martes, 26 de marzo de 2024

Homilía Misa Crismal (26/03/2024)


Os saludo a todos con cariño, amigas y amigos, especialmente a vosotros, queridos presbíteros, en esta jornada sacerdotal tan intensa, en la que, en comunión, vamos a renovar las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación.

Fijándome en las lecturas que hemos proclamado y en el contexto en el que vivimos, quisiera subrayar tres actitudes que me parecen especialmente necesarias, para renovar nuestras promesas, tres actitudes que pueden ser útiles también para vosotros, hermanas y hermanos laicos.

Primera actitud: HUMILDAD. «Humildad es andar en la verdad», decía la santa de Ávila (VI Moradas 10, 8). Y la verdad es que vivimos la fe en un presbiterio y una diócesis donde no tenemos grandes problemas y se respira un ambiente cordial. La verdad es que todas nuestras capacidades y virtudes -que son muchas y bien variadas- son un regalo de Dios. La verdad también es que cada uno de nosotros somos débiles y pecadores, aunque en algunas ocasiones nuestro rol de líderes de la comunidad nos mueva a presentarnos como hombres fuertes e íntegros. Somos distintos, pero todos sin excepción experimentamos la fragilidad y a todos nos cuesta asumirla: nos cuesta afrontar nuestros frecuentes desánimos, los pecados que arrastran nuestras vidas, las dificultades que encontramos para anunciar el Evangelio, los bloqueos para rezar, formarnos o entregarnos más y mejor a los fieles que nos han sido encomendados, las limitaciones que trae consigo la enfermedad o la vejez… Como dice el refrán: «Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato», cada uno sabemos, al menos cuando nos quedamos a solas con Dios, dónde nos aprieta la vida y el ministerio.

La realidad que vivimos los sacerdotes nos «obliga» a ser más humildes: la realidad de nuestros presbiterios, reducidos en número y crecidos en años; la realidad de la secularización, que aleja del templo y del encuentro con Dios a tantas personas; la realidad de los escándalos que tienen que ver con los «hombres de Iglesia»… Os invito y me invito, queridos hermanos, a acoger la gracia de ser humildes, que ciertamente tiene una faz dolorosa, pero que al fin y al cabo es gracia de Dios y nos hace bien.

Queridos hermanos, sólo Cristo es el Alfa y la Omega; nosotros sólo somos una letra diminuta en el alfabeto de la historia, una letra, que, aunque diminuta, puede ser preciosa. Por tanto, desechemos completamente la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, porque el haber sido redimidos no nos libera de nuestra pequeñez, más bien nos ayuda a reconocerla con lucidez y a integrarla con acierto en nuestras vidas.

Aprendamos de la experiencia de san Pedro. Durante la Última Cena se creyó fuerte, más fuerte que los demás: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré» (Mt 26,33). Sin embargo, fue el único que tres veces negó conocer a Jesús. Es inevitable que, cuando olvidamos nuestra pequeñez caigamos en lo mismo que presumimos. De las expresiones grandilocuentes «a las negaciones, el camino es derecho, la pendiente inevitable: sólo es menester que la ocasión se presente». Son palabras de José María Cabodevilla.

Segunda actitud: RESPONSABILIDAD. Queridos hermanos sacerdotes, ¿cómo «gestionamos» nuestra debilidad personal y ministerial?

Ya he dicho que en algunas ocasiones caemos en el negacionismo, pensando o actuando como si el mal sólo estuviera en el mundo y no en la Iglesia, en los otros y no en nosotros.

A veces, la conciencia de nuestra fragilidad nos puede llevar a aislarnos, para ocultar nuestra debilidad, o quizás a la desesperanza, pensando que «soy así y no tengo posibilidad de mejorar».

¿No sería más razonable y más responsable aceptar nuestra fragilidad y acoger los medios que el Señor nos ofrece para asentar nuestra debilidad sobre un fundamento firme?

Si tenemos problemas de salud, somos presa del desánimo o no logramos superar las dificultades que nos pesan, ¿no sería mejor buscar ayuda profesional?

Cuando vemos que las prácticas pastorales que habían sido útiles durante muchos años han perdido su eficacia, ¿no deberíamos tener más en cuenta el criterio de los expertos en ciencias humanas y compartir nuestros éxitos y fracasos con los hermanos sacerdotes y con los religiosos y laicos que participan con nosotros en la común acción evangelizadora de la Iglesia?

