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domingo, 10 de marzo de 2024

Sólo la verdad nos hace libres


Frecuentemente se critica a algunos políticos porque un día dicen lo contrario de lo que dijeron el día anterior, sin apoyar tal cambio de opinión en razones convincentes. Y me parece preocupante que nuestra sociedad se vaya contagiando de esta enfermedad, aceptando con creciente pasividad que faltar a la verdad es un instrumento “normal” para conseguir lo que se pretende. Además, tendemos a condenar la mentira en “los otros”, silenciándola en “los nuestros”.

Fiódor Dostoyevski hizo un juicio severo y certero sobre la degradación a la que conduce la mentira continuada. En una de sus grandes novelas, “Los hermanos Karamazov”, escribió: «Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás. Luego, como ya no estima a nadie, deja también de amar, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos; y por culpa de sus vicios, se hace como una bestia. Y todo esto deriva del continuo mentir a los demás y a sí mismo». En efecto, quien utiliza habitualmente la mentira hace daño a otros y a la sociedad, pero también destruye su propia persona.

En este tiempo de revisión y conversión cuaresmal, me parece oportuno llamar la atención sobre este modo de proceder que también afecta, en cierto modo, a los hombres y mujeres de fe. A veces, caemos en la tentación de utilizar medias verdades o incluso mentiras, para acallar a quienes nos critican, defender a la Iglesia o descalificar a otros cristianos a los que creemos equivocados. Si actuamos así, no pretendamos justificarlo, porque Jesús dijo con absoluta claridad: «Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32). Sólo la verdad nos conduce a Dios y puede sostener proyectos de futuro para la sociedad y para la Iglesia.

Es cierto que la mentira es tan antigua como la Humanidad, pero en los tiempos actuales hemos llegado a afirmar que la verdad no existe, que todo es del color del cristal con que se mira. Este relativismo, que quizá sea el contrapunto extremado del dogmatismo de quienes quisieron imponer su verdad, sólo conduce a una creciente devaluación del ser humano. Por eso, queridos hermanos y hermanas, al hacer examen de conciencia en este tiempo cuaresmal, también hemos de preguntarnos si alguna vez confundimos la verdad con “mi verdad“ y si intentamos imponerla a los demás.

Unidos a los hombres y mujeres de buena voluntad, seamos humildes buscadores de la verdad y sus valientes heraldos en todos los ámbitos de la vida. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 25 de febrero de 2024

Camino de libertad


Hace unos años pregunté a un grupo de chicos y chicas, en una catequesis de Confirmación, cómo entendían ellos la libertad. En sus respuestas, casi todos confundieron la libertad con hacer lo que nos apetece. Pero una chica se atrevió a decir: “yo quiero ser atleta, y para lograrlo tengo que renunciar a muchas cosas que me apetecen”.

¡Había dado en el clavo! En la conversación que siguió, nos dimos cuenta de que una cosa es hacer lo que nos apetece y otra muy distinta hacer lo que deseamos. Frecuentemente, nos apetecen metas divertidas, atractivas y fáciles, mientras que los grandes deseos de bien y felicidad que bullen en nuestro interior reclaman esfuerzo, renuncias y sacrificios. El don de la libertad se nos ha dado para elegir el bien y, de esta forma, podamos cumplir los deseos más bellos de nuestro corazón.

El papa Francisco, en el mensaje cuaresmal de este año, nos invita a vivir la Cuaresma como un camino de libertad: «Acojamos la Cuaresma como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud” (Ex 20,2). Es tiempo de conversión, tiempo de libertad. Jesús mismo, como recordamos cada año en el primer domingo de Cuaresma, fue conducido por el Espíritu al desierto para ser probado en su libertad». Además, el Santo Padre nos ofrece tres consejos para fortalecer nuestra libertad:
  1. Reconocer la verdad. Nos invita a acoger las preguntas que Dios dirigió a Adán: «¿Dónde estás?» (Gn 3,9) y a Caín: «¿dónde está tu hermano?» (Gn 4,9)». Respondiendo sinceramente a estas preguntas, podremos reconocer nuestras esclavitudes, «porque, si bien con el bautismo ya ha comenzado nuestra liberación, queda en nosotros una inexplicable añoranza por la esclavitud».
  2. Cultivar el silencio y la espiritualidad. Francisco nos anima a «desacelerar y detenerse. La dimensión contemplativa de la vida, que la Cuaresma nos hará redescubrir, movilizará nuevas energías. Delante de la presencia de Dios nos convertimos en hermanas y hermanos, percibimos a los demás con nueva intensidad; en lugar de amenazas y enemigos encontramos compañeras y compañeros de viaje. Este es el sueño de Dios, la tierra prometida hacia la que marchamos cuando salimos de la esclavitud».
  3. Arriesgar con valentía, sin esperar a tenerlo todo controlado. Quien no arriesga, no avanza. El Santo Padre nos recuerda el mensaje que dirigió a los jóvenes en Lisboa el verano pasado: «Busquen y arriesguen, busquen y arriesguen. En este momento histórico los desafíos son enormes, los quejidos dolorosos», pero abrazamos la esperanza de que no estamos en una agonía, sino en un parto que dará a luz una vida nueva.
Buen camino cuaresmal hacia la libertad. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 4 de junio de 2023

La fuente de la esperanza


El apóstol Pedro, en su primera carta, nos exhorta a estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza, incluso en tiempos de persecución (cf. 1Pe 3,15). ¿De qué fuente brota esa esperanza que estamos llamados a vivir y a compartir?

La esperanza auténtica no se confunde con el optimismo ni depende del estado de ánimo o del nivel de bienestar económico. De hecho, los misioneros explican que encuentran más esperanza en la gente sencilla, con la que conviven en los países más empobrecidos, que en nuestra opulenta y avejentada Europa; porque la esperanza brota del interior, del corazón, de la relación íntima con Jesucristo muerto y resucitado.

Como escribió el papa Francisco en su primera exhortación apostólica, «Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive… Su resurrección no es algo del pasado; conlleva una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por doquier vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable… Está claro que muchas veces parece que Dios no exista: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, terca e invencible» (EG 275-276). En Jesucristo está el manantial del que brota la esperanza.

Con ocasión de la Jornada “pro orantibus”, por las mujeres y los hombres consagrados a la oración, la Comisión para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal nos recuerda que «desde su vocación particular, los contemplativos encarnan y dan a conocer esa esperanza… La esperanza que brota de la fe en la realidad última de Dios se hace carne cotidiana en cada convento y monasterio, allí donde se cultivan la oración y la celebración que abren a la hermosura de la Trinidad».

La vida contemplativa está llamada a generar esperanza para el mundo, no porque posea su fuente en exclusividad, «sino porque la conoce y bebe de ella. Por eso puede y debe mostrar el camino al mundo… La vida contemplativa –dice la carmelita descalza Patricia Noya– está llamada a ser la memoria en el mundo de que hay agua para todos los sedientos, aceite para todas las lámparas, esperanza para todos».

Por ello, os invito a agradecer el testimonio de las Madres Agustinas de Rubielos de Mora, así como de las hermanas Clarisas, Capuchinas, Carmelitas, Concepcionistas y Dominicas que siguen rezando por nosotros, aunque no residan ahora en esta Diócesis de Teruel y Albarracín. Con sus vidas, siguen compartiendo su esperanza y recordándonos que sólo Dios basta. Que no les falte nuestra gratitud y nuestra oración.

Recibid un cordial saludo en el Señor.

Afinar el oído

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escu...