domingo, 27 de julio de 2025

Los tres milagros de Lourdes


Un año más la Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes de Teruel y Albarracín ha promovido la peregrinación a Lourdes con enfermos de nuestra diócesis. También ha participado un grupo de internos de la cárcel de Teruel en la peregrinación organizada por la Hospitalidad de Zaragoza, en calidad de voluntarios. Unidos a hombres y mujeres del mundo entero, han vuelto del Santuario con el corazón lleno de esperanza. Allí, muchos piden a la Virgen la curación de sus enfermedades físicas y algunos la obtienen, pues la gracia de Dios también se manifiesta en la salud de nuestros cuerpos. Pero hay otros milagros, menos llamativos, más profundos y frecuentes, que transforman la vida desde lo más íntimo del alma.

Uno de ellos es hacernos capaces de aceptar la debilidad. En Lourdes, los enfermos se sienten acogidos, no como personas rotas sino como hijos amados de Dios, y descubren que su fragilidad no les impide ayudar a los demás y los acerca al encuentro con Dios. La mirada de la Virgen les ayuda a superar su lucha diaria con la enfermedad y a atreverse a entregarla en oración, reconociendo, como San Pablo, que en la debilidad se manifiesta la fuerza de Dios, que libera, sana y abre el corazón a una paz desconocida.

También se manifiesta en Lourdes el milagro de la solidaridad. Este bendito Santuario se convierte en un lugar donde jóvenes, adultos, ancianos e incluso personas privadas de libertad se hacen servidores de otras personas más débiles que ellos. Voluntarios que con ternura empujan las sillas de ruedas, enfermos que cuidan a otros enfermos, manos que se extienden sin hacer preguntas… Los internos de la cárcel de Teruel comentaban: “Era un evento tras otro. No parábamos. Pero te metes tanto en el papel, que te olvidas de ti. Ellos pasan a ser tu preocupación principal”. Este milagro nos recuerda que servir al otro es dejar que Cristo ame a través de cada uno de nosotros y que Él nos salve por medio de los que tienen más limitaciones.

Por último, se evidencia el milagro que más nos transforma: el de la reconciliación. En este Santuario, muchos corazones vuelven a encontrarse con el Señor después de haberse distanciado de Él durante años. El Sacramento de la Reconciliación se vive como un abrazo de misericordia y como una luz que penetra la oscuridad del alma. ¡Cuántas lágrimas sinceras han brotado de quienes, tras confesar sus pecados, se sienten profundamente renovados y amados! Este encuentro íntimo con Dios es, sin duda, una curación del espíritu que supera cualquier milagro físico.

Querida comunidad diocesana: Lourdes nos recuerda que el mayor milagro es esa transformación interior que permite vivir el sufrimiento con sentido, con amor y con fe.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 20 de julio de 2025

Impulsar la Sinodalidad


El Santo Padre León XIV nos ha animado a proseguir nuestro compromiso en el camino sinodal, recordándonos que somos «una Iglesia misionera, una Iglesia que construye puentes dialogando, siempre abierta, como esta plaza, para recibir con los brazos abiertos a todos aquellos que necesitan nuestra caridad, nuestra presencia, nuestro diálogo y nuestro amor». Con su aprobación, la Santa Sede ha publicado las “Pistas para la fase de implementación del Sínodo”.

El Documento Final subraya la responsabilidad de los pastores en este proceso, pues quien ejerce este ministerio «no recibe prerrogativas ni tareas que deba desempeñar en solitario, sino que recibe la gracia y la misión de reconocer, discernir y armonizar en unidad los dones que el Espíritu derrama sobre las personas y comunidades» (DF, n. 69). Por ello, en las semanas que aún compartiré con vosotros, deseo seguir alentando la rica y prolongada experiencia sinodal de nuestra Iglesia particular, de sus parroquias, comunidades religiosas y asociaciones laicales.

Aprovechando la pausa en muchas actividades que el verano trae consigo, quisiera animaros a dedicar tiempo para leer y rezar el Documento Final del Sínodo, tal como sugiere el texto de “Pistas para la fase de implementación”. El Documento Final expresa «el consenso alcanzado al final del discernimiento de los Pastores provenientes de todas las Iglesias y que, como parte del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro, compromete a todo el Pueblo de Dios». Nos propone un camino de conversión que «implica un proceso de profundización y purificación interior, al que, en el plano personal, seguirá un cambio de elecciones, comportamientos y estilos de vida». Esta conversión provocará transformaciones en nuestras estructuras eclesiales, no meros retoques superficiales, sino cambios auténticos, duraderos y eficaces. «Sin cambios concretos a corto plazo, la visión de una Iglesia sinodal no será creíble, y eso alejará a aquellos miembros del Pueblo de Dios que han hallado fuerza y esperanza en este camino» (DF, n. 94).

