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domingo, 10 de mayo de 2026
La vida nueva que brota de la enfermedad
La fragilidad humana, el deterioro producido por el paso de los años y las enfermedades han llevado a algún pensador de nuestro tiempo a afirmar que somos “seres-para-la muerte”; pero la fe en Jesucristo resucitado nos impulsa a proclamar que somos “seres-para-la-vida”. De hecho, los relatos evangélicos nos presentan a Jesús curando a muchos enfermos, como signo de que el Reino de Dios está llegando.
Es normal, por tanto, que deseemos estar sanos y tratemos de alejar los sufrimientos. Bienvenidos sean, pues, los avances médicos que nos ayudan a superar las enfermedades y a sobrellevarlas con la mejor calidad de vida posible. Sin embargo, también hemos de reconocer que la realidad de la enfermedad y de los enfermos nos ofrece una oportunidad preciosa de crecimiento humano y espiritual, cuando nos situamos adecuadamente.
La actitud básica es acercarnos a las personas enfermas. El primer paso no es “hacer” algo con ellas, sino “estar” con ellas. La enfermedad suele llevar consigo un incómodo acompañante, que es la soledad. A menudo nos alejamos de los enfermos porque, aún sin pretenderlo, nos recuerdan nuestra propia fragilidad. Cuando vencemos esta tentación y nos acercamos a ellos, descubrimos que la vulnerabilidad nos une y nos permite ayudarnos con verdad. Además, con nuestra cercanía les estamos diciendo que son valiosos para nosotros, no por su productividad, sino por ellos mismos.
La segunda actitud es hablarles con verdad, si así lo quieren. Existe una tendencia natural a rodear al enfermo de un “silencio piadoso” o de falsos optimismos que terminan aislándolo en su propia realidad. Pero la verdad no daña, sino que ilumina. Cuando el enfermo pide claridad sobre su estado, ocultársela supone restarle autonomía. Una comunicación honesta, envuelta en caridad, permite que la persona integre su proceso y le encuentre sentido en medio de la incertidumbre. Así pues, es necesario crear espacios de confianza en los que el enfermo pueda expresar sus miedos, esperanzas y deseos, sus dudas y sus convicciones de fe.
Y, finalmente, abrir los ojos para descubrir la acción de Dios en los enfermos y a través de ellos. A menudo pensamos que Dios sólo actúa por medio de la curación, pero su presencia es más honda y eficaz. Dios se manifiesta en la paciencia con la que algunos enfermos viven su enfermedad, en la fe inquebrantable de quienes asumen con serenidad sus sufrimientos y en la capacidad de algunos para abandonarse en las manos del Señor, especialmente cuando la medicina solo puede aliviar su dolor. A través de su fragilidad, Dios nos vuelve más compasivos y nos enseña a dar prioridad al amor sobre las prisas del mundo. Los enfermos “evangelizan” a quienes los cuidan; por eso, podemos celebrar la “Pascua del Enfermo”, es decir: el “paso” de la enfermedad a una nueva vida.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 27 de julio de 2025
Los tres milagros de Lourdes
Un año más la Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes de Teruel y Albarracín ha promovido la peregrinación a Lourdes con enfermos de nuestra diócesis. También ha participado un grupo de internos de la cárcel de Teruel en la peregrinación organizada por la Hospitalidad de Zaragoza, en calidad de voluntarios. Unidos a hombres y mujeres del mundo entero, han vuelto del Santuario con el corazón lleno de esperanza. Allí, muchos piden a la Virgen la curación de sus enfermedades físicas y algunos la obtienen, pues la gracia de Dios también se manifiesta en la salud de nuestros cuerpos. Pero hay otros milagros, menos llamativos, más profundos y frecuentes, que transforman la vida desde lo más íntimo del alma.
