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domingo, 24 de noviembre de 2024

¿Dónde está Dios cuando todo se anega?


Desde que el mundo es mundo, los seres humanos miramos al cielo cuando nos golpean desgracias, propias y ajenas. Así ha vuelto a ocurrir con ocasión de las recientes inundaciones que han anegado el Levante español. Miramos al cielo para presentar nuestro dolor y nuestras preguntas, para pedir luz y fuerza.

Buscamos respuestas y a menudo nos encontramos con el silencio de Dios. Esta experiencia aparece con frecuencia en la Biblia: «¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? … Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío», rezaba el pueblo con el salmo 12. El mismo Jesús dirige al Padre una oración desgarradora: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Sal 22,1; Mt 27,46). Estoy seguro de que Dios acoge nuestras más sangrantes oraciones con comprensión y ternura; es más, prefiere que le echemos en cara nuestro dolor a que nos alejemos de Él.

Dios responde a nuestras angustiadas oraciones con su cercanía más que con sus palabras. Respetemos, por tanto, el silencio de Dios, renunciando a dar explicaciones del mal demasiado simplonas, como “Dios se lleva a los mejores”, “Dios lo ha querido librar de males mayores” o “Ha sido un castigo divino”. Este tipo de expresiones pocas veces alivian y además hablan mal del Señor (cf. Jb 42,7).

Respetemos el silencio de Dios y abramos el corazón a su amor, porque más allá de las apariencias, Él siempre está a nuestro lado. La Biblia nos cuenta que todas las personas que han acudido a Él con su dolor han descubierto, más tarde o más temprano, su mano poderosa y cariñosa. Así lo hemos experimentado muchas veces los hombres y mujeres de fe, que hemos reconocido, como Jacob: «Realmente el Señor está en este lugar [en esta situación] y yo no lo sabía».

La cercanía de Dios a la humanidad sufriente se hizo palpable en Jesucristo, su Hijo. En Él se hizo presente definitivamente la bondad y el amor de Dios (cf. Tt 3,4). Su cruz nos recuerda que Dios está presente en nuestras cruces, su Espíritu mueve a las personas de buena voluntad a la solidaridad, y con su amor es capaz de convertir en bienes nuestros males.

Si queremos hacer presente a Dios en el sufrimiento de los hermanos, Jesús nos enseñó el camino de la oración, la cercanía y la entrega, como Él y con Él. Por eso, os invito a dar gracias por tantas personas buenas que hacéis presente el amor de Dios en muchas situaciones dolorosas; os animo también a contribuir en las colectas de este Domingo de Cristo Rey, que enviaremos a Cáritas Diocesana de Valencia, institución que ha estado, está y estará al servicio de las personas que más sufren, antes y después de las inundaciones.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 28 de julio de 2024

¿Un Dios aguafiestas?


Las personas y los pueblos han inventado «dioses tan aburridos como ellos, serios y formales faraones, atrapamoscas con sus tridentes de opereta… dioses egoístas y pijoteros que imponían mandamientos de amar sin molestarse en cumplirlos», como escribió el recordado José Luis Martín Descalzo. Así, se ha presentado a Dios como un aguafiestas, un personaje serio, adusto y solitario, que se complace en nuestros sacrificios y no tanto en nuestras alegrías.

Entre tantas imágenes distorsionadas de Dios, Jesucristo nos revela el auténtico rostro del Padre, un padre con corazón de madre, que quiere que todos sus hijos e hijas tengan vida, no una vida cualquiera, sino una vida plena, la vida eterna: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Llama la atención que, según el Evangelio de San Juan (2, 1-11), Jesús comienza su ministerio público en un banquete de bodas, en el que convirtió agua en vino, para que pudiera continuar aquella fiesta. ¡Qué significativo! Alguien podría pensar que ese episodio fue una casualidad. Pero no, no fue un acto aislado. A menudo Jesús participó en fiestas y comidas con todo tipo de personas: gente mal vista, como publicanos y pecadores; hombres de buena posición, como los fariseos; y, por supuesto, con sus amigos y discípulos más cercanos.

