domingo, 25 de febrero de 2024

Camino de libertad


Hace unos años pregunté a un grupo de chicos y chicas, en una catequesis de Confirmación, cómo entendían ellos la libertad. En sus respuestas, casi todos confundieron la libertad con hacer lo que nos apetece. Pero una chica se atrevió a decir: “yo quiero ser atleta, y para lograrlo tengo que renunciar a muchas cosas que me apetecen”.

¡Había dado en el clavo! En la conversación que siguió, nos dimos cuenta de que una cosa es hacer lo que nos apetece y otra muy distinta hacer lo que deseamos. Frecuentemente, nos apetecen metas divertidas, atractivas y fáciles, mientras que los grandes deseos de bien y felicidad que bullen en nuestro interior reclaman esfuerzo, renuncias y sacrificios. El don de la libertad se nos ha dado para elegir el bien y, de esta forma, podamos cumplir los deseos más bellos de nuestro corazón.

El papa Francisco, en el mensaje cuaresmal de este año, nos invita a vivir la Cuaresma como un camino de libertad: «Acojamos la Cuaresma como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud” (Ex 20,2). Es tiempo de conversión, tiempo de libertad. Jesús mismo, como recordamos cada año en el primer domingo de Cuaresma, fue conducido por el Espíritu al desierto para ser probado en su libertad». Además, el Santo Padre nos ofrece tres consejos para fortalecer nuestra libertad:
  1. Reconocer la verdad. Nos invita a acoger las preguntas que Dios dirigió a Adán: «¿Dónde estás?» (Gn 3,9) y a Caín: «¿dónde está tu hermano?» (Gn 4,9)». Respondiendo sinceramente a estas preguntas, podremos reconocer nuestras esclavitudes, «porque, si bien con el bautismo ya ha comenzado nuestra liberación, queda en nosotros una inexplicable añoranza por la esclavitud».
  2. Cultivar el silencio y la espiritualidad. Francisco nos anima a «desacelerar y detenerse. La dimensión contemplativa de la vida, que la Cuaresma nos hará redescubrir, movilizará nuevas energías. Delante de la presencia de Dios nos convertimos en hermanas y hermanos, percibimos a los demás con nueva intensidad; en lugar de amenazas y enemigos encontramos compañeras y compañeros de viaje. Este es el sueño de Dios, la tierra prometida hacia la que marchamos cuando salimos de la esclavitud».
  3. Arriesgar con valentía, sin esperar a tenerlo todo controlado. Quien no arriesga, no avanza. El Santo Padre nos recuerda el mensaje que dirigió a los jóvenes en Lisboa el verano pasado: «Busquen y arriesguen, busquen y arriesguen. En este momento histórico los desafíos son enormes, los quejidos dolorosos», pero abrazamos la esperanza de que no estamos en una agonía, sino en un parto que dará a luz una vida nueva.
Buen camino cuaresmal hacia la libertad. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 18 de febrero de 2024

Convertirse sensatamente


Estrenamos una nueva Cuaresma en nuestra vida y volvemos a escuchar la llamada de Jesús a convertirnos, pero tengo la impresión de que a menudo nos proponemos la conversión con buena voluntad, pero con poca sensatez, y el resultado de nuestros intentos de conversión nos frustran más que nos cambian.

¿No os habéis planteado la conversión como la superación de todas nuestras debilidades y especialmente de las que más nos avergüenzan? Sin embargo, la verdadera conversión empieza por asumir nuestra debilidad. Así lo vivió San Pablo y lo enseñó a sus comunidades. A los cristianos de Corinto les escribió: «para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne… Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo… Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12).

Podemos afrontar la conversión como una tarea casi exclusiva de nuestra fuerza de voluntad, pensando: “Tengo que cambiar en esto y voy a conseguirlo con estas acciones”. Esta decisión es necesaria, pero insuficiente, porque la conversión cristiana es sobre todo fruto del amor. Cambiamos el rumbo de nuestra vida cuando experimentamos que nada ni nadie «podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,38). Nos transformamos en la medida en que acogemos el amor fiel de Dios y le correspondemos con nuestro amor.

Es posible que vivamos la conversión de espaldas a la comunidad, sin pedir ni aceptar ninguna ayuda, olvidando que la gracia de Dios y la fuerza del Espíritu Santo llegan a nosotros a través de los hermanos y de las comunidades con las que compartimos la fe. Por eso, San Pablo exhortaba a los cristianos en sus cartas: «animaos mutuamente y edificaos unos a otros» (1 Tes 5, 11), «enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente» (Col 3,16).

También podemos plantearnos la conversión como un cambio drástico, de hoy para mañana. Sin embargo, la conversión cristiana se parece a la semilla que, enterrada en la tierra, germina y crece: «primero los tallos, luego la espiga, después el grano» (Mc 4,28). Supone un proceso lento, que normalmente se alarga durante toda la vida, que podemos alentar pero no controlar del todo, y que hemos de asumir con paciencia, humildad y perseverancia.