Si queremos crecer en nuestra relación con Dios, que da sentido y fundamento a nuestra vida, y todos lo deseamos ¿no deberíamos garantizar un acompañamiento personal serio y continuado? Ayer visité a un sacerdote que está «muy flojico» de salud, al que muchos conocéis, y le pedí una recomendación para esta Misa Crismal que estamos celebrando. Diles -me respondió emocionado que no dejen la oración. Es verdad, la cercanía de Dios no nos deja caer en la vanidad cuando gozamos o tenemos éxito, ni en la desesperanza cuando fracasamos o sufrimos. Por eso, con el Salmo 88 podemos proclamar: «Tu eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora» ? con José Luis Martín Descalzo podemos rezar:

En medio de la sombra y de la herida
me preguntan si creo en Ti.
Y digo: que tengo todo, cuando estoy contigo,
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.

Sin Ti, el sol es luz descolorida.
Sin Ti, la paz es un cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.

Contigo el sol es luz enamorada
y contigo la paz es paz florida.
Contigo el bien es casa reposada
y contigo la vida es sangre ardida.

Pues si me faltas Tú, no tengo nada:
ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.

La tercera actitud es la GRATITUD. Somos frágiles, pero Dios nos ama y cuenta con nosotros, utiliza nuestra debilidad para que otras personas puedan acoger su amor y su consuelo. Tanto la primera lectura como el Evangelio de esta Eucaristía nos recuerdan que «el Espíritu de Dios está sobre nosotros» y que «somos enviados a anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor». Para que estas dos palabras tomen cuerpo en nuestra vida la fragilidad y la humildad no son un problema, sino dos condiciones imprescindibles.

Sólo un alma humilde puede acoger al Espíritu de Dios. Sólo podemos iluminar y liberar a los que sufren o acercar la gracia de Dios a los desgraciados si tenemos experiencia cotidiana de nuestras cegueras y esclavitudes, y de que la gracia de Dios nos ilumina y libera. Si la carta a los Hebreos afirma que Jesucristo, sumo sacerdote, se compadeció de nuestras debilidades, porque «ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Hb 4,15), ¡con cuánta más razón nosotros hemos de reconocer nuestras pruebas y compadecernos de las personas que se sienten como cañas cascadas o pábilos vacilantes!

Sí, queridos hermanos sacerdotes, renovemos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación con un corazón lleno de humilde gratitud, porque como afirmó el cardenal Ratzinger en una homilía: «El sacerdote experimenta cómo a pesar y en virtud de su palabra pobre y débil puede hacer brotar la sonrisa en las personas que llegan al término de su vida. Por su débil palabra, las personas encuentran un sentido en el océano del absurdo, un sentido que les permite vivir. Y ve con gratitud cómo muchas personas, gracias a su trabajo y a su testimonio, descubren la gloria de Dios. Y siente, en lo intimo de su corazón, cómo Dios realiza grandes obras a través de su persona, sirviéndose de su pobreza, lo cual le lleva a desbordar de gozo a pesar de su pequeñez, porque grande es la misericordia que Dios le ha mostrado».

Hermanas y hermanos, acompañad con vuestro cariño y vuestra oración a estos buenos sacerdotes, a vuestros sacerdotes, que van a renovar sus promesas con humildad, responsabilidad y gratitud.

domingo, 24 de marzo de 2024

Y yo, ¿qué?


A menudo criticamos a personas relevantes de la sociedad y de la Iglesia…, y seguramente no nos faltan motivos para hacerlo. Pero hemos de reconocer que muchas de estas críticas se hacen desde la comodidad de quien permanece plácidamente sentado en el sillón de su casa o desde la curiosidad del que mira desde el balcón, como si no formáramos parte de la sociedad que criticamos.

La Semana Santa nos ofrece la oportunidad de emocionarnos con la belleza de la liturgia y el impacto de las procesiones que representan los “pasos” de la pasión del Señor, pero también nos invita a tomar parte y preguntarnos: ¿Cuál es mi actitud en esas realidades que critico? ¿En qué personaje de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo me veo reflejado?

¿Soy como aquellos líderes religiosos que decidieron eliminar a Jesús porque les resultaba incómodo? Ellos manipularon la religión según sus gustos, y ¿yo la utilizo para justificar mis intereses y puntos de vista personales?

¿Soy como los discípulos que se quedan dormidos mientras Jesús se moría de angustia hasta sudar sangre en Getsemaní? ¿Sigo dormido ante las personas que me necesitan? ¿Soy como aquel discípulo que quiso defender a Jesús con la espada o busco la paz sin dejarme vencer por la violencia?

Cuando estar a favor de la verdad y la justicia me puede perjudicar, ¿me lavo las manos como Pilato y consiento lo que reclaman los poderosos? ¿Soy como la multitud que pidió la libertad de un bandido, porque así lo voceaba la propaganda y era lo políticamente correcto?

