domingo, 23 de febrero de 2025
¿Sufrimiento versus Esperanza?
El sufrimiento pone a prueba nuestra alegría y nuestra esperanza. Por eso, algunos huyen de cualquier situación en la que el dolor pueda rozarles. Sin embargo, el papa Francisco, en este año jubilar dedicado a la esperanza, nos anima a acercarnos precisamente a la vida de los mártires, que sufrieron y murieron por Cristo, y de las personas que soportan penas de todo tipo.
En la bula de convocatoria del Jubileo, podemos leer: «El testimonio más convincente de esta esperanza nos lo ofrecen los mártires, que, firmes en la fe en Cristo resucitado, supieron renunciar a la vida terrena con tal de no traicionar a su Señor. Ellos están presentes en todas las épocas y son numerosos, quizás más que nunca en nuestros días, como confesores de la vida que no tiene fin. Necesitamos conservar su testimonio para hacer fecunda nuestra esperanza».
También la cercanía a quienes sufren y el compromiso con ellos puede ser fuente de esperanza, aunque parezca muy difícil. Así lo intuyó y lo explicó el papa Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi: «Es cierto que debemos hacer todo lo posible para superar el sufrimiento, pero… no podemos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres… quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizás ya no existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido y de la soledad es mucho mayor aún. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito» (cf. SS 36-37).
En efecto, la entrega de los mártires y de tantos “santos de la puerta de al lado” se explica desde su esperanza, que hunde sus raíces en la fe y en el amor providente de Dios, que nos alcanza en esta vida y más allá de la muerte. Y por otra parte, la entrega de los mártires sostiene y genera esperanza en sus coetáneos. Algo similar sucede también en nuestra vida cotidiana: nuestra esperanza se fortalece cuando nos dejamos tocar por la generosidad y la entrega de tantos hombres y mujeres excepcionales, al mismo tiempo que nuestra solidaridad alimenta la esperanza de quienes nos rodean.
Para aprender a descubrir signos de esperanza hasta en las situaciones más dolorosas, en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín hemos preparado un Itinerario jubilar, que parte de la Iglesia de los Santos Mártires hasta la capilla del Carmen, junto al Centro penitenciario, pasando por los hospitales “San Juan de Dios” y “San José”, un camino espiritual que se puede recorrer personalmente o en pequeños grupos, ayudados por un sencillo subsidio, con testimonios, reflexiones y plegarias.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 16 de febrero de 2025
Defender la fe
En este mundo tan crispado y polarizado, hay quienes se consideran legitimados para burlarse gratuitamente de los símbolos cristianos, con el aplauso de alguna gente. Ante estas provocaciones, otros sienten la obligación de “defender la fe”, pero utilizan insultos y descalifican a los que no se pronuncian con su misma contundencia. Unos y otros, aunque están en trincheras opuestas, se asemejan más de lo que parece, ya que legitiman la violencia verbal y el ataque personal.
Ante estas acciones y reacciones, los cristianos hemos de hacer un esfuerzo para defender la fe no de cualquier manera, sino al estilo de Jesús. Recordemos que Él proclamó: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos» (cf. Mt 5,43-45).
Jesús nos pide que recemos por quienes nos persiguen. La oración, aunque a veces pueda parecer inútil, es el medio más eficaz para purificar nuestras intenciones, para actuar y hablar movidos por el amor y no por la rabia (cf. Mt 5,22). Sólo así seremos capaces de vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21) y de transparentar el amor del Padre celestial que ama a todas las personas.
El encuentro con el Señor nos permite defender la fe con la humildad de quien se sabe pecador, sin despreciar a los que no comparten nuestro credo (cf. Lc 18,9-14). La oración nos ayuda a discernir cuándo tenemos que responder con argumentos y cuándo es mejor reaccionar con el silencio, siguiendo el ejemplo de Jesús, que no siempre respondió con palabras a algunas acusaciones (Cf. Lc 23,9; Jn 19,9).
En la oración caemos en la cuenta de que defender los signos más sagrados de nuestra fe pasa necesariamente por la solidaridad con las personas que sufren cualquier tipo de violencia, injusticia o abuso; pues «si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (San Juan Crisóstomo).
La oración nos ayuda a distinguir cuando somos atacados por ser fieles a la verdad y al Evangelio y cuando lo somos por nuestros errores. Y, por último, la relación con Dios nos anima a sentirnos dichosos cuando nos insulten, nos persigan y nos calumnien de cualquier modo por causa de Jesús, porque tenemos ocasión para dar testimonio del amor de Dios y nuestra recompensa será grande en el cielo (cf. Mt 5,11-12; Lc 21,13).
Aunque este camino pueda parecer poco eficaz, el Evangelio siempre es el medio más seguro para defender la fe en el Dios del Amor, manifestado en Cristo muerto y resucitado. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 9 de febrero de 2025
Esperanza en la enfermedad
Cuando mejoran nuestras condiciones de vida, podemos pasar años y años sin ninguna dolencia importante y, poco a poco, va creciendo la impresión de que los enfermos son siempre otros, se llega a pensar que tenemos derecho a estar sanos, creemos que no necesitamos a nadie para vivir. Y cuando nos toca la enfermedad, nos coge tan desprevenidos que en ocasiones nos sentimos zarandeados y maltratados. Hasta las personas creyentes a veces miramos al cielo con la sensación de que Dios ha cometido una injusticia con nosotros.
