jueves, 16 de julio de 2026

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año nuestra diócesis dirige su mirada y su corazón hacia la Misión Diocesana en Venezuela, una obra que forma parte de nuestra identidad eclesial y que expresa el deseo de anunciar el Evangelio más allá de nuestras fronteras. Celebramos con gratitud el Día de las Misioneras y Misioneros Malagueños, dando gracias a Dios por tantos hombres y mujeres de nuestra tierra que han entregado y siguen entregando su vida al servicio del Evangelio en tantos lugares del mundo.

El lema que nos acompaña en esta jornada, «Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión», recoge con acierto el camino que la Iglesia universal y malagueña está llamada a recorrer. La misión no es una tarea reservada a unos pocos; nace del bautismo y compromete a todo el Pueblo de Dios. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que camina unida, que escucha, que discierne y que sale al encuentro de quienes esperan una palabra de esperanza y una mano tendida. Solo caminando juntos podremos responder con fidelidad al mandato del Señor: «Id y haced discípulos a todos los pueblos».

Este año queremos elevar una acción de gracias por la presencia ininterrumpida de sacerdotes de nuestra diócesis en la misión de Venezuela desde 1954. Son más de siete décadas de entrega silenciosa, de servicio generoso y de fidelidad al Evangelio. Muchos sacerdotes han dejado allí lo mejor de su ministerio, sembrando la fe con paciencia, compartiendo las alegrías y sufrimientos del pueblo y contribuyendo al crecimiento de una Iglesia que ha sabido renacer con esperanza después de tantos años de persecución y sufrimiento.

Nuestro recuerdo agradecido se dirige a todos ellos, conocidos y anónimos, que hicieron de aquella tierra su hogar y de sus habitantes su familia. Y, de manera especial, queremos manifestar nuestra cercanía y nuestro afecto al sacerdote Juan Manuel Barreiro, que actualmente continúa esta hermosa misión en nombre de toda la diócesis. En él reconocemos la continuidad de una historia de entrega que sigue escribiéndose cada día gracias a la gracia de Dios y al compromiso misionero de nuestra Iglesia.

Quiero agradecer también a la Iglesia local de Caicara, que durante tantos años nos acogió como hermanos y con la que seguimos compartiendo la misma fe y la misma misión. Damos gracias igualmente a los institutos de vida consagrada, asociaciones, movimientos eclesiales, parroquias y tantos laicos que sostienen la misión con su oración constante, su cercanía y su generosa ayuda material. Gracias a vuestra colaboración, la presencia de nuestra diócesis en Venezuela continúa siendo un signo vivo de comunión y de esperanza.

La misión nunca es obra de una sola persona. Es fruto de una Iglesia que reza, comparte y se compromete. Cada oración ofrecida, cada donativo, cada sacrificio escondido y cada gesto de solidaridad forman parte de esta hermosa cadena de amor que une a nuestra diócesis con el pueblo venezolano y con tantos rincones del mundo donde nuestros misioneros anuncian el Evangelio.

Os animo, por tanto, a seguir construyendo entre nosotros una Iglesia sinodal y misionera, donde cada bautizado descubra que tiene un lugar y una responsabilidad en la misión evangelizadora. Que nuestras parroquias sean comunidades abiertas, acogedoras y comprometidas; que nuestras familias sean escuelas de fe y de solidaridad; que nuestros jóvenes escuchen con valentía la llamada del Señor, también cuando los invite a entregar su vida en la misión.

Que la Virgen María, Madre de la Victoria y Reina de las Misiones, acompañe a nuestros misioneros, fortalezca a la Iglesia en Caicara y haga de nuestra diócesis una comunidad más misionera.

Os envío un abrazo y mi bendición.

miércoles, 1 de julio de 2026

Tejer redes de amor

Alumnos y monitores del Centro de Formación Sagrada Familia de Cáritas Málaga

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Con especial afecto me dirijo a quienes dedicáis vuestro tiempo, cariño y capacidades al servicio de los más vulnerables desde Cáritas y desde tantas realidades eclesiales comprometidas con la acción social. Gracias por hacer visible, con vuestra entrega cotidiana, la ternura de Dios hacia quienes más necesitan ser escuchados, acogidos y acompañados.

