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domingo, 29 de marzo de 2026

Semana Santa: Amor, Cruz y Vida

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Durante la Semana Santa, la Iglesia nos invita a compartir los sentimientos del corazón de Cristo en aquellos intensos días de su Pascua o “paso” de este mundo al Padre. En ellos se revela el misterio del Hijo de Dios en un dinamismo que podríamos describir con las palabras “amor”, “cruz” y “vida”.

“Amor”. El Jueves Santo nos hace revivir el amor en su forma más pura y desbordante. Jesús, el Maestro y Señor, se ciñe una toalla y se arrodilla delante de cada discípulo para lavarle los pies. Con este gesto, nos da a entender que el amor no es un sentimiento pasajero, sino un estilo de vida que se concreta en hechos de humilde servicialidad. En la Última Cena se entregó a sus discípulos como alimento, y en cada Eucaristía sigue entregándonos su Cuerpo y su Sangre, como el alimento y la bebida que sostienen y fortalecen nuestro espíritu para ser capaces de amar como Él y con Él.

“Cruz”. En el Viernes Santo contemplamos a Cristo abrazando el sufrimiento y la muerte por amor al Padre y a la humanidad. La Cruz no es el símbolo de una vida derrotada, sino de una fidelidad llevada hasta el extremo. En la Cruz, Jesús carga con el dolor de los seres humanos, nos abre un camino hacia la esperanza e instaura el reinado de Dios: el sueño del Padre de una fraternidad efectiva entre todos sus hijos e hijas. Abrazar la cruz como Jesús y con Jesús implica asumir nuestras heridas y limitaciones. Significa también aceptar el sufrimiento que comporta el compromiso de vivir con los que sufren, de defender la verdad y de construir un mundo más justo y en paz.

“Vida”. La Pascua es un canto a la Vida. Cristo resucitado nos muestra que el “amor” entregado hasta el extremo y la “cruz” que se abraza como él la abrazó no terminan en la oscuridad, sino en la luz. La Resurrección de Jesús no es sólo un hecho que tuvo lugar en un momento preciso de la historia humana, sino que también es fuerza transformadora del presente. La Pascua invita a vivir como hombres y mujeres nuevos, testigos de la esperanza que no defrauda, portadores de la alegría que produce el encuentro con el Resucitado, constructores de fraternidad y paz en un mundo atemorizado por las guerras.

Amar y morir con Cristo para resucitar con Él es el dinamismo de la Semana Santa y de la vida cristiana. Dejemos que el ritmo de la liturgia, de las procesiones y de la oración personal, vivido con devoción, abrase nuestro corazón, sane nuestras heridas y renueve nuestra vida con el “amor”, la “cruz” y la “vida” de Cristo.

Un saludo muy cordial en el Señor.


domingo, 13 de abril de 2025

Fortalecer, celebrar y procesionar la esperanza


No es un secreto para nadie que nuestra sociedad, tan crecida tecnológicamente, ha menguado en esperanza. Mientras se desarrolla la Inteligencia Artificial, que hoy ya es una herramienta muy poderosa, van cayendo las grandes utopías de libertad, igualdad y fraternidad, por las que tantas personas, movidas por su fe o por sus valores humanos, entregaron su tiempo y arriesgaron la vida. Así, hoy nos encontramos con muchos hombres y mujeres, también niños y jóvenes, que no encuentran razones ni siquiera para seguir viviendo.

En este contexto social, que por supuesto también afecta a los hijos de la Iglesia, estamos inmersos en la gracia del Jubileo 2025, convocado por el papa Francisco con el lema “Peregrinos de esperanza”. Por eso, animo a todas las personas que queréis vivir intensamente la Semana Santa, y especialmente a los cofrades, a fortalecer la esperanza, a celebrarla en nuestras comunidades parroquiales y a procesionarla por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades.

