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domingo, 24 de septiembre de 2023

Caminar con migrantes y refugiados


Durante el verano algunas familias acogen niños que no pueden tener unas vacaciones normales en sus propios países. Una de estas familias recibió en su casa a un niño saharaui, y me contaron que, cuando aquel niño cogió algo de confianza, les preguntó si creían en Jesús, porque en el Sahara –afirmó con una mezcla de tristeza y enfado– “Jesús y Mahoma no son amigos”.

Seguramente, aquel niño expresaba los prejuicios de su familia o de su pueblo hacia los cristianos. En realidad, todos tenemos y difundimos algunos prejuicios hacia otros pueblos y religiones que no conocemos. La acogida y el diálogo de aquella familia con el niño saharaui facilitó un acercamiento y enriquecimiento mutuo, que derribó prejuicios y abrió posibilidades de colaboración. El fenómeno migratorio, a pesar de las injusticias y sufrimientos que comporta, nos permite conocer, apreciar e incluso compartir la amistad, las dificultades, las aspiraciones, la religiosidad y la cultura de las personas que llegan hasta nosotros.

Por ello, el papa Francisco, en su Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado de 2016, escribió: «Cuidar las buenas relaciones personales y la capacidad de superar prejuicios y miedos son ingredientes esenciales para cultivar la cultura del encuentro, donde se está dispuesto no sólo a dar, sino también a recibir de los otros. La hospitalidad, de hecho, vive del dar y del recibir… Es importante mirar a los emigrantes no solamente en función de su condición de regularidad o de irregularidad, sino sobre todo como personas que, tuteladas en su dignidad, pueden contribuir al bienestar y al progreso de todos».

A veces, las religiones han sido utilizadas para separar unos pueblos de otros y justificar enfrentamientos, pero están llamadas a “re-ligar”, a trabajar por esa fraternidad querida por Dios, que «permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite» (Fratelli Tutti 1). Desde esta perspectiva, el Papa ha seguido insistiendo, en su Mensaje para la Jornada de 2023, que: «el camino sinodal que, como Iglesia, hemos emprendido, nos lleva a ver a las personas más vulnerables —y entre ellas a muchos migrantes y refugiados— como unos compañeros de viaje especiales, que hemos de amar y cuidar como hermanos y hermanas. Sólo caminando juntos podremos ir lejos y alcanzar la meta común de nuestro viaje».

Ensanchemos, pues, la tienda de nuestras parroquias para acoger a los hermanos y hermanas que, viniendo de lejos, comparten con nosotros la misma fe, y tendamos la mano a las personas y familias de otras religiones, que se han visto obligadas a migrar o refugiarse entre nosotros; favorezcamos el enriquecimiento mutuo y la colaboración en la construcción de un mundo más humano, abierto y solidario.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Pagar impuestos con alegría


Hace ya unos años, tuve la ocasión de escuchar el testimonio de una mujer migrante, venida de un país del este de Europa a Aragón. Resumo sus emocionadas palabras: “Vinimos recién casados, sin dinero y con una deuda de 1.000 euros, que gastamos para llegar a esta tierra… Yo estaba embarazada. Hasta que encontramos empleo y vivienda, dormíamos a la intemperie. Trabajamos mucho, nuestros hijos crecieron y pudimos comprar una casa modesta. Desde hace años, tenemos la satisfacción de pagar impuestos en España”. Nunca hasta entonces había oído a una persona decir que tenía la satisfacción de pagar impuestos.

Comparto esta experiencia con motivo de la Jornada mundial del Migrante y del Refugiado, en la que el Papa Francisco nos invita a mirar al futuro con esperanza: “A la luz de lo que hemos aprendido en las tribulaciones de los últimos tiempos, estamos llamados a renovar nuestro compromiso para la construcción de un futuro más acorde con el plan de Dios, de un mundo donde todos podamos vivir dignamente en paz”.

El Santo Padre recuerda que “nadie debe ser excluido”, ya que el Reino de Dios “es esencialmente inclusivo y sitúa en el centro a los habitantes de las periferias existenciales. Entre ellos hay muchos migrantes y refugiados, desplazados y víctimas de la trata. Es con ellos que Dios quiere edificar su Reino, porque sin ellos no sería el Reino que Dios quiere. La inclusión de las personas más vulnerables es una condición necesaria para obtener la plena ciudadanía”.

No se trata sólo de acogerles y ayudarles: “Construir el futuro con los migrantes y los refugiados significa también reconocer y valorar lo que cada uno de ellos puede aportar al proceso de edificación… De hecho –dice el Papa– la historia nos enseña que la aportación de los migrantes y refugiados ha sido fundamental para el crecimiento social y económico de nuestras sociedades. Y lo sigue siendo también hoy. Su trabajo, su capacidad de sacrificio, su juventud y su entusiasmo enriquecen a las comunidades que los acogen… En esta perspectiva, la llegada de migrantes y refugiados católicos ofrece energía nueva a la vida eclesial de las comunidades que los acogen”.

Es verdad que nos cuesta abrirnos a personas desconocidas, cuya cultura y costumbres ignoramos, y que en ocasiones la diversidad genera conflictos. Pero no podemos dejar de reconocer la contribución de los hombres y mujeres migrantes que, como la familia a la que me he referido al principio de esta carta, no solo han construido un futuro para ellos; también están colaborando –no solo con sus impuestos– al crecimiento de nuestra sociedad, a que “el proyecto de Dios sobre el mundo pueda realizarse y venga su Reino de justicia, de fraternidad y de paz”.

A los que habéis nacido y vivís en estas tierras turolenses y a quienes habéis venido de lejos, os saludo muy cordialmente en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...