También me recuerdo y os recuerdo que la sinodalidad no toma vacaciones. Muchas parroquias, escasamente concurridas en invierno, ven crecer su comunidad de fieles. Este aumento nos brinda ocasiones valiosas para cultivar la sinodalidad, promoviendo encuentros formales y espontáneos, donde rezar juntos y tratar temas como la organización de las fiestas patronales, los retos pastorales y económicos, o la atención solidaria a quienes sufren. Incluso en parroquias de mayor tamaño, el verano permite generar espacios tranquilos para compartir experiencias y soñar juntos, sin la presión de la agenda habitual.

El camino sinodal, recorrido tanto en la Iglesia universal como en nuestra Diócesis, nos anima a mirar el futuro con confianza, «con esa esperanza que no defrauda, la única capaz de sostener el compromiso de avanzar, como Iglesia sinodal, en la misión que el Señor Jesús confió a sus discípulos».

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 13 de julio de 2025

Renunciar para vivir


En las redes sociales abundan frases como: “Estamos aquí para ser felices”, “Disfruta la vida al máximo”, “Solo se vive una vez”. Y es cierto que en todas ellas hay una parte de verdad. Pero los mártires, como nuestra patrona Santa Emerenciana, nos recuerdan con su testimonio que existe otra dimensión más profunda de la verdad: la vida cobra sentido cuando somos capaces de entregarnos, de sacrificarnos por los demás, por bienes más altos, por la verdad, por la justicia, por Dios. En el contexto social actual, quiero proponer tres renuncias que, lejos de empobrecernos, nos enriquecen personal y comunitariamente.

1. Renunciar a la mentira

Vivimos en una época en la que la verdad parece haber perdido valor. La mentira se disfraza de opinión, se viraliza en redes, se normaliza en discursos públicos. La llamada “post-verdad” no es otra cosa que la exaltación de la conveniencia sobre la honestidad. Y esto, hermanas y hermanos, es un veneno para la convivencia, la justicia y la paz.

Acojamos la exhortación de San Pablo: “Desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo” (Ef 4,25). Renunciemos a participar en ese chapapote social donde la falsedad no solo no se castiga, sino que a menudo se premia. Elijamos la transparencia, aunque duela; la coherencia, aunque cueste. Es cierto que nunca conoceremos toda la verdad, pero estamos llamados a buscarla y respetarla.

2. Renunciar a la superficialidad

Aturdidos por la prisa, por estímulos constantes y por destellos que brillan pero no iluminan, necesitamos recuperar el silencio, la reflexión y la contemplación. Antes de decidir, opinar o compartir un mensaje en redes sociales, detengámonos para escuchar y pensar. Así podremos buscar la verdad y contribuir a construir fraternidad.

Renunciar a la superficialidad exige apagar las pantallas, hacer una pausa en la productividad y abrazar el silencio, al menos unos minutos cada día. Solo así podremos preguntarnos no solo qué hacemos, sino también por qué y para qué lo hacemos; y redescubriremos la belleza de lo sencillo, la riqueza de lo interior, la fuerza de lo espiritual.

3. Renunciar a un desarrollo económico ilimitado

Finalmente, estamos llamados, sobre todo quienes vivimos en el primer mundo, a renunciar a un crecimiento económico sin límites. Porque el planeta sí tiene límites, nuestros hermanos más pobres no pueden esperar y las futuras generaciones tienen derecho a heredar un mundo habitable.

Renunciar a un desarrollo ilimitado es optar por un desarrollo humano, integral y solidario, y poner la economía al servicio de la vida, y no la vida al servicio de la economía. Es vivir sencillamente para que otros sencillamente puedan vivir. Es vivir con sobriedad, no por obligación, sino por amor.

Queridos hermanos y hermanas, estas tres renuncias —a la mentira, a la superficialidad y al crecimiento sin medida— no son pérdidas, sino caminos de libertad y de fraternidad que nos conducen a Dios.

Primero de mayo

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En los últimos años, se ha producido en nuestra tierra un notable dinamismo ec...