Vivimos un tiempo en el que se hace imprescindible fortalecer los vínculos y promover un sentido de pertenencia integrador y dinámico. Por eso quiero proponeros una tarea profundamente evangélica, que el papa León nos ha recordado repetidamente durante su viaje a España: tejer redes. Porque las redes unen, sostienen y hacen posible que nadie quede aislado.

En primer lugar, hemos de tejer redes con Jesucristo, origen y meta de toda nuestra entrega (cf. Jn 15, 4). León XIV nos ha recordado que «la caridad evangélica, fundada en Jesucristo y alimentada por su amor, da forma e identidad a la vida personal y comunitaria de todo cristiano». En efecto, «la caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente» y nos mueve a ser «una Iglesia que anuncia a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».

Como Jesús y con Jesús, hemos de tejer redes con las personas necesitadas (cf. Ga 6, 2). Nuestra cercanía no puede limitarse a resolver necesidades materiales. El Santo Padre nos invita a conocer sus «historias de dolor, de esperanza y de búsqueda», a «aprender el lenguaje de la cercanía» y a acompañar procesos que devuelvan dignidad y esperanza. Incluso nos anima a dejarnos «evangelizar por ellos», porque Dios sigue hablándonos y bendiciéndonos a través de quienes la sociedad deja en los márgenes.

Estamos llamados a tejer redes en nuestras parroquias (cf. Jn 17, 21). El grupo de Cáritas no puede ser un grupo aislado, pues la acción social, como «la acogida del migrante, no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios». La misión de Cáritas, por tanto, es también despertar la conciencia de toda la comunidad, para que cada bautizado descubra que la caridad no es una actividad añadida, sino una dimensión esencial de la fe.

Finalmente, es necesario tejer redes con quienes no comparten nuestra fe (Mt 5, 14-16). El servicio desinteresado crea espacios de encuentro donde desaparecen prejuicios y se construye el bien común. La caridad posee un lenguaje universal que todos pueden comprender y constituye «un testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad».

Que María, Madre de la Esperanza, nos enseñe a vivir una caridad humilde, valiente y perseverante. Y que el Señor nos conceda la gracia de seguir tejiendo redes de fraternidad que abran caminos de futuro a quienes más lo necesitan.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 21 de junio de 2026

Un Plan Pastoral… de primera


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

El sábado 20 de junio vivimos una jornada especialmente significativa para nuestra Iglesia particular. El colegio de los Maristas de Málaga acogió la Asamblea Diocesana, donde compartimos el trabajo realizado en los últimos meses en torno al Documento Final del Sínodo, un proceso en el que han participado más de 4.000 personas. Este esfuerzo común no termina aquí: será la base sobre la que construiremos, entre todos, el próximo Plan Pastoral Diocesano.

Ese mismo día, por la noche, muchos vibramos con el emocionante partido entre la UD Almería y el Málaga CF, cuyo final de infarto culminó con el ascenso de nuestro equipo a Primera División. Una alegría para los malagueños y malagueñas, sin duda. Pero también una imagen sugerente que nos invita a superarnos: nuestros pueblos, ciudades y familias pueden “ascender” en humanidad, cohesión y solidaridad.

Nuestras parroquias y comunidades también aspiran a “subir de categoría”. No para ser más que nadie, sino para poner en juego –juntos– todos los talentos que Dios nos ha dado. El Plan Pastoral que elaboraremos en los próximos dos años quiere ayudarnos precisamente a eso: a que nuestras comunidades cristianas de Málaga y Melilla crezcan en espiritualidad, comunión y misión. Tres dimensiones que, como en un buen equipo, se refuerzan mutuamente.

Espiritualidad. La Iglesia tiene su origen, su fundamento y su fin en Dios. No es solo una institución humana: Dios actúa en ella y a través de ella para ofrecer su salvación a toda la humanidad. Esa salvación, que esperamos con confianza mientras caminamos por la vida (cf. Rm 8,24), se concreta en la llamada universal a la santidad (cf. 1 Pe 1,15-16). Y la santidad no es otra cosa que vivir unidos a Cristo, dejándonos transformar por Él. Si queremos “ascender”, este es siempre el punto de partida.

