domingo, 26 de junio de 2022
Una muerte más que digna
Estaba dando las últimas pinceladas a la carta de esta semana, cuando me llega un mensaje al teléfono: “Jose acaba de dejarnos. Ya descansa en Él”. Y me ha resultado imposible acabar el texto que tenía entre manos. He sentido la necesidad imperiosa de expresar algunas experiencias vividas con este buen hermano que ha cruzado a la orilla eterna.
Cuando se declaró su enfermedad, nos avisó a unos cuantos amigos, a pesar de que algunos estábamos lejos. No quiso vivir a solas la incertidumbre, el miedo y el dolor que provocan un diagnóstico amenazante. Además, quiso hacernos partícipes de muchos momentos de esperanza, de alegría, de amistad, de fe. Cuando hablábamos, algunas veces mi corazón se encogía, pero siempre tuve la certeza de que esos encuentros me hacían más humano y más cristiano. Agradezco a Dios que Jose quisiera incluirme en ese grupo de privilegiados que podíamos escuchar sus confidencias y compartir momentos muy intensos.
Nuestro amigo fue (debe seguir siéndolo) un hombre rebelde. De vez en cuando también discutía con Dios, sin ocultarle los sentimientos y las ideas que se agolpaban en su corazón y en su cabeza. La enfermedad le ayudó a conocer más a Dios, a orar mejor, a sentir su cercanía y a abandonarse en Él.
Jose, en este tiempo de enfermedad, ha procurado disfrutar de la vida al máximo. A pesar de sus malos momentos y de sus desánimos, no se ha quedado en casa a llorar su desgracia. Ha viajado y ha celebrado las buenas noticias y los acontecimientos más felices.
También supo acercarse a personas y familias que estaban pasando situaciones semejantes a la suya. ¡Qué valor tiene la palabra de quien no habla de oídas! ¡Qué fuerza tiene el consuelo de las personas que comparten su “secreto” para afrontar una enfermedad mortal!
Otra de las experiencias más bonitas que Jose me ha permitido disfrutar es el cariño entrañable de la familia y de la amistad. Cada vez que iba a su casa, me encontraba con sus amigas y amigos más cercanos, que no lo han dejado solo nunca. ¡Qué amor tan grande el de las personas que renuncian a sus planes personales para estar cerca del amigo que sufre!
Al final, cuando la lucha era insoportable, pidió que le aliviasen el dolor, siendo consciente de que los fármacos utilizados podrían acortar su vida.
No cuento estas vivencias para proponer a nuestro amigo como un ejemplo a seguir en cada una de sus opciones, ya que cada persona tiene su forma de ser, sus recursos, su cultura, sus valores, sus creencias… No obstante, estoy seguro de que nos hace bien conocer historias como las de Jose. Su modo de afrontar la enfermedad y la muerte ha sido más que digna, ha sido una gracia. ¡Descanse en la paz de Dios!
Recibid un cordial saludo en el Señor.
domingo, 19 de junio de 2022
Somos lo que damos. Somos amor
Todos experimentamos desde pequeños el deseo de ser libres y felices. Sin embargo, la libertad requiere un aprendizaje, a veces tortuoso, y la felicidad suele ser esquiva. Por ello, tenemos la tentación de buscarla por atajos que sólo proporcionan alegrías cortas, que luego dejan largas resacas de tristeza.
Hay personas que quedan atrapadas en una espiral que les mina la libertad y la felicidad. Otras, en cambio, gracias a la ayuda de Dios y de tanta gente buena como nos rodea, logran aprender de sus propios errores y caen en la cuenta de que la vida encuentra sentido cuando se regala, y que la alegría crece cuando nos dedicamos a los demás. En efecto, somos lo que damos: el tiempo que compartimos, las sonrisas y los abrazos que regalamos, el perdón que ofrecemos, el trabajo responsable por el bien común, el empeño en construir un mundo de hermanas y hermanos… San Agustín lo expresó con una frase precisa: “Amor meum, pondus meum”, que significa: “mi amor es mi peso”. Dicho con otras palabras: Yo valgo lo que vale mi amor.
Somos lo que damos, somos amor. Este es el lema del Día de la Caridad, que Cáritas celebra coincidiendo con la solemnidad del Corpus Christi. En esta fiesta, conmemoramos que Cristo nos regaló su cuerpo y su vida entera en la última Cena y en el Calvario, y sigue entregándose en cada Eucaristía, memorial de su entrega “hasta el extremo”. Cada vez que lo recibimos, su amor nos alimenta, nos une a todos los que lo comulgamos y, como Él y con Él, nos sentimos urgidos a amar de la misma manera. Benedicto XVI lo explicó con una frase cargada de significado: “la Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús” (DCE 13).