Superado el golpe inicial, vamos aceptando la realidad y aprendiendo las lecciones que la enfermedad nos enseña: somos seres frágiles y vulnerables, necesitamos ser ayudados por otras personas, tenemos recursos interiores que desconocíamos, toda desgracia trae consigo la posibilidad de madurar, Dios se hace el encontradizo cuando sentimos nuestra fragilidad… Este proceso de aceptación y aprendizaje, distinto en cada persona, no es una línea siempre ascendente. Alternan la confusión y la claridad, el enfado y la confianza, la negatividad y la esperanza. Así vamos creciendo.
La comunidad cristiana quiere acercarse a este mundo, siguiendo el ejemplo del Señor. Hace 2000 años, Él mostro una predilección especial por los enfermos y, aunque no nos ofreció sesudas teorías acerca de la salud y la enfermedad, se acercó con amor a las personas enfermas, sin juzgarlas ni culpabilizarlas, y utilizó todo su poder para curar las dolencias del cuerpo y del alma. Este es el camino que sus discípulos y discípulas queremos recorrer, unidos a Él. El mundo del dolor es tierra sagrada, en la que hemos de entrar con las sandalias de la humildad y el respeto, para ser buenos samaritanos que transparenten el amor, la misericordia y la paz que Dios nos ofrece.
Cada 11 de febrero celebramos la Jornada Mundial del enfermo, para recordarnos esta preciosa misión que Jesús ha confiado a la comunidad creyente, a cada cristiano en particular y a muchas personas de buena voluntad que no comparten nuestro credo. No es ésta una tarea que Dios encomienda solo a quienes aparentemente gozamos de buena salud; pues las personas enfermas también son, en tantos momentos, transparencia de amor, misericordia y paz. Además, cuando nos acercamos al mundo del dolor, vemos que la frontera entre la salud y la enfermedad no es tan clara, ya que todos tenemos alguna dolencia en el alma o en el cuerpo y, por otra parte, hasta cuando nos sentimos más limitados podemos ser instrumentos en manos de Dios, para llevar consuelo y esperanza a quienes nos rodean.
Doy gracias a Dios por quienes abrazáis cada día esta misión, a veces dolorosa y siempre apasionante: personas enfermas, familias, cuidadores, profesionales de la sanidad, voluntarias y voluntarios de pastoral de la salud. Gracias por encender una luz de esperanza en la oscuridad del sufrimiento. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 2 de febrero de 2025
Un jubileo para los más pobres
Los jubileos cristianos, cuyo origen se remonta al Antiguo Testamento, siempre se han presentado como una ocasión propicia para la promoción de la justicia social, que permita vivir con dignidad a todas las personas, especialmente a las que habían caído en desgracia. De hecho, leemos en el Libro del Levítico: «Declararéis santo el año cincuenta y promulgaréis por el país la liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo: cada uno recobrará su propiedad y retornará a su familia» (25, 10).
Con motivo de la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas, quisiera recordar la importancia de desarrollar esta dimensión social, en la que se verifica la conversión y la reconciliación personales propias de todo año jubilar. Así, san Juan Pablo II, al convocar el Jubileo del año 2000, hizo este llamamiento: «Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia… Asimismo, se ha de crear una nueva cultura de solidaridad y cooperación internacionales, en la que todos —especialmente los Países ricos y el sector privado— asuman su responsabilidad en un modelo de economía al servicio de cada persona».
En esta línea, el papa Francisco, propone a los gobernantes signos concretos que inviten a mirar al futuro con confianza: la condonación de la deuda que grava duramente el destino de algunas naciones; la eliminación de la pena de muerte y el respeto a la vida humana en todo su proceso natural, así como la constitución de un fondo mundial mediante la aplicación de un porcentaje del gasto en armamento, para destinarlo a eliminar el hambre, promover la educación y afrontar el reto del cambio climático. Al mismo tiempo, el Santo Padre nos pide a los cristianos que seamos instrumentos visibles de esperanza para quienes sufren.
El pasado año, gracias a vuestra generosidad y al trabajo de la Delegación de Manos Unidas en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín, se llevaron a cabo tres proyectos que han generado esperanza en personas y comunidades concretas. En la India un grupo de mujeres lograron iniciar pequeños negocios para garantizar el sustento de sus familias, a través de programas de formación y microcréditos; en Tanzania se construyó un sistema de captación y distribución de agua potable, para varias aldeas que carecían de acceso a este recurso vital; y en Cuba se apoyó un programa para ancianos con problemas de desnutrición.
El domingo que viene, la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas nos ofrece la posibilidad de aportar nuestro granito de arena en la construcción de un mundo más justo y fraterno. Seamos generosos, especialmente en este año, para que los pueblos y personas más pobres puedan mirar al futuro con esperanza y experimentar la gracia del Jubileo.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
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