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domingo, 11 de junio de 2023
Corpus Christi: piedad y solidaridad
El “Corpus” nos suena a procesión y adoración pública del Santísimo Sacramento, mientras que el mensaje de los Obispos para este “Día de la Caridad” reza “Pan partido para los demás”. Asumamos el reto de unir ambos aspectos: adoración y compromiso, piedad y solidaridad. No separemos lo que Dios ha unido.
En el “Corpus”, Dios nos invita a acoger su amor. Es justamente lo que celebramos en la Eucaristía: que Jesús entregó su vida, su tiempo, su fuerza; se partió y repartió, como el pan, para que tengamos vida. Cuando el sacerdote, en nombre de Jesús, dice: «Tomad, comed esto es mi cuerpo… Bebed todos, porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos» (Mt 26, 26-28), Jesús sigue entregándose, para que comencemos a saborear la vida eterna ya en esta tierra. El Padre nos entrega, te entrega, me entrega a su Hijo, porque «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Estamos, pues, llamados a acogerlo y a agradecerlo.
Pero Jesús también dijo: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19) y «Dadles vosotros de comer» (Lc 9, 13); nos pidió que le hiciéramos presente en el pan eucarístico y que nos hiciéramos “pan partido para los otros”. Este “Día de la Caridad” nos convoca precisamente a ser pan partido. Muchas personas responden a esta llamada. No son super-mujeres o super-hombres, sino gente corriente, que se ha sentido tocada por el amor de Dios manifestado en Cristo, como los jóvenes turolenses que participan en el Proyecto “Apadrina un abuelo” de Cáritas Diocesana. Es una iniciativa sencilla de enriquecimiento mutuo, en la que los jóvenes descubren lo mucho que las personas mayores les aportan (sabiduría, experiencia, ternura) y los mayores disfrutan de los encuentros con los jóvenes que les llevan alegría, compañía, motivación, cariño, entretenimiento y aire fresco.
Cada domingo, acogemos y agradecemos en la Eucaristía el amor de Dios. Si la celebramos conscientemente, Jesucristo nos convierte en pan, pan bueno que se deja comer, que se entrega. La Madre Teresa de Calcuta decía a las religiosas de su Congregación: «Dejen que la gente y los pobres se las coman… que la gente muerda su sonrisa y su tiempo». No se trata sólo de dar pan, se trata de ser pan. No se trata sólo de dar algo, se trata de darse. El papa Benedicto XVI escribió: «Para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo» (DCE 34).
Que la fiesta del Corpus nos ayude a acoger y agradecer el amor de Dios, y a compartirlo, como el pan, con los de cerca y sobre todo con los necesitados.
domingo, 23 de abril de 2023
San Jorge y el dragón
Cuenta la leyenda que San Jorge, patrón de nuestra tierra, venció a un terrible dragón, que había devorado a mucha gente en una ciudad. ¿Hay ahora algún dragón que campe por sus respetos, cobrándose la vida de muchas personas sin que nadie se atreva a hacerle frente? Tiempo atrás planteé esta pregunta, a través de las redes sociales, y recibí muchas respuestas: ahora el dragón es la indiferencia, la desmotivación, el machismo, el miedo, la inseguridad, la soledad, el ansia de poder, la corrupción, la mentira, la violencia…
Después de leer estas aportaciones, se afianzó en mí la convicción de que uno de los dragones más temibles de nuestra sociedad es el vacío existencial: no encontrar sentido a la vida. El fundador de la logoterapia, el psicólogo Viktor Frankl, escribió ya hace cincuenta años: «El problema de nuestro tiempo es que la gente se encuentra atrapada en una penetrante sensación de falta de sentido… Puede que la gente tenga lo suficiente para vivir, pero no tiene suficientemente claro para qué vivir». Personalmente, tengo la impresión de que este problema va en aumento.
Puede que a algunos les parezca un dragón inofensivo, pero los datos que se publican cada día ponen de manifiesto su fuerza destructiva. Ahí está, por ejemplo, el aumento del número de suicidios: en el año 2021, España superó por primera vez la barrera de los cuatro mil. Otro indicador significativo es la salud mental de los niños y jóvenes: según Unicef, más del 20% de la población entre los 10 y los 19 años sufre algún problema de salud mental diagnosticado. Y a pesar de estos datos, no parece que el sinsentido existencial figure entre los asuntos prioritarios en la agenda de los gobernantes o en los temarios de las universidades.
