domingo, 24 de noviembre de 2024
¿Dónde está Dios cuando todo se anega?
Desde que el mundo es mundo, los seres humanos miramos al cielo cuando nos golpean desgracias, propias y ajenas. Así ha vuelto a ocurrir con ocasión de las recientes inundaciones que han anegado el Levante español. Miramos al cielo para presentar nuestro dolor y nuestras preguntas, para pedir luz y fuerza.
Buscamos respuestas y a menudo nos encontramos con el silencio de Dios. Esta experiencia aparece con frecuencia en la Biblia: «¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? … Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío», rezaba el pueblo con el salmo 12. El mismo Jesús dirige al Padre una oración desgarradora: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Sal 22,1; Mt 27,46). Estoy seguro de que Dios acoge nuestras más sangrantes oraciones con comprensión y ternura; es más, prefiere que le echemos en cara nuestro dolor a que nos alejemos de Él.
Dios responde a nuestras angustiadas oraciones con su cercanía más que con sus palabras. Respetemos, por tanto, el silencio de Dios, renunciando a dar explicaciones del mal demasiado simplonas, como “Dios se lleva a los mejores”, “Dios lo ha querido librar de males mayores” o “Ha sido un castigo divino”. Este tipo de expresiones pocas veces alivian y además hablan mal del Señor (cf. Jb 42,7).
Respetemos el silencio de Dios y abramos el corazón a su amor, porque más allá de las apariencias, Él siempre está a nuestro lado. La Biblia nos cuenta que todas las personas que han acudido a Él con su dolor han descubierto, más tarde o más temprano, su mano poderosa y cariñosa. Así lo hemos experimentado muchas veces los hombres y mujeres de fe, que hemos reconocido, como Jacob: «Realmente el Señor está en este lugar [en esta situación] y yo no lo sabía».
La cercanía de Dios a la humanidad sufriente se hizo palpable en Jesucristo, su Hijo. En Él se hizo presente definitivamente la bondad y el amor de Dios (cf. Tt 3,4). Su cruz nos recuerda que Dios está presente en nuestras cruces, su Espíritu mueve a las personas de buena voluntad a la solidaridad, y con su amor es capaz de convertir en bienes nuestros males.
Si queremos hacer presente a Dios en el sufrimiento de los hermanos, Jesús nos enseñó el camino de la oración, la cercanía y la entrega, como Él y con Él. Por eso, os invito a dar gracias por tantas personas buenas que hacéis presente el amor de Dios en muchas situaciones dolorosas; os animo también a contribuir en las colectas de este Domingo de Cristo Rey, que enviaremos a Cáritas Diocesana de Valencia, institución que ha estado, está y estará al servicio de las personas que más sufren, antes y después de las inundaciones.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 17 de noviembre de 2024
Los pobres y las parroquias
“A los pobres los tendréis siempre con vosotros” (Mc 14, 7). Así lo dijo el Señor y el papa Benedicto XVI nos lo recordó, en su encíclica “Deus charitas est”, al escribir: «El amor (caritas) siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. (…) Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo» (n. 28). También en nuestros pequeños pueblos, donde pensamos que todos tienen al menos lo necesario, hay pobrezas que hacen sufrir.
Esta advertencia no puede dejarnos indiferentes a quienes seguimos a Cristo. Él tuvo entrañas de misericordia ante los hambrientos, enfermos, desesperados, extraviados, descartados… y les ofreció pan, salud, esperanza, orientación, amor, en una palabra. Nosotros, sus discípulos, hemos sido enviados para continuar su tarea aquí y ahora, tanto personal como comunitariamente.
Por eso, el papa Benedicto afirmó que «practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a la esencia de la Iglesia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. Ella no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra» (DCE 22). De modo que, sin el ejercicio de la caridad, no hay comunidad cristiana.
Por ello, toda parroquia, tanto si es pequeña como si tiene muchos feligreses y está situada en un lugar donde el nivel de vida es más alto, debe preguntarse si es una verdadera comunidad samaritana para con las personas que sufren. No es suficiente que Cáritas diocesana u otras entidades atiendan a los pobres; es necesaria también la implicación de cada parroquia. Nos jugamos en ello nuestra fidelidad a Cristo.
Si en alguna parroquia no puede lograrse un grupo de Cáritas, nuestro Plan Pastoral prevé la creación de equipos de Cáritas en la unidad pastoral o en el arciprestazgo, «para que animen la caridad y promuevan el voluntariado». También podría asumir las funciones del grupo de Cáritas el Consejo de Pastoral o algún miembro de la comunidad, de modo que los mayores y enfermos sean acompañados, quienes vienen de lejos sean acogidos y los que tienen problemas económicos sean socorridos.
