en ideología.

Cuando con la ayuda del Espíritu vamos superando las dificultades y creciendo en la auténtica oración cristiana, la relación con Dios produce un impacto directo sobre nuestra vida, ya que nos configura progresivamente con Jesús, hace que nos vayamos pareciendo a Él, sobre todo en la confianza, la alegría, la misericordia y el compromiso con los menos afortunados. Cáritas nos lo recuerda con motivo de la Solemnidad del Corpus Christi.

A pesar de experimentar con gozo la cercanía de Dios, no nos resulta fácil transmitir el gusto y el arte de la oración a las jóvenes generaciones. Bombardeadas por un sinfín de impactos sonoros y visuales encuentran no pocos problemas para apreciar el silencio, fijar sus ojos en Jesucristo y abrirse al paso de Dios por su vida y por el mundo en el que viven.

Por estas y por tantas otras razones, quiero invitaros, hermanos y hermanas de nuestras parroquias y comunidades, así como a todas las personas que queráis iniciaros o avanzar en vuestra relación con Dios, a participar en la Asamblea Diocesana que tendrá lugar en el Colegio Diocesano “Las Viñas” el próximo sábado 15 de junio. Además de escuchar una reflexión general acerca de la relación con Dios, tendremos ocasión de participar en varios talleres en los que se practicarán diversos modos de oración, cada uno con su propio acento: el sufrimiento, la belleza, el silencio, el goldy play, la música, Taizé, la Palabra, la vida, la adoración al Santísimo, los niños y el cuerpo. Podéis inscribiros en la página web de la diócesis y en las parroquias, antes del 10 de junio.

Recibid un cordial saludo en el Señor.

domingo, 7 de abril de 2024

Resucitar


No hay duda de que Jesús murió crucificado. Así lo atestiguan los Evangelios y lo afirman historiadores de la época, como Flavio Josefo. Pero, la fe cristiana proclama que Jesús resucitó. Es más, el Catecismo enseña que “la Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo” (n. 638).

No obstante, en algunos momentos no nos resulta fácil creer en la resurrección. Es normal esta dificultad; ya que la muerte se nos impone con un realismo brutal y, además, no es posible demostrar la resurrección científicamente. Sin embargo, podemos afirmar que creer en ella es razonable. Quisiera señalar tres razones que sostienen este artículo de nuestra fe:

La primera razón la encontramos en la palabra de Jesús, quien anunció al mismo tiempo su pasión y su resurrección: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días” (Mc 8,31). Jesús no era un predicador chiflado, ni un soñador iluso. Se destacó por su realismo y su autenticidad, rubricadas por su muerte en la cruz. Él es digno de crédito. Además, experimentamos cada día la verdad y la sabiduría de sus enseñanzas, al comprobar que ponerlas en práctica nos ayuda a crecer en felicidad y en libertad.

La segunda razón es la autoridad de los primeros testigos que pudieron encontrarse con Jesús Resucitado, de los que hemos recibido la Buena Noticia. No fueron –como se ha sostenido– unos caraduras que no querían volver a trabajar y se inventaron la resurrección del Maestro, para seguir viviendo del cuento. Nada más alejado de la realidad. Si hubieran querido vivir una vida más tranquila hubieran vuelto a sus hogares. Creer en la resurrección y anunciarla a los cuatro vientos les causó no pocos problemas, hasta el punto de que muchos acabaron en la cárcel o martirizados. ¿Cómo explicar que ese grupo de discípulos se pusiera en pie, se reuniera de nuevo y comenzase a predicar la resurrección, a pesar de las persecuciones? Lo más razonable es creer que la fuerza del Resucitado los levantó, los reunió y los envió.

La tercera razón descansa en nuestra experiencia personal. Creemos en la resurrección de Jesús porque, aunque Él no se nos ha aparecido como a los primeros testigos, hemos percibido la fuerza del resucitado en nuestras vidas. Cuando nos unimos a Él, nos resucita ya en esta vida: del miedo a la confianza, de la indiferencia a la compasión, de la comodidad al compromiso, del individualismo a la fraternidad, del pesimismo a la esperanza…

El Resucitado nos espera en el silencio de la oración, en la celebración de los sacramentos, en la comunidad de los creyentes, en las personas que sufren… Dejémonos encontrar por Él, para resucitar con Él a una vida nueva ya en esta tierra, anticipo de la vida eterna y plena del cielo. Amén.

domingo, 27 de noviembre de 2022

Despiertos y atentos


¿Por qué a algunas personas les cuesta tanto creer en Dios? En muchos casos porque, aturdidas por el ajetreo de nuestra sociedad, no han desarrollado o han perdido la sensibilidad para percibir su presencia junto a nosotros. Hay demasiado ruido, demasiadas ocupaciones, demasiadas diversiones, demasiada prisa… y, sin darnos cuenta, se nos apaga la capacidad de ver, más allá de las apariencias, la bondad y la belleza de las personas y de las cosas, bondad y belleza que son obra de Dios.