¿Qué podemos hacer? Apunto tres pistas, que animo a completar y concretar por parte de nuestras familias, grupos y comunidades:
- Fomentar la dimensión espiritual de la persona. Por encima del credo y de la ideología de cada cual, es preciso cultivar esa dimensión interior o espiritual, que es la fuente de la que brota en nosotros el sentido y la alegría de vivir.
- Favorecer el encuentro y la solidaridad. El individualismo y la indiferencia hacia los demás favorecen las injusticias y empobrecen la vida, mientras que el encuentro y la solidaridad activan nuestra capacidad para hacer el bien y nos llevan a ser más felices.
- Potenciar una moral sana frente a la aireada convicción de que “todo está bien mientras no hagas mal a nadie”, porque este principio moral, que no tiene en cuenta la verdad del ser humano, nos arrastra hacia un plano inclinado de frustraciones que resulta difícil de remontar.
domingo, 12 de febrero de 2023
Frenar la desigualdad está en tus manos
¿Quién no se ha sentido incómodo cuando aparecen, en los medios de comunicación, noticias que reflejan las injusticias y desigualdades que azotan la vida de tantas personas y pueblos? Es posible que, en alguna ocasión, hayamos querido evitar estas informaciones, porque nos hacen sufrir y nos dicen que algo tendría que cambiar en nuestra vida. Las mujeres de Manos Unidas no se rinden ante esta situación y, año tras año, nos urgen a superar la indiferencia y a hacernos cargo de las injustas desigualdades que existen lejos y cerca de nosotros.
Estas desigualdades tienen su origen en el egoísmo que anida solapado en el corazón de cada uno y en lo que san Juan Pablo II llamó “estructuras de pecado”. Las estructuras de pecado «están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres» (SRS 36).
Las “estructuras de pecado” son alentadas por personas y organizaciones que se benefician del sistema económico, político y social dominante. Así, promueven una visión de la vida centrada en el propio individuo y en sus intereses materiales, llegan a responsabilizar a los pobres de su propia pobreza, anestesian nuestra conciencia para que la injusticia no nos duela, y desautorizan los discursos religiosos y morales que promueven la dignidad de las personas frente a los intereses económicos.
El Magisterio de la Iglesia siempre ha advertido del peligro de estas ideologías materialistas. San Juan Pablo II nos previno ante los sistemas económicos que pretenden «reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales» (CA 19). Benedicto XVI advirtió del «predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2013). Y el papa Francisco ha asegurado que ciertos modelos económicos matan, ya que «grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida» (EG 53).
Ante esta dolorosa realidad, evitemos caer en la desesperanza de pensar que nuestros humildes trabajos en favor del desarrollo de los pueblos aportan poco o nada al cambio deseado. No perdamos la fe en la eficacia de los pequeños gestos de solidaridad, que el Señor no deja de bendecir. Acojamos en el corazón la llamada que nos dirige Manos Unidas: “Frenar la desigualdad está en tus manos”. Ojalá que la Campaña contra el Hambre de este año nos ayude a mirar con más compasión a quienes sufren las injusticias de nuestro mundo, y a defender su dignidad; apoyando decididamente, junto con Manos Unidas y tantas personas de buena voluntad, proyectos que favorezcan la igualdad y la justicia.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 1 de enero de 2023
Deseos de Año Nuevo
Al estrenar un nuevo año, brindamos por la felicidad y la paz de nuestros seres queridos, deseos que hacemos extensivos a muchas otras personas, especialmente a aquellas que más sufren. Bien es verdad que algo nos dice que esos anhelos, que anidan en lo más hondo de nuestro corazón y que afloran en estas circunstancias, normalmente sirven para poco.
Ante esta deriva pesimista, que nos lleva a enterrar nuestros más bellos sentimientos, podríamos hacer justo lo contrario: ponerles nombre y alimentarlos; porque el deseo es una fuerza enorme que podemos aprovechar para crecer y, sobre todo, porque a través de ellos Dios nos recuerda cuál es nuestra vocación definitiva: ser plenamente felices, viviendo como una familia universal de hermanos y hermanas «que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros» (FT 96), apoyados en la experiencia de la cercanía y el amor de Dios, padre común de la humanidad.
Demos alas a nuestros anhelos más hondos y pongamos medios concretos para hacerlos realidad. El mensaje del Santo Padre para la Jornada Mundial de la Paz, que celebramos cada primero de enero, me sugiere tres pistas para avanzar en este camino:
1º. Reflexión y autocrítica. Como personas, como sociedad y también como comunidad cristiana, no avanzaremos si no dejamos a un lado los discursos autocomplacientes y victimistas. «Ha llegado el momento –dice Francisco– de tomarnos un tiempo para cuestionarnos, aprender, crecer y dejarnos transformar, de forma personal y comunitaria». Tenemos que pensar seriamente adonde nos conduce el camino que llevamos y reconocer errores; esos que vemos tan claramente en los demás y que tanto nos cuesta advertir en nosotros.
2º. Esperanza. No podemos encerrarnos en el miedo, el desánimo o la resignación. Aunque tengamos motivos para estar preocupados, el Papa Francisco nos invita a «mantener el corazón abierto a la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura, nos sostiene en la fatiga y, sobre todo, guía nuestro camino». Hemos de ser «centinelas capaces de velar y distinguir las primeras luces del alba, especialmente en las horas más oscuras».
3º. Solidaridad, que nos exige salir de nuestros espacios cerrados, los cuales, aunque sean cómodos, nos empobrecen. Tal como nos sugiere el Santo Padre, deberíamos «volver a poner la palabra “juntos” en el centro. En efecto, juntos, en la fraternidad y la solidaridad, podemos construir la paz, garantizar la justicia y superar los acontecimientos más dolorosos… No podemos buscar sólo protegernos a nosotros mismos; es hora de que todos nos comprometamos con la sanación de nuestra sociedad y nuestro planeta».
Que Santa María, Madre de Jesús y Reina de la Paz, interceda por nosotros y por el mundo entero; para que, con su ayuda y nuestro empeño, el sueño de Dios y nuestros mejores deseos se vayan haciendo realidad.
domingo, 4 de diciembre de 2022
"Discapacidades" que enriquecen
A fuerza de ensalzar la juventud, la belleza y la fuerza, corremos el riesgo de hacer invisibles y relegar a las personas con discapacidad. A pesar de que están lejos los tiempos en los que se las escondía en sus casas o en determinadas instituciones, sin permitirles participar en la vida social, todavía hay camino por andar, tanto en la sociedad como en la comunidad cristiana. El papa Francisco nos ha recordado que en la vida de la Iglesia, «la peor discriminación es la falta de atención espiritual, que a veces se ha manifestado en la negación del acceso a los sacramentos».
Ante el Día internacional de las personas con discapacidad, que celebramos este sábado 3 de diciembre, me siento llamado a animar a todas las comunidades de nuestra Diócesis a vivir con más intensidad lo que somos: una Iglesia sinodal, inclusiva y accesible. Esto nos obliga a esforzarnos para aceptar a cada persona como es, reconociendo su manera de ser y eliminando las barreras que le impidan acceder y participar en las diversas actividades parroquiales y diocesanas. Todo hombre y mujer, sea cual sea su discapacidad, tiene derecho a enriquecerse con la vida de la Iglesia y, a su vez, puede enriquecer a la comunidad desde sus circunstancias, que les permiten ver el mundo y vivir la fe con una perspectiva distinta, que nos enriquece a todos.
Esto no son solo bellas palabras. Hace treinta años conocí a una persona con una enfermedad degenerativa grave, que gracias a Dios, los médicos han podido ir controlando hasta hoy. En poco tiempo, se quedó casi ciego y con una movilidad muy reducida. Al principio el sufrimiento fue terrible, en su cuerpo y en su alma; pero poco a poco, con la cercanía de la familia y el apoyo de la fe, descubrió que tenía mucho que aprender y mucho que aportar, especialmente a quienes sufrían enfermedades semejantes a la suya.
Conoció y participó en la FRATER (Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad), un movimiento cristiano presente en nuestra Diócesis. Fue fundada en 1942, por un sacerdote enfermo, Henry François, en la ciudad francesa de Verdun. Desde su experiencia de enfermedad y su trabajo como capellán de hospital, se dio cuenta de lo importante que era reunir a personas con enfermedad y discapacidad, para que, fundamentando su vida en la amistad y la fraternidad evangélica, se animaran mutuamente a desarrollar sus potencialidades sociales y eclesiales. Por ello, animo a todas las personas interesadas a conocer la FRATER. Les podrá ayudar a crecer en espiritualidad, solidaridad y espíritu misionero.
También os animo a todos, hermanos y hermanas, especialmente a los pastores, a acoger y dar protagonismo a los enfermos y personas con discapacidad. No hay vida que no sea valiosa, aunque experimente limitaciones más o menos severas.
Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.
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