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domingo, 16 de marzo de 2025

Vocacionalizar


En la Iglesia decimos a menudo que Dios llama a todos, no sólo a los sacerdotes, para confiarnos una misión. Sin embargo, muchas veces vivimos movidos por las obligaciones, las urgencias, los caprichos… olvidando en la práctica que hemos sido llamados y que tenemos una misión.

A modo de chequeo, podríamos preguntarnos: ¿realmente aprecio la llamada a acoger el amor de Dios, a confiar en él y a amarle con todo el corazón, o la relación con Dios es para mí una obligación pesada?, ¿siento la llamada a compartir la fe en comunidad o vivo mi pertenencia a la parroquia con desgana?, ¿afronto mi compromiso con la parroquia, con Cáritas y con la sociedad como una vocación o como un pasatiempo en el que me siento bien?, ¿percibo la llamada transmitir el amor de Dios y a dar a conocer el Evangelio de Jesucristo, o me guardo el regalo de la fe para mí?

Quisiera detenerme en esta vocación a la misión, propia de todo bautizado y bautizada, ya que tengo la impresión de que, a pesar de que vemos con tristeza cómo va bajando la práctica religiosa, todavía funcionamos como si la fe se transmitiera automáticamente, como si no fuera necesario que quienes vivimos la fe hagamos propuestas a los que no la tienen, para que puedan conocerla y, si lo desean, abrazarla. No se trata de imponer la fe, de hacer proselitismo o de amenazar con un castigo divino a quienes no creen; pero sí podemos facilitar el encuentro con Dios a quienes no lo conocen. Así, os planteo dos preguntas más: ¿cuántas veces he invitado a alguien a participar en una actividad eclesial, especialmente programada para quienes se han alejado de la comunidad?, ¿cómo podría crecer en esta dimensión vocacional misionera?

Es necesario, pues, “vocacionalizar” nuestra vida y también la pastoral de nuestras parroquias, de modo que en cada celebración y en cada actividad formativa y solidaria, quienes acuden y participan puedan ir descubriendo la llamada de Dios. Estoy seguro que los jóvenes se plantearían con más profundidad su vocación sacerdotal, religiosa, misionera o laical, si en la vida cotidiana de todos los creyentes se notara más esta dimensión vocacional.

No tengamos miedo a avanzar por este camino, pues la vida es gris cuando el principal objetivo de la jornada es sobrevivir y, si es posible, pasarlo bien. En cambio, la vida se llena de colores cuando sabemos que Dios nos valora y nos llama, cuando empezamos cada mañana recordando la misión que Él nos confía en favor de personas concretas a las que nos envía: en la familia y entre las amistades, en el barrio o en el pueblo, en el puesto de trabajo y en la comunidad. Que San José, el hombre que vivió siempre atento a las llamadas de Dios, nos acompañe y ayude.

domingo, 30 de abril de 2023

Una llamada que llena la vida


Algunas personas no tienen otro criterio para elegir trabajo que las cifras de la nómina y, aunque un salario digno es necesario para vivir, este camino antes o después provoca insatisfacción. Otras se dejan llevar por el “me apetece / no me apetece”, o cumplen sus obligaciones con desgana de lunes a viernes para poder “disfrutar” el fin de semana. También encontramos a no pocos hombres y mujeres, jóvenes y adultos, incapaces de salir del pozo del aburrimiento.

Frente a tanta insatisfacción, desgana y aburrimiento, los cristianos queremos compartir una experiencia que da sentido y alegría a nuestra vida: Dios nos valora, cuenta con nosotros y nos llama. En efecto, tú eres importante para Dios. A través del profeta Isaías te declara su amor: «Así dice el Señor, el que te creó, el que te formó: No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre… Tú vales mucho para mí, eres valioso y yo te amo» (cf. Is 43).

Dios cuenta contigo y te llama, no por tu perfección o tu santidad; te llama porque te ama. Dios llamó a Pedro, con su ardor y su prepotencia; a Pablo, con su fanatismo y su inteligencia; a Tomás, con su sinceridad y su falta de fe; a Zaqueo, con sus prácticas corruptas y su deseo de cambiar; a María Magdalena, con sus demonios y su amor fiel. Dios te llama a ti ahora, con tus capacidades y tus limitaciones.

