Mostrando entradas con la etiqueta sacerdotes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sacerdotes. Mostrar todas las entradas
domingo, 9 de noviembre de 2025
La Iglesia, una gran familia
Queridos diocesanos y diocesanas:
En muchas ocasiones, nos resulta más fácil ventilar los fallos de la Iglesia que darnos cuenta de lo mucho que nos ofrece. Nos duelen sus errores —que debemos asumir con honestidad y corregir con firmeza—, pero también es justo y necesario reconocer, con alegría y gratitud, que la Iglesia, nuestra Iglesia diocesana de Málaga, es una gran familia en la que muchos habéis conocido a Jesucristo y su Evangelio; una gran familia que nos alimenta en la fe y nos sostiene en la misión.
Tú y yo somos cristianos por la gracia de Dios y también gracias a la mediación de la Iglesia: por aquella catequista que nos ayudó a vislumbrar la grandeza de creer, por ese sacerdote que nos escuchó y nos condujo al encuentro con la misericordia de Dios, por tantos laicos que nos conquistaron con su ejemplo de oración, solidaridad y valentía, anunciando verdades incómodas y defendiendo la dignidad de los más pequeños.
Demos gracias a Dios por quienes sois solidarios con vuestros hermanos, por los que trabajáis en Cáritas, Manos Unidas y tantas otras organizaciones, porque sois Iglesia; por los que cuidáis con generosidad nuestros templos y celebraciones, porque sois Iglesia; por quienes os consagráis a Dios en la vida religiosa, el sacerdocio o las misiones, porque sois Iglesia.
Agradezcamos también a quienes rezáis por los que sufren y por quienes más queréis, porque sois Iglesia; a los que compartís con responsabilidad vuestro dinero con la parroquia y la Diócesis, porque sois Iglesia, y a tantos laicos y laicas comprometidos en la familia, la parroquia, la hermandad, el trabajo, la economía, la política, el pueblo, el barrio y en el cuidado de la casa común en la que vivimos, porque sois Iglesia. Esta gran familia cuenta contigo, porque tú eres Iglesia.
En este Día de la Iglesia Diocesana, conviene que nos preguntemos: ¿Reconozco y agradezco de forma habitual la aportación de la Iglesia a mi vida y a la sociedad? ¿Podría ofrecer algo más para que la Iglesia continúe sembrando palabras de esperanza y gestos de humanidad, en nuestra tierra y en los rincones del mundo más empobrecidos?
Esta gran familia trabaja para crecer en transparencia y, por eso, como cada año, hoy se publica la situación económica de la Diócesis. También seguimos avanzando en el camino de la sinodalidad, para que nadie se sienta “cristiano de segunda” y todos los bautizados y bautizadas puedan vivir plenamente como miembros de esta gran familia.
Con el corazón agradecido por la entrega de los laicos, religiosos y sacerdotes, por la generosidad de tantos hombres y mujeres de nuestra Diócesis, os envío un saludo muy cordial a todos, en el Señor.
domingo, 15 de septiembre de 2024
Cambios de párrocos
Esta escasez de sacerdotes nos apena, pues es evidente que un párroco no puede atender de la misma manera tres parroquias que ocho. Sin embargo, no nos dejemos atrapar por la tristeza y escuchemos lo que el Espíritu Santo quiere decirnos a través de esta situación. Cuando llevo a la oración esta realidad, percibo tres llamadas muy claras:
Primera: impulsar decididamente la pastoral vocacional. Desgraciadamente, la tasa de natalidad es muy baja en España y no pocos niños y jóvenes de nuestros pueblos y ciudades proceden de otras culturas y, en algunos casos, de otras religiones; pero creemos que Dios sigue llamando a hombres y mujeres de esta tierra, unos jóvenes y otros adultos, para que se entreguen al servicio de la Iglesia y de las personas. Todos nosotros –laicos, religiosos y pastores– hemos de abrir los oídos y ensanchar nuestra disponibilidad, y motivar para que otros hagan lo mismo, de modo que escuchemos y respondamos a las llamadas deDios, convencidos de que Él nunca se deja ganar en generosidad.
Segunda: superar, de una vez por todas, el modelo de parroquia donde el sacerdote lo hace casi todo y los feligreses se limitan a asistir. El Bautismo, que nos hizo hijos de Dios y miembros activos y corresponsables de su Pueblo, nos impulsa a preguntarnos qué podemos hacer en la comunidad cristiana. Todos podemos aportar algo, según la vocación, edad y circunstancias de cada cual:desde aquellas tareas que parecen sencillas hasta otrosservicios que requieren cierta experiencia y formación. En nuestra Iglesia podemos ser catequista o coordinador de catequistas, trabajar como voluntario de Cáritas o de Manos Unidas, participar y promover la participación en la Liturgia, rezar el Santo Rosario o animar las celebraciones en espera de presbítero, tocar la campana antes de las Eucaristías o ayudar en la limpieza, el mantenimiento o la economía… Todo es necesario para que la parroquia esté viva.