Por eso, en este tiempo de Adviento con el que nos preparamos para la Navidad, la Iglesia nos invita a salir del aturdimiento. La liturgia del Adviento lo repite con insistencia: «ya es hora de levantaros del sueño; velad, estad preparados…» Para acoger el bien que existe a nuestro alrededor y para alentarlo dentro de nosotros hemos de estar despiertos. De lo contrario, dejaremos pasar las oportunidades que la vida nos ofrece. En efecto, también los tiempos de crisis e incertidumbre, como los actuales, pueden ayudarnos a mejorar nuestras personas y a crecer como cristianos.

Asimismo, hemos de estar despiertos para escuchar lo que late en nuestro corazón e identificar esos deseos hondos de justicia y paz que anidan en él. Hemos de estar despiertos para descubrir las necesidades de nuestros prójimos y para amarlos más y mejor. Hemos de estar despiertos para abrir las puertas de nuestro ser cuando el Señor pasa junto a nosotros. Porque Él viene y llama constantemente, como se preguntaba, del todo sorprendido, el poeta: «¿qué tengo yo que mi amistad procuras…?» El Evangelio nos recuerda que el Señor viene silencioso como un ladrón y a la hora que menos se le espera, pero no viene a robar, sino a regalar paz y alegría.

Para vivir despiertos y aprovechar la gracia del Adviento, el papa Francisco nos recomienda que evitemos dos peligros: la pereza y los vicios. La pereza nos va haciendo resbalar hacia la tristeza, porque nos quita las ganas de vivir y de hacer el bien. Los vicios nos tienen pegados al suelo e impiden que podamos levantar la cabeza. Además, el Papa nos anima a garantizar tiempos de calidad para el encuentro con Dios: «Es la oración –dice– la que mantiene encendida la lámpara del corazón. Especialmente cuando sentimos que nuestro entusiasmo se enfría, la oración lo reaviva, porque nos devuelve a Dios, al centro de las cosas. La oración despierta el alma del sueño y la centra en lo que importa, en el propósito de la existencia. Incluso en los días más ajetreados, no descuidemos la oración… “Ven, Señor Jesús, ven”. Repitamos esta oración a lo largo del día y el ánimo permanecerá vigilante. “Ven, Señor Jesús”» (cf. Ángelus del 28 de noviembre de 2021).

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 23 de octubre de 2022

Pantuflas o sandalias


La pandemia nos obligó a meternos en casa con pantuflas, esperando que pasara el temporal. Aunque el Covid-19 parece superado, han podido quedar efectos secundarios no deseados, particularmente para los cristianos: conformarnos con los encuentros virtuales, vivir la fe en privado, ver la Eucaristía por la televisión… La fiesta del Domund y la generosidad de tantos misioneros y misioneras nos animan a dejar las pantuflas, a calzar las sandalias y salir a la calle, para ser transparencia del amor de Dios. Para cumplir esta difícil y apasionante tarea, os recuerdo cinco actitudes profundamente interconectadas entre sí.

Primera: escucha. No podremos evangelizar a las familias, si no conocemos sus problemas, sus anhelos, sus dificultades y sus alegrías. Será difícil transmitir la fe a los jóvenes, si no sabemos qué canciones oyen y con qué series se entretienen, si ignoramos los conflictos que les atormentan y las esperanzas con las que sueñan. Todos necesitamos ser escuchados para sentirnos valorados y amados, para estar abiertos a un mensaje nuevo.

Segunda: oración. Al rezar por las personas a las que el Señor nos envía, podremos verlas con el mismo amor de Dios y descubrir su obra en sus corazones. En la lectura orante de la Biblia, el Espíritu Santo nos ilumina y fortalece para ofrecer las palabras y los gestos adecuados, para compartir lo que somos y darnos por completo, como Jesús y con Jesús.

Tercera: valentía. Si a Jesús lo persiguieron, no podemos esperar muchos aplausos al continuar su tarea. Cosechan pocos reconocimientos quienes defienden a los pequeños, denuncian las injusticias y proclaman la verdad, que casi siempre resulta incómoda. Por eso, si nos implicamos en la misión a la que Dios nos llama, necesitaremos un suplemento de esa fortaleza, que viene de la gracia de Dios y del apoyo de la comunidad.