Comunión. Ningún equipo funciona sin unidad. En la Iglesia, esa unidad se expresa en el estilo sinodal, que impulsa la participación de todos los bautizados y bautizadas. Cada uno, desde su vocación y carisma, comparte la responsabilidad de la misión común. La comunión es un don, pero también una tarea. Y una de sus actitudes fundamentales es el diálogo: escucharnos, escuchar a otras personas, discernir juntos, caminar al mismo paso.

Misión. La Iglesia es “comunión misionera” (CL 32). Su razón de ser es anunciar la Buena Noticia de Jesucristo (cf. EN 14). Hoy, más que nunca, estamos llamados a vivir una nueva etapa evangelizadora (cf. EG 1), siendo una Iglesia en salida, que no se encierra en sí misma, sino que va al encuentro de todos (cf. EG 20-24). Jesús nos envía para que el Evangelio llegue a cada persona, a cada realidad, a cada periferia (cf. EG 31). En este punto, es importante hablar de los jóvenes. Al igual que el joven equipo del Málaga, la Diócesis quiere contar con su cantera y hacerla protagonista de la evangelización.

Que este proceso pastoral, con la fuerza del Espíritu, nos ayude a “ascender a primera” en espiritualidad, comunión y misión.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 14 de junio de 2026

Que brille nuestra “magnífica humanidad”


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Quisiera animaros a profundizar en la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica humanitas (Magnífica humanidad), dedicada a la «custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial» (IA). Este documento, fruto de años de escucha, actualiza la tradición de las grandes encíclicas sociales iniciada por León XIII con Rerum Novarum (1891), que abordó los desafíos de la «revolución industrial», y continuada recientemente por Francisco con Laudato Si’ (2015), centrada en la «cuestión ecológica».

La Iglesia no es experta en cuestiones técnicas, pero aporta «una sabiduría sobre lo humano que nuestro tiempo necesita desesperadamente: cada persona es única e insustituible, un sujeto libre e inteligente dotado de conciencia, capaz de buscar a Dios, de servir a los demás y de cuidar de nuestra casa común». Con hondura teológica y realismo histórico, el Papa defiende la inviolable dignidad de la persona, el valor sagrado del trabajo y la urgencia de una justicia que proteja la libertad frente al poder de los algoritmos y los datos.

Lejos de rechazar el progreso técnico, la encíclica —inspirada en la rica tradición patrística y, de modo especial, en san Agustín— se presenta como una guía lúcida para orientar el debate sobre la IA con racionalidad, seriedad ética y esperanza. Su propósito es evitar que esta tecnología dé lugar a una nueva torre de Babel, que «sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios», y promover, en cambio, una «civilización del amor» más humana y fraterna.

El Papa insiste en que el progreso tecnológico solo será auténticamente humano si permanece al servicio de la persona y del bien común. Por ello, lanza un llamamiento universal: «La IA requiere hoy ser desarmada, liberada de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, de exclusión o de muerte, y puesta al servicio del bien común». Pero no basta con desarmar: es necesario «reparar los lazos, restablecer la confianza y despertar la esperanza en el futuro. Además, nadie reconstruye solo».

León XIV, citando a Gandalf, el mago de El Señor de los Anillos, nos invita a todos a aportar nuestro granito de arena para hacer crecer la civilización del amor: desarmar las palabras, practicar la justicia para encontrar la paz, asumir la mirada de las víctimas, discernir con realismo qué es posible lograr y qué pasos podemos dar, y ejercitar el diálogo en todos los niveles, desde las relaciones personales hasta las internacionales. Incluso propone una espiritualidad eucarística arraigada en la vida de los pobres.

Que esta encíclica y los discursos del Santo Padre en su visita a España nos ayuden a comprender el desafío de la IA, y a trabajar unidos para que siga resplandeciendo en el porvenir nuestra “magnífica humanidad”.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

sábado, 13 de junio de 2026

Pontífice, constructor de puentes


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

De todos los títulos que acompañan al Papa, quisiera subrayar hoy el de Pontífice: constructor de puentes. No se trata de una mera dignidad honorífica ni de una evocación histórica. Es expresión de su misión: tender puentes entre las personas, entre los pueblos, entre las culturas y, sobre todo, entre Dios y la humanidad. La reciente visita de León XIV a España ha estado marcada precisamente por esa vocación pontifical: abrir espacios de encuentro donde se levantan fronteras, unir sin uniformar y reconciliar desde la verdad, la justicia y el perdón.