La Iglesia nos invita, en esta solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, a asombrarnos ante la misericordia del Padre que ha mirado compasivamente nuestra pequeñez y nos ha entregado a su Hijo como alimento, para que tengamos vida en abundancia. Él nos mueve a mirar con ternura a nuestros hermanos, sobre todo a los que sufren, y a alimentar, con humildad y respeto, su hambre de pan, de amor, de esperanza y de fe. Las dos miradas: al Sacramento y a los pobres, se enriquecen mutuamente, de manera que el amor a los pobres resulta imprescindible para experimentar que Dios nos ama y que también nosotros le amamos.
Queridos hermanos y hermanas, acoged con devoción y gratitud el pan eucarístico; porque el Espíritu que transforma un pedazo de pan en el Cuerpo del Señor, nos irá transformando, si lo acogemos con un corazón abierto, en pan para los hermanos y hermanas, en sacramento del amor de Dios en medio del mundo. Recibid un cordial saludo en el Señor.
Hay personas que quedan atrapadas en una espiral que les mina la libertad y la felicidad. Otras, en cambio, gracias a la ayuda de Dios y de tanta gente buena como nos rodea, logran aprender de sus propios errores y caen en la cuenta de que la vida encuentra sentido cuando se regala, y que la alegría crece cuando nos dedicamos a los demás. En efecto, somos lo que damos: el tiempo que compartimos, las sonrisas y los abrazos que regalamos, el perdón que ofrecemos, el trabajo responsable por el bien común, el empeño en construir un mundo de hermanas y hermanos… San Agustín lo expresó con una frase precisa: “Amor meum, pondus meum”, que significa: “mi amor es mi peso”. Dicho con otras palabras: Yo valgo lo que vale mi amor.
Somos lo que damos, somos amor. Este es el lema del Día de la Caridad, que Cáritas celebra coincidiendo con la solemnidad del Corpus Christi. En esta fiesta, conmemoramos que Cristo nos regaló su cuerpo y su vida entera en la última Cena y en el Calvario, y sigue entregándose en cada Eucaristía, memorial de su entrega “hasta el extremo”. Cada vez que lo recibimos, su amor nos alimenta, nos une a todos los que lo comulgamos y, como Él y con Él, nos sentimos urgidos a amar de la misma manera. Benedicto XVI lo explicó con una frase cargada de significado: “la Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús” (DCE 13).
La Iglesia nos invita, en esta solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, a asombrarnos ante la misericordia del Padre que ha mirado compasivamente nuestra pequeñez y nos ha entregado a su Hijo como alimento, para que tengamos vida en abundancia. Él nos mueve a mirar con ternura a nuestros hermanos, sobre todo a los que sufren, y a alimentar, con humildad y respeto, su hambre de pan, de amor, de esperanza y de fe. Las dos miradas: al Sacramento y a los pobres, se enriquecen mutuamente, de manera que el amor a los pobres resulta imprescindible para experimentar que Dios nos ama y que también nosotros le amamos.
Queridos hermanos y hermanas, acoged con devoción y gratitud el pan eucarístico; porque el Espíritu que transforma un pedazo de pan en el Cuerpo del Señor, nos irá transformando, si lo acogemos con un corazón abierto, en pan para los hermanos y hermanas, en sacramento del amor de Dios en medio del mundo. Recibid un cordial saludo en el Señor.
domingo, 12 de junio de 2022
Cuidar la vida contemplativa
En la fiesta de la Santísima Trinidad, nuestra mirada se vuelve a las mujeres y hombres que viven en monasterios, en un ambiente de silencio, dedicados a la oración y el trabajo.
No resulta fácil entender este modo de vida, sobre todo cuando no se conoce de cerca. Recuerdo que la primera vez que entré en un monasterio me asaltó este pensamiento: “Estas monjas pierden el tiempo; la oración nos debe llevar a comprometernos en el mundo; hay muchas personas que sufren y ellas se refugian en la oración; en clausura no pueden ser felices…” Estas ideas empezaron a tambalearse al ver las caras de aquellas mujeres. Contagiaban serenidad y paz; no transmitían la alegría ligera y pasajera de quienes no se preocupan de nadie y se dedican a satisfacer sus caprichos; percibí en ellas un gozo profundo y duradero, signo claro de una vida auténtica. Así, fui comprendiendo que aquella valoración primera era fruto del prejuicio y del desconocimiento.
