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domingo, 20 de abril de 2025

La gran esperanza


La vida humana está construida sobre la esperanza. Sin ella no podríamos vivir. Siempre tenemos alguna esperanza: disfrutar de buena salud, tener suerte en la vida, alcanzar éxito profesional o deportivo, que un ser querido consiga trabajo, que llegue la paz a nuestro mundo… Pero existe, sobre todo, la que el papa Benedicto XVI definió como «la gran esperanza»; la de sentirnos amados siempre y con un amor incondicional, más allá de nuestras limitaciones e incluso de la muerte.

En efecto, como enseña la encíclica Spe Salvi (n. 26), «el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39)». Esta fue la experiencia del apóstol San Pablo, que él comunicó a la comunidad de Roma del siglo I y a los cristianos de todos los tiempos.

En Pascua celebramos que el Amor incondicional del Padre resucitó a Jesús, su Hijo, dándole una vida nueva. Celebramos además que, al haber sido alcanzados por este Amor, se afianza la esperanza en nuestros corazones, pues tal como el Papa Benedicto manifiesta, «quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente “vida”. Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera la “vida eterna”, la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces “vivimos”» (Spe salvi, 26).

La resurrección de Jesús nos asegura que el Reino de gracia y fraternidad que Él vivió y predicó no es una ilusión vana, sino una promesa garantizada por el amor fiel de Dios. Unidos al Resucitado, contagiemos la fuerza de esta «gran esperanza», que sostiene las pequeñas esperanzas cotidianas, más allá de los fracasos aparentes; trabajemos como Jesús y con Jesús para plasmar en nuestro mundo este Reino de justicia, paz y fraternidad, en el que todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, pueblo y nación, puedan sentirse amados por Él y vivir como hermanas y hermanos; pues la esperanza en la vida eterna «no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio» (Gaudium et spes 21).

Feliz Pascua de resurrección, hermanas y hermanos. Aunque no estemos en el mejor momento, podemos experimentar y contagiar el Amor incondicional de Dios, que ahuyenta los fantasmas de la desesperanza y el sin sentido.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 14 de abril de 2024

La cruz y la gloria


La búsqueda obsesiva de la felicidad, tan propia de la sociedad actual, nos empuja a sortear cualquier tipo de sufrimiento. Sin darnos cuenta, se va anestesiando la sensibilidad, de tal suerte que dejamos de sentirnos afectados por el dolor de las muchas personas que sufren, sea por la soledad, la enfermedad y el sinsentido; la marginación, la violencia y las guerras; por un largo y penoso etcétera. Nos hacemos la ilusión de vivir en ese “país de las maravillas”, que de sobras sabemos que no existe.

Esta estrategia produce frecuentemente un efecto contrario al deseado, pues la insensibilidad ante el sufrimiento nos incapacita para disfrutar de los gozos más hondos. Además, cuando queremos esquivar la dura realidad nos perdemos los motivos para la alegría y la esperanza que la misma realidad nos brinda. Así es la vida y así es también la experiencia cristiana: la cruz y la gloria, la muerte y la resurrección son inseparables. Las llagas del Resucitado nos recuerdan esta importante lección. En este sentido, no es casualidad la alegría desbordante de María Magdalena al encontrarse con Jesús Resucitado, ya que ella lo acompañó con amor fiel y sufrió con él en su pasión y muerte.

Soy testigo de que a menudo las experiencias de resurrección surgen del encuentro con el dolor. Un presidiario, que acababa de ser puesto en libertad, me contó cómo fueron sus primeros días en la cárcel: después de llorar durante tres días, comprendió que Dios le estaba dando la oportunidad de acercarse a Él y dar sentido a su vida mediante el servicio a sus compañeros.

También me parece significativa la historia de un empresario de éxito. Sufrió una inesperada enfermedad que le llevó a perder una pierna y a cerrar alguna de sus empresas. No logró superar la situación y se dio a la bebida; perdió a su mujer y a sus hijos y terminó sólo, en la calle, con una silla de ruedas a la que dormía atado, para que no se la robaran. Cuando una trabajadora social y una religiosa empezaron a saludarlo, se crearon poco a poco lazos de amistad y después de un tiempo accedió a entrar en una vivienda. A pesar de alguna recaída, ha recuperado una vida normal: ya no bebe, tiene su propio piso y un trabajo estable. Ahora dice que es más feliz que antes, porque no ambiciona tantas cosas, disfruta de los pequeños detalles y de vivir cada nuevo día. Él dice que su historia personal puede ayudar a otros. En medio de tanto sufrimiento creció una vida nueva.

