Cartas desde la fe
+ José Antonio Satué
jueves, 30 de abril de 2026
Primero de mayo
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
En los últimos años, se ha producido en nuestra tierra un notable dinamismo económico, impulsado principalmente por el turismo, los servicios, la construcción, la logística y el sector tecnológico. Este impulso ha permitido que la provincia de Málaga cerrara 2025 con cerca de 739.000 afiliados, alcanzando cifras históricas de ocupación. Asimismo, el desempleo se ha reducido hasta situarse en torno a las 110.000 personas, una mejora significativa respecto a años anteriores. Sin embargo, estos datos conviven con problemas estructurales del mercado laboral que afectan especialmente a jóvenes, mujeres, migrantes y personas con baja cualificación, consolidando situaciones de desigualdad y vulnerabilidad.
Alentar el compromiso
En este contexto, deseo recordar algunas consideraciones que pueden alentar el compromiso de todos los hombres y mujeres de buena voluntad en este ámbito, tan decisivo para el desarrollo integral de las personas y las familias, tanto en sus necesidades materiales como espirituales:
1. En un tiempo en el que algunos sufren condiciones de trabajo inhumanas, otros aspiran a vivir sin trabajar y no faltan quienes dedican su vida exclusivamente al trabajo, conviene subrayar su valor, como derecho fundamental ligado al bien común y a la justicia social, y como obligación para quienes están en condiciones de realizarlo, pues así crecemos personalmente y mejoramos la sociedad. El trabajo no es una mercancía, sino que debe estar al servicio de la persona; tampoco puede convertirse en un ídolo que haga descuidar nuestras necesidades espirituales y relacionales.
2. Ante la creciente realidad de trabajadores y trabajadoras cuyos salarios resultan insuficientes para afrontar el coste de la vida, dificultando llegar a fin de mes y, más aún, acceder a una vivienda; es necesario recordar la importancia de favorecer políticas sociales que posibiliten y garanticen un salario justo que cubra al menos las necesidades vitales del empleado y su familia, tal como señala la Doctrina Social de la Iglesia desde el S. XIX (cf. Rerum Novarum 32).
3. No debemos bajar la guardia en la protección de la seguridad, velando por condiciones que favorezcan el bienestar físico y psicológico de las personas trabajadoras, pues «la falta de salud laboral tiene que ver mucho con la calidad del puesto de trabajo» (Nota de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social, 28 de abril de 2023).
4. Finalmente, deseo llamar la atención sobre la situación de muchos inmigrantes, para evitar toda forma de explotación. «Para la Iglesia, el emigrante, independientemente de la situación legal, económica o laboral en la que se halle, es una persona con la misma dignidad y derechos fundamentales que los demás» (Conferencia Episcopal Española, La Iglesia en España y los Inmigrantes, n. 5).
Concluyo esta carta agradeciendo el esfuerzo de quienes son responsables y solidarios en su puesto de trabajo; de los empresarios que se empeñan en mantener y crear empleos dignos; y de los gobernantes y sindicalistas que promueven un trabajo de calidad también a los más débiles.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
sábado, 25 de abril de 2026
Dr. Gálvez Ginachero, siempre actual
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Al acercarnos al 29 de abril, fecha en la que se cumple el 74 aniversario del fallecimiento del Dr. José Gálvez Ginachero, nuestro corazón se llena de gratitud por la huella que dejó en nuestra tierra. Este médico malagueño, nacido el 29 de septiembre de 1866 y actualmente en proceso de beatificación, continúa iluminando nuestro presente y ofreciéndonos un testimonio vivo de fe, esperanza y caridad.
Fe. Se sabe que el Dr. Gálvez, antes de entrar en quirófano, dedicaba siempre un breve momento a la oración. No lo hacía para ser visto, sino como un acto íntimo de confianza en Dios. En su fe reconocemos una luz que sostiene, unifica y orienta hacia lo esencial. Su vida estuvo marcada por una profunda rectitud interior y por una coherencia que se transparentaba en cada decisión. La fe no lo apartó del mundo; al contrario, lo llevó a implicarse más en él, desde un modo de servir que, aun teniendo notoriedad pública, nunca buscó el protagonismo. Su ejemplo nos recuerda que la fe auténtica no se exhibe, sino que se encarna en gestos concretos de entrega.
Esperanza. Durante los brotes de enfermedades infecciosas que afectaron a Málaga, el Dr. Gálvez se convirtió en un verdadero referente de esperanza. Mientras otros se dejaban llevar por el miedo, él organizaba recursos, atendía a los enfermos y animaba a sus colaboradores. Supo mirar de frente la realidad, con sus heridas y desafíos, y se comprometió activamente en transformarla. Afrontó tiempos difíciles con la seguridad de que Dios no nos deja de su mano y actúa siempre en nuestro favor. Su ejemplo nos invita a no dejarnos vencer por el desánimo, a cultivar una mirada capaz de descubrir posibilidades donde otros solo ven límites y a trabajar con perseverancia por un futuro más humano y fraterno.