Esta forma de actuar llamó mucho la atención, pues la mayor parte de los maestros y predicadores se mantenían alejados del pueblo. Algunos incluso vivían en el desierto, como Juan Bautista. Los fariseos criticaron a Jesús y se quejaron a sus discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?» (Mc 2,16). El mismo Jesús fue bien consciente de estas acusaciones; por eso dijo: «Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19).

La vida de Jesucristo, el Hijo de Dios, lo deja bien claro: Dios no es un aguafiestas, sino todo lo contrario. Él instituyó el séptimo día para que pudiéramos descansar y disfrutar. A través del profeta Isaías, nos promete que nuestro destino final es la alegría de una fiesta eterna: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados» (Is 25,6).

Bienvenidas, por tanto, las fiestas, cuando nos hacen más humanos y nos arriman con alegría y gratitud al amigo de siempre y al que viene de lejos, cuando nos permiten descansar del esfuerzo diario, brindar por las cosas bellas de la vida y acercarnos al Dios que nos ofrece el vino bueno de la felicidad, la fraternidad y la esperanza.

Con mis mejores deseos para quienes celebráis las fiestas patronales en estas fechas, recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 5 de febrero de 2023

La obsesión por la felicidad


Todos los seres humanos queremos ser felices. Este deseo de felicidad «es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre» (Catecismo, n. 1718). Sin embargo, en muchas ocasiones la felicidad se convierte en una obsesión: pretendemos ser felices a cualquier precio, rechazando todo aquello que pueda suponer esfuerzo y sacrificio; apartándonos de Dios y de cualquier persona que nos pueda cuestionar o incomodar. Estas actitudes nos alejan de la felicidad que tanto ansiamos. Lo sabemos por experiencia propia y ajena.

Jesús ha salido al encuentro de la humanidad para mostrarnos, con su vida y con sus palabras, el camino más seguro para nuestra felicidad. «Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad» (Catecismo, n. 1718) y nos muestran que la alegría cristiana no se aparta de la senda de la pobreza, el sufrimiento y las lágrimas; se adentra en el territorio de la misericordia, la limpieza de corazón, la justicia, la paz y la persecución; para encontrar su fuente más pura en el encuentro con Dios.

Queda claro que el ideal de persona humana que nos presenta Jesús poco tiene que ver con el que nos vende la publicidad, representado por un hombre joven, guapo, fuerte, rico, independiente, que no sufre por nada ni por nadie. A veces, sin darnos cuenta, hemos asumido este modelo. Por eso, de vez en cuando, deberíamos preguntarnos si realmente nuestro referente de vida es Jesucristo.

Quizá una famosa conversación de san Francisco con el hermano León nos ayude a intuir el giro radical que el Evangelio nos presenta en la búsqueda de la felicidad. El santo explica al hermano que la verdadera alegría no consiste en el crecimiento de la orden franciscana, en la conversión de todos los infieles o en la capacidad de hacer milagros. «Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría», repetía Francisco. «Pero entonces, ¿cuál es la verdadera alegría?», preguntaba el hermano. Y el maestro le respondió: «Regreso de Perusa y llego aquí muy de noche y es invierno… Y lleno de barro, con el frío y el hielo, llego a la puerta y, después de mucho aporrear y llamar, viene el fraile y pregunta: “¿Quién es?”; yo respondo: “Fray Francisco”; y él dice: «Vete, éstas no son horas de llegar, no entrarás aquí». Y al insistir de nuevo responde: «Vete, eres un simple y un ignorante; de ningún modo vendrás con nosotros; somos tantos y tales que no te necesitamos”… Yo te digo que si en todo esto conservo la paciencia y no me molesto, y sigo en paz… esa es la verdadera alegría».

Que el Señor nos conceda no obsesionarnos con nuestra propia felicidad y busquemos, como Él y con Él, el bien de las personas que nos rodean y de aquellas más necesitadas. Así, la felicidad se nos dará por añadidura. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 22 de enero de 2023

El regalo de la Palabra


En una reunión de catequistas se comentaba con asombro la religiosidad y la solidaridad de un niño muy pobre. Entonces, una catequista ya mayor dijo: «Dios se fijó en el hijo más pequeño de Jesé, que había sido descartado, pues el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón» (cf. 1 Sam 16). Pude escucharle otros comentarios sobre temas diversos, apoyándose en pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, y pensé: «De lo que rebosa el corazón habla la boca».

