Cartas desde la fe
+ José Antonio Satué
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Afinar el oído
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escuchar mejor, para descubrir así los caminos que el Espíritu Santo abre hoy para nuestra Iglesia. Quisiera reflexionar en esta carta sobre cuatro dimensiones de la escucha.
De entrada, hemos de escucharnos a nosotros mismos, porque no siempre lo hacemos. Vivimos tan deprisa que muchas veces no llegamos a reconocer lo que hay dentro de nosotros; en otras ocasiones, damos por buenas las opiniones y prejuicios ajenos sin preguntarnos: ¿realmente pienso yo así? O bien nos dejamos llevar por el miedo, el enfado o el deseo inconsciente de tener razón. Escucharse a sí mismo requiere hacer silencio y examinar qué hay en nuestro corazón y en nuestra conciencia. Solo desde esta escucha interior podemos aportar verdad a los procesos sinodales.
También hemos de escucharnos unos a otros: en la familia, en la comunidad y en todos los ámbitos en los que transcurre nuestra vida. Con frecuencia ocurre que, mientras uno habla, los demás ya están pensando en cómo responderle. El proceso sinodal reclama la paciencia de escuchar al hermano, incluso cuando no piensa como nosotros. Escuchar no significa estar de acuerdo con lo que se oye, pero sí demuestra que nos tomamos en serio lo que el otro dice. Una comunidad que escucha es una comunidad capaz de caminar unida, aun en medio de las diferencias.
Además, tendríamos que escuchar la realidad que vivimos, para descubrir lo que Dios nos dice a través de los signos de los tiempos: las situaciones, los acontecimientos y los cambios significativos que ocurren en un momento determinado de la historia. Hoy podríamos hablar de la transformación de la política internacional, el avance de la inteligencia artificial, el auge del emotivismo, las nuevas búsquedas espirituales, las sociedades cerradas y excluyentes, la crisis climática, los compromisos líquidos, la polarización social y el difícil acceso a la vivienda, entre otros desafíos.
Y, sobre todo y en todo, hemos de escuchar a Dios, sin pretender que Él confirme nuestra posición. Escuchar a Dios nos exige estar abiertos a que su Palabra nos cuestione y nos transforme. Él nos sigue hablando en la Escritura y en el silencio de la oración, así como a través de las personas con las que nos encontramos —especialmente las que sufren, son pobres o están marginadas— y de los gemidos de la hermana-madre Tierra.
El camino sinodal pide que aprendamos a escuchar antes de tomar la palabra, a comprender antes de juzgar y a reflexionar juntos antes de decidir. Que el Espíritu nos ayude a escucharnos a nosotros mismos, a escucharnos mutuamente y, en medio de todo ello, a reconocer su voz, unidos a María, la mujer de la escucha y de la acogida.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
lunes, 7 de septiembre de 2026
Soñar con Santa María de la Victoria
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Una hermosa tradición nos recuerda que hace más de quinientos años, cuando las tropas cristianas que asediaban Málaga estaban a punto de retirarse, el rey Fernando el Católico, que las capitaneaba, tuvo un sueño en el que la Virgen le daba ánimos. Poco después, la ciudad se rindió y aquella imagen de María quedó para siempre vinculada a la historia de Málaga. Santa María de la Victoria, con su auxilio materno, nos invita, también hoy, a seguir soñando y venciendo en nuestras batallas cotidianas. Pienso especialmente en tres:
Primera: la batalla contra la autosuficiencia. Vivimos en una cultura que nos susurra, con la fuerza de las redes sociales, que podemos caminar solos, que no necesitamos de nadie y que hemos de ser capaces de resolverlo todo por nosotros mismos. Pero, si entramos en nuestro interior, descubrimos que no somos autosuficientes y que crecemos en la medida en que nos apoyamos en los demás y en Dios.
La autosuficiencia nos encierra, nos hace desconfiar y, en ocasiones, nos impide reconocer nuestra propia fragilidad. María, en la bella escena de la Visitación (cf. Lc 1,39-56), nos muestra otro camino: tras acoger el anuncio del ángel, no se encierra en sí misma, sino que se pone en camino para ayudar a su prima Isabel, en quien encontrará, al mismo tiempo, comprensión y apoyo.
Segunda: la batalla contra la superficialidad. Podemos acostumbrarnos a juzgar deprisa, a repetir lo que otros dicen sin comprobarlo, a dejarnos engañar por el señuelo de la apariencia. La superficialidad nos aleja de la verdad, puede enfrentarnos unos con otros y nos hace vulnerables ante quienes pretenden manipularnos. Necesitamos aprender de nuevo a escuchar, a pensar, a discernir, a abrir el corazón a la verdad, como María, que «guardaba y meditaba las cosas en su corazón» (Lc 2,29).
