Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas
domingo, 1 de marzo de 2026
El pecado, ni más ni menos
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.
En este camino cuaresmal deseo compartir una reflexión serena sobre el pecado. El poeta Charles Baudelaire escribió que «la más bella de las artimañas del Diablo es persuadiros de que no existe». Más allá del contexto literario de la frase, su intuición resulta profundamente actual. En nuestra cultura, hablar de pecado y de culpa parece improcedente, incómodo o incluso dañino. Así, casi sin advertirlo, el pecado ha ido desapareciendo de nuestro horizonte espiritual.
Sin embargo, restar importancia al pecado es tan empobrecedor como colocarlo en el centro obsesivo de la experiencia religiosa, algo que ocurrió con demasiada frecuencia en otros tiempos. Aquellas miradas exageradas, que veían pecado casi en cualquier cosa —sobre todo en lo relacionado con el sexto mandamiento—, generaron heridas, miedos y escrúpulos. Hoy estamos llamados a aprender de esos errores y a recuperar una comprensión más bíblica del pecado y del perdón de Dios.
La Escritura nos enseña a entender el pecado, ante todo, como un desamor: una falta de gratitud y de correspondencia al amor que Dios nos regala. No es simplemente una mancha que afea, ni una limitación que nos condiciona, ni una mera transgresión de normas. El pecado nos remite al drama más hondo de la condición humana: creados para la comunión con Dios y para la fraternidad, experimentamos una herida interior, una inclinación que nos encierra en nosotros mismos. Somos criaturas valiosas, creadas por Dios a su imagen, y, al mismo tiempo, estamos marcados por la fragilidad. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ignorar esta paradoja conduce a una visión excesivamente optimista del ser humano o a un pesimismo estéril, pero nunca a la verdad que nos hace libres.
Hoy, en nuestra sociedad, el pecado se presenta a menudo como algo apetecible e incluso recomendable, mientras que el pecador es rápidamente señalado y condenado. Frente a esa tendencia, Jesús nos enseña a combatir el pecado y a acoger al pecador. También trivializamos el pecado cuando valoramos nuestras acciones únicamente por la satisfacción inmediata que nos proporcionan, erigiéndonos en medida suprema de lo justo y olvidando el daño real que podemos causar a los hermanos, a la madre tierra o a nuestra relación con Dios. Esta actitud, que en el fondo repite la tentación originaria, nos encierra en nuestro egoísmo, nos impide amar con madurez, debilita el compromiso con el bien común y termina por fracturar la convivencia.
Finalmente, dejadme recordar algo esencial: Dios no nos abandona cuando pecamos; es más, «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rom 5,20). Pero cuando desaparece el sentido del pecado, nos privamos de experimentar con hondura el perdón de Dios, y el sacramento de la penitencia deja de ser un encuentro transformador para convertirse en algo prescindible. Y, sin embargo, es precisamente allí donde la gracia restaura, fortalece y abre caminos nuevos.
Un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 8 de febrero de 2026
Ejercicios para la Operación Cuaresma
Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla:
Cuando se acercan los meses de calor, muchos se embarcan en la conocida “operación verano”, cuidando la dieta y haciendo ejercicio físico. En estas fechas, queremos proponeros una “Operación Cuaresma”, proponiendo una serie de Ejercicios, esta vez espirituales, a todos los bautizados y bautizadas, especialmente para los miembros de nuestras queridas cofradías y hermandades, que vivís con tanta intensidad este tiempo litúrgico y la Semana Santa.
Con mucho cariño, hemos preparado esta iniciativa en colaboración con la Delegación Diocesana correspondiente y la Agrupación de Cofradías de Semana Santa de Málaga. Queremos que el trabajo precioso que realizáis —preparando cultos, procesiones, acciones de caridad y encuentros fraternos— venga acompañado de un trabajo interior, que os permita disfrutar más profundamente de lo que hacéis, y transmitir con más fuerza la alegría, el amor y la esperanza que brotan de la cercanía de Jesucristo y de su Madre Santísima.