Quizá alguien pueda preguntarse qué tiene que ver la esperanza con las celebraciones y procesiones de Semana Santa. Aparentemente son dos realidades contradictorias: ¿cómo podemos crecer y transmitir esperanza celebrando y procesionando a alguien que fue traicionado con vileza, condenado injustamente y ejecutado en una cruz? Sin embargo, cuando miramos con mayor profundidad la Pasión de Cristo, no vemos simplemente un camino de sufrimiento, sino una misión profundamente asumida y vivida con generosidad hasta las últimas consecuencias. Jesús sabía cuál era su proyecto: entregarse con amor a Dios Padre y a la humanidad, para abrir un camino de salvación y transformar el dolor en redención. A través de ese acto supremo de amor, nos enseñó que incluso en los momentos más oscuros hay una promesa de vida nueva, de resurrección, de esperanza.

Sí, queridos hermanos y hermanas, la pasión y la esperanza van de la mano. La esperanza, por un lado, nos mueve a trabajar por el bien común, a compartir cuanto hemos recibido y a entregar la vida con pasión, seguros de que este modo de vivir dará frutos de fraternidad, justicia y paz. Y cuando vivimos con esta pasión, con este amor, generamos esperanza en quienes nos rodean. Pido al Señor Jesús que, en esta Semana Santa, nos libere del círculo vicioso de la desesperanza, que provoca pasividad e indiferencia; para dejarnos atraer por el círculo virtuoso de la esperanza, que nos mueve a vivir con pasión, como Jesús y con Jesús.

Cada celebración litúrgica, cada tambor y corneta que suenan en la Semana Santa de nuestros pueblos y ciudades, cada paso procesional y cada oración compartida son una forma de decir al mundo que la fe sigue viva, que el sacrificio por amor tiene sentido y que la esperanza no defrauda.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 2 de abril de 2023

Una semana para enamorarnos


Aunque estamos en Teruel, no pienso ahora en Isabel de Segura y Diego de Marcilla, sino en otro enamoramiento, del que podemos ser protagonistas, aunque la peripecia de Diego e Isabel pueda servir de referencia. Lo cierto es que nuestras vidas cambian profundamente cuando nos enamoramos de verdad: nuestra manera de pensar, nuestros sentimientos y deseos, hasta la mirada y el cuerpo se transforman cuando nos enamoramos, ya que el amor despierta y unifica nuestras fuerzas, tantas veces adormecidas y dispersas, para buscar el bien de la persona amada y la unión con ella.

La Semana Santa nos invita a enamorarnos de Jesucristo. Por no recurrir a otros testimonios, que pudieran parecer menos ecuánimes, quiero citar las palabras de dos historiadores (Jacob Burckhardt y Timoty Garton Ash), que no profesan la fe cristiana y, sin embargo, han dicho que Jesucristo es «la figura más bella de la historia del mundo» y «una fuente de inspiración constante y maravillosa».

La Semana Santa nos ofrece la oportunidad de enamorarnos de Jesús, al revivir sus gestos, palabras y silencios. En los acontecimientos que contemplaremos estos días, lo veremos haciendo frente a los poderes de este mundo, lavando los pies de sus amigos, como si fuera un esclavo, y partiéndoles el pan, como hace una madre con sus hijos; sudando sangre por la angustia ante lo que se le venía encima y, aun así, abrazando el camino del amor “hasta el extremo” que el Padre le marcaba; lo veremos lanzando una mirada agradecida a las mujeres, que le acompañan con sus lágrimas, y al Cirineo, que le ayudó a llevar la cruz; lo veremos muriendo, para mostrarnos que el amor de Dios es más fuerte que nuestro egoísmo y que la misma muerte; lo veremos, ya resucitado, saliendo sin acritud al encuentro de sus amigos, que lo habían dejado solo, y encomendándoles de nuevo la tarea de continuar su misión.

Este Jesús está vivo, cuenta contigo y te llama, te abre las puertas de su corazón y de su familia, formada por una multitud de mujeres y hombres, niños, jóvenes y adultos, tan débiles como tú y como yo, que quieren vivir en fraternidad y construir, como Él y con Él, su Reino de justicia, libertad, verdad, amor y paz.

¡Enamórate en esta Semana Santa! Como dijo el P. Pedro Arrupe SJ: «Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón, y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera».

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 24 de abril de 2022

Antorchas de Pascua


Aún resuena el grito dramático de Cristo en el Viernes Santo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46). Aquella tarde el Padre se mantuvo en silencio, pero al tercer día, pronunció una palabra que iluminó la noche y movió la fría losa que tapaba la entrada del sepulcro: «¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!»