Conforme he ido acercándome a la vida contemplativa, he podido conocer mejor su riqueza y sus problemas. También he valorado su compromiso con el mundo y su trabajo para ganarse el pan de cada día. He visto que en su plegaria caben «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren», como dice el Concilio Vaticano II (GS 1). Además, a su modo, ayudan a muchas personas, hambrientas de pan, necesitadas de ser escuchadas, sedientas de Dios, deseosas de dar sentido a su dolor o a su vida… No exagero al decir que los monjes y monjas contemplativos son un pulmón espiritual para la Iglesia y para el Mundo.
Desgraciadamente, las comunidades de vida contemplativa han disminuido sensiblemente en nuestra diócesis y en muchas otras. En este momento nos sentimos agraciados con la presencia de la comunidad de Madres Agustinas de Rubielos de Mora. También contamos con la cercanía de otras hermanas clarisas, capuchinas, concepcionistas y dominicas. Estas mujeres, aunque han tenido que cerrar sus monasterios en esta tierra, por falta de vocaciones, y trasladarse a otras comunidades, siguen llevando en sus corazones y recordando en sus plegarias a los cristianos y cristianas de Teruel y Albarracín. Ellas, con su existencia, son un recordatorio permanente de que “sólo Dios basta”. No podemos menos de agradecer a todas ellas su acompañamiento, su intercesión y su testimonio. Tengámoslas presentes, de forma especial en este domingo, dedicándoles momentos de oración y gestos de cercanía.
La existencia de los contemplativos nos interpela sobre la calidad de nuestra propia vida contemplativa; una vida que es indispensable para que el testimonio cristiano, que pretendemos ofrecer al mundo, sea verdaderamente evangélico. Nuestra sociedad necesita personas que transparenten paz, esperanza, amor y compromiso con la justicia. Estos valores brotan con naturalidad y frescura del encuentro enamorado con Dios.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 5 de junio de 2022
Carta al laicado
Con motivo del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, en la solemnidad de Pentecostés, me dirijo especialmente a vosotros, hermanas y hermanos laicos.
El Concilio Vaticano II proclamó que existe una auténtica igualdad en cuanto a la dignidad de todos los bautizados (cf. LG 32). San Juan Pablo II afirmó que «también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo» (ChL 2). Asimismo, estableció cauces de participación del laicado en la toma de decisiones de las parroquias y las diócesis.
En esta tradición, el papa Francisco nos ha recordado que «Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe —el sensus fidei— que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios». Además, nos anima a caminar juntos y a «escucharnos mutuamente: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, todos, todos los bautizados», para «comenzar un discernimiento en nuestro tiempo, siendo solidarios con las fatigas y los deseos de la humanidad», de modo que acertemos a «colaborar mejor con la obra de Dios en la historia».
Gracias, hermanas y hermanos laicos de nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín, que hacéis vida estas enseñanzas de la Iglesia, contribuyendo a la renovación de las comunidades cristianas y al crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Gracias por vivir y transmitir la fe cristiana en vuestras familias, en el trabajo, en el barrio o pueblo donde habitáis, en la política, la educación y los diversos ámbitos que conforman nuestra sociedad. Gracias por vuestra dedicación a la catequesis, la liturgia, la caridad, la administración y tantas otras actividades eclesiales. ¡Ojalá los pastores sepamos valorar más y acompañar mejor vuestro compromiso en la Iglesia y en el mundo!
Con el Papa Francisco, «os pido, por favor, que evitéis a toda costa las “tentaciones” del laico dentro de la Iglesia, que pueden ser: el clericalismo, que es una plaga y os encierra en la sacristía, como también la competitividad y el carrerismo eclesial, la rigidez y la negatividad, que asfixian lo específico de vuestra llamada a la santidad en el mundo actual». Finalmente, os animo a cuidar la celebración y la formación de vuestra fe en la parroquia y en las diversas asociaciones y movimientos de Apostolado Seglar. Con la fuerza del Espíritu y el apoyo de la comunidad, podréis vivir «vuestra vocación propia inmersos en el mundo, escuchando, con Dios y con la Iglesia, los latidos de vuestros contemporáneos… No tengáis miedo de patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar hasta los límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente… esta es la Iglesia de Dios, que se arremanga para salir al encuentro del otro, sin juzgarlo, sin condenarlo, sino tendiéndole la mano, para sostenerlo, animarlo o, simplemente, para acompañarlo en su vida. Que el mandato del Señor resuene siempre en vosotros: “Id y predicad el Evangelio” (cf. Mt 28,19)».
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
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