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domingo, 2 de noviembre de 2025

Vivir y morir con sabiduría


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

El acceso a una vivienda digna se ha convertido en un problema gravísimo para muchas personas y familias. Hace poco, un profesor universitario me confesaba que, pese a contar con un salario estable, había renunciado al sueño –largamente acariciado– de adquirir una vivienda. Del mismo modo, una amiga compartía su angustia al no encontrar un piso cuyo alquiler no superara su sueldo mensual. Si esta es la realidad de muchos que llevan una vida aparentemente “normalizada”, ¿cómo será entonces la de tantos hermanos y hermanas empobrecidos? El director de Cáritas Málaga contaba su encuentro con una persona conocida que quedó en la calle, a raíz de una enfermedad: la invitó a tomar un café y esta rechazó la propuesta, diciendo: «Gracias, pero no quiero que me veas así».

Cáritas nos invita a mirar con profundidad y ternura la realidad de quienes habitan nuestras calles. Son hombres y mujeres con historias, vínculos, emociones y sueños silenciados: personas que, a pesar de trabajar, no pueden acceder a una vivienda; jóvenes extutelados que, al alcanzar la mayoría de edad, se enfrentan a la exclusión; migrantes, víctimas de violencia, mayores sin red familiar, personas con problemas de salud mental o adicciones… En 2024, Cáritas acompañó a 917 personas sin hogar en Málaga y Melilla, y constató cómo el “sinhogarismo” se prolonga en el tiempo: el 13% lleva más de cinco años viviendo en la calle. Esta situación no supone solo un problema de pobreza material; significa no tener acceso a salud, protección social y participación comunitaria. De hecho, el 52,7% de las personas sin hogar en Málaga no están empadronadas, lo que les impide acceder a prestaciones básicas.

La fe nos impulsa a transformar la realidad desde el amor y la justicia. Por ello, como Iglesia, además de exigir a las administraciones políticas eficaces que garanticen el derecho a la vivienda para los jóvenes y sus familias, nos unimos a las propuestas de Cáritas para aliviar el dolor de quienes viven en la calle: facilitar el empadronamiento incluso en ausencia de techo; crear recursos para familias con menores; garantizar atención a solicitantes de protección internacional; ampliar el Programa +18; mejorar la atención en salud mental; asegurar recursos tras altas hospitalarias; reforzar los servicios sociales, coordinar administraciones y establecer mecanismos de participación para las personas sin hogar.

No basta con ofrecer asistencia: debemos abrir caminos de inclusión, donde cada persona pueda desarrollar su proyecto de vida. ¡Ojalá nuestras comunidades cristianas puedan ofrecer a tantas personas sin hogar el cariño y, cuando sea posible, el techo que precisan! Que el Espíritu nos mueva a la compasión activa, al compromiso concreto y a la esperanza compartida; porque nadie debería vivir sin hogar y todos los hombres y mujeres merecen vivir con dignidad.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 26 de junio de 2022

Una muerte más que digna


Estaba dando las últimas pinceladas a la carta de esta semana, cuando me llega un mensaje al teléfono: “Jose acaba de dejarnos. Ya descansa en Él”. Y me ha resultado imposible acabar el texto que tenía entre manos. He sentido la necesidad imperiosa de expresar algunas experiencias vividas con este buen hermano que ha cruzado a la orilla eterna.

Cuando se declaró su enfermedad, nos avisó a unos cuantos amigos, a pesar de que algunos estábamos lejos. No quiso vivir a solas la incertidumbre, el miedo y el dolor que provocan un diagnóstico amenazante. Además, quiso hacernos partícipes de muchos momentos de esperanza, de alegría, de amistad, de fe. Cuando hablábamos, algunas veces mi corazón se encogía, pero siempre tuve la certeza de que esos encuentros me hacían más humano y más cristiano. Agradezco a Dios que Jose quisiera incluirme en ese grupo de privilegiados que podíamos escuchar sus confidencias y compartir momentos muy intensos.

Nuestro amigo fue (debe seguir siéndolo) un hombre rebelde. De vez en cuando también discutía con Dios, sin ocultarle los sentimientos y las ideas que se agolpaban en su corazón y en su cabeza. La enfermedad le ayudó a conocer más a Dios, a orar mejor, a sentir su cercanía y a abandonarse en Él.