Pidamos al Señor, por tanto, que en esta Cuaresma nos conceda la gracia de aceptar nuestras limitaciones, y nos ayude a cuidar nuestra relación con Él y con los hermanos, para que con su amor nos vaya transformando progresivamente. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 11 de febrero de 2024

Efecto Ser Humano


Este año, Manos Unidas nos invita a poner nuestra mirada en la Tierra, la casa común que nos sustenta. Y quizá alguno pueda preguntarse: ¿También Manos Unidas habla de ecología? ¿Manos Unidas no se ocupa de atajar el hambre en el mundo?

Pues precisamente por su compromiso en favor de tantas personas que sufren necesidades severas, nos anima a mirar la realidad del planeta. La presidenta de Manos Unidas, Cecilia Pilar Gracia, explica: “Nuestro planeta sufre el maltrato al que lo sometemos los seres humanos; se seca, se contamina, deja de producir y, todo ello, con nefastas consecuencias para quienes no han provocado tanto mal: nuestros hermanos del Sur”.

El cambio climático, en efecto, está producido en gran medida por los países desarrollados y nuestra imparable actividad económica. Recordemos que el 10% de la población mundial más rica emitió casi el 48% de las emisiones globales en 2019, mientras que el 50% más pobre produjo el 12%. Sin embargo, el cambio climático tiene una serie de consecuencias, que afectan sobre todo a los pueblos más pobres.

En esos países, por ejemplo, no se tiene la oportunidad de combatir el calor extremo en viviendas bien acondicionadas, ni pueden transportar el agua de lugares lejanos cuando las sequías aprietan. Para ellos, sequía significa pobreza, hambre, enfermedad y muy probablemente muerte. No es extraño, por tanto, que el Papa Francisco hable de “una deuda ecológica entre los países del Norte y del Sur”.

Por estas razones y porque aún hay esperanza, Manos Unidas se propone y nos propone el reto de alcanzar “un planeta sostenible, sin pobreza, hambre y desigualdad”. Al igual que somos responsables de la contaminación, el calentamiento global, la deforestación y las sequías, “también tenemos el poder de repararlo. Está en nuestras manos parar el círculo vicioso de la desigualdad”.

Ante esta realidad, que tantas veces negamos interesadamente, nuestra humanidad y nuestra fe cristiana nos reclama una respuesta solidaria en favor de los “descartados climáticos”. Apoyar económicamente los proyectos de Manos Unidas es una manera eficaz de expresar nuestra fraternidad con quienes más sufren.

Pero no se trata sólo de combatir los efectos, es necesario abordar sus causas. Tomemos conciencia de la urgencia de una conversión ecológica, de “una transformación personal y comunitaria”, derivada de la convicción de que no somos los dueños de la creación sino sus custodios, y de unas políticas eficaces en la lucha contra el cambio climático, que tengan en cuenta a las personas más vulnerables.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 4 de febrero de 2024

Como un hombre habla con su amigo


Continuamos nuestro recorrido por los principales documentos del Concilio Vaticano II. Hoy abordamos la constitución sobre la Divina Revelación. Se la conoce por sus palabras iniciales: Dei Verbum (la Palabra de Dios).

La constitución explica cómo Dios habló muchas veces y de diversas maneras a la Humanidad. Esta comunicación divina tuvo su punto culminante en Jesucristo. Al hacerse humano y vivir entre nosotros, nos reveló los secretos de Dios, ya que «nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).

Frente a las ideas equivocadas de Dios que los seres humanos fabricamos a lo largo de los siglos, Dios mismo ha querido revelarse a sí mismo y darnos a conocer el camino de nuestra salvación, «movido por su gran amor», para recibirnos en su compañía, invitarnos a la comunicación con Él y hacernos partícipes de la vida divina. Esta revelación «se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí», de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman las palabras, y las palabras esclarecen el misterio contenido en las obras (cf. DV 2).

Con esta constitución, el Concilio explicó que la Palabra de Dios fue confiada a los apóstoles y que a partir de ellos nos llega por dos corrientes: la Escritura y la Tradición. Ambas tienen una misma fuente y se complementan. El Magisterio, por su parte, no está por encima de la Palabra de Dios, sino que la sirve, la anuncia e la interpreta auténticamente. Así aclaró la polémica originada con la reforma protestante.

La Dei Verbum enseña también que la Sagrada Escritura ha sido inspirada por el Espíritu Santo y, para comprenderla, hay que leerla «con el mismo Espíritu con que se escribió» (DV 12), atendiendo a los “géneros literarios” y a la cultura del tiempo en el que fueron narrados los hechos bíblicos.

Recomienda, además, la lectura asidua de la Sagrada Escritura, «porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo», como afirmó San Jerónimo, e invita a acercarse con gusto a los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, a través de la escucha atenta de las lecturas, en las celebraciones litúrgicas, y de la lectura orante o “lectio divina” de la Palabra de Dios, que os animo a practicar como se viene haciendo en muchas parroquias.

Hermanas y hermanos, termino esta carta con una llamada a revisar nuestra actitud, espiritual y corporal, cuando se proclama la Palabra de Dios en la liturgia y en los encuentros de oración. Seamos conscientes de que es Dios quien, a través de su Palabra proclamada, nos habla “como un hombre habla con su amigo” (Ex 33, 11).

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Las "manías" de Francisco

Al cumplirse el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, quisiera recordar con inmensa gratitud algunas de sus “manías”. Un rasgo...