¿Soy como los soldados que golpearon a Jesús y se divirtieron con él humillándolo con insultos y desprecios? ¿Soy como los que pasaban delante de la cruz gritando: “baja de la cruz y creeremos en ti”? ¿Aparto la mirada de quienes están caídos y no se pueden defender?

¿Soy como el Cireneo que ayudó a Jesús a llevar la cruz, aunque lo hiciera a regañadientes? ¿Alivio el peso que aplasta a tantos hermanos? ¿Soy como aquellas mujeres –tan humanas y valientes– que lloraban al ver la injusticia que Jesús padecía? ¿Estoy junto a los que sufren, como estuvo María, Juan y las otras mujeres firmes al pie de la cruz?

¿Imito a Jesús, que aceptó el sufrimiento para que nosotros pudiéramos vivir en fraternidad, como hijas e hijos de un mismo Padre?

¿Asumo con fe y esperanza, como la Virgen María, las dificultades y el rechazo que vivir coherentemente puede acarrearme?, ¿creo que Dios es capaz de sacar vida nueva de las cruces que abrazamos por amor?

Y yo, ¿qué? ¿Cómo vivo cada uno de los “pasos” de la Semana Santa?

Con todo mi corazón te invito a crear el ambiente propicio para vivir esta Semana Santa y la vida cotidiana como Jesús y con Jesús.

domingo, 17 de marzo de 2024

Poner palabra al perdón


Para acoger y disfrutar del abrazo misericordioso de Dios Padre, hemos de poner palabras a nuestro arrepentimiento, como hizo el “hijo pródigo” de la parábola. Cuando recapacitó sobre su situación y decidió volver a casa, se dijo: «Iré a mi padre y le diré: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”». Y así empezó a hablarle, aunque el padre no le dejó terminar su discurso.

Necesitamos poner palabra a nuestro arrepentimiento, para que no se convierta en una rutina sin contenido ni capacidad de conversión. No tiene sentido decir de corrida, al comenzar la Eucaristía: “he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”, sin pensar qué es eso malo que hemos hecho. Por ello, el papa Francisco nos ha dicho: «Un poco de examen de conciencia, una pequeña introspección nos hará bien. De lo contrario, corremos el riesgo de vivir en tinieblas, porque ya nos hemos acostumbrado a la oscuridad, y ya no sabemos distinguir el bien del mal. Isaac de Nínive decía que, en la Iglesia, el que conoce sus pecados y los llora es más grande que el que resucita a un muerto. Todos debemos pedir a Dios la gracia de reconocernos pobres pecadores, necesitados de conversión».

Al poner palabras concretas a los pecados cometidos, no negamos el bien que hemos hecho ni tampoco hemos de agrandar artificialmente nuestros errores, sino que nos hacemos conscientes de que no hemos correspondido al amor y a los dones recibidos de Dios. Y al “decir” nuestros pecados, escuchamos que el Padre, mediante el sacerdote, nos dice: “yo tampoco te condeno”, como Jesús a la mujer adúltera. Los confesores hemos de poner palabra y gesto al perdón que Dios regala a sus hijos e hijas.

Queridos confesores, preguntémonos si acogemos con la misericordia del Padre a quienes se acercan a recibir el sacramento de la Reconciliación, sea cual sea su situación, haciéndonos cargo del sufrimiento que pueden estar cargando y de la dificultad que les supone presentarse ante otro ser humano y poner nombre a sus pecados. De nuevo es Francisco quien os invita a ser signo e instrumento del encuentro con Dios, cuando dice: «Hay que aprender de nuestros buenos confesores, de aquellos a los que la gente se les acerca, los que no la espantan y saben hablar hasta que el otro cuenta lo que le pasa, como Jesús con Nicodemo. Es importante comprender el lenguaje de los gestos; no preguntar cosas que son evidentes por los gestos. Si uno se acerca al confesionario es porque está arrepentido, ya hay arrepentimiento. Y si se acerca es porque tiene deseo de cambiar, o al menos deseo de deseo».

Seamos conscientes, hermanas y hermanos, de la importancia de poner palabra al perdón que pedimos y al perdón que recibimos. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 10 de marzo de 2024

Sólo la verdad nos hace libres


Frecuentemente se critica a algunos políticos porque un día dicen lo contrario de lo que dijeron el día anterior, sin apoyar tal cambio de opinión en razones convincentes. Y me parece preocupante que nuestra sociedad se vaya contagiando de esta enfermedad, aceptando con creciente pasividad que faltar a la verdad es un instrumento “normal” para conseguir lo que se pretende. Además, tendemos a condenar la mentira en “los otros”, silenciándola en “los nuestros”.

