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domingo, 11 de febrero de 2024

Efecto Ser Humano


Este año, Manos Unidas nos invita a poner nuestra mirada en la Tierra, la casa común que nos sustenta. Y quizá alguno pueda preguntarse: ¿También Manos Unidas habla de ecología? ¿Manos Unidas no se ocupa de atajar el hambre en el mundo?

Pues precisamente por su compromiso en favor de tantas personas que sufren necesidades severas, nos anima a mirar la realidad del planeta. La presidenta de Manos Unidas, Cecilia Pilar Gracia, explica: “Nuestro planeta sufre el maltrato al que lo sometemos los seres humanos; se seca, se contamina, deja de producir y, todo ello, con nefastas consecuencias para quienes no han provocado tanto mal: nuestros hermanos del Sur”.

El cambio climático, en efecto, está producido en gran medida por los países desarrollados y nuestra imparable actividad económica. Recordemos que el 10% de la población mundial más rica emitió casi el 48% de las emisiones globales en 2019, mientras que el 50% más pobre produjo el 12%. Sin embargo, el cambio climático tiene una serie de consecuencias, que afectan sobre todo a los pueblos más pobres.

En esos países, por ejemplo, no se tiene la oportunidad de combatir el calor extremo en viviendas bien acondicionadas, ni pueden transportar el agua de lugares lejanos cuando las sequías aprietan. Para ellos, sequía significa pobreza, hambre, enfermedad y muy probablemente muerte. No es extraño, por tanto, que el Papa Francisco hable de “una deuda ecológica entre los países del Norte y del Sur”.

Por estas razones y porque aún hay esperanza, Manos Unidas se propone y nos propone el reto de alcanzar “un planeta sostenible, sin pobreza, hambre y desigualdad”. Al igual que somos responsables de la contaminación, el calentamiento global, la deforestación y las sequías, “también tenemos el poder de repararlo. Está en nuestras manos parar el círculo vicioso de la desigualdad”.

Ante esta realidad, que tantas veces negamos interesadamente, nuestra humanidad y nuestra fe cristiana nos reclama una respuesta solidaria en favor de los “descartados climáticos”. Apoyar económicamente los proyectos de Manos Unidas es una manera eficaz de expresar nuestra fraternidad con quienes más sufren.

Pero no se trata sólo de combatir los efectos, es necesario abordar sus causas. Tomemos conciencia de la urgencia de una conversión ecológica, de “una transformación personal y comunitaria”, derivada de la convicción de que no somos los dueños de la creación sino sus custodios, y de unas políticas eficaces en la lucha contra el cambio climático, que tengan en cuenta a las personas más vulnerables.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Acuérdate de los pobres


Con una parábola memorable, Jesús afirmó: «Tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me hospedasteis» (cf. Mt 25,31-46). Los cristianos de las primeras generaciones tomaron en serio estas palabras y «vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45), siguiendo las enseñanzas de los apóstoles, que les exhortaban a cuidar con amor de los pobres, como recuerda la interpelación del apóstol Santiago: «Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos de alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?» (St 2,15-16).

A lo largo de la historia de la Iglesia, el Espíritu Santo ha seguido suscitando hombres y mujeres que, con la creatividad del amor, han dado su vida en el servicio de los pobres de todo tipo y han urgido a sus hermanos a hacer lo mismo.

El diácono de nuestra tierra San Lorenzo, en el siglo III, declaró que «los pobres son los tesoros de la Iglesia». San Juan Crisóstomo, en el siglo IV, predicaba: «¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo contemples desnudo en los pobres; ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez”. San Francisco de Asís, en el siglo XII, decía: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor». San Vicente de Paúl, en el siglo XVII, exhortaba: «Dediquémonos con amor renovado al servicio de los pobres… ellos son nuestros señores y maestros y no somos dignos de prestarles nuestros humildes servicios». Sólo son unas perlas que manifiestan el sentir de la Iglesia.

También los últimos papas nos han impulsado a mirar a los pobres como referencia inexcusable de nuestra vida. San Juan Pablo II enseñó: «Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya [de Jesús], que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos» (NMI 49). Y Benedicto XVI advirtió a toda la Iglesia: «Practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio» (DCE 22).

El amor y la atención a los pobres no debería ser, pues, algo secundario, optativo o delegable para nosotros y para nuestras comunidades cristianas. Está en juego la vida digna de muchos hombres y mujeres. Está en juego nuestra humanidad y nuestra fe. Que la Jornada Mundial de los Pobres, instituida por el papa Francisco hace cinco años, nos anime a acercarnos a las personas necesitadas, a mirarles con cariño, a abrazarles, a aprender de ellas y a compartir nuestros bienes materiales y espirituales. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 13 de febrero de 2022

La indiferencia nos condena


Un amigo apoyó económicamente a varias instituciones sociales durante años, pero todo cambió cuando se compró un piso. Tenía que pagar el apartamento y cortó su ayuda a aquellas instituciones. Poco a poco, sus preocupaciones y su dinero se volcaron más con el piso que con los necesitados; ya no veía ni sentía ni vivía más allá de los muros de su casa. Unos meses después, al darse cuenta de que esta actitud estaba ahogando su alegría y su libertad, volvió a compartir una parte de su dinero. “En cuanto lo hice ?me confesó?, tuve la sensación de que volvía a vivir en libertad”.

El lema de la Campaña contra el hambre ?«Nuestra indiferencia los condena al olvido»? me ha recordado lo que le pasó a mi amigo. Frecuentemente, vivimos tan centrados en nuestros problemas, en nuestras metas personales, en la defensa de lo que consideramos nuestros legítimos derechos, que olvidamos que, en este siglo XXI, millones de seres humanos pasan hambre cada día. Y si pensamos en los servicios de salud y educación de que disponen, nuestro olvido produce más sonrojo todavía. Nuestra indiferencia condena a pueblos enteros al olvido, a la injusticia y a la muerte.

Pero esta indiferencia también nos condena a nosotros. Como le ocurrió a mi amigo, cuando vivimos y trabajamos solo para nosotros mismos, vamos estrangulando progresivamente nuestra alegría y nuestra libertad. No es por casualidad, ya que hemos sido creados para vivir juntos. Tenemos un Padre común, que ama a todos y nos anima a encontrarnos y a lograr una fraternidad que incluya a todos.

“Manos Unidas” y muchas otras instituciones solidarias nos dan mucho más de lo que piden, porque nos brindan la oportunidad de tender puentes que nos liberen de una vida cómoda y cegata. Cuando atravesamos esos puentes, llegamos a ver la cautivadora sonrisa de Flor María, una niña que vive en un asentamiento peruano, sin acceso a la sanidad y a la educación, donde los niños que tienen algún problema físico sufren especialmente, y alcanzamos a compartir la alegría de Flor María, de sus amigos y de su familia, que, gracias a la solidaridad de mucha gente sencilla, pueden disfrutar de un proyecto de desarrollo que mejora sustancialmente sus condiciones de vida.

Es preciso que nos atrevamos a mirar más allá de nuestros propios problemas y tengamos el coraje de llorar con los que sufren, de compartir con ellos nuestro dinero y nuestros talentos, y de exigir a nuestros gobernantes que se ocupen de las personas y pueblos más empobrecidos. El papa Francisco nos ha recordado que “los pobres no pueden esperar. Su calamitosa situación no lo permite”. Y nosotros tampoco debemos esperar para caminar decididamente hacia una fraternidad que abraza, ama y comparte de verdad.

Con mi sincera gratitud a las mujeres que trabajan en Manos Unidas desde sus inicios, recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...