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domingo, 8 de febrero de 2026
Frente al “¡sálvese quien pueda!”, Manos Unidas
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.
¿Quién no se ha sentido incómodo al encontrarse, en los medios de comunicación, con noticias que muestran las injusticias y desigualdades que golpean la vida de tantas personas y pueblos? En alguna ocasión, quizá hayamos preferido evitar estas informaciones porque nos hacen sufrir y nos recuerdan que algo debería cambiar en nuestra propia vida. Las mujeres de Manos Unidas, en cambio, afrontan esta realidad con valentía y, año tras año, nos animan a vencer la indiferencia y a unirnos a su “guerra contra el hambre”.
Estas desigualdades tienen su raíz en el egoísmo que anida, en mayor o menor medida, en el corazón de cada uno y en lo que san Juan Pablo II llamó “estructuras de pecado”, que «se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres» (SRS 36). Estas estructuras se alimentan por ideologías que promueven una visión individualista y materialista de la vida, que llegan a responsabilizar a los pobres de sus propias penurias, adormecen nuestra conciencia para que la injusticia no nos duela y desacreditan los discursos que defienden la dignidad humana frente a los intereses económicos.
El Magisterio de la Iglesia ha advertido siempre del peligro de estas ideologías materialistas. San Juan Pablo II nos previno contra los sistemas económicos que pretenden «reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales» (CA 19). Y el papa Francisco ha afirmado que ciertos modelos económicos matan, pues «grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida» (EG 53).
Ante esta dolorosa realidad, mantengamos viva la confianza en la eficacia de los pequeños gestos de solidaridad que el Señor no deja de bendecir. Gracias a la recaudación del año pasado en Málaga y Melilla, fue posible financiar 18 proyectos, con un importe total de 839.200 €, que levantaron una bandera de esperanza en la vida de no pocas personas –con nombre y rostro– y pueblos.
Este año, la Delegación de Manos Unidas nos presenta otros 18 proyectos en los ámbitos educativo, sanitario, de agua y saneamiento, alimentación, derechos de la mujer y derechos humanos. Entre ellos, destaca el que se va a llevar a cabo en Moursale (Chad), que contempla la construcción de aulas para niños y niñas de 7 a 14 años de las zonas rurales, contando además con la implicación activa de los propios estudiantes y de sus familias.
Mi gratitud a todos los equipos de Manos Unidas en nuestra Diócesis y a todas las personas de buena voluntad que apoyáis con generosidad sus proyectos, luchando contra las estructuras de pecado y las ideologías que propagan el “¡sálvese quien pueda!”, y promoviendo la justicia, la dignidad de cada persona y la fraternidad humana, tan deseada y alentada por Dios.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 11 de febrero de 2024
Efecto Ser Humano
Este año, Manos Unidas nos invita a poner nuestra mirada en la Tierra, la casa común que nos sustenta. Y quizá alguno pueda preguntarse: ¿También Manos Unidas habla de ecología? ¿Manos Unidas no se ocupa de atajar el hambre en el mundo?
Pues precisamente por su compromiso en favor de tantas personas que sufren necesidades severas, nos anima a mirar la realidad del planeta. La presidenta de Manos Unidas, Cecilia Pilar Gracia, explica: “Nuestro planeta sufre el maltrato al que lo sometemos los seres humanos; se seca, se contamina, deja de producir y, todo ello, con nefastas consecuencias para quienes no han provocado tanto mal: nuestros hermanos del Sur”.
El cambio climático, en efecto, está producido en gran medida por los países desarrollados y nuestra imparable actividad económica. Recordemos que el 10% de la población mundial más rica emitió casi el 48% de las emisiones globales en 2019, mientras que el 50% más pobre produjo el 12%. Sin embargo, el cambio climático tiene una serie de consecuencias, que afectan sobre todo a los pueblos más pobres.
En esos países, por ejemplo, no se tiene la oportunidad de combatir el calor extremo en viviendas bien acondicionadas, ni pueden transportar el agua de lugares lejanos cuando las sequías aprietan. Para ellos, sequía significa pobreza, hambre, enfermedad y muy probablemente muerte. No es extraño, por tanto, que el Papa Francisco hable de “una deuda ecológica entre los países del Norte y del Sur”.
Por estas razones y porque aún hay esperanza, Manos Unidas se propone y nos propone el reto de alcanzar “un planeta sostenible, sin pobreza, hambre y desigualdad”. Al igual que somos responsables de la contaminación, el calentamiento global, la deforestación y las sequías, “también tenemos el poder de repararlo. Está en nuestras manos parar el círculo vicioso de la desigualdad”.
Ante esta realidad, que tantas veces negamos interesadamente, nuestra humanidad y nuestra fe cristiana nos reclama una respuesta solidaria en favor de los “descartados climáticos”. Apoyar económicamente los proyectos de Manos Unidas es una manera eficaz de expresar nuestra fraternidad con quienes más sufren.