Y tercera batalla, necesaria en nuestra Iglesia, contra el individualismo. Tenemos una riqueza enorme: parroquias, colegios católicos, hermandades, asociaciones, movimientos, vida consagrada y tantos hombres y mujeres que entregan generosamente su tiempo y sus capacidades; pero, necesitamos vencer la tentación de ir cada uno por su lado, superando recelos, protagonismos y prejuicios. Lo que hace una parroquia puede enriquecer a otra; lo que aporta un colegio puede ayudar a una comunidad; las hermandades y asociaciones pueden hacer más eficaz su labor evangelizadora, promoviendo nuevos caminos de colaboración.
María, en el pasaje de las bodas de Caná, nos hace una recomendación mirando a su Hijo: «Haced lo que Él os diga». El mandato de Jesús, recogido en una oración al Padre como un testamento, se concentra en una súplica: «Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno». (Jn 17,21). Alegremos a María, nuestra Madre, sentándonos como hermanos en la mesa de la Eucaristía y anunciando en comunión el Evangelio.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
martes, 18 de agosto de 2026
Los gemidos de la tierra quemada
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla,
Este verano, el fuego está devorando miles de hectáreas en numerosos puntos de la geografía española. Detrás de cada incendio hay paisajes destruidos, animales muertos, personas y familias que, tienen que abandonar sus casas con miedo; también hay muchos hombres y mujeres que trabajan —y a veces mueren— para apagar el fuego y proteger a los demás. A todos ellos quiero expresar mi cercanía, mi gratitud y mi oración.
Al contemplar las imágenes de tantas hectáreas calcinadas, al experimentar el intenso olor a quemado y recibir del cielo la “lluvia gris” de la ceniza, acudían con frecuencia a mi corazón las palabras de san Pablo a los Romanos: «la creación está gimiendo y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Estamos llamados a escuchar los gritos de la naturaleza, de la que también nosotros, los seres humanos, formamos parte.
El dolor de nuestros hermanos y hermanas que han sufrido más directamente la plaga de los incendios, junto con los gemidos de la tierra quemada, nos invitan a adoptar un nuevo modelo de relación con la naturaleza. Durante siglos, «hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla» (LS 2). Ya es tiempo de asumir la misión de «labrar y cuidar» el jardín del mundo (cf. Gn 2,15): «Mientras “labrar” significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar” —enseñó el papa Francisco— significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar» (LS 67).
No es de extrañar que nos resulte difícil –a las personas, a las instituciones y a la sociedad en su conjunto– abandonar un modelo tan arraigado, basado en el supuesto derecho a expoliar la creación, para adoptar otro radicalmente distinto: el de sentir la urgencia de cuidarla.
No podemos afrontar esta dolorosa realidad desde una discusión ideológica que nos enfrenta mucho y resuelve casi nada. Tampoco deberíamos acostumbrarnos al deterioro progresivo del planeta ni asumir como algo inevitable que cada verano grandes extensiones queden arrasadas por las llamas. Es necesario preguntarnos qué podemos hacer cada uno para cuidar mejor la tierra. No todo depende de nosotros, pero una buena parte está en nuestras manos.
Cuidar la creación implica consumir de manera responsable, proteger el agua de la contaminación, preparar los bosques para prevenir y combatir los incendios, favorecer las condiciones de vida de quienes viven en los pueblos más pequeños y enseñar a las nuevas generaciones la importancia y la urgencia de cuidar la naturaleza. Cuidar la creación supone custodiar también nuestra propia vida y la vida de los demás, especialmente la de quienes más sufren.
El papa León XIV nos ha recordado que «la justicia ambiental […] representa una necesidad urgente que va más allá de la simple protección del medio ambiente. En realidad, se trata de una cuestión de justicia social, económica y antropológica. Para los creyentes, además, es una exigencia teológica que, para los cristianos, tiene el rostro de Jesucristo, en quien todo ha sido creado y redimido. En un mundo en el que los más frágiles son los primeros en sufrir los efectos devastadores del cambio climático, la deforestación y la contaminación, el cuidado de la creación se convierte en una cuestión de fe y de humanidad» (Mensaje para la X Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación).
Que Dios nos ayude a escuchar los gemidos de la tierra quemada y de quienes más han sufrido la catástrofe de los incendios. Y que este sufrimiento no sea inútil, sino que se convierta realmente en dolores de parto de un nuevo modo —más humano, más solidario y más cristiano— de relacionarnos con la hermana madre Tierra.