Fiódor Dostoyevski hizo un juicio severo y certero sobre la degradación a la que conduce la mentira continuada. En una de sus grandes novelas, “Los hermanos Karamazov”, escribió: «Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás. Luego, como ya no estima a nadie, deja también de amar, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos; y por culpa de sus vicios, se hace como una bestia. Y todo esto deriva del continuo mentir a los demás y a sí mismo». En efecto, quien utiliza habitualmente la mentira hace daño a otros y a la sociedad, pero también destruye su propia persona.

En este tiempo de revisión y conversión cuaresmal, me parece oportuno llamar la atención sobre este modo de proceder que también afecta, en cierto modo, a los hombres y mujeres de fe. A veces, caemos en la tentación de utilizar medias verdades o incluso mentiras, para acallar a quienes nos critican, defender a la Iglesia o descalificar a otros cristianos a los que creemos equivocados. Si actuamos así, no pretendamos justificarlo, porque Jesús dijo con absoluta claridad: «Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32). Sólo la verdad nos conduce a Dios y puede sostener proyectos de futuro para la sociedad y para la Iglesia.

Es cierto que la mentira es tan antigua como la Humanidad, pero en los tiempos actuales hemos llegado a afirmar que la verdad no existe, que todo es del color del cristal con que se mira. Este relativismo, que quizá sea el contrapunto extremado del dogmatismo de quienes quisieron imponer su verdad, sólo conduce a una creciente devaluación del ser humano. Por eso, queridos hermanos y hermanas, al hacer examen de conciencia en este tiempo cuaresmal, también hemos de preguntarnos si alguna vez confundimos la verdad con “mi verdad“ y si intentamos imponerla a los demás.

Unidos a los hombres y mujeres de buena voluntad, seamos humildes buscadores de la verdad y sus valientes heraldos en todos los ámbitos de la vida. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 3 de marzo de 2024

Hispanoamérica


El domingo 3 de marzo, Día de Hispanoamérica, recordamos a los sacerdotes españoles que fueron a trabajar a aquellas tierras, azotadas entonces por la penuria vocacional. Ahora un buen número de sacerdotes latinoamericanos colaboran en algunas diócesis españolas, en una muestra palpable de la catolicidad de la Iglesia. Demos gracias a Dios, en esta jornada, por la generosidad de unos y otros.

El Cardenal Robert Prevost, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, comenta en su mensaje el lema de esta Jornada -“Arriesgan su vida por el evangelio”- a la luz de la vida y martirio de San Óscar Romero, con estas palabras: «Era un hombre que amaba a Dios y a su pueblo. A través de un proceso de purificación y conversión, descubrió que el amor de Jesús hay que ofrecerlo más allá de la zona de confort, arriesgando la vida… Justo en la homilía, pronunciada pocos instantes antes de ser asesinado, dijo: “Acaban de escuchar en el evangelio de Cristo que es necesario no amarse tanto a uno mismo, que se cuide uno para no meterse en los riesgos de la vida que la historia nos exige y que quien quiera apartar de sí el peligro perderá su vida. En cambio, el que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, vivirá”. Esta es la más grande verdad. La vida encuentra su destino verdadero en el amor. El amor, que implica ofrendar la vida por nuestros hermanos trascendiendo la retórica y sumergiéndonos en la gran aventura que significa seguir la vocación que el Señor nos ha confiado».

Nuestra diócesis de Teruel y Albarracín ha sido generosa al compartir con las Iglesias hermanas de Latinoamérica el servicio evangelizador de sacerdotes, personas consagradas y cristianas y cristianos laicos. ¡Bendito sea Dios por todos ellos! Y bendito sea también por los que ahora han llegado de allende los mares a nuestra tierra “vaciada”, dando una nueva vitalidad a estas comunidades cristianas demográficamente empobrecidas. Unos y otros han sido y son capaces de entregar y, en cierto modo, “arriesgar su vida por el Evangelio”.

Al pensar en todos ellos, recuerdo emocionado la acogida cariñosa que me han dispensado las comunidades cristianas latinoamericanas que he tenido la gracia de visitar. Han conseguido que entre ellos me sintiera como en mi propia casa y sus despedidas han sido especialmente generosas y cariñosas. Dios quiera que nosotros los acojamos y les abramos nuestras puertas de igual manera. La Eucaristía que celebramos en la Catedral el 12 de diciembre pasado, con motivo de la fiesta de la Virgen de Guadalupe, nos siga dando impulso para que, al tiempo que ellos alientan en nosotros la fe, les ayudemos a vivir sus bellas tradiciones religiosas, logrando que este intercambio sea enriquecedor para todos.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

Las "manías" de Francisco

Al cumplirse el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, quisiera recordar con inmensa gratitud algunas de sus “manías”. Un rasgo...