No se trata de algo complicado ni exigente en tiempo. La semana próxima, del lunes 9 al viernes 13 de febrero, de 20.00 a 20.45 horas, se ofrecerán cinco charlas en la iglesia de los Santos Mártires de Málaga. No serán teóricas, sino que se explicarán pistas sencillas para ejercitarse espiritualmente, inspiradas en intuiciones de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Os animo a acudir presencialmente si podéis, y si no, a seguirlas por internet en diocesismalaga.es desde cualquier lugar de la Diócesis.
Aunque parezca una propuesta humilde, os aseguro que puede cambiarnos la vida. Cuando dedicamos un tiempo de calidad a la oración, descubrimos nuestra fragilidad, reconocemos cómo nos engañamos o nos dejamos engañar, sentimos el dolor por nuestros pecados y acogemos con más hondura el perdón de Dios. Poco a poco, Jesús nos contagia su deseo de vivir las bienaventuranzas, de amar hasta el extremo, de entregarnos sin reservas, para participar así de su vida nueva resucitada. En este proceso, el Señor transforma nuestra sensibilidad y nuestra vida entera. Con su gracia, el corazón empieza a latir al ritmo del Evangelio, de modo que nuestro mayor deseo no es otro que amar a Dios y a los hermanos, como Jesús y con Jesús.
Os invito, pues, a sumaros a esta “Operación Cuaresma”, para que la Semana Santa no solo se celebre, sino que se viva en la familia, en el trabajo y en los momentos de encuentro y de descanso. Que esta experiencia pueda animar a los cofrades y a todos los bautizados y bautizadas a considerar la posibilidad de realizar Ejercicios Espirituales en formatos más intensos: dedicando unos días de retiro a la meditación y a la contemplación de la vida del Señor, o bien viviendo los Ejercicios en la Vida Diaria, reservando cada día un tiempo de oración durante varios meses.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 6 de abril de 2025
“Juntos”, camino de conversión
En Cuaresma volvemos a escuchar la llamada de Dios a convertirnos, pero en muchas ocasiones nuestra respuesta se reduce a pequeños compromisos con los que pretendemos alcanzar no tanto lo que Dios quiere, sino lo que nosotros deseamos: leer un poco más, ser fieles a las prácticas piadosas, compartir con alguna persona u organización, perder peso…
Estos propósitos son beneficiosos sin duda alguna, pero quienes seguimos a Jesús tendríamos que preguntar a Dios más a menudo en qué deberíamos convertirnos. Estoy convencido de que un camino de conversión muy querido por Dios se puede resumir con la palabra: “juntos”. Así, el papa Francisco, nos decía recientemente:
«En esta cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente de nuestras necesidades. Preguntémonos ante el Señor si somos capaces de trabajar juntos como obispos, presbíteros, consagrados y laicos, al servicio del Reino de Dios; si tenemos una actitud de acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o si la marginamos» (Mensaje de Cuaresma 2025).
Pidamos, por tanto, la gracia de convertirnos a un estilo de vida sinodal, es decir, a lo que san Juan Pablo II llamó “espiritualidad de comunión”:
«Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí”, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias» (NMI 43).
Aquí tenemos un camino de conversión extraordinario y concreto, que nos llevará a crecer en amor a Dios, en apoyo mutuo y en ardor misionero. Recibid, pues, mi cordial saludo en el Señor.
domingo, 25 de febrero de 2024
Camino de libertad
Hace unos años pregunté a un grupo de chicos y chicas, en una catequesis de Confirmación, cómo entendían ellos la libertad. En sus respuestas, casi todos confundieron la libertad con hacer lo que nos apetece. Pero una chica se atrevió a decir: “yo quiero ser atleta, y para lograrlo tengo que renunciar a muchas cosas que me apetecen”.