No hubo testigos, porque los únicos que estaban allí eran unos guardias somnolientos. Pero desde aquel domingo, el Resucitado se fue encontrando con los suyos y les transmitió el fuego de una vida nueva. Ellos, a su vez, se fueron convirtiendo, no sin vacilaciones, en antorchas que encendieron el mismo fuego en otros. Este es el doble movimiento de la Pascua: dejarse prender por el fuego del Resucitado y prenderlo en otras personas.

¿Cómo avivar el fuego de Jesús, que recibimos en el Bautismo, para que Él siga resucitando nuestra vida, tantas veces mortecina, y nos convierta en antorchas? El relato de los que se marchaban a Emaús (Lc 24, 13-35) nos brinda algunas pistas: acoger a las personas que encontramos por el camino, como ellos acogieron a aquel viajero desconocido que resultó ser Jesús; confiar al Resucitado nuestras esperanzas y decepciones, como hicieron aquellos discípulos; abrirnos a la luz de la Palabra que Jesús les recordó y explicó; compartir el techo y el pan, volver a la comunidad y contar a los hermanos que sus corazones ardían al escucharle.

En este tiempo de Pascua, también resulta muy provechoso leer las apariciones del Resucitado que narran los Evangelios, como si estuviésemos en aquel lugar y en aquel tiempo. Así podremos pasar desde la tristeza a la alegría, con María Magdalena; desde la incredulidad y el miedo a la fe y a la valentía, con los apóstoles; desde el desánimo a la esperanza, con los de Emaús; y desde la arrogancia al amor humilde, con Pedro.

¿Cómo encender en otros el fuego del Resucitado? El papa Francisco nos ofrece algunas indicaciones: «Nosotros anunciamos la resurrección de Cristo cuando su luz ilumina los momentos oscuros de nuestra existencia y podemos compartirla con los demás; cuando sabemos sonreír con quien sonríe y llorar con quien llora; cuando caminamos junto a quien está triste y corre el riesgo de perder la esperanza; cuando transmitimos nuestra experiencia de fe a quien está en búsqueda de sentido y felicidad. Con nuestra actitud, con nuestro testimonio, con nuestra vida decimos: ¡Jesús ha resucitado!» (Regina coeli, 06/04/2015).

Tengamos en cuenta que los hombres y mujeres de hoy nos parecemos mucho a Tomás, el Mellizo, que no creyó en la resurrección hasta que se encontró con Jesús. Por tanto, anunciemos la resurrección explicando con humildad como la fuerza, la luz y la alegría del Resucitado han transformado nuestra vida; allanando así el camino para que otras personas puedan descubrirle, acogerle y experimentar su amor y su gracia.

¡Feliz Pascua, hermanas y hermanos! Vosotros sois las antorchas del Resucitado.

domingo, 10 de abril de 2022

Semana Santa


Nos adentramos ya en la espesura de la Semana Santa. Tratemos de profundizar en un momento significativo de la pasión de Cristo, para conocerlo mejor, amarlo más y seguirlo más de cerca.

Es impresionante la escena de Jesús en el huerto de Getsemaní. Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas nos proporcionan algunos datos que nos ayudan a situarnos junto a Jesús en aquella “hora”. El Maestro quiso la compañía de tres amigos cercanos: Pedro, Santiago y Juan; «se arrancó de ellos», con esfuerzo y dolor, y se puso a rezar. Le invadió una profunda tristeza y el abatimiento fue creciendo en su alma. Buscó el consuelo de sus amigos y les dijo: «Triste está mi alma hasta la muerte». Tal era su angustia que «le entró un sudor que caía hasta el suelo, como si fueran gotas espesas de sangre». Y seguía rezando con intensidad: «Padre mío, si no es posible que pase este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Por amor, Jesús había compartido con sus amigos la belleza de sus parábolas y la fuerza de sus milagros, y ahora comparte con ellos su tristeza, su angustia y su agonía. También aquí nos muestra el camino a seguir. No podemos comunicar nuestra debilidad a cualquiera, pero ¡cuánto bien nos hace desnudar el alma ante personas que nos pueden comprender, acoger y abrazar, al estilo de Dios!