Un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 26 de julio de 2026
Distintas personas, diversos lugares, una única misión
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
La mies es abundante y los obreros pocos (Mt 9,37). Esta queja del Buen Pastor, cargada de amor por el rebaño, se hace más patente cuando se llevan a cabo los cambios de destino pastoral de algunos sacerdotes.
Estos traslados de una comunidad a otra suelen producir un cierto desgarro en el pastor y en la parroquia, pues cada sacerdote es parte de la historia vital de la comunidad que ha servido: ha bautizado, ha presidido la Eucaristía, ha asistido a enfermos, ha compartido el dolor de la muerte de seres queridos, ha sido testigo de enlaces matrimoniales, ha acompañado el crecimiento en la fe de niños y jóvenes, ha alentado la atención a los más pobres…
Estos cambios son necesarios para atender, lo mejor posible, las necesidades de parroquias y servicios diocesanos: algunos párrocos se jubilan después de muchos años de servicio a sus feligreses; a otros les toca sumar nuevas responsabilidades, ya que no hay suficiente relevo, aunque tengamos la valiosa ayuda de hermanos sacerdotes que vienen de otros países. Además, los traslados pueden alentar en el cura un renovado impulso misionero, al comenzar en una realidad nueva con la experiencia vivida, corrigiendo errores y alentando aciertos.
Un solo rebaño y un solo Pastor (Jn 10,16). Este deseo de Jesús es una llamada a la comunión y a la corresponsabilidad. Estamos invitados a “alzar la mirada” más allá de nuestro grupo de fe, del límite de nuestra parroquia y de las sintonías personales, para contemplar la totalidad del rebaño. Todos estamos implicados en una “única misión”. El próximo Plan Pastoral nos dará pistas y alentará nuestro espíritu eclesial y misionero.
El traslado de un sacerdote invita, a él mismo y a la comunidad que ha acompañado, a una acción de gracias por la experiencia vivida. A su vez, el sacerdote destinado a una nueva comunidad debe situarse ante ella con un espíritu de escucha, de valoración de todo lo realizado y de búsqueda de las respuestas adecuadas a los desafíos pastorales pendientes
Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9,38). Estos momentos de cambios de destino, en los que se hacen patentes nuestras carencias, reclaman un mayor compromiso de todos los creyentes y avivan en nosotros la urgencia de una pastoral vocacional que aliente en los jóvenes la respuesta a la llamada al sacerdocio.
Quisiera agradecer a los sacerdotes y diáconos que cambian su disponibilidad, que refleja el deseo de nuestro querido San Manuel González de servir a la diócesis “de balde y con todo lo nuestro”. Y reconozco el compromiso de tantos laicos y laicas comprometidos con sus parroquias, que aseguran la permanencia de la comunidad más allá de los pastores que la sirven.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
jueves, 16 de julio de 2026
Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión
| Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño |
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año nuestra diócesis dirige su mirada y su corazón hacia la Misión Diocesana en Venezuela, una obra que forma parte de nuestra identidad eclesial y que expresa el deseo de anunciar el Evangelio más allá de nuestras fronteras. Celebramos con gratitud el Día de las Misioneras y Misioneros Malagueños, dando gracias a Dios por tantos hombres y mujeres de nuestra tierra que han entregado y siguen entregando su vida al servicio del Evangelio en tantos lugares del mundo.
El lema que nos acompaña en esta jornada, «Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión», recoge con acierto el camino que la Iglesia universal y malagueña está llamada a recorrer. La misión no es una tarea reservada a unos pocos; nace del bautismo y compromete a todo el Pueblo de Dios. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que camina unida, que escucha, que discierne y que sale al encuentro de quienes esperan una palabra de esperanza y una mano tendida. Solo caminando juntos podremos responder con fidelidad al mandato del Señor: «Id y haced discípulos a todos los pueblos».
Este año queremos elevar una acción de gracias por la presencia ininterrumpida de sacerdotes de nuestra diócesis en la misión de Venezuela desde 1954. Son más de siete décadas de entrega silenciosa, de servicio generoso y de fidelidad al Evangelio. Muchos sacerdotes han dejado allí lo mejor de su ministerio, sembrando la fe con paciencia, compartiendo las alegrías y sufrimientos del pueblo y contribuyendo al crecimiento de una Iglesia que ha sabido renacer con esperanza después de tantos años de persecución y sufrimiento.