Caridad. Nunca cobró a quien no podía pagar y, además, en muchas ocasiones costeó personalmente medicinas, alimentos o ropa para los más necesitados. Lo hacía con discreción, evitando que nadie se sintiera humillado. Tras largas jornadas de trabajo, salía por la noche a visitar enfermos en casas humildes. La caridad, virtud que impregnó toda su existencia, lo impulsó al trabajo bien hecho y al servicio perseverante y discreto. Es la caridad de los “santos de la puerta de al lado”, de los que hablaba el papa Francisco: personas que, sin estridencias, hacen de lo ordinario un lugar de fidelidad y entrega. En el Dr. Gálvez vemos cómo la santidad se encarna en lo cotidiano y se transparenta en gestos, pequeños y grandes, que nutren la esperanza y alivian el sufrimiento de los demás.
Pidamos al Señor que esta memoria del Dr. Gálvez siga dando fruto en nuestra Iglesia diocesana, especialmente entre los cristianos y cristianas laicos.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
lunes, 20 de abril de 2026
Las "manías" de Francisco
Al cumplirse el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, quisiera recordar con inmensa gratitud algunas de sus “manías”.
Un rasgo significativo de su pontificado ha sido su empeño para que todos los hombres y mujeres, “cada uno con su vida a cuestas”, pudieran encontrarse en la Iglesia como en su casa y no como ante una aduana, en la que debían exhibir sus méritos para traspasar la puerta. ¡Cuántas veces repitió “todos, todos, todos”! y confirmó este deseo con decisiones y gestos, como la convocatoria del Sínodo sobre la sinodalidad, el nombramiento de mujeres para cargos de responsabilidad en la Iglesia y la posibilidad de bendecir a parejas en situaciones irregulares. Esta “manía” del papa Francisco despertó un rechazo semejante al que sufrió Jesús hace 2000 años por parte de quienes, considerándose justos, despreciaban a los demás (cf. Lc 18,9).
Otra “manía” de Francisco han sido los pobres, especialmente los que se ven obligados a salir de su tierra para huir del hambre o de la guerra. Su solidaridad con estas personas ha sido una constante desde su primer viaje a Lampedusa hasta su última carta a los obispos de los Estados Unidos, condenando cualquier medida que identifique la condición ilegal de algunos migrantes con la criminalidad. Esta “manía” ha estado presente en sus palabras y actitudes, a pesar de la incomodidad manifestada por algunos. No hacía otra cosa que seguir la estela del Maestro de Nazaret, cuando puso como ejemplo a personas consideradas extranjeras: alabó la fe de una mujer cananea (cf. Mt 15) y la solidaridad del samaritano que se compadeció de un moribundo tirado al borde del camino (cf. Lc 10); y advirtió que serían bienaventurados quienes lo hospedaron siendo forastero (cf. Mt 25).
También señalo su “manía” por la normalidad. Renunció a los zapatos rojos, tradicionalmente usados por sus predecesores. Siempre que pudo “pasó como uno de tantos” (Fil 2) y la gente lo percibía. Recuerdo a una mujer romana que me dijo: «Me gusta este Papa porque dice “buenos días” cuando saluda y “buen provecho” al terminar de rezar el “Ángelus”. Es una persona como nosotros». En efecto, utilizaba un lenguaje coloquial, comprensible por todos, se manifestaba con naturalidad y espontaneidad, corriendo el riesgo de ser poco preciso o cometer algún error, por los cuales no dudaba en pedir perdón.
Por último, me ha impresionado su “manía” por el buen humor y la esperanza
¡Benditas las “manías” de Francisco, que nos han acercado y nos siguen acercando al Evangelio de Jesucristo y a los hombres y mujeres de hoy!
domingo, 19 de abril de 2026
La Pascua, comienzo de una nueva andadura
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
La Pascua es la culminación del camino iniciado el Miércoles de Ceniza. Tras la experiencia penitencial de la Cuaresma y la intensidad espiritual del Triduo Pascual, corremos el riesgo de refugiarnos en la rutina como si el Domingo de Resurrección fuese el término del camino y no el comienzo de una nueva andadura. Pero la Iglesia nos ofrece una cincuentena de días para seguir saboreando que “Hoy es el día en que actuó el Señor”, mientras esperamos la irrupción del Espíritu prometido por Jesús. Para acogerlo con el corazón dispuesto os propongo tres tareas:
1ª. Contemplar las apariciones del Resucitado “como si presente me hallase”. Los Evangelios narran que el Resucitado se hizo el encontradizo con sus discípulos en varias circunstancias: en el huerto, con María Magdalena; en el camino de Emaús, con dos discípulos; en la casa donde estaban refugiados por miedo a los judíos, con Tomás el Mellizo; junto al lago, con Pedro y otros discípulos… Os invito a orar con estos relatos según propone san Ignacio en los Ejercicios, contemplándolos “como si presente me hallase”, y preguntándonos: ¿Qué me dice Jesús cuando pronuncia mi nombre como pronunció el de la Magdalena? ¿Qué heridas quiero tocar como Tomás? ¿Qué fracasos quiere aliviar en mí como en Pedro y sus compañeros después de bregar toda la noche en vano? Contemplar así la Palabra nos lleva a experimentar que Cristo no es un recuerdo, sino una presencia viva.
