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domingo, 16 de febrero de 2025

Defender la fe


En este mundo tan crispado y polarizado, hay quienes se consideran legitimados para burlarse gratuitamente de los símbolos cristianos, con el aplauso de alguna gente. Ante estas provocaciones, otros sienten la obligación de “defender la fe”, pero utilizan insultos y descalifican a los que no se pronuncian con su misma contundencia. Unos y otros, aunque están en trincheras opuestas, se asemejan más de lo que parece, ya que legitiman la violencia verbal y el ataque personal.

Ante estas acciones y reacciones, los cristianos hemos de hacer un esfuerzo para defender la fe no de cualquier manera, sino al estilo de Jesús. Recordemos que Él proclamó: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos» (cf. Mt 5,43-45).

Jesús nos pide que recemos por quienes nos persiguen. La oración, aunque a veces pueda parecer inútil, es el medio más eficaz para purificar nuestras intenciones, para actuar y hablar movidos por el amor y no por la rabia (cf. Mt 5,22). Sólo así seremos capaces de vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21) y de transparentar el amor del Padre celestial que ama a todas las personas.

El encuentro con el Señor nos permite defender la fe con la humildad de quien se sabe pecador, sin despreciar a los que no comparten nuestro credo (cf. Lc 18,9-14). La oración nos ayuda a discernir cuándo tenemos que responder con argumentos y cuándo es mejor reaccionar con el silencio, siguiendo el ejemplo de Jesús, que no siempre respondió con palabras a algunas acusaciones (Cf. Lc 23,9; Jn 19,9).

En la oración caemos en la cuenta de que defender los signos más sagrados de nuestra fe pasa necesariamente por la solidaridad con las personas que sufren cualquier tipo de violencia, injusticia o abuso; pues «si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (San Juan Crisóstomo).

La oración nos ayuda a distinguir cuando somos atacados por ser fieles a la verdad y al Evangelio y cuando lo somos por nuestros errores. Y, por último, la relación con Dios nos anima a sentirnos dichosos cuando nos insulten, nos persigan y nos calumnien de cualquier modo por causa de Jesús, porque tenemos ocasión para dar testimonio del amor de Dios y nuestra recompensa será grande en el cielo (cf. Mt 5,11-12; Lc 21,13).

Aunque este camino pueda parecer poco eficaz, el Evangelio siempre es el medio más seguro para defender la fe en el Dios del Amor, manifestado en Cristo muerto y resucitado. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 8 de diciembre de 2024

Toda belleza


Hace años, celebrando una misa de la Inmaculada con chavales de primera comunión, les mostré tres cartulinas: la primera estaba sucia, y no les gustó; la segunda era totalmente blanca, y la escogieron frente a la primera; la tercera tenía un dibujo lleno de colores, y les encantó. Ellos mismos cayeron en la cuenta de que todos preferimos la limpieza a la suciedad, y la belleza al vacío.

Si hablamos de la naturaleza, de la sociedad, de las calles de nuestro pueblo, de nuestra casa o de nuestra propia apariencia, es evidente que nos entristece la contaminación, la injusticia, la suciedad, el barullo y la dejadez; en cambio, nos alegra la belleza, la fraternidad, la limpieza, la serenidad y el cuidado. Aunque tengamos gustos diferentes, ¿quién no disfruta de un hermoso atardecer, de una noche estrellada y de la majestuosidad de las montañas?, ¿quién no se queda admirado ante las torres mudéjares de nuestra ciudad?, ¿quién no goza con la armonía de una buena música?

En las relaciones humanas, preferimos a las personas de mirada limpia, de palabras amables, de gestos cariñosos, de apariencia cuidada… Hay una belleza más oculta, pero también evidente en las miradas de algunas personas, que transmiten espontáneamente la bondad, la paz y el amor que llevan en el corazón, aunque tengan sus ojos cansados y sus rostros envejecidos.

Sin embargo, nos cuesta aplicarnos estas consideraciones a nosotros mismos. De hecho, jugueteamos con el pecado como si no tuviera consecuencias sobre nosotros y sobre los demás, olvidamos que la vocación universal a la santidad se dirige a cada uno de nosotros, y nos conformamos con evitar el pecado, pero no nos empeñamos en llenar nuestra vida de sabiduría, de belleza y de amor.

Con la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, la Iglesia nos invita a mirar a la “Toda Bella”, a la “Llena de Gracia”. Contemplemos, hermanas y hermanos, a María, la madre de Jesús y madre nuestra. María fue “inmaculada”, es decir, sin pecado alguno desde su concepción. No conoció los pensamientos torcidos que tantas veces se agazapan en nuestros corazones; no salieron de su boca las palabras hirientes que en ocasiones acuden a nuestros labios; no supo hacer otra cosa que amar a Dios, a su Hijo Jesucristo y a nosotros, sus hijos e hijas por deseo del Señor. María es hermosa porque es santa y siempre estuvo llena de Dios. En verdad que el Señor ha hecho maravillas en ella, prendado de su humilde disponibilidad.