Me decidí a preguntarle cómo lograba iluminar tan certeramente con la Palabra de Dios las diversas circunstancias de la vida, sin sermonear, con mucha naturalidad. Ella me confesó que en su familia se leía y comentaba todos los días un trocito de la Biblia; me dijo que nunca había perdido este hábito y, aunque a veces le costaba, se daba cuenta de que Dios le ofrecía, a través de la Biblia, luz, alegría y fuerza para vivir. Aquella mujer, aunque no había estudiado en ninguna universidad pontificia, se había convertido en una auténtica maestra en Sagrada Escritura, mediante la lectura orante y constante de la Palabra de Dios.

Comparto esta experiencia a propósito del Domingo de la Palabra de Dios, instituido por el papa Francisco en 2019. En su carta apostólica Aperuit illis, el Santo Padre, de la mano de san Efrén, nos recuerda que la Palabra de Dios es un tesoro inmenso y siempre nuevo: «¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca» (Comentarios sobre el Diatesaron, 1,18).

La Palabra de Dios es una muestra privilegiada de su amor, tal como explica el Concilio Vaticano II: «Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora en ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (DV 2). Ésta es la gran riqueza de la Palabra de Dios: que Él se hace presente, compartiendo con nosotros su intimidad y su proyecto de vida para el mundo.

Por estas y por tantas otras razones, no podemos consentir que se nos caiga la Biblia de las manos: leámosla asiduamente, escuchémosla con devoción en las celebraciones, hagámosla presente en las reuniones de nuestros grupos y aprovechemos las oportunidades que se nos ofrecen para conocerla más profundamente. Los cursos del Instituto Teológico “San Joaquín Royo”, las publicaciones de teología de la Biblioteca Diocesana, así como los diversos grupos de formación cristiana son instrumentos preciosos para saborear la riqueza de la Palabra de Dios y poder comunicarla.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 25 de diciembre de 2022

Navidad en las afueras


A veces, en nuestras conversaciones sobre la Navidad, da la sensación de que solo las personas y familias felices pueden celebrarla y hacer fiesta. ¿Quién no ha dicho o escuchado alguna vez: No tengo ganas de celebrar la Navidad, ha muerto mi padre, he perdido el trabajo, mi hija está desanimada…?

Sin embargo, Jesús nació en Belén y sigue naciendo cada día en nosotros para que todos, en especial quienes sufren o sufrimos, podamos experimentar la cercanía de Dios, la “nueva vida” que nos ofrece en su Hijo Jesucristo. No fue por un azar de la historia que María tuviera que parir a su hijo en un establo de las afueras de Belén, como tampoco fue por casualidad que Jesús muriera en una cruz fuera de Jerusalén. Además, durante los tres cortos años de su predicación por Palestina, Jesús mostró un afecto especial hacia quienes sobrevivían en “las afueras” de la sociedad excluyente de su tiempo: habló en público con las mujeres, tocó a los enfermos para curarlos, dedicó tiempo a los niños, brindó su amistad a las prostitutas, a los pecadores e incluso a los odiados recaudadores.

Por eso, si tú, que estás leyendo esta carta, estás sufriendo en estos días navideños, te digo: Dios nace especialmente para ti, quiere compartir tus dificultades y regalarte su amor; quiere sembrar esperanza en tu vida. Me permito recomendarte que te acerques a Él en el silencio de la oración; deja que María ponga al Niño en tus manos y, al tocar su pequeñez, abrirá los ojos de tu alma para que percibas, a través de tantas personas buenas que te rodean, el amor que Dios te tiene.

Y si te sientes feliz, acompañado, con suficientes recursos y sin grandes preocupaciones, me atrevo a decirte: no te encierres en tu propio bienestar. Contempla reposadamente el nacimiento del Niño Dios y verás que la Navidad te impulsa a acercarte a los pequeños, a dar esperanza a los que sufren y ternura a quienes encuentres en tu camino. Piensa en las personas de tu familia, de tu pueblo, de tu país o del mundo entero que necesitan tu solidaridad y acércate a ellas para compartir gratis lo que has recibido gratis.