Tercera: intensificar la colaboración con otras parroquias en la Unidad Pastoral o en el Arciprestazgo. Estamos llamados a superar, sin prisa pero sin pausa, esa larga tradición de parroquias cuasi autónomas que viven de espaldas a otras comunidades, y trabajar en red con lasparroquias vecinas, de modo que podamos desarrollar mejor la misión encomendada por el Señor.
¡Feliz curso pastoral 2024-2025!
domingo, 21 de abril de 2024
Sacerdotes felices
No es fácil ser sacerdote por las renuncias que esta vocación comporta y por el incierto resultado de nuestro trabajo pastoral. Pero tampoco es fácil ser buenos padres de familia o ser cristianos coherentes en el trabajo, la política, la empresa o el compromiso social. Toda vocación tiene su cara y su cruz. No sirve de mucho calcular cuál es la vocación más difícil. Lo que importa es convencernos de que, cuando Dios llama a cualquiera de las diversas vocaciones, lo hace porque nos ama y busca nuestra felicidad.
En este domingo del Buen Pastor quiero subrayar las posibilidades de ser felices que Dios nos brinda a los sacerdotes. Y en primer lugar destaco la relación personal con Dios, propia de todo creyente, que en los sacerdotes tiene un matiz peculiar. El evangelista san Marcos escribió que Jesús, de entre la muchedumbre de los que le seguían, «instituyó a Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). No somos sólo colaboradores de Dios, y mucho menos sus siervos, «a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 12-17). Valoremos, pues, y acojamos esta invitación a ser “sus amigos” no como una pesada obligación, sino como un precioso regalo, que nos permite intuir su acción en nuestra vida y en nuestras comunidades, y experimentar su amor incondicional, su abrazo misericordioso y su fuerza renovadora.
La celebración de los sacramentos es también un motivo de alegría en nuestro corazón. Dios se acerca a cada persona por muchos caminos, pero en la celebración de los sacramentos su presencia es más intensa y eficaz. A través de nuestra pobre mediación, es Jesús quien bautiza y infunde su Espíritu, quien perdona y alimenta, quien bendice la vocación matrimonial y conforta en la enfermedad.
También quiero destacar el gozo que nos aporta la relación con las personas que comparten su tiempo en las comunidades cristianas, que nos confían sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias. Aunque la opción celibataria nos impida las relaciones sexuales, nuestro estilo de vida hace posible que establezcamos relaciones muy variadas y profundas, que nos enriquecen y nos hacen testigos privilegiados de la acción de Dios en el corazón de mucha gente buena. Por eso, el Papa Francisco nos invita a menudo a salir de nosotros mismos, para acercarnos al pueblo confiado y activar así lo más hondo de nuestro corazón presbiteral.
Por estas razones y por tantas otras, queridos sacerdotes, hermanos y hermanas de nuestra Iglesia diocesana, en este domingo del Buen Pastor, recemos por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a los diversos modos de seguir a Jesús, seguros de que Dios nos llama porque nos ama y nos proporciona una alegría que nadie ni nada nos podrá quitar.
martes, 26 de marzo de 2024
Homilía Misa Crismal (26/03/2024)
Os saludo a todos con cariño, amigas y amigos, especialmente a vosotros, queridos presbíteros, en esta jornada sacerdotal tan intensa, en la que, en comunión, vamos a renovar las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación.
Fijándome en las lecturas que hemos proclamado y en el contexto en el que vivimos, quisiera subrayar tres actitudes que me parecen especialmente necesarias, para renovar nuestras promesas, tres actitudes que pueden ser útiles también para vosotros, hermanas y hermanos laicos.
Primera actitud: HUMILDAD. «Humildad es andar en la verdad», decía la santa de Ávila (VI Moradas 10, 8). Y la verdad es que vivimos la fe en un presbiterio y una diócesis donde no tenemos grandes problemas y se respira un ambiente cordial. La verdad es que todas nuestras capacidades y virtudes -que son muchas y bien variadas- son un regalo de Dios. La verdad también es que cada uno de nosotros somos débiles y pecadores, aunque en algunas ocasiones nuestro rol de líderes de la comunidad nos mueva a presentarnos como hombres fuertes e íntegros. Somos distintos, pero todos sin excepción experimentamos la fragilidad y a todos nos cuesta asumirla: nos cuesta afrontar nuestros frecuentes desánimos, los pecados que arrastran nuestras vidas, las dificultades que encontramos para anunciar el Evangelio, los bloqueos para rezar, formarnos o entregarnos más y mejor a los fieles que nos han sido encomendados, las limitaciones que trae consigo la enfermedad o la vejez… Como dice el refrán: «Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato», cada uno sabemos, al menos cuando nos quedamos a solas con Dios, dónde nos aprieta la vida y el ministerio.