Disfrutemos de su belleza interior para que, gracias a su ejemplo y con su ayuda, podamos ser cada día personas más limpias y santas, más bellas por dentro y por fuera. En los verdaderos discípulos de Cristo, la belleza y la santidad van siempre de la mano.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 21 de mayo de 2023

Para comunicar mejor


En la Iglesia andamos preocupados por comunicar mejor. A menudo hablamos de actualizar el lenguaje, utilizar las nuevas tecnologías, etc. Y no es para menos. El Señor nos confió el anuncio del Evangelio a toda la creación (cf. Mc 16,15). Esta misión nos reclama el empeño de comunicar su mensaje del mejor modo posible, para que sea escuchado y pueda calar en el ánimo de los oyentes.

Por ello, queridos hermanos y hermanas de esta Iglesia que peregrina en Teruel y Albarracín, además de reconocer la importancia de aprender y utilizar técnicas de comunicación, me ha parecido conveniente subrayar tres pistas sencillas, conocidas pero algunas veces descuidadas, que nos ayuden a proclamar el Evangelio como el esperanzador anuncio que es:
  1. Comunicar con humildad. No se escucha a gusto a un comunicador que provoca en los oyentes sentimientos de inferioridad. Sin embargo, tal vez sin darnos cuenta, en ocasiones damos la sensación de estar situados por encima de nuestros interlocutores. Salomón, prototipo de persona justa, pidió a Dios sabiduría porque se consideraba «hombre débil y de pocos años, demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes» (Sb 9,5). Por tanto, antes de verter opiniones rotundas sobre los comportamientos humanos, recordemos que también nosotros somos pecadores y que sólo Dios conoce la verdad de lo que hay en el corazón.
  2. Comunicar con amor. Estamos llamados a anunciar y hacer presente el amor de Dios a la humanidad. «Tanto amó Dios al mundo ?dijo Jesús a Nicodemo? que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 16-17). En consecuencia, «la obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza… ¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre» (EN 79). Es necesario cuidar especialmente esta actitud cuando debamos corregir o denunciar lo que no está bien. Aprendamos de Jesús en su conversación con la samaritana junto al pozo de Sicar, que logró que se sintiese amada y, al mismo tiempo, reconociese su camino errado.
  3. Comunicar desde la experiencia de fe vivida. Pablo VI dijo que se escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan y, si se escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio. (cf. EN 41). Nuestro mensaje calará cuando detrás de nuestras palabras haya un compromiso sincero por hacer lo que se dice.
Os animo, hermanas y hermanos, a favorecer una comunicación humilde, amable y auténtica. Recibid un cordial saludo en el Señor.

domingo, 23 de octubre de 2022

Pantuflas o sandalias


La pandemia nos obligó a meternos en casa con pantuflas, esperando que pasara el temporal. Aunque el Covid-19 parece superado, han podido quedar efectos secundarios no deseados, particularmente para los cristianos: conformarnos con los encuentros virtuales, vivir la fe en privado, ver la Eucaristía por la televisión… La fiesta del Domund y la generosidad de tantos misioneros y misioneras nos animan a dejar las pantuflas, a calzar las sandalias y salir a la calle, para ser transparencia del amor de Dios. Para cumplir esta difícil y apasionante tarea, os recuerdo cinco actitudes profundamente interconectadas entre sí.

Primera: escucha. No podremos evangelizar a las familias, si no conocemos sus problemas, sus anhelos, sus dificultades y sus alegrías. Será difícil transmitir la fe a los jóvenes, si no sabemos qué canciones oyen y con qué series se entretienen, si ignoramos los conflictos que les atormentan y las esperanzas con las que sueñan. Todos necesitamos ser escuchados para sentirnos valorados y amados, para estar abiertos a un mensaje nuevo.

Segunda: oración. Al rezar por las personas a las que el Señor nos envía, podremos verlas con el mismo amor de Dios y descubrir su obra en sus corazones. En la lectura orante de la Biblia, el Espíritu Santo nos ilumina y fortalece para ofrecer las palabras y los gestos adecuados, para compartir lo que somos y darnos por completo, como Jesús y con Jesús.

Tercera: valentía. Si a Jesús lo persiguieron, no podemos esperar muchos aplausos al continuar su tarea. Cosechan pocos reconocimientos quienes defienden a los pequeños, denuncian las injusticias y proclaman la verdad, que casi siempre resulta incómoda. Por eso, si nos implicamos en la misión a la que Dios nos llama, necesitaremos un suplemento de esa fortaleza, que viene de la gracia de Dios y del apoyo de la comunidad.

Cuarta: humildad. Quien se cree más sabio y santo que los demás piensa que nada tiene que aprender e, inevitablemente, produce rechazo. Pero cuando uno es consciente de haber sido llamado por amor y no por sus méritos, se produce el milagro del encuentro, que lleva a compartir los dones espirituales y materiales que Dios nos ha dado.

Quinta: alegría. El Papa Francisco nos recuerda que el amor y el perdón de Dios pueden quitarnos la cara de funeral y devolvernos la alegría. Así, el mundo actual podrá “recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (EG 10).

Es la hora de la misión, aquí en Teruel y en cada rincón del mundo, donde trabajan nuestros misioneros y misioneras. Dios confía y cuenta con cada uno de nosotros. Calcémonos las sandalias para llevar su palabra y su amor a todos los ambientes.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...