La vida es gris cuando el principal objetivo de la jornada es sobrevivir y, si es posible, pasarlo bien. En cambio, la vida se llena de colores cuando sabemos que Dios nos valora y nos llama, cuando empezamos cada mañana recordando la misión que Él nos confía en favor de personas concretas a las que nos envía: en la familia y entre las amistades, en el barrio o en el pueblo, en el puesto de trabajo y en la comunidad.

Dios cuenta con nosotros y nos llama, pero no siempre sabemos escucharle. A veces esperamos ver una aparición y oír una voz que truene desde el cielo, sin embargo la llamada de Dios resuena en el alma cuando afinamos el oído en la oración y abrimos los ojos al sufrimiento y a las esperanzas de las personas.

Ojalá todos los bautizados y bautizadas –sacerdotes, religiosos y laicos– vivamos en una actitud permanente de escucha atenta y de respuesta generosa a las llamadas de Dios, promoviendo así una nueva cultura vocacional que contagie a los jóvenes y niños el gozo de buscar y cumplir la voluntad de Dios, en la vida religiosa, sacerdotal, laical, matrimonial, misionera…

Ponte en camino, no esperes más, Dios te llama hoy, para darte una alegría que nadie podrá arrebatarte, una alegría que crecerá en la medida que la compartas. Recibe un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 20 de marzo de 2022

Sacerdotes


Los sacerdotes tenemos un estilo de vida poco común: no vivimos en pareja, ganamos poco dinero, hemos perdido prestigio social y no nos faltan dificultades para llevar a puerto la misión que se nos ha encomendado. Aparentemente, tenemos pocos motivos para ser felices. Sin embargo y a pesar de todo ello, la mayor parte de nosotros damos gracias a Dios por nuestra vocación.

¿De qué fuente brota nuestra alegría? Como todos los bautizados, nos sabemos amados, perdonados, elegidos y enviados por Dios. Además, en el ejercicio de nuestro sacerdocio, tenemos la oportunidad de “tocar a Dios”, en la Eucaristía y en los corazones de muchas personas, que nos confían sus sufrimientos y sus esperanzas, sus fracasos y sus logros. En esa verdad desnuda, de tantos hombres y mujeres, descubrimos como Dios los acompaña, anima, consuela, cura y salva.

Percibimos que, a pesar de nuestra pobreza, somos colaboradores e instrumentos de Dios, que ha querido tener “necesidad” de nosotros, para acercarse a otros seres humanos y realizar su obra en muchos corazones que, confiadamente, se abren a su amor. Experimentamos que Dios se manifiesta a través de nuestro humilde servicio, dejando una huella preciosa en los hermanos que vienen a nosotros, buscando el consuelo divino. Así, estas vivencias producen en nosotros un gozo profundo y verdadero.

Gracias a Dios, nunca nos falta el cariño de las comunidades a las que servimos. A veces, incluso gozamos del aprecio de personas ajenas a la Iglesia, que valoran nuestra contribución a la sociedad. ¡Cuánta buena gente hay en nuestras Parroquias, que, sin dejarse vencer por los intereses egoístas que predominan en el ambiente, se compromete en favor de la Iglesia y de la humanidad! ¡Cuántas personas nos motivan con su profunda experiencia de Dios! Esta buena gente comprende nuestra fragilidad, perdona nuestros errores y nos anima a ser mejores pastores. Sus detalles de cariño nos demuestran que Dios jamás se deja ganar en generosidad.

Por estos y otros muchos motivos, aliento a los jóvenes a plantearse que tal vez Dios los está llamando a ser sacerdotes, y animo a las familias a valorar esta vocación como un camino que puede engrandecer la vida de sus hijos. Asimismo, quisiera recordar que Dios sigue llamando, también ahora y en esta tierra, y que la pastoral juvenil y vocacional es tarea de todos. Entre todos hemos de anunciar a los jóvenes que “Dios no quita nada y lo da todo” (Benedicto XVI). Con el testimonio de una vida gozosamente entregada, podemos transmitir que responder a la llamada de Dios es fuente de alegría, de libertad, de amor y de esperanza.

Con sincero afecto, doy gracias a Dios por los sacerdotes y los seminaristas de esta Diócesis de Teruel y Albarracín, pido para ellos la protección de San José y os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.

Afinar el oído

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escu...