2ª. Releer nuestros momentos de “muerte” a la luz del Resucitado. Todos llevamos en el corazón heridas, fracasos, pérdidas, oscuridades que a veces preferimos no ver. La Pascua nos invita a mirar nuestras heridas con esperanza. Presentemos al Señor esos momentos que nos han marcado y pidámosle luz para descubrir que Él estaba allí, aunque no lo veíamos. La Pascua no elimina nuestro dolor, pero nos asegura que ninguna noche es definitiva, pues donde parecía que todo había terminado, el Padre sembraba las semillas de una nueva vida. Cuando el Resucitado ilumina nuestra historia se produce una profunda sanación.
3ª. Compartir la esperanza y la paz del Resucitado en la vida cotidiana. La Pascua no se vive sólo en nuestro interior, sino que se desborda hacia el exterior. El Resucitado no nos deja instalarnos, nos pone en camino hacia las personas, especialmente cuando necesitan gestos de esperanza, aunque sean sencillos: una palabra de ánimo, una escucha paciente, una reconciliación buscada con ahínco, una ayuda ofrecida generosamente… Cada vez que sembramos algo de paz, hacemos presente al Resucitado, que nos dice: “No tengáis miedo; id y anunciad”.
Hermanos y hermanas, vivamos con corazón agradecido. Que el Resucitado nos encuentre, nos ilumine, nos envíe, y María, Madre de la Pascua, nos acompañe.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 12 de abril de 2026
Pascua y sinodalidad
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Pensando en el tiempo pascual en el que estamos sumergidos y en la jornada de formación sinodal de este sábado 11 de abril, he caído en la cuenta de la profunda relación entre Pascua y Sinodalidad.
Si consideramos lo que les ocurrió a los discípulos de Emaús, nos daremos cuenta de que la cruz los dispersó por los caminos de la tristeza y la desesperanza, pero el Resucitado salió a su encuentro para devolverles la alegría y reunirlos de nuevo en la comunidad.
Del mismo modo, hoy el Señor nos busca y encuentra, incluso cuando nos dejamos llevar por el individualismo, la inercia o el “siempre se ha hecho así”, para resucitarnos a un estilo de vida más comunitario, en el que nos atrevamos a discernir lo que el Espíritu pide ahora a nuestra Iglesia. Os animo a acoger el don del Espíritu en cada parroquia, delegación, hermandad y grupo que constituye el tejido eclesial de nuestra Diócesis, como una oportunidad para renovar nuestra vida cristiana.
Comprendo que el proceso sinodal despierte dudas y recelos en algunas personas, como suele ocurrir ante toda novedad. Tampoco ayuda el que algunos defensores de la sinodalidad la presenten como una mera democratización de la Iglesia o como una ruptura con la Tradición eclesial. A quienes experimentan estas prevenciones les invito a integrarse en una verdadera dinámica sinodal, que tanto bien puede hacer a nuestras comunidades.
La sinodalidad pertenece a la esencia de la Iglesia y tuvo su primera expresión en el denominado “Concilio de Jerusalén” (cf. Hch 15; Ga 2, 1-10), cuando aquella incipiente comunidad cristiana se reunió para examinar una cuestión disputada, escuchando a los testigos, interpretando los hechos a la luz de la Palabra de Dios y buscando criterios de actuación. Toda la comunidad participó en aquel proceso, aunque no todos con la misma responsabilidad. No quedó anulada la autoridad de los Apóstoles ni el “sensus fidei” de los bautizados.
Los procesos sinodales no pretenden cambiar el Evangelio ni la Tradición de la Iglesia, sino ayudarnos a comprender mejor la Palabra de Dios, mediante la escucha mutua y del Espíritu, en clima de oración, con el fin de anunciarla a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con lenguajes y modos adecuados, para que pueda ser reconocida y acogida como “buena noticia”.
Por eso, animo a que todas las parroquias y grupos eclesiales de la diócesis de Málaga, desde ahora y hasta la Asamblea Diocesana del próximo 20 de junio, estudien el Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad con los recursos pastorales disponibles en www.diocesismalaga.es/sinodalidad. Esta Asamblea estará abierta a todos los diocesanos y diocesanas. ¡Apuntad la fecha, os esperamos! Sigamos avanzando juntos. El Señor está vivo y camina con nosotros. Dejémonos resucitar a una vida más esperanzada, más sinodal y más misionera.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 29 de marzo de 2026
Semana