Nuestro recuerdo agradecido se dirige a todos ellos, conocidos y anónimos, que hicieron de aquella tierra su hogar y de sus habitantes su familia. Y, de manera especial, queremos manifestar nuestra cercanía y nuestro afecto al sacerdote Juan Manuel Barreiro, que actualmente continúa esta hermosa misión en nombre de toda la diócesis. En él reconocemos la continuidad de una historia de entrega que sigue escribiéndose cada día gracias a la gracia de Dios y al compromiso misionero de nuestra Iglesia.
Quiero agradecer también a la Iglesia local de Caicara, que durante tantos años nos acogió como hermanos y con la que seguimos compartiendo la misma fe y la misma misión. Damos gracias igualmente a los institutos de vida consagrada, asociaciones, movimientos eclesiales, parroquias y tantos laicos que sostienen la misión con su oración constante, su cercanía y su generosa ayuda material. Gracias a vuestra colaboración, la presencia de nuestra diócesis en Venezuela continúa siendo un signo vivo de comunión y de esperanza.
La misión nunca es obra de una sola persona. Es fruto de una Iglesia que reza, comparte y se compromete. Cada oración ofrecida, cada donativo, cada sacrificio escondido y cada gesto de solidaridad forman parte de esta hermosa cadena de amor que une a nuestra diócesis con el pueblo venezolano y con tantos rincones del mundo donde nuestros misioneros anuncian el Evangelio.
Os animo, por tanto, a seguir construyendo entre nosotros una Iglesia sinodal y misionera, donde cada bautizado descubra que tiene un lugar y una responsabilidad en la misión evangelizadora. Que nuestras parroquias sean comunidades abiertas, acogedoras y comprometidas; que nuestras familias sean escuelas de fe y de solidaridad; que nuestros jóvenes escuchen con valentía la llamada del Señor, también cuando los invite a entregar su vida en la misión.
Que la Virgen María, Madre de la Victoria y Reina de las Misiones, acompañe a nuestros misioneros, fortalezca a la Iglesia en Caicara y haga de nuestra diócesis una comunidad más misionera.
Os envío un abrazo y mi bendición.
miércoles, 1 de julio de 2026
Tejer redes de amor
| Alumnos y monitores del Centro de Formación Sagrada Familia de Cáritas Málaga |
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Con especial afecto me dirijo a quienes dedicáis vuestro tiempo, cariño y capacidades al servicio de los más vulnerables desde Cáritas y desde tantas realidades eclesiales comprometidas con la acción social. Gracias por hacer visible, con vuestra entrega cotidiana, la ternura de Dios hacia quienes más necesitan ser escuchados, acogidos y acompañados.
Vivimos un tiempo en el que se hace imprescindible fortalecer los vínculos y promover un sentido de pertenencia integrador y dinámico. Por eso quiero proponeros una tarea profundamente evangélica, que el papa León nos ha recordado repetidamente durante su viaje a España: tejer redes. Porque las redes unen, sostienen y hacen posible que nadie quede aislado.
En primer lugar, hemos de tejer redes con Jesucristo, origen y meta de toda nuestra entrega (cf. Jn 15, 4). León XIV nos ha recordado que «la caridad evangélica, fundada en Jesucristo y alimentada por su amor, da forma e identidad a la vida personal y comunitaria de todo cristiano». En efecto, «la caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente» y nos mueve a ser «una Iglesia que anuncia a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».
Como Jesús y con Jesús, hemos de tejer redes con las personas necesitadas (cf. Ga 6, 2). Nuestra cercanía no puede limitarse a resolver necesidades materiales. El Santo Padre nos invita a conocer sus «historias de dolor, de esperanza y de búsqueda», a «aprender el lenguaje de la cercanía» y a acompañar procesos que devuelvan dignidad y esperanza. Incluso nos anima a dejarnos «evangelizar por ellos», porque Dios sigue hablándonos y bendiciéndonos a través de quienes la sociedad deja en los márgenes.
Estamos llamados a tejer redes en nuestras parroquias (cf. Jn 17, 21). El grupo de Cáritas no puede ser un grupo aislado, pues la acción social, como «la acogida del migrante, no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios». La misión de Cáritas, por tanto, es también despertar la conciencia de toda la comunidad, para que cada bautizado descubra que la caridad no es una actividad añadida, sino una dimensión esencial de la fe.
Finalmente, es necesario tejer redes con quienes no comparten nuestra fe (Mt 5, 14-16). El servicio desinteresado crea espacios de encuentro donde desaparecen prejuicios y se construye el bien común. La caridad posee un lenguaje universal que todos pueden comprender y constituye «un testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad».