¡Había dado en el clavo! En la conversación que siguió, nos dimos cuenta de que una cosa es hacer lo que nos apetece y otra muy distinta hacer lo que deseamos. Frecuentemente, nos apetecen metas divertidas, atractivas y fáciles, mientras que los grandes deseos de bien y felicidad que bullen en nuestro interior reclaman esfuerzo, renuncias y sacrificios. El don de la libertad se nos ha dado para elegir el bien y, de esta forma, podamos cumplir los deseos más bellos de nuestro corazón.
El papa Francisco, en el mensaje cuaresmal de este año, nos invita a vivir la Cuaresma como un camino de libertad: «Acojamos la Cuaresma como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud” (Ex 20,2). Es tiempo de conversión, tiempo de libertad. Jesús mismo, como recordamos cada año en el primer domingo de Cuaresma, fue conducido por el Espíritu al desierto para ser probado en su libertad». Además, el Santo Padre nos ofrece tres consejos para fortalecer nuestra libertad:
- Reconocer la verdad. Nos invita a acoger las preguntas que Dios dirigió a Adán: «¿Dónde estás?» (Gn 3,9) y a Caín: «¿dónde está tu hermano?» (Gn 4,9)». Respondiendo sinceramente a estas preguntas, podremos reconocer nuestras esclavitudes, «porque, si bien con el bautismo ya ha comenzado nuestra liberación, queda en nosotros una inexplicable añoranza por la esclavitud».
- Cultivar el silencio y la espiritualidad. Francisco nos anima a «desacelerar y detenerse. La dimensión contemplativa de la vida, que la Cuaresma nos hará redescubrir, movilizará nuevas energías. Delante de la presencia de Dios nos convertimos en hermanas y hermanos, percibimos a los demás con nueva intensidad; en lugar de amenazas y enemigos encontramos compañeras y compañeros de viaje. Este es el sueño de Dios, la tierra prometida hacia la que marchamos cuando salimos de la esclavitud».
- Arriesgar con valentía, sin esperar a tenerlo todo controlado. Quien no arriesga, no avanza. El Santo Padre nos recuerda el mensaje que dirigió a los jóvenes en Lisboa el verano pasado: «Busquen y arriesguen, busquen y arriesguen. En este momento histórico los desafíos son enormes, los quejidos dolorosos», pero abrazamos la esperanza de que no estamos en una agonía, sino en un parto que dará a luz una vida nueva.
Buen camino cuaresmal hacia la libertad. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 18 de febrero de 2024
Convertirse sensatamente
Estrenamos una nueva Cuaresma en nuestra vida y volvemos a escuchar la llamada de Jesús a convertirnos, pero tengo la impresión de que a menudo nos proponemos la conversión con buena voluntad, pero con poca sensatez, y el resultado de nuestros intentos de conversión nos frustran más que nos cambian.
¿No os habéis planteado la conversión como la superación de todas nuestras debilidades y especialmente de las que más nos avergüenzan? Sin embargo, la verdadera conversión empieza por asumir nuestra debilidad. Así lo vivió San Pablo y lo enseñó a sus comunidades. A los cristianos de Corinto les escribió: «para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne… Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo… Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12).
Podemos afrontar la conversión como una tarea casi exclusiva de nuestra fuerza de voluntad, pensando: “Tengo que cambiar en esto y voy a conseguirlo con estas acciones”. Esta decisión es necesaria, pero insuficiente, porque la conversión cristiana es sobre todo fruto del amor. Cambiamos el rumbo de nuestra vida cuando experimentamos que nada ni nadie «podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,38). Nos transformamos en la medida en que acogemos el amor fiel de Dios y le correspondemos con nuestro amor.
Es posible que vivamos la conversión de espaldas a la comunidad, sin pedir ni aceptar ninguna ayuda, olvidando que la gracia de Dios y la fuerza del Espíritu Santo llegan a nosotros a través de los hermanos y de las comunidades con las que compartimos la fe. Por eso, San Pablo exhortaba a los cristianos en sus cartas: «animaos mutuamente y edificaos unos a otros» (1 Tes 5, 11), «enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente» (Col 3,16).