Madrid fue el escenario de ese gran puente hacia la sociedad civil. En sus encuentros con representantes del mundo de la cultura, la economía, el arte y el deporte, León XIV ofreció una imagen de la Iglesia alejada de cualquier repliegue. Escuchó más de lo que habló y propuso un diálogo sereno capaz de llamar al corazón de quienes buscan respuestas a los grandes interrogantes de nuestro tiempo: «Os invito a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza».

En el Congreso de los Diputados afirmó que para promover la convivencia es preciso abandonar la cultura del descarte y custodiar toda vida humana «desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». Además, en una sociedad marcada por la polarización y el cansancio colectivo, recordó que el entendimiento sigue siendo posible: «La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos».

El Encuentro con la Comunidad Diocesana fue la ocasión propicia para hacer una llamada clara a tender puentes entre diversas realidades eclesiales. Nos invitó a aprender «el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad», a apostar por los consejos parroquiales y diocesanos: «son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad».

Canarias representó otra dimensión de su servicio como pontífice: la de tender puentes hacia los hombres y mujeres más pobres. En Arguineguín, como hiciera Francisco en Lampedusa, puso rostro humano a un fenómeno que con demasiada frecuencia se reduce a cifras y debates políticos. En su mensaje defendió con firmeza que «la dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra... La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

Desde esta dolorosa realidad, León XIV interpeló a la sociedad, que «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». También dirigió su apelación a las comunidades cristianas: «La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras».

Pero la tarea del Pontífice no consiste únicamente en tender puentes entre las personas, sino entre el ser humano y Dios. Y esa dimensión alcanzó su expresión más luminosa en Barcelona. La bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia constituyó mucho más que un acontecimiento arquitectónico o cultural. Allí nos recordó que cada persona es una obra maestra de Dios. Somos “piedras vivas”, llamadas a unirse unas a otras: «Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un único proyecto».

En una época que con frecuencia reduce la fe al ámbito privado, León XIV mostró en Barcelona que «es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador». La luz, la música, la arquitectura y la liturgia convergieron en una celebración donde la técnica, lejos de sustituir la trascendencia, contribuyó a hacer más accesible el misterio.

Quizá por eso la visita ha despertado una acogida tan amplia. Porque, en medio de una sociedad fragmentada y necesitada de referencias comunes, León XIV ha encarnado justamente aquello que expresa su título: el humilde y exigente oficio de tender puentes. Lo ha hecho con la belleza y la coherencia de sus discursos, así como con su modo humilde y respetuoso de presentarse. Puentes entre culturas y generaciones, entre identidad y universalidad, entre la tierra y el cielo. Puentes, en definitiva, hacia nuestra propia dignidad, hacia los demás —especialmente los más vulnerables— y hacia Dios.

Termino esta carta con una pregunta: ¿qué sucedería si tú y yo, y nuestra parroquia y nuestro grupo de fe, cada cual con sus matices particulares, asumiéramos con mayor seriedad la tarea de construir puentes?

domingo, 7 de junio de 2026

Elige amar, elige comunidad, para ser “cuerpo” de Cristo


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

La Iglesia nos invita a venerar el Santísimo Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, que es el misterio de un Dios que se hace pan partido, presencia que abraza, acompaña y sostiene, sobre todo a los que sufren. En este “Día de la Caridad”, Cáritas nos urge con el lema: “Elige amar. Elige comunidad”.

1. Elige amar. El amor no es un sentimiento pasajero, sino la decisión de entregarme al otro como consecuencia de haberme encontrado con Cristo, que se entregó por mí.

Como nos dijo el papa Francisco, y León XIV ha seguido recordando, «los pobres son, ante todo, personas, y en sus rostros se oculta el de Cristo mismo». Amar es ver en cada persona su dignidad y mirarla con ternura; amar es negarse a resignarnos ante las injusticias; amar es no acostumbrarse a que tantos hermanos vivan precariamente, solos y excluidos.