Cáritas nos está recordando en estos días que «Solo el amor lo ilumina todo» y nos hace una invitación muy directa: «Sé Navidad, sé luz para los demás». Ante el desastre de las guerras, el drama de la migración que desarraiga y llena de incertidumbre la vida de tantas personas; ante la falta de empleo y de vivienda, los problemas de salud mental y la soledad, dejemos que el amor de Dios nos ayude a superar los miedos, prejuicios y desconfianzas, de modo que puedan emerger, desde nuestro verdadero ser, la solidaridad y la generosidad que nos habitan.

Acerquémonos a las afueras, donde nació y sigue naciendo el Niño Dios. ¡Feliz Navidad!

domingo, 6 de marzo de 2022

Pedir perdón por amor


En nuestras conversaciones familiares, cuando estamos con los amigos y no digamos en los discursos de los parlamentos, parece que hay palabras prohibidas. Rara vez se escuchan expresiones como “Me equivoqué” o “Pido perdón”, ni siquiera cuando nos sorprenden “con las manos en la masa”. También los cristianos, que comenzamos cada Eucaristía reconociendo nuestros pecados “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, tenemos no pocas dificultades para admitirlos en la vida cotidiana.

Así es desde el origen de los tiempos. Tras el primer pecado, Dios se acercó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás, Adán?, ¿de qué gloria has caído?, ¿en qué miseria?»; buscando con ello que el hombre le dijera: «¡Perdóname!» Pero, no hubo ni humillación ni arrepentimiento, sino todo lo contrario. El hombre le respondió: “La mujer que Tú me has dado me engañó”. No dijo: «mi mujer», sino: «la mujer que Tú me has dado», como si dijera: «la carga que Tú me has puesto sobre mi cabeza». Entonces Dios se dirigió a la mujer y le dijo: “¿Por qué no has guardado lo que te había mandado?”, como queriendo decirle: «Al menos tú di ¡perdóname!, y así tu alma se humille y alcance misericordia». Pero tampoco ella pidió perdón. La mujer por su parte le respondió: “La serpiente me ha engañado» (cf. Conferencia de Doroteo de Gaza, sobre el renunciamiento).

En vez de admitir nuestros pecados y poner enmienda, en demasiadas ocasiones empleamos nuestras fuerzas en justificarlos o esconderlos, como el Rey David. Cuando el Rey peca con la mujer de Urías, en vez de reconocerlo, manda a Urías a primera línea del frente, para que acaben con su vida (cf. 2 Sam 11). Reflexionando acerca de esta escena, el Papa Francisco comenta: “Os confieso que cuando veo estas injusticias, esta soberbia humana, o cuando advierto el peligro de que yo mismo puedo correr de perder el sentido del pecado, hace bien pensar en los numerosos Urías de la historia, en los numerosos Urías que también hoy sufren nuestra mediocridad” (cf. Meditación cotidiana, 31 de enero de 2014).

En esta Cuaresma recién estrenada, necesitamos escuchar la voz de nuestra conciencia, la voz de tantos profetas que, como Natán al Rey David, nos dicen: “Tú eres ese hombre”, el que mató la única cordera del pobre en vez de sacrificar una de tus muchas reses. Tú eres ese hombre o esa mujer, que, como el hijo mayor de la parábola, ha olvidado el mucho amor que ha recibido y se dedica a pasar factura de los servicios prestados, a las personas y a Dios.

domingo, 27 de febrero de 2022

Dios confía en ti


A punto de comenzar la Cuaresma, os animo a escuchar la llamada a convertirnos, que la Iglesia hará resonar de nuevo en nuestros corazones, dentro de pocos días. Esta llamada puede chocar con la pereza y la comodidad, tan frecuentes en las personas; y también con la desesperanza o el desengaño generados por los fracasos que hemos experimentado, a lo largo de la vida, en el camino de la conversión. Sin embargo, permitidme que os recuerde que esta llamada concuerda con los deseos más profundos del ser humano. En efecto, cuando miramos hacia el interior de nosotros mismos, descubrimos cuánto nos gustaría cambiar algunas actitudes, mejorar nuestras relaciones con determinadas personas y vivir la experiencia de un encuentro más vivo con Dios.