También podemos plantearnos la conversión como un cambio drástico, de hoy para mañana. Sin embargo, la conversión cristiana se parece a la semilla que, enterrada en la tierra, germina y crece: «primero los tallos, luego la espiga, después el grano» (Mc 4,28). Supone un proceso lento, que normalmente se alarga durante toda la vida, que podemos alentar pero no controlar del todo, y que hemos de asumir con paciencia, humildad y perseverancia.
Pidamos al Señor, por tanto, que en esta Cuaresma nos conceda la gracia de aceptar nuestras limitaciones, y nos ayude a cuidar nuestra relación con Él y con los hermanos, para que con su amor nos vaya transformando progresivamente. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 27 de febrero de 2022
Dios confía en ti
A punto de comenzar la Cuaresma, os animo a escuchar la llamada a convertirnos, que la Iglesia hará resonar de nuevo en nuestros corazones, dentro de pocos días. Esta llamada puede chocar con la pereza y la comodidad, tan frecuentes en las personas; y también con la desesperanza o el desengaño generados por los fracasos que hemos experimentado, a lo largo de la vida, en el camino de la conversión. Sin embargo, permitidme que os recuerde que esta llamada concuerda con los deseos más profundos del ser humano. En efecto, cuando miramos hacia el interior de nosotros mismos, descubrimos cuánto nos gustaría cambiar algunas actitudes, mejorar nuestras relaciones con determinadas personas y vivir la experiencia de un encuentro más vivo con Dios.
Si hemos perdido la esperanza de mejorar, recordemos que Dios confía en ti y en mí más que nosotros mismos; cree más que nadie en nuestras posibilidades de cambio. No encontraremos mejor cómplice que Él para hacer realidad nuestros deseos más profundos de renovación. Tengamos presente, además, que la conversión no es un requisito previo para obtener el favor de Dios, sino la puerta que Él mismo nos abre para que disfrutemos su abrazo misericordioso y la fuerza transformadora de su amor.
La Sagrada Escritura nos ayuda a comprender que la conversión es, antes que nada y sobre todo, un regalo de Dios, que reclama ciertamente nuestra colaboración. Así, San Pablo nos recuerda que éste es un “tiempo favorable”, un “día de salvación”, y nos exhorta con vehemencia: “dejaos reconciliar con Dios”, “no echéis en saco roto la gracia de Dios” (cf. 2 Co 5–6). El profeta Isaías, por su parte, subraya la importancia de la acción de Dios en nuestra conversión, con una imagen preciosa y sugerente: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano” (Is 64,7). Estamos en las manos del mejor alfarero, que nos ama entrañablemente, y siempre está dispuesto a reconstruirnos y embellecernos, por dentro y por fuera.
Por eso, si de verdad queremos convertirnos, hemos de acercarnos a Él confiadamente, pues nos espera como el padre bueno de la parábola del hijo pródigo. Y, aunque Él está en todas partes, haremos bien en buscarlo en las experiencias, situaciones y lugares donde se hace presente de una forma más intensa: en el silencio de la oración, ante el Sagrario de una iglesia, en la grandeza de la Creación, en las personas enamoradas de Él, en quienes más sufren, en la comunidad de la Iglesia, que, a pesar de las limitaciones y pecados de sus hijos, cree en Él y quiere seguirle. Búscalo también en ese lugar, tan especial para ti, en el que lo has percibido en otros momentos.
Os animo, pues, a comenzar la Cuaresma bien dispuestos, para convertirnos y dejarnos transformar por Dios. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Afinar el oído
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escu...
-
Al cumplirse el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, quisiera recordar con inmensa gratitud algunas de sus “manías”. Un rasgo...
-
Hace poco, una amiga me dijo: “Ahora que eres obispo, mira si podéis inventar una oración más dinámica a la Virgen, porque el Rosario es muy...
-
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: Al acercarnos al 29 de abril, fecha en la que se cumple el 74 aniversario del ...