Sobrecoge, sobre todo, la lucha interior de Jesús, para no desviarse del camino de su misión. Habría podido escapar por el desierto y evitar tantos sufrimientos, pero se mantuvo fiel a Dios Padre, que lo había enviado a la humanidad, para mostrarnos su amor, un amor total, que no se echa atrás cuando llegan las dificultades, el sufrimiento y hasta la misma muerte; el único amor que puede salvarnos.

Martín Descalzo comenta esta lucha íntima diciendo: «sus labios temblaban, pero no los apartaría de este cáliz». Contemplando a Jesús rezando en medio del abatimiento, comprendemos aquellas palabras de la liturgia: «cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada». Es verdad que Jesús fue traicionado por Judas, abandonado por sus discípulos y condenado por los sumos sacerdotes y por Pilato; pero no diríamos toda la verdad si no afirmásemos también que él aceptó voluntariamente la pasión y la muerte, por ser fiel al Padre y por amor a la humanidad.

Esta lucha suprema de Jesús ilumina nuestras luchas diarias, cuando discernimos qué camino tomar: ¿la honradez o la corrupción?, ¿la verdad o la mentira?, ¿el bien común o los intereses personales?, ¿la solidaridad o la indiferencia?, ¿el amor o la propaganda?, ¿la fidelidad o el capricho?, ¿el Reino de Dios o mi reino?

Contemplemos a Jesús, en su pasión y muerte, como si estuviésemos presentes en aquella tierra y en aquel momento. Dejémonos impactar por sus palabras, gestos y silencios. ¡Vivamos una Semana verdaderamente Santa!

domingo, 3 de abril de 2022

“Procesionar” a Jesús


Pronto saldrán por nuestras calles los “pasos” de la Semana Santa, suscitando profundos sentimientos religiosos, en quienes los portan y en muchos de los que los contemplan. Es ahora el momento oportuno para recordar que sacar en procesión aquellos momentos de la pasión y muerte de Jesús, representados en esos “pasos”, supone enaltecer a una persona que fue condenada a muerte por la envidia de unos, el fanatismo de otros, el miedo de algunos a perder el poder, el silencio de tantos y el griterío de una masa manipulada. Esa visualización del dolor de Cristo nos recuerda hasta dónde llegan las consecuencias del pecado y la injusticia, y pone ante nuestros ojos a muchos hombres, mujeres y niños que ahora sufren, sin merecerlo, junto a nosotros, en Ucrania y en demasiados rincones del mundo.

Sacar en procesión la pasión de Cristo nos descubre que Dios lucha, con un realismo e intensidad inimaginables, contra el mal que habita en el mundo. El papa Francisco ha dicho: “A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad, Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón” (29 de marzo de 2013). Por ello, los discípulos de Jesús debemos implicarnos decididamente en la lucha contra la injusticia, utilizando las mismas armas que el Señor: la verdad, el bien, el amor, el servicio y la entrega hasta el extremo; y rechazando, por tanto, la tentación de recurrir a la violencia, que engendra todavía más sufrimiento.

Sacar en procesión a Cristo lleva consigo la llamada a descubrir que Dios ama a la humanidad y a cada uno de nosotros, pues envió a su Hijo al mundo para mostrarnos su amor entrañable y enseñarnos un nuevo modo de vida. Por amor, Jesús predicó, curó y rezó al Padre; por amor no se escondió cuando su vida corrió peligro y aceptó voluntariamente la cruz; y por amor murió y resucitó, para que compartamos con él una vida nueva, plena y eterna.

Lo mismo que para sacar un “paso” en procesión necesitamos unir fuerzas y arrimar nuestro hombro al de otros hermanos, en esta lucha contra el mal y en el trabajo por el Reino de Dios, hemos de colaborar de igual modo, dejando a un lado protagonismos estériles. A veces, nos parece que solos avanzamos más deprisa, hasta que caemos en la cuenta de que necesitamos a los otros. Del mismo modo, en la familia y en la comunidad cristiana, caminando y trabajando juntos logramos deshacer las dificultades y multiplicar los éxitos y las alegrías.

Con mi deseo de que los “pasos” de la pasión de Jesucristo, que saldrán por nuestras calles, nos ayuden a contemplarlo y a implicarnos para mejorar nuestro mundo, como Él y con Él, os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...