Si hemos perdido la esperanza de mejorar, recordemos que Dios confía en ti y en mí más que nosotros mismos; cree más que nadie en nuestras posibilidades de cambio. No encontraremos mejor cómplice que Él para hacer realidad nuestros deseos más profundos de renovación. Tengamos presente, además, que la conversión no es un requisito previo para obtener el favor de Dios, sino la puerta que Él mismo nos abre para que disfrutemos su abrazo misericordioso y la fuerza transformadora de su amor.

La Sagrada Escritura nos ayuda a comprender que la conversión es, antes que nada y sobre todo, un regalo de Dios, que reclama ciertamente nuestra colaboración. Así, San Pablo nos recuerda que éste es un “tiempo favorable”, un “día de salvación”, y nos exhorta con vehemencia: “dejaos reconciliar con Dios”, “no echéis en saco roto la gracia de Dios” (cf. 2 Co 5–6). El profeta Isaías, por su parte, subraya la importancia de la acción de Dios en nuestra conversión, con una imagen preciosa y sugerente: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano” (Is 64,7). Estamos en las manos del mejor alfarero, que nos ama entrañablemente, y siempre está dispuesto a reconstruirnos y embellecernos, por dentro y por fuera.

Por eso, si de verdad queremos convertirnos, hemos de acercarnos a Él confiadamente, pues nos espera como el padre bueno de la parábola del hijo pródigo. Y, aunque Él está en todas partes, haremos bien en buscarlo en las experiencias, situaciones y lugares donde se hace presente de una forma más intensa: en el silencio de la oración, ante el Sagrario de una iglesia, en la grandeza de la Creación, en las personas enamoradas de Él, en quienes más sufren, en la comunidad de la Iglesia, que, a pesar de las limitaciones y pecados de sus hijos, cree en Él y quiere seguirle. Búscalo también en ese lugar, tan especial para ti, en el que lo has percibido en otros momentos.

Os animo, pues, a comenzar la Cuaresma bien dispuestos, para convertirnos y dejarnos transformar por Dios. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 20 de febrero de 2022

Ejercicios para vivir


Somos cristianos. Jesucristo nos ha conquistado con su forma de tratar a los pobres y a los poderosos, a los que se creían santos y a los pecadores, a los marginados y a los apestados de su tiempo. Nos ha fascinado su relación con Dios: el Abbá, el papá que nos ama entrañablemente, como la madre más tierna. Nos atrae con su modo de amar y servir con todo el corazón y con toda el alma, hasta el extremo. Por eso, decidimos tomar como brújula su Evangelio y acoger la invitación a ser sus amigos. Desde entonces, hemos experimentado muchas veces la cercanía de Dios, también en los momentos más duros de nuestra vida.

Sin embargo, cuando nos descuidamos, el orgullo nos lleva a separarnos de Dios, el egoísmo nos aparta de los hermanos, la vanidad nos hace olvidar nuestra pequeñez, la prisa y el activismo recortan tiempo a la reflexión y a la oración. Así, poco a poco, nos despistamos del camino del Evangelio. Por eso, de vez en cuando necesitamos frenar la rueda del trabajo, las diversiones y el ruido, para encontrarnos con Dios y experimentar de nuevo su amor, para que Jesucristo vuelva a enamorarnos y a guiarnos, para tomar decisiones que enderecen nuestra vida hacia el mayor bien posible.

Esta es la experiencia que acabamos de vivir, a pesar de nuestras limitaciones, un grupo de sacerdotes de Teruel y Albarracín, en los Ejercicios Espirituales que concluyeron hace pocos días. En 1536, San Ignacio de Loyola escribió: «Los Ejercicios Espirituales son todo lo mejor que yo puedo en esta vida pensar, sentir y entender, para que el hombre se pueda aprovechar a sí mismo, y para poder fructificar y ayudar a otros muchos».