Que María, Madre de la Esperanza, nos enseñe a vivir una caridad humilde, valiente y perseverante. Y que el Señor nos conceda la gracia de seguir tejiendo redes de fraternidad que abran caminos de futuro a quienes más lo necesitan.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 21 de junio de 2026
Un Plan Pastoral… de primera
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
El sábado 20 de junio vivimos una jornada especialmente significativa para nuestra Iglesia particular. El colegio de los Maristas de Málaga acogió la Asamblea Diocesana, donde compartimos el trabajo realizado en los últimos meses en torno al Documento Final del Sínodo, un proceso en el que han participado más de 4.000 personas. Este esfuerzo común no termina aquí: será la base sobre la que construiremos, entre todos, el próximo Plan Pastoral Diocesano.
Ese mismo día, por la noche, muchos vibramos con el emocionante partido entre la UD Almería y el Málaga CF, cuyo final de infarto culminó con el ascenso de nuestro equipo a Primera División. Una alegría para los malagueños y malagueñas, sin duda. Pero también una imagen sugerente que nos invita a superarnos: nuestros pueblos, ciudades y familias pueden “ascender” en humanidad, cohesión y solidaridad.
Nuestras parroquias y comunidades también aspiran a “subir de categoría”. No para ser más que nadie, sino para poner en juego –juntos– todos los talentos que Dios nos ha dado. El Plan Pastoral que elaboraremos en los próximos dos años quiere ayudarnos precisamente a eso: a que nuestras comunidades cristianas de Málaga y Melilla crezcan en espiritualidad, comunión y misión. Tres dimensiones que, como en un buen equipo, se refuerzan mutuamente.
Espiritualidad. La Iglesia tiene su origen, su fundamento y su fin en Dios. No es solo una institución humana: Dios actúa en ella y a través de ella para ofrecer su salvación a toda la humanidad. Esa salvación, que esperamos con confianza mientras caminamos por la vida (cf. Rm 8,24), se concreta en la llamada universal a la santidad (cf. 1 Pe 1,15-16). Y la santidad no es otra cosa que vivir unidos a Cristo, dejándonos transformar por Él. Si queremos “ascender”, este es siempre el punto de partida.
Comunión. Ningún equipo funciona sin unidad. En la Iglesia, esa unidad se expresa en el estilo sinodal, que impulsa la participación de todos los bautizados y bautizadas. Cada uno, desde su vocación y carisma, comparte la responsabilidad de la misión común. La comunión es un don, pero también una tarea. Y una de sus actitudes fundamentales es el diálogo: escucharnos, escuchar a otras personas, discernir juntos, caminar al mismo paso.
Espiritualidad. La Iglesia tiene su origen, su fundamento y su fin en Dios. No es solo una institución humana: Dios actúa en ella y a través de ella para ofrecer su salvación a toda la humanidad. Esa salvación, que esperamos con confianza mientras caminamos por la vida (cf. Rm 8,24), se concreta en la llamada universal a la santidad (cf. 1 Pe 1,15-16). Y la santidad no es otra cosa que vivir unidos a Cristo, dejándonos transformar por Él. Si queremos “ascender”, este es siempre el punto de partida.
Comunión. Ningún equipo funciona sin unidad. En la Iglesia, esa unidad se expresa en el estilo sinodal, que impulsa la participación de todos los bautizados y bautizadas. Cada uno, desde su vocación y carisma, comparte la responsabilidad de la misión común. La comunión es un don, pero también una tarea. Y una de sus actitudes fundamentales es el diálogo: escucharnos, escuchar a otras personas, discernir juntos, caminar al mismo paso.
Misión. La Iglesia es “comunión misionera” (CL 32). Su razón de ser es anunciar la Buena Noticia de Jesucristo (cf. EN 14). Hoy, más que nunca, estamos llamados a vivir una nueva etapa evangelizadora (cf. EG 1), siendo una Iglesia en salida, que no se encierra en sí misma, sino que va al encuentro de todos (cf. EG 20-24). Jesús nos envía para que el Evangelio llegue a cada persona, a cada realidad, a cada periferia (cf. EG 31). En este punto, es importante hablar de los jóvenes. Al igual que el joven equipo del Málaga, la Diócesis quiere contar con su cantera y hacerla protagonista de la evangelización.
Que este proceso pastoral, con la fuerza del Espíritu, nos ayude a “ascender a primera” en espiritualidad, comunión y misión.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
Que este proceso pastoral, con la fuerza del Espíritu, nos ayude a “ascender a primera” en espiritualidad, comunión y misión.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
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