Pero no se trata sólo de combatir los efectos, es necesario abordar sus causas. Tomemos conciencia de la urgencia de una conversión ecológica, de “una transformación personal y comunitaria”, derivada de la convicción de que no somos los dueños de la creación sino sus custodios, y de unas políticas eficaces en la lucha contra el cambio climático, que tengan en cuenta a las personas más vulnerables.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 12 de febrero de 2023
Frenar la desigualdad está en tus manos
¿Quién no se ha sentido incómodo cuando aparecen, en los medios de comunicación, noticias que reflejan las injusticias y desigualdades que azotan la vida de tantas personas y pueblos? Es posible que, en alguna ocasión, hayamos querido evitar estas informaciones, porque nos hacen sufrir y nos dicen que algo tendría que cambiar en nuestra vida. Las mujeres de Manos Unidas no se rinden ante esta situación y, año tras año, nos urgen a superar la indiferencia y a hacernos cargo de las injustas desigualdades que existen lejos y cerca de nosotros.
Estas desigualdades tienen su origen en el egoísmo que anida solapado en el corazón de cada uno y en lo que san Juan Pablo II llamó “estructuras de pecado”. Las estructuras de pecado «están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres» (SRS 36).
Las “estructuras de pecado” son alentadas por personas y organizaciones que se benefician del sistema económico, político y social dominante. Así, promueven una visión de la vida centrada en el propio individuo y en sus intereses materiales, llegan a responsabilizar a los pobres de su propia pobreza, anestesian nuestra conciencia para que la injusticia no nos duela, y desautorizan los discursos religiosos y morales que promueven la dignidad de las personas frente a los intereses económicos.
El Magisterio de la Iglesia siempre ha advertido del peligro de estas ideologías materialistas. San Juan Pablo II nos previno ante los sistemas económicos que pretenden «reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales» (CA 19). Benedicto XVI advirtió del «predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2013). Y el papa Francisco ha asegurado que ciertos modelos económicos matan, ya que «grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida» (EG 53).
Ante esta dolorosa realidad, evitemos caer en la desesperanza de pensar que nuestros humildes trabajos en favor del desarrollo de los pueblos aportan poco o nada al cambio deseado. No perdamos la fe en la eficacia de los pequeños gestos de solidaridad, que el Señor no deja de bendecir. Acojamos en el corazón la llamada que nos dirige Manos Unidas: “Frenar la desigualdad está en tus manos”. Ojalá que la Campaña contra el Hambre de este año nos ayude a mirar con más compasión a quienes sufren las injusticias de nuestro mundo, y a defender su dignidad; apoyando decididamente, junto con Manos Unidas y tantas personas de buena voluntad, proyectos que favorezcan la igualdad y la justicia.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 13 de febrero de 2022
La indiferencia nos condena
Un amigo apoyó económicamente a varias instituciones sociales durante años, pero todo cambió cuando se compró un piso. Tenía que pagar el apartamento y cortó su ayuda a aquellas instituciones. Poco a poco, sus preocupaciones y su dinero se volcaron más con el piso que con los necesitados; ya no veía ni sentía ni vivía más allá de los muros de su casa. Unos meses después, al darse cuenta de que esta actitud estaba ahogando su alegría y su libertad, volvió a compartir una parte de su dinero. “En cuanto lo hice ?me confesó?, tuve la sensación de que volvía a vivir en libertad”.
El lema de la Campaña contra el hambre ?«Nuestra indiferencia los condena al olvido»? me ha recordado lo que le pasó a mi amigo. Frecuentemente, vivimos tan centrados en nuestros problemas, en nuestras metas personales, en la defensa de lo que consideramos nuestros legítimos derechos, que olvidamos que, en este siglo XXI, millones de seres humanos pasan hambre cada día. Y si pensamos en los servicios de salud y educación de que disponen, nuestro olvido produce más sonrojo todavía. Nuestra indiferencia condena a pueblos enteros al olvido, a la injusticia y a la muerte.
Pero esta indiferencia también nos condena a nosotros. Como le ocurrió a mi amigo, cuando vivimos y trabajamos solo para nosotros mismos, vamos estrangulando progresivamente nuestra alegría y nuestra libertad. No es por casualidad, ya que hemos sido creados para vivir juntos. Tenemos un Padre común, que ama a todos y nos anima a encontrarnos y a lograr una fraternidad que incluya a todos.
“Manos Unidas” y muchas otras instituciones solidarias nos dan mucho más de lo que piden, porque nos brindan la oportunidad de tender puentes que nos liberen de una vida cómoda y cegata. Cuando atravesamos esos puentes, llegamos a ver la cautivadora sonrisa de Flor María, una niña que vive en un asentamiento peruano, sin acceso a la sanidad y a la educación, donde los niños que tienen algún problema físico sufren especialmente, y alcanzamos a compartir la alegría de Flor María, de sus amigos y de su familia, que, gracias a la solidaridad de mucha gente sencilla, pueden disfrutar de un proyecto de desarrollo que mejora sustancialmente sus condiciones de vida.
Es preciso que nos atrevamos a mirar más allá de nuestros propios problemas y tengamos el coraje de llorar con los que sufren, de compartir con ellos nuestro dinero y nuestros talentos, y de exigir a nuestros gobernantes que se ocupen de las personas y pueblos más empobrecidos. El papa Francisco nos ha recordado que “los pobres no pueden esperar. Su calamitosa situación no lo permite”. Y nosotros tampoco debemos esperar para caminar decididamente hacia una fraternidad que abraza, ama y comparte de verdad.
Con mi sincera gratitud a las mujeres que trabajan en Manos Unidas desde sus inicios, recibid un saludo muy cordial, en el Señor.
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