Los datos que Cáritas ha puesto de relieve en su memoria son un grito que interpela nuestra fe, ya que miles de personas, en Málaga y Melilla, están atrapadas por la imposibilidad de conseguir una vivienda o un trabajo mínimamente dignos. Ante esta situación no podemos ignorar que amar significa proteger la vida y defender la dignidad de los seres humanos, trabajando para que nuestro mundo sea más justo, porque el amor cristiano no se queda en palabras, sino que impulsa a escuchar y acompañar a los que sufren, a ponernos al lado de los débiles y dejarnos tocar por su sufrimiento.

2. Elige comunidad. El amor construye comunidad. La Iglesia está llamada a ser el “hogar” en el que todos encuentran un lugar. Cáritas nos recuerda que nuestras comunidades han de ser espacios de encuentro y apoyo mutuo, en los que la diversidad se convierte en riqueza y donde nadie permanece a la intemperie.

Frente a lo que el papa León ha llamado “el síndrome de Babel”, que busca “asegurarse estabilidad y poder”, propone a Nehemías, que convocó a las familias de aquella Jerusalén derruida confiando a cada una un tramo de la muralla destruida y logró así que la ciudad renaciera, «no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo». La comunidad cristiana debe ser signo del abrazo de Dios, y su fuerza nace de la caridad vivida, compartida y organizada.

Hoy, más que nunca, necesitamos comunidades que sean luz y esperanza por estar arraigadas en Dios y comprometidas con los pobres, comunidades que generen redes y sostengan a quienes no pueden sostenerse solos.

En el Corpus Christi, el Señor nos invita a amar, dándonos a quien nos necesita como Él y con Él, y a formar comunidad, como granos que hacen un mismo pan. Así seremos “cuerpo” de Cristo para el mundo.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

miércoles, 27 de mayo de 2026

El cuidado (urgente) de la creación


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Cuando las consecuencias de nuestros actos no son inmediatas, tendemos a actuar con menor responsabilidad. A simple vista, no parece ocurrir nada por comer en exceso, descuidar el mantenimiento de una casa o no limpiar los cauces de los barrancos… Nada sucede, hasta que la salud se resiente, la vivienda se deteriora y las aguas se desbordan. Con el cuidado de la creación ocurre algo similar, pero de forma aún más acentuada: los efectos de nuestros excesos y omisiones no se perciben a corto plazo o avanzan con tanta lentitud que no terminamos de reaccionar con la urgencia que deberíamos.

Por eso, al celebrarse el XI aniversario de la encíclica Laudato si’, me parece oportuno recordar la llamada inaplazable del papa Francisco a cuidar de nuestra “hermana y madre tierra”. En este documento escribía: «esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla» (n. 2).

Su sucesor, el papa León, también ha subrayado la necesidad de situar esta problemática en el centro de nuestra vida de fe. En su mensaje para la Jornada de Oración por la Creación de 2025 afirmaba que la justicia ambiental es, para los creyentes, «una exigencia teológica que, para los cristianos, tiene el rostro de Jesucristo, en quien todo ha sido creado y redimido. En un mundo en el que los más frágiles son los primeros en sufrir los efectos devastadores del cambio climático, la deforestación y la contaminación, el cuidado de la creación se convierte en una cuestión de fe y de humanidad» (Mensaje para la X Jornada de Oración).

En este contexto, la Plataforma Ecosocial Laudato si’ de Málaga realiza el jueves 28 de mayo un gesto simbólico en el Bosque Urbano de nuestra ciudad, en el espacio que dicha plataforma cuida. El gesto consistirá en apadrinar un árbol y asumir el compromiso de cuidarlo. Desde allí, los participantes podrán dirigirse a la parroquia de San Andrés y Virgen del Camino, donde la comunidad cristiana elevará su Acción de Gracias por la Creación y por el compromiso de tantas personas y comunidades que trabajan por la justicia social y climática en todo el planeta.

Que este aniversario y este gesto nos impulsen a «tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios en nuestros estilos de vida, producción y consumo» (Carta apostólica “Fratello Sole”); a «pasar de la arrogancia de quien quiere dominar a los demás y a la naturaleza, reducida a objeto manipulable, a la humildad de quien cuida de los demás y de la creación» (Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación de 2024); en definitiva, a expresar nuestra humanidad y nuestra fe en el cuidado de la Casa Común.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...