Hermanos y hermanas, abramos los ojos y el corazón a la vida, con sus tristezas y alegrías, y abracemos la cruz como Jesús, esperando resucitar como Él y con Él.

domingo, 7 de abril de 2024

Resucitar


No hay duda de que Jesús murió crucificado. Así lo atestiguan los Evangelios y lo afirman historiadores de la época, como Flavio Josefo. Pero, la fe cristiana proclama que Jesús resucitó. Es más, el Catecismo enseña que “la Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo” (n. 638).

No obstante, en algunos momentos no nos resulta fácil creer en la resurrección. Es normal esta dificultad; ya que la muerte se nos impone con un realismo brutal y, además, no es posible demostrar la resurrección científicamente. Sin embargo, podemos afirmar que creer en ella es razonable. Quisiera señalar tres razones que sostienen este artículo de nuestra fe:

La primera razón la encontramos en la palabra de Jesús, quien anunció al mismo tiempo su pasión y su resurrección: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días” (Mc 8,31). Jesús no era un predicador chiflado, ni un soñador iluso. Se destacó por su realismo y su autenticidad, rubricadas por su muerte en la cruz. Él es digno de crédito. Además, experimentamos cada día la verdad y la sabiduría de sus enseñanzas, al comprobar que ponerlas en práctica nos ayuda a crecer en felicidad y en libertad.

La segunda razón es la autoridad de los primeros testigos que pudieron encontrarse con Jesús Resucitado, de los que hemos recibido la Buena Noticia. No fueron –como se ha sostenido– unos caraduras que no querían volver a trabajar y se inventaron la resurrección del Maestro, para seguir viviendo del cuento. Nada más alejado de la realidad. Si hubieran querido vivir una vida más tranquila hubieran vuelto a sus hogares. Creer en la resurrección y anunciarla a los cuatro vientos les causó no pocos problemas, hasta el punto de que muchos acabaron en la cárcel o martirizados. ¿Cómo explicar que ese grupo de discípulos se pusiera en pie, se reuniera de nuevo y comenzase a predicar la resurrección, a pesar de las persecuciones? Lo más razonable es creer que la fuerza del Resucitado los levantó, los reunió y los envió.

La tercera razón descansa en nuestra experiencia personal. Creemos en la resurrección de Jesús porque, aunque Él no se nos ha aparecido como a los primeros testigos, hemos percibido la fuerza del resucitado en nuestras vidas. Cuando nos unimos a Él, nos resucita ya en esta vida: del miedo a la confianza, de la indiferencia a la compasión, de la comodidad al compromiso, del individualismo a la fraternidad, del pesimismo a la esperanza…

El Resucitado nos espera en el silencio de la oración, en la celebración de los sacramentos, en la comunidad de los creyentes, en las personas que sufren… Dejémonos encontrar por Él, para resucitar con Él a una vida nueva ya en esta tierra, anticipo de la vida eterna y plena del cielo. Amén.

domingo, 9 de abril de 2023

Buena noticia


Aunque deseamos escuchar buenas noticias, normalmente nos cuesta creerlas. También la buena noticia de la resurrección de Jesús encontró serias resistencias. María Magdalena estaba tan cerrada a la posibilidad de que Jesús volviera a la vida que, cuando se encontró con Él, lo confundió con el hortelano (cf. Jn 20,15). Los apóstoles no creen a las mujeres que les anuncian la resurrección del Maestro y tomaron sus palabras por un delirio (cf. Lc 24,11). A pesar de que Jesús les anunció su resurrección, a todos sus seguidores les costó creer.

Quizá el más testarudo fue el apóstol Tomás, quien se atrevió a pedir una prueba inequívoca: «Si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20,25). Estas exigencias son –sin duda– excesivas. Sin embargo, en su terquedad se esconden al menos dos intuiciones muy sabias. Primera: no basta creer en la resurrección por el testimonio de otros; es necesario encontrarse con el Resucitado y experimentar cómo nos contagia su vida nueva. Segunda: las llagas del mundo y nuestras propias llagas son el mejor espacio para este encuentro.

Sí, realmente podemos encontrarnos con el Resucitado, cuando vivimos la misericordia y la solidaridad con las personas llagadas por el sufrimiento, la enfermedad o la desesperanza; cuando vivimos con fe la celebración de los sacramentos y percibimos su fuerza salvadora; cuando intuimos su presencia en la comunidad de los creyentes que comparten su fe y sus bienes; cuando le confiamos nuestros miedos, sufrimientos y preocupaciones y Él nos contagia su amor, su consuelo y su paz.