Pido al Señor que esta sensibilidad crezca cada día más en el corazón de todos los bautizados –pastores y laicos– y se plasme en iniciativas concretas.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 10 de noviembre de 2024
Piedras vivas
Queridos hermanos y hermanas: Somos “piedras vivas” del templo santo de Dios, que es la Iglesia, y que Él se ha construido en esta bendita tierra de Teruel y Albarracín. Formamos parte de este templo, cuya piedra angular es Cristo (cf. 1 Pe 2, 5; He 4, 11). En el “Día de la Iglesia diocesana”, recordemos que, si el apóstol Pedro nos ha llamado “piedras vivas”, está claro que nuestra vocación es unir nuestro corazón y nuestro quehacer a Cristo, de modo que este “templo espiritual” sea “santuario de encuentro”, para quienes buscan a Dios, y “hospital de campaña”, para todas las personas heridas.
Valoremos, por consiguiente, lo que somos y vivamos nuestra vocación cristiana con ilusión, agradecimiento y compromiso. Con ilusión y agradecimiento, porque, a pesar de nuestra pequeñez, el Señor nos ha elegido para ser “piedras vivas” de su templo; como eligió a María, una joven desconocida de Nazaret, para ser la madre de su Hijo, hecho hombre por nuestra salvación. Ella respondió con disponibilidad y proclamó: «Mi espíritu se alegra en Dios, porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava» (Lc 1, 47-48). También cada uno de nosotros podemos decir lo mismo cuando nos reconocemos miembros de esta Iglesia diocesana.
Y con compromiso, porque la elección no es un privilegio, sino una responsabilidad y llamada a la misión. A la misión de anunciar incansablemente a tantos hermanos y hermanas, que aún no conocen a Jesucristo, que él es nuestra salvación y nuestra vida para siempre. A la misión de hacer palpable el amor y la ternura de Dios a tantas personas que viven cansadas y agobiadas. A la misión de colaborar, cada uno desde su personal vocación, a construir con todos los que creemos en Cristo una comunidad de hermanas y hermanos que se aman y se ayudan mutuamente.
En este momento de la historia, nuestra Iglesia necesita con urgencia jóvenes dispuestos a asumir la vocación sacerdotal, religiosa y misionera, como donación de sí mismos, para construir unas comunidades vivas, serviciales y atractivas. Esta disponibilidad no se improvisa. Es el fruto de la educación, sobre todo en el ámbito de la familia; de un modo de vivir que no tenga como meta “pasarlo bien”, sino servir a tanta gente que necesita un hálito de esperanza; de unas comunidades en las que cristianos y cristianas de toda edad y condición vivan atentos y dispuestos, para escuchar y responder a las llamadas de Dios con generosidad. Vivamos, por tanto, el “Día de la Iglesia diocesana” abriendo nuestro corazón a la llamada del Padre, para ser en Cristo y con Cristo “piedras vivas” de su templo.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 3 de noviembre de 2024
Recordar a los difuntos
La solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos nos mueven a visitar los cementerios y a recordar a los seres queridos que ya partieron desde esta orilla a la de la eternidad. Nos hace bien, aunque nos incomode, volver la mirada a quienes nos precedieron y a la misma muerte.
Nos hace bien recordar que, gracias al esfuerzo de nuestros antepasados, somos lo que somos y tenemos lo que tenemos: los derechos que gozamos y que deberíamos defender mejor, un nivel de vida muy superior al de nuestros padres y abuelos, un patrimonio cultural admirable y, sobre todo, los valores y la fe que dan sentido a nuestra vida e inspiran nuestras opciones y decisiones. Reconozcamos, por tanto, cuánto les debemos, aunque no fueran perfectos, como ocurre con todos los seres humanos.
Nos hace bien recordar que esta vida no es eterna, que ni siquiera vamos a vivir doscientos años; para no conformarnos con “ir tirando” o con “divertirnos a tope”. Aprovechemos el tiempo, uno de los dones más preciosos que el Creador nos ha regalado, para disfrutar y compartir la vida, crecer como personas y mejorar la sociedad en la que vivimos.
Nos hace bien pensar de vez en cuando que un día hemos de morir, para orientar nuestro camino. En este sentido, San Ignacio de Loyola, en los números 186 y 340 del libro de los Ejercicios Espirituales, invita a sus ejercitantes a decidir como si estuviesen al borde de la muerte. Puede parecernos una recomendación inquietante y, sin embargo, es provechosa y necesaria, porque a menudo escogemos lo que ahora parece conveniente, sin pensar a largo plazo.
Y nos hace bien pensar en los difuntos porque seguimos unidos a ellos por el amor y la oración, que traspasan la barrera de la muerte. Desde la cárcel, el apóstol Pablo escribió a los cristianos de Filipos: «Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Fp 3, 21). En efecto, somos ciudadanos del cielo, la meta de nuestro camino no está en el cementerio, sino en Dios, en quien encontraremos paz verdadera, libertad completa, felicidad desbordante, fraternidad perfecta… Creemos en esta vida plenamente feliz, en la vida eterna, confiados en la palabra de Jesús, que nos aseguró que iba a prepararnos un lugar junto a Él en la casa del Padre (cf Jn 14,3), y porque, a pesar de nuestros fallos, cada día podemos experimentar que Dios nos tiende la mano para librarnos del miedo y la desesperanza.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
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