Cuarta: humildad. Quien se cree más sabio y santo que los demás piensa que nada tiene que aprender e, inevitablemente, produce rechazo. Pero cuando uno es consciente de haber sido llamado por amor y no por sus méritos, se produce el milagro del encuentro, que lleva a compartir los dones espirituales y materiales que Dios nos ha dado.

Quinta: alegría. El Papa Francisco nos recuerda que el amor y el perdón de Dios pueden quitarnos la cara de funeral y devolvernos la alegría. Así, el mundo actual podrá “recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (EG 10).

Es la hora de la misión, aquí en Teruel y en cada rincón del mundo, donde trabajan nuestros misioneros y misioneras. Dios confía y cuenta con cada uno de nosotros. Calcémonos las sandalias para llevar su palabra y su amor a todos los ambientes.

domingo, 10 de abril de 2022

Semana Santa


Nos adentramos ya en la espesura de la Semana Santa. Tratemos de profundizar en un momento significativo de la pasión de Cristo, para conocerlo mejor, amarlo más y seguirlo más de cerca.

Es impresionante la escena de Jesús en el huerto de Getsemaní. Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas nos proporcionan algunos datos que nos ayudan a situarnos junto a Jesús en aquella “hora”. El Maestro quiso la compañía de tres amigos cercanos: Pedro, Santiago y Juan; «se arrancó de ellos», con esfuerzo y dolor, y se puso a rezar. Le invadió una profunda tristeza y el abatimiento fue creciendo en su alma. Buscó el consuelo de sus amigos y les dijo: «Triste está mi alma hasta la muerte». Tal era su angustia que «le entró un sudor que caía hasta el suelo, como si fueran gotas espesas de sangre». Y seguía rezando con intensidad: «Padre mío, si no es posible que pase este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Por amor, Jesús había compartido con sus amigos la belleza de sus parábolas y la fuerza de sus milagros, y ahora comparte con ellos su tristeza, su angustia y su agonía. También aquí nos muestra el camino a seguir. No podemos comunicar nuestra debilidad a cualquiera, pero ¡cuánto bien nos hace desnudar el alma ante personas que nos pueden comprender, acoger y abrazar, al estilo de Dios!

Sobrecoge, sobre todo, la lucha interior de Jesús, para no desviarse del camino de su misión. Habría podido escapar por el desierto y evitar tantos sufrimientos, pero se mantuvo fiel a Dios Padre, que lo había enviado a la humanidad, para mostrarnos su amor, un amor total, que no se echa atrás cuando llegan las dificultades, el sufrimiento y hasta la misma muerte; el único amor que puede salvarnos.

Martín Descalzo comenta esta lucha íntima diciendo: «sus labios temblaban, pero no los apartaría de este cáliz». Contemplando a Jesús rezando en medio del abatimiento, comprendemos aquellas palabras de la liturgia: «cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada». Es verdad que Jesús fue traicionado por Judas, abandonado por sus discípulos y condenado por los sumos sacerdotes y por Pilato; pero no diríamos toda la verdad si no afirmásemos también que él aceptó voluntariamente la pasión y la muerte, por ser fiel al Padre y por amor a la humanidad.

Esta lucha suprema de Jesús ilumina nuestras luchas diarias, cuando discernimos qué camino tomar: ¿la honradez o la corrupción?, ¿la verdad o la mentira?, ¿el bien común o los intereses personales?, ¿la solidaridad o la indiferencia?, ¿el amor o la propaganda?, ¿la fidelidad o el capricho?, ¿el Reino de Dios o mi reino?

Contemplemos a Jesús, en su pasión y muerte, como si estuviésemos presentes en aquella tierra y en aquel momento. Dejémonos impactar por sus palabras, gestos y silencios. ¡Vivamos una Semana verdaderamente Santa!

domingo, 14 de noviembre de 2021

Sinodalidad, oración y opción por los pobres


Hemos comenzado la fase diocesana del Sínodo, en el que la Iglesia está haciéndose un chequeo a sí misma, mediante un proceso de reflexión compartida hacia dentro, en las distintas comunidades cristianas, y un ejercicio de escucha hacia afuera, abierto a cualquier persona que quiera ofrecer su aportación. Ojalá que, poco a poco, este trabajo llene nuestros corazones de esperanza y de entusiasmo misionero.

Para que el proceso sinodal favorezca la deseada renovación de la Iglesia, es necesario cuidar algunos aspectos irrenunciables de la vida cristiana, como son el encuentro personal con el Señor y la opción preferencial por los pobres.