Muchos hombres y mujeres han narrado como Jesús Resucitado se ha hecho el encontradizo y ha transformado sus llagas en fuente de vida. El testimonio de la filósofa y activista Simone Weil es impresionante: «En un momento de intenso dolor físico, mientras me esforzaba en amar, pero sin creerme con derecho a dar un nombre a ese amor, sentí… una presencia más personal, más cierta, más real que la de un ser humano, inaccesible tanto a los sentidos como a la imaginación, análoga al amor que se transparentaría a través de la más tierna sonrisa de un ser amado. Desde ese instante, el nombre de Dios y el de Cristo se han mezclado de forma cada vez más irresistible en mis pensamientos». Otras personas cuentan cómo han percibido la presencia del Resucitado en la fuerza que han sentido para afrontar un problema, perdonar una traición, encajar la muerte de un ser querido o luchar por un mundo más justo.

Cuando experimentamos que Dios es capaz de convertir nuestras llagas y las llagas del mundo en manantiales de vida, podemos afrontar con esperanza cualquier dificultad e incluso la misma muerte. ¡Cree, vive y comunica la Buena Noticia! ¡Jesús ha resucitado y quiere compartir con la humanidad su vida nueva! ¡Feliz Pascua!

domingo, 24 de abril de 2022

Antorchas de Pascua


Aún resuena el grito dramático de Cristo en el Viernes Santo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46). Aquella tarde el Padre se mantuvo en silencio, pero al tercer día, pronunció una palabra que iluminó la noche y movió la fría losa que tapaba la entrada del sepulcro: «¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!»

No hubo testigos, porque los únicos que estaban allí eran unos guardias somnolientos. Pero desde aquel domingo, el Resucitado se fue encontrando con los suyos y les transmitió el fuego de una vida nueva. Ellos, a su vez, se fueron convirtiendo, no sin vacilaciones, en antorchas que encendieron el mismo fuego en otros. Este es el doble movimiento de la Pascua: dejarse prender por el fuego del Resucitado y prenderlo en otras personas.

¿Cómo avivar el fuego de Jesús, que recibimos en el Bautismo, para que Él siga resucitando nuestra vida, tantas veces mortecina, y nos convierta en antorchas? El relato de los que se marchaban a Emaús (Lc 24, 13-35) nos brinda algunas pistas: acoger a las personas que encontramos por el camino, como ellos acogieron a aquel viajero desconocido que resultó ser Jesús; confiar al Resucitado nuestras esperanzas y decepciones, como hicieron aquellos discípulos; abrirnos a la luz de la Palabra que Jesús les recordó y explicó; compartir el techo y el pan, volver a la comunidad y contar a los hermanos que sus corazones ardían al escucharle.

En este tiempo de Pascua, también resulta muy provechoso leer las apariciones del Resucitado que narran los Evangelios, como si estuviésemos en aquel lugar y en aquel tiempo. Así podremos pasar desde la tristeza a la alegría, con María Magdalena; desde la incredulidad y el miedo a la fe y a la valentía, con los apóstoles; desde el desánimo a la esperanza, con los de Emaús; y desde la arrogancia al amor humilde, con Pedro.

¿Cómo encender en otros el fuego del Resucitado? El papa Francisco nos ofrece algunas indicaciones: «Nosotros anunciamos la resurrección de Cristo cuando su luz ilumina los momentos oscuros de nuestra existencia y podemos compartirla con los demás; cuando sabemos sonreír con quien sonríe y llorar con quien llora; cuando caminamos junto a quien está triste y corre el riesgo de perder la esperanza; cuando transmitimos nuestra experiencia de fe a quien está en búsqueda de sentido y felicidad. Con nuestra actitud, con nuestro testimonio, con nuestra vida decimos: ¡Jesús ha resucitado!» (Regina coeli, 06/04/2015).

Tengamos en cuenta que los hombres y mujeres de hoy nos parecemos mucho a Tomás, el Mellizo, que no creyó en la resurrección hasta que se encontró con Jesús. Por tanto, anunciemos la resurrección explicando con humildad como la fuerza, la luz y la alegría del Resucitado han transformado nuestra vida; allanando así el camino para que otras personas puedan descubrirle, acogerle y experimentar su amor y su gracia.

¡Feliz Pascua, hermanas y hermanos! Vosotros sois las antorchas del Resucitado.

Afinar el oído

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escu...