Ciertamente, los Ejercicios Espirituales pueden cambiarte la vida. Tras unos días de oración, la mirada se agudiza y descubres hasta dónde llega tu fragilidad, adviertes la facilidad con la que te engañas o te dejas engañar, sientes la punzada de dolor que producen tus pecados y acoges con más profundidad y gratitud el perdón de Dios. En esos días de retiro, Jesús te contagia el deseo de recorrer el camino de las bienaventuranzas, del amor y de la entrega hasta el extremo. En este proceso, el Señor transforma tu sensibilidad y la vida entera, de modo que tu mayor deseo no es otro que amar a Dios y a los hermanos, con Él y como Él.

Nuestra Iglesia diocesana ofrece todos los años Ejercicios Espirituales para sacerdotes y, a través de la Acción Católica, también los laicos tienen la oportunidad de retirarse varios días. Sé que muchos querríais practicarlos y no podéis, por vuestros compromisos familiares y laborales. La Diócesis pretende poner a vuestra disposición otras modalidades, para que todos tengáis la oportunidad de disfrutar las gracias que Dios derrama a través de los Ejercicios.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 6 de febrero de 2022

Dios te ama


En este mundo nuestro, tan apasionante y tan extraño, muchos prefieren comunicarse con una pantalla de ordenador o de teléfono móvil de por medio, arrinconando las relaciones tú a tú, que pueden comprometer y limitar la libertad. Gana terreno la consigna “No llames por teléfono, manda un audio”. Llamar se considera algo invasivo y arriesgado.

En el ámbito religioso ocurre algo similar. Hay quienes prefieren una espiritualidad sin rostro e incluso sin Dios. A través de ciertas técnicas de introspección, algunas espiritualidades propician el encuentro con uno mismo, generando cierta sensación de armonía, que satisface, pero no salva. Si hace algunas décadas hizo fortuna, en ámbitos críticos, el eslogan “Jesús, sí; Iglesia, no”, ahora parece abrirse paso el lema “Espiritualidad, sí; Dios, no”.

Sin embargo, el ser humano, para ser feliz, necesita amar y ser amado. Y el amor no es una energía que podemos tomar y usar, como si fuera el combustible con que rellenamos el depósito del coche. El amor requiere el encuentro personal con un “tú”, humano o divino, al que abrimos el corazón, para recibir amor y para ofrecérselo; ya que solo mi disponibilidad para amar y entregarme me hace capaz de acoger y disfrutar el amor que el otro me regala.

Para ayudarnos a entender que Dios es un tú, una persona, ciertamente diversa a nosotros, la Biblia utiliza, al referirse a Él, palabras que indican relación estrecha: Señor, Padre, Amigo, Pastor, Esposo… Y Jesús, el Hijo de Dios encarnado, se encuentra a menudo no con una energía indefinida, sino con el Abbá, el Padre, el papá.

Por estas y por tantas razones, he querido titular esta carta: Dios te ama. El Dios que ve y escucha, que tiene entrañas de misericordia y corazón de madre, te ama. “Dios te ama tanto que te da toda su vida. No es un dios que nos mira con indiferencia desde lo alto, sino que es un Padre, un Padre enamorado que se involucra en nuestra historia; no es un dios que se complace en la muerte del pecador, sino un Padre preocupado de que nadie se pierda; no es un dios que condena, sino un Padre que nos salva con su abrazo amoroso” (Francisco, 14-III-2021). Dios te ama y te impulsa a amar; no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre a la fraternidad, especialmente con los que sufren.

Es verdad que las relaciones directas con otras personas comprometen mucho más que un diálogo virtual, pero el tú a tú propicia una comunicación más profunda y satisfactoria. Es cierto que el encuentro con un Dios personal, tal como es revelado por Jesús, compromete mucho más que el contacto con una energía, pero sólo el amor de Dios, más fuerte que la muerte, puede llenarnos el corazón y salvarnos de la soledad, del miedo, del egoísmo, de la desesperanza.

Dios te ama. Acoge, vive y comparte esta Buena Noticia. Recibe un saludo muy cordial, en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...