Uno de ellos es hacernos capaces de aceptar la debilidad. En Lourdes, los enfermos se sienten acogidos, no como personas rotas sino como hijos amados de Dios, y descubren que su fragilidad no les impide ayudar a los demás y los acerca al encuentro con Dios. La mirada de la Virgen les ayuda a superar su lucha diaria con la enfermedad y a atreverse a entregarla en oración, reconociendo, como San Pablo, que en la debilidad se manifiesta la fuerza de Dios, que libera, sana y abre el corazón a una paz desconocida.
También se manifiesta en Lourdes el milagro de la solidaridad. Este bendito Santuario se convierte en un lugar donde jóvenes, adultos, ancianos e incluso personas privadas de libertad se hacen servidores de otras personas más débiles que ellos. Voluntarios que con ternura empujan las sillas de ruedas, enfermos que cuidan a otros enfermos, manos que se extienden sin hacer preguntas… Los internos de la cárcel de Teruel comentaban: “Era un evento tras otro. No parábamos. Pero te metes tanto en el papel, que te olvidas de ti. Ellos pasan a ser tu preocupación principal”. Este milagro nos recuerda que servir al otro es dejar que Cristo ame a través de cada uno de nosotros y que Él nos salve por medio de los que tienen más limitaciones.
Por último, se evidencia el milagro que más nos transforma: el de la reconciliación. En este Santuario, muchos corazones vuelven a encontrarse con el Señor después de haberse distanciado de Él durante años. El Sacramento de la Reconciliación se vive como un abrazo de misericordia y como una luz que penetra la oscuridad del alma. ¡Cuántas lágrimas sinceras han brotado de quienes, tras confesar sus pecados, se sienten profundamente renovados y amados! Este encuentro íntimo con Dios es, sin duda, una curación del espíritu que supera cualquier milagro físico.
Querida comunidad diocesana: Lourdes nos recuerda que el mayor milagro es esa transformación interior que permite vivir el sufrimiento con sentido, con amor y con fe.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 9 de febrero de 2025
Esperanza en la enfermedad
Cuando mejoran nuestras condiciones de vida, podemos pasar años y años sin ninguna dolencia importante y, poco a poco, va creciendo la impresión de que los enfermos son siempre otros, se llega a pensar que tenemos derecho a estar sanos, creemos que no necesitamos a nadie para vivir. Y cuando nos toca la enfermedad, nos coge tan desprevenidos que en ocasiones nos sentimos zarandeados y maltratados. Hasta las personas creyentes a veces miramos al cielo con la sensación de que Dios ha cometido una injusticia con nosotros.
Superado el golpe inicial, vamos aceptando la realidad y aprendiendo las lecciones que la enfermedad nos enseña: somos seres frágiles y vulnerables, necesitamos ser ayudados por otras personas, tenemos recursos interiores que desconocíamos, toda desgracia trae consigo la posibilidad de madurar, Dios se hace el encontradizo cuando sentimos nuestra fragilidad… Este proceso de aceptación y aprendizaje, distinto en cada persona, no es una línea siempre ascendente. Alternan la confusión y la claridad, el enfado y la confianza, la negatividad y la esperanza. Así vamos creciendo.
La comunidad cristiana quiere acercarse a este mundo, siguiendo el ejemplo del Señor. Hace 2000 años, Él mostro una predilección especial por los enfermos y, aunque no nos ofreció sesudas teorías acerca de la salud y la enfermedad, se acercó con amor a las personas enfermas, sin juzgarlas ni culpabilizarlas, y utilizó todo su poder para curar las dolencias del cuerpo y del alma. Este es el camino que sus discípulos y discípulas queremos recorrer, unidos a Él. El mundo del dolor es tierra sagrada, en la que hemos de entrar con las sandalias de la humildad y el respeto, para ser buenos samaritanos que transparenten el amor, la misericordia y la paz que Dios nos ofrece.