La realidad que vivimos los sacerdotes nos «obliga» a ser más humildes: la realidad de nuestros presbiterios, reducidos en número y crecidos en años; la realidad de la secularización, que aleja del templo y del encuentro con Dios a tantas personas; la realidad de los escándalos que tienen que ver con los «hombres de Iglesia»… Os invito y me invito, queridos hermanos, a acoger la gracia de ser humildes, que ciertamente tiene una faz dolorosa, pero que al fin y al cabo es gracia de Dios y nos hace bien.
Queridos hermanos, sólo Cristo es el Alfa y la Omega; nosotros sólo somos una letra diminuta en el alfabeto de la historia, una letra, que, aunque diminuta, puede ser preciosa. Por tanto, desechemos completamente la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, porque el haber sido redimidos no nos libera de nuestra pequeñez, más bien nos ayuda a reconocerla con lucidez y a integrarla con acierto en nuestras vidas.
Aprendamos de la experiencia de san Pedro. Durante la Última Cena se creyó fuerte, más fuerte que los demás: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré» (Mt 26,33). Sin embargo, fue el único que tres veces negó conocer a Jesús. Es inevitable que, cuando olvidamos nuestra pequeñez caigamos en lo mismo que presumimos. De las expresiones grandilocuentes «a las negaciones, el camino es derecho, la pendiente inevitable: sólo es menester que la ocasión se presente». Son palabras de José María Cabodevilla.
Segunda actitud: RESPONSABILIDAD. Queridos hermanos sacerdotes, ¿cómo «gestionamos» nuestra debilidad personal y ministerial?
Ya he dicho que en algunas ocasiones caemos en el negacionismo, pensando o actuando como si el mal sólo estuviera en el mundo y no en la Iglesia, en los otros y no en nosotros.
A veces, la conciencia de nuestra fragilidad nos puede llevar a aislarnos, para ocultar nuestra debilidad, o quizás a la desesperanza, pensando que «soy así y no tengo posibilidad de mejorar».
¿No sería más razonable y más responsable aceptar nuestra fragilidad y acoger los medios que el Señor nos ofrece para asentar nuestra debilidad sobre un fundamento firme?
Si tenemos problemas de salud, somos presa del desánimo o no logramos superar las dificultades que nos pesan, ¿no sería mejor buscar ayuda profesional?
Cuando vemos que las prácticas pastorales que habían sido útiles durante muchos años han perdido su eficacia, ¿no deberíamos tener más en cuenta el criterio de los expertos en ciencias humanas y compartir nuestros éxitos y fracasos con los hermanos sacerdotes y con los religiosos y laicos que participan con nosotros en la común acción evangelizadora de la Iglesia?
Si queremos crecer en nuestra relación con Dios, que da sentido y fundamento a nuestra vida, y todos lo deseamos ¿no deberíamos garantizar un acompañamiento personal serio y continuado? Ayer visité a un sacerdote que está «muy flojico» de salud, al que muchos conocéis, y le pedí una recomendación para esta Misa Crismal que estamos celebrando. Diles -me respondió emocionado que no dejen la oración. Es verdad, la cercanía de Dios no nos deja caer en la vanidad cuando gozamos o tenemos éxito, ni en la desesperanza cuando fracasamos o sufrimos. Por eso, con el Salmo 88 podemos proclamar: «Tu eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora» ? con José Luis Martín Descalzo podemos rezar:
En medio de la sombra y de la herida
me preguntan si creo en Ti.
Y digo: que tengo todo, cuando estoy contigo,
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.
Sin Ti, el sol es luz descolorida.
Sin Ti, la paz es un cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.
Contigo el sol es luz enamorada
y contigo la paz es paz florida.
Contigo el bien es casa reposada
y contigo la vida es sangre ardida.
Pues si me faltas Tú, no tengo nada:
ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.
La tercera actitud es la GRATITUD. Somos frágiles, pero Dios nos ama y cuenta con nosotros, utiliza nuestra debilidad para que otras personas puedan acoger su amor y su consuelo. Tanto la primera lectura como el Evangelio de esta Eucaristía nos recuerdan que «el Espíritu de Dios está sobre nosotros» y que «somos enviados a anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor». Para que estas dos palabras tomen cuerpo en nuestra vida la fragilidad y la humildad no son un problema, sino dos condiciones imprescindibles.