Con respecto al encuentro con Jesús, el Papa Francisco, en la Misa para la apertura de este sínodo de los Obispos, recordó: “El sínodo es un camino de discernimiento espiritual, de discernimiento eclesial, que se realiza en la adoración, en la oración, en contacto con la Palabra de Dios… La Palabra nos abre al discernimiento y lo ilumina, orienta el Sínodo, para que no sea una “convención” eclesial, una conferencia de estudios o un congreso político, para que no sea un parlamento, sino un acontecimiento de gracia, un proceso de sanación, guiado por el Espíritu”. Sin oración, el Sínodo puede convertirse en una lucha entre diferentes formas de ver la doctrina, la celebración y la vida cristiana. La auténtica oración, en cambio, nos libera de prejuicios y del deseo de imponer nuestro punto de vista, abriéndonos a la verdad que Dios nos manifiesta a través de su Palabra, acogida con sentido de fe por los creyentes y manifestada, muchas veces, en el sentir de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Por otra parte, no podemos olvidar que la voz de Dios “nos alcanza a través del grito de los pobres” (Papa Francisco). Además, el Sínodo debe ayudarnos a ser más fieles a la misión que Jesús nos confió: comunicar el amor de Dios a todos, comenzando por los más pobres y marginados, pues ellos son los “destinatarios privilegiados del Evangelio” (Benedicto XVI). Ya San Juan Pablo II recordó: “Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis; desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36)… Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia” (NMI 49).

Por estas razones, me permito recomendar la cercanía y el servicio a los pobres, sobre todo a quienes subrayáis la importancia de la oración, y el encuentro con Jesús, a los que destacáis por vuestra sensibilidad con las personas más necesitadas. Os envío a todos un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 10 de octubre de 2021

Rezar el Rosario sin aburrirse


Hace poco, una amiga me dijo: “Ahora que eres obispo, mira si podéis inventar una oración más dinámica a la Virgen, porque el Rosario es muy aburrido”. Mi amiga ama mucho a María, pero el Rosario le resulta poco atractivo.

Esta conversación me hizo recordar cómo fui descubriendo la riqueza de esta devoción secular. Siendo chaval, rezaba el Rosario y el “Ejercicio de las Flores”, durante el mes de mayo, con las mujeres de Sesa, en el Santuario de la Jarea. En ese tiempo procuraba concentrarme, para rezar los padrenuestros y las avemarías, dándome cuenta del significado de cada palabra. Lo intentaba, pero me despistaba a menudo. Entonces, el Rosario sólo era para mí una sucesión de padrenuestros y avemarías.

Siendo ya más mayor, en una predicación sobre el Rosario, escuché: “mientras los labios repiten avemarías, el corazón y la mente contemplan los misterios de la vida de Jesús”. Aquellas palabras me abrieron un mundo nuevo. A partir de ese momento, el Rosario ya no fue tanto una oración a María, sino una oración con María. Con ella y como ella, con sus sentimientos, con su amor, consideramos los principales momentos de la existencia de Jesús. Se trata de contemplar cada misterio de la vida del Señor por espacio de un padrenuestro y diez avemarías, de modo que, aunque a veces la imaginación vuele a donde no debe, las palabras que pronunciamos nos unen a María y a Jesús.

En este sentido, San Juan Pablo II escribió: “He sentido la necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre. Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo (carta apostólica Rosarium Virginis Mariae).

Al principio cuesta rezar así el Rosario, pero poco a poco se va aprendiendo, con mucho provecho espiritual, sin dejar espacio al aburrimiento. Es muy consolador contemplar con la Madre el nacimiento de Jesús, su transfiguración, su muerte o su resurrección. Es tan alentador contemplar y pensar: “todo esto por amor, todo esto por mí”. La contemplación de las acciones, las miradas, los sentimientos del Maestro… va cambiando nuestra sensibilidad y la vida entera, suscitando el deseo de vivir como Él y con Él.

Es cierto que a veces nuestro espíritu está revuelto y no es posible rezar el Rosario con esta profundidad. No pasa nada. También podemos repetir avemarías, mientras presentamos a Dios nuestros agobios, preocupaciones, proyectos, deseos… El Rosario se adapta perfectamente a cada estado del alma. Es una oración que sirve a los místicos contemplativos y a quienes viven en la noche oscura.

Unido al papa Francisco, en este mes de octubre, también yo quiero recomendar el rezo del Santo Rosario. A la Virgen Santísima encomiendo este curso pastoral recién comenzado.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...