Cada 11 de febrero celebramos la Jornada Mundial del enfermo, para recordarnos esta preciosa misión que Jesús ha confiado a la comunidad creyente, a cada cristiano en particular y a muchas personas de buena voluntad que no comparten nuestro credo. No es ésta una tarea que Dios encomienda solo a quienes aparentemente gozamos de buena salud; pues las personas enfermas también son, en tantos momentos, transparencia de amor, misericordia y paz. Además, cuando nos acercamos al mundo del dolor, vemos que la frontera entre la salud y la enfermedad no es tan clara, ya que todos tenemos alguna dolencia en el alma o en el cuerpo y, por otra parte, hasta cuando nos sentimos más limitados podemos ser instrumentos en manos de Dios, para llevar consuelo y esperanza a quienes nos rodean.
Doy gracias a Dios por quienes abrazáis cada día esta misión, a veces dolorosa y siempre apasionante: personas enfermas, familias, cuidadores, profesionales de la sanidad, voluntarias y voluntarios de pastoral de la salud. Gracias por encender una luz de esperanza en la oscuridad del sufrimiento. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 22 de mayo de 2022
Enfermos que curan
Recuerdo mi visita, en el hospital, a una enferma muy querida para mí. Me contó su estado de ánimo, sus miedos, sus esperanzas, su modo de orar en la enfermedad… No he olvidado aquella conversación ni la extraña envidia que sentí, al darme cuenta de que ella, a pesar de sus limitaciones y graves problemas de salud, estaba aprovechando y disfrutando la vida más que yo.
No sé si fui capaz de animarla, pero estoy seguro de que aquel encuentro fue realmente sanador para mí. Me ayudó a caer en la cuenta de lo poco que valoro y agradezco la salud, la posibilidad de moverme, de trabajar, de encontrarme con amigos… Me hizo entender que es posible aprender a confiar, a compartir y amar en todas las situaciones de la vida, por complejas y dolorosas que sean. Y, sobre todo, me sirvió para conocer mejor a Dios, que siempre está a nuestro lado, también cuando nos resulta difícil percibirlo, ofreciéndonos su mano para rescatarnos de la soledad y de la desesperanza.
El encuentro con los enfermos, especialmente cuando padecen patologías graves y prolongadas, es doloroso. Sin embargo, en esta sociedad que muestra tan escasa tolerancia al dolor y a la frustración, hay que reivindicar el poder sanador y humanizador que tiene la cercanía de las personas enfermas.
Por ello, me atrevo a deciros una palabra de esperanza, con motivo de la Pascua del enfermo, en primer lugar a vosotros, enfermas y enfermos; para que no os encerréis a solas con vuestro dolor y os atreváis a compartir vuestros miedos, preocupaciones y anhelos, con Dios y también con la familia, con los amigos de confianza, con los sacerdotes y los agentes de pastoral de la salud. Aunque podáis sentiros una carga, no dudéis de que aportáis mucho a vuestras familias y a las personas que os rodean.
También desearía dirigirme a quienes tenéis miedo a la enfermedad y os resulta difícil visitar a los enfermos, o a quienes buscáis ansiosamente en un fármaco el alivio de cualquier sufrimiento físico o psicológico. Tratad de acercaros a quienes sufren, para experimentar su fuerza sanadora, y tened en cuenta que el dolor y la enfermedad no sólo nos hablan del final de la existencia, sino que también pueden abrirnos la puerta a una vida más humana, más esperanzada y más confiada en el amor de Dios.
Quiero, además, dar gracias a Dios por todo el personal sanitario y por los que ejercéis de buenos samaritanos con los enfermos, en las familias, los hospitales y las residencias. Aunque en muchas ocasiones os podáis sentir impotentes, sabed que hacéis mucho bien con vuestra cercanía y con vuestro acompañamiento respetuoso y cordial. Y dejaos cuidar, para que podáis vivir con dedicación y cariño ese “ministerio de consolación” que ejercéis con los hermanos enfermos.
A todos, hermanas y hermanos, os saludo muy cordialmente en el Señor.
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