Sólo un alma humilde puede acoger al Espíritu de Dios. Sólo podemos iluminar y liberar a los que sufren o acercar la gracia de Dios a los desgraciados si tenemos experiencia cotidiana de nuestras cegueras y esclavitudes, y de que la gracia de Dios nos ilumina y libera. Si la carta a los Hebreos afirma que Jesucristo, sumo sacerdote, se compadeció de nuestras debilidades, porque «ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Hb 4,15), ¡con cuánta más razón nosotros hemos de reconocer nuestras pruebas y compadecernos de las personas que se sienten como cañas cascadas o pábilos vacilantes!
Sí, queridos hermanos sacerdotes, renovemos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación con un corazón lleno de humilde gratitud, porque como afirmó el cardenal Ratzinger en una homilía: «El sacerdote experimenta cómo a pesar y en virtud de su palabra pobre y débil puede hacer brotar la sonrisa en las personas que llegan al término de su vida. Por su débil palabra, las personas encuentran un sentido en el océano del absurdo, un sentido que les permite vivir. Y ve con gratitud cómo muchas personas, gracias a su trabajo y a su testimonio, descubren la gloria de Dios. Y siente, en lo intimo de su corazón, cómo Dios realiza grandes obras a través de su persona, sirviéndose de su pobreza, lo cual le lleva a desbordar de gozo a pesar de su pequeñez, porque grande es la misericordia que Dios le ha mostrado».
Hermanas y hermanos, acompañad con vuestro cariño y vuestra oración a estos buenos sacerdotes, a vuestros sacerdotes, que van a renovar sus promesas con humildad, responsabilidad y gratitud.
domingo, 20 de marzo de 2022
Sacerdotes
Los sacerdotes tenemos un estilo de vida poco común: no vivimos en pareja, ganamos poco dinero, hemos perdido prestigio social y no nos faltan dificultades para llevar a puerto la misión que se nos ha encomendado. Aparentemente, tenemos pocos motivos para ser felices. Sin embargo y a pesar de todo ello, la mayor parte de nosotros damos gracias a Dios por nuestra vocación.
¿De qué fuente brota nuestra alegría? Como todos los bautizados, nos sabemos amados, perdonados, elegidos y enviados por Dios. Además, en el ejercicio de nuestro sacerdocio, tenemos la oportunidad de “tocar a Dios”, en la Eucaristía y en los corazones de muchas personas, que nos confían sus sufrimientos y sus esperanzas, sus fracasos y sus logros. En esa verdad desnuda, de tantos hombres y mujeres, descubrimos como Dios los acompaña, anima, consuela, cura y salva.
Percibimos que, a pesar de nuestra pobreza, somos colaboradores e instrumentos de Dios, que ha querido tener “necesidad” de nosotros, para acercarse a otros seres humanos y realizar su obra en muchos corazones que, confiadamente, se abren a su amor. Experimentamos que Dios se manifiesta a través de nuestro humilde servicio, dejando una huella preciosa en los hermanos que vienen a nosotros, buscando el consuelo divino. Así, estas vivencias producen en nosotros un gozo profundo y verdadero.
Gracias a Dios, nunca nos falta el cariño de las comunidades a las que servimos. A veces, incluso gozamos del aprecio de personas ajenas a la Iglesia, que valoran nuestra contribución a la sociedad. ¡Cuánta buena gente hay en nuestras Parroquias, que, sin dejarse vencer por los intereses egoístas que predominan en el ambiente, se compromete en favor de la Iglesia y de la humanidad! ¡Cuántas personas nos motivan con su profunda experiencia de Dios! Esta buena gente comprende nuestra fragilidad, perdona nuestros errores y nos anima a ser mejores pastores. Sus detalles de cariño nos demuestran que Dios jamás se deja ganar en generosidad.
Por estos y otros muchos motivos, aliento a los jóvenes a plantearse que tal vez Dios los está llamando a ser sacerdotes, y animo a las familias a valorar esta vocación como un camino que puede engrandecer la vida de sus hijos. Asimismo, quisiera recordar que Dios sigue llamando, también ahora y en esta tierra, y que la pastoral juvenil y vocacional es tarea de todos. Entre todos hemos de anunciar a los jóvenes que “Dios no quita nada y lo da todo” (Benedicto XVI). Con el testimonio de una vida gozosamente entregada, podemos transmitir que responder a la llamada de Dios es fuente de alegría, de libertad, de amor y de esperanza.
Con sincero afecto, doy gracias a Dios por los sacerdotes y los seminaristas de esta Diócesis de Teruel y Albarracín, pido para ellos la protección de San José y os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Afinar el oído
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escu...
-
Al cumplirse el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, quisiera recordar con inmensa gratitud algunas de sus “manías”. Un rasgo...
-
Hace poco, una amiga me dijo: “Ahora que eres obispo, mira si podéis inventar una oración más dinámica a la Virgen, porque el Rosario es muy...
-
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: Al acercarnos al 29 de abril, fecha en la que se cumple el 74 aniversario del ...