Jose, en este tiempo de enfermedad, ha procurado disfrutar de la vida al máximo. A pesar de sus malos momentos y de sus desánimos, no se ha quedado en casa a llorar su desgracia. Ha viajado y ha celebrado las buenas noticias y los acontecimientos más felices.

También supo acercarse a personas y familias que estaban pasando situaciones semejantes a la suya. ¡Qué valor tiene la palabra de quien no habla de oídas! ¡Qué fuerza tiene el consuelo de las personas que comparten su “secreto” para afrontar una enfermedad mortal!

Otra de las experiencias más bonitas que Jose me ha permitido disfrutar es el cariño entrañable de la familia y de la amistad. Cada vez que iba a su casa, me encontraba con sus amigas y amigos más cercanos, que no lo han dejado solo nunca. ¡Qué amor tan grande el de las personas que renuncian a sus planes personales para estar cerca del amigo que sufre!

Al final, cuando la lucha era insoportable, pidió que le aliviasen el dolor, siendo consciente de que los fármacos utilizados podrían acortar su vida.

No cuento estas vivencias para proponer a nuestro amigo como un ejemplo a seguir en cada una de sus opciones, ya que cada persona tiene su forma de ser, sus recursos, su cultura, sus valores, sus creencias… No obstante, estoy seguro de que nos hace bien conocer historias como las de Jose. Su modo de afrontar la enfermedad y la muerte ha sido más que digna, ha sido una gracia. ¡Descanse en la paz de Dios!

Recibid un cordial saludo en el Señor.

domingo, 13 de marzo de 2022

Atentos a lo pequeño


Ante los horrores de la guerra, ante la muerte de tantas mujeres a manos de sus parejas, ante los abusos e injusticias, de todo tipo, que a diario golpean nuestras conciencias, nos sentimos abrumados y nos preguntamos cómo es posible que los seres humanos seamos tan inhumanos.

No hay una respuesta que satisfaga plenamente nuestra inquietud, porque el mal es un problema complejo; pero es evidente que esos comportamientos, que terminan siendo abominables, frecuentemente tienen su origen en otros menos vistosos, a los que no solemos prestar atención. Nos vamos acostumbrando a almacenar rencor en el corazón, a buscar nuestro interés antes que el de los demás, a despreciar a quien discrepa de nuestras convicciones, a no valorar lo que se nos da, a mirar para otro lado cuando se maltrata a una persona vulnerable, a justificar los propios errores, a disculpar la corrupción de los nuestros…, y el resultado es el que tantas veces lamentamos.

Un antiguo eremita advertía: «No subestimemos las cosas pequeñas, no las despreciemos como insignificantes. No son pequeñas, son un cáncer, son un hábito nocivo. Estemos alerta, cuidémonos de las cosas leves, no sea que se transformen en graves… Si descuidamos las pasiones, por parecernos pequeñas, se enquistarán en nosotros y, cuanto más se endurezcan, más difícil será arrancarlas… La virtud y el pecado comienzan por cosas pequeñas, pero llevan a las cosas grandes, sean buenas o malas».

Esta exhortación sigue siendo válida para nosotros. Una vida santa, lo mismo que una vida de pecado, tiene su origen en los pequeños comportamientos de cada día. Si reconocemos nuestros errores y somos capaces de pedir perdón, si compartimos el tiempo y el dinero con quienes nos necesitan, si rezamos un poco todos los días, si defendemos a los que se sienten frágiles, si leemos buenos libros, si pedimos ayuda con humildad y la agradecemos cuando se nos ofrece…, forjamos unos hábitos que, poco a poco, moldean nuestra personalidad en conformidad con los deseos de Dios.

La tan deseada renovación de nuestras comunidades cristianas también pasa por el cuidado de pequeños detalles: la acogida a las personas que se acercan, una llamada o una visita a quienes están enfermos o están pasando un mal momento, la preparación de peticiones sencillas para favorecer la participación en la liturgia, la consulta a los feligreses antes de emprender un nuevo proyecto, la publicación de las cuentas parroquiales, la organización de una colecta para colaborar con una buena causa, etc.

Al emprender la Cuaresma, me ha parecido oportuno recordar la importancia de los pequeños gestos, para avanzar en el camino de la conversión, tanto personal como comunitaria. Aunque parezcan insignificantes o inútiles, resultan imprescindibles para abrir nuestro corazón a Dios, apreciar su amor misericordioso y, en definitiva, transformar nuestra vida conforme a su voluntad.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...