jueves, 16 de julio de 2026

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año nuestra diócesis dirige su mirada y su corazón hacia la Misión Diocesana en Venezuela, una obra que forma parte de nuestra identidad eclesial y que expresa el deseo de anunciar el Evangelio más allá de nuestras fronteras. Celebramos con gratitud el Día de las Misioneras y Misioneros Malagueños, dando gracias a Dios por tantos hombres y mujeres de nuestra tierra que han entregado y siguen entregando su vida al servicio del Evangelio en tantos lugares del mundo.

El lema que nos acompaña en esta jornada, «Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión», recoge con acierto el camino que la Iglesia universal y malagueña está llamada a recorrer. La misión no es una tarea reservada a unos pocos; nace del bautismo y compromete a todo el Pueblo de Dios. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que camina unida, que escucha, que discierne y que sale al encuentro de quienes esperan una palabra de esperanza y una mano tendida. Solo caminando juntos podremos responder con fidelidad al mandato del Señor: «Id y haced discípulos a todos los pueblos».

Este año queremos elevar una acción de gracias por la presencia ininterrumpida de sacerdotes de nuestra diócesis en la misión de Venezuela desde 1954. Son más de siete décadas de entrega silenciosa, de servicio generoso y de fidelidad al Evangelio. Muchos sacerdotes han dejado allí lo mejor de su ministerio, sembrando la fe con paciencia, compartiendo las alegrías y sufrimientos del pueblo y contribuyendo al crecimiento de una Iglesia que ha sabido renacer con esperanza después de tantos años de persecución y sufrimiento.

Nuestro recuerdo agradecido se dirige a todos ellos, conocidos y anónimos, que hicieron de aquella tierra su hogar y de sus habitantes su familia. Y, de manera especial, queremos manifestar nuestra cercanía y nuestro afecto al sacerdote Juan Manuel Barreiro, que actualmente continúa esta hermosa misión en nombre de toda la diócesis. En él reconocemos la continuidad de una historia de entrega que sigue escribiéndose cada día gracias a la gracia de Dios y al compromiso misionero de nuestra Iglesia.

Quiero agradecer también a la Iglesia local de Caicara, que durante tantos años nos acogió como hermanos y con la que seguimos compartiendo la misma fe y la misma misión. Damos gracias igualmente a los institutos de vida consagrada, asociaciones, movimientos eclesiales, parroquias y tantos laicos que sostienen la misión con su oración constante, su cercanía y su generosa ayuda material. Gracias a vuestra colaboración, la presencia de nuestra diócesis en Venezuela continúa siendo un signo vivo de comunión y de esperanza.

La misión nunca es obra de una sola persona. Es fruto de una Iglesia que reza, comparte y se compromete. Cada oración ofrecida, cada donativo, cada sacrificio escondido y cada gesto de solidaridad forman parte de esta hermosa cadena de amor que une a nuestra diócesis con el pueblo venezolano y con tantos rincones del mundo donde nuestros misioneros anuncian el Evangelio.

Os animo, por tanto, a seguir construyendo entre nosotros una Iglesia sinodal y misionera, donde cada bautizado descubra que tiene un lugar y una responsabilidad en la misión evangelizadora. Que nuestras parroquias sean comunidades abiertas, acogedoras y comprometidas; que nuestras familias sean escuelas de fe y de solidaridad; que nuestros jóvenes escuchen con valentía la llamada del Señor, también cuando los invite a entregar su vida en la misión.

Que la Virgen María, Madre de la Victoria y Reina de las Misiones, acompañe a nuestros misioneros, fortalezca a la Iglesia en Caicara y haga de nuestra diócesis una comunidad más misionera.

Os envío un abrazo y mi bendición.

miércoles, 1 de julio de 2026

Tejer redes de amor

Alumnos y monitores del Centro de Formación Sagrada Familia de Cáritas Málaga

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Con especial afecto me dirijo a quienes dedicáis vuestro tiempo, cariño y capacidades al servicio de los más vulnerables desde Cáritas y desde tantas realidades eclesiales comprometidas con la acción social. Gracias por hacer visible, con vuestra entrega cotidiana, la ternura de Dios hacia quienes más necesitan ser escuchados, acogidos y acompañados.

Vivimos un tiempo en el que se hace imprescindible fortalecer los vínculos y promover un sentido de pertenencia integrador y dinámico. Por eso quiero proponeros una tarea profundamente evangélica, que el papa León nos ha recordado repetidamente durante su viaje a España: tejer redes. Porque las redes unen, sostienen y hacen posible que nadie quede aislado.

En primer lugar, hemos de tejer redes con Jesucristo, origen y meta de toda nuestra entrega (cf. Jn 15, 4). León XIV nos ha recordado que «la caridad evangélica, fundada en Jesucristo y alimentada por su amor, da forma e identidad a la vida personal y comunitaria de todo cristiano». En efecto, «la caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente» y nos mueve a ser «una Iglesia que anuncia a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».

Como Jesús y con Jesús, hemos de tejer redes con las personas necesitadas (cf. Ga 6, 2). Nuestra cercanía no puede limitarse a resolver necesidades materiales. El Santo Padre nos invita a conocer sus «historias de dolor, de esperanza y de búsqueda», a «aprender el lenguaje de la cercanía» y a acompañar procesos que devuelvan dignidad y esperanza. Incluso nos anima a dejarnos «evangelizar por ellos», porque Dios sigue hablándonos y bendiciéndonos a través de quienes la sociedad deja en los márgenes.

Estamos llamados a tejer redes en nuestras parroquias (cf. Jn 17, 21). El grupo de Cáritas no puede ser un grupo aislado, pues la acción social, como «la acogida del migrante, no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios». La misión de Cáritas, por tanto, es también despertar la conciencia de toda la comunidad, para que cada bautizado descubra que la caridad no es una actividad añadida, sino una dimensión esencial de la fe.

Finalmente, es necesario tejer redes con quienes no comparten nuestra fe (Mt 5, 14-16). El servicio desinteresado crea espacios de encuentro donde desaparecen prejuicios y se construye el bien común. La caridad posee un lenguaje universal que todos pueden comprender y constituye «un testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad».

Que María, Madre de la Esperanza, nos enseñe a vivir una caridad humilde, valiente y perseverante. Y que el Señor nos conceda la gracia de seguir tejiendo redes de fraternidad que abran caminos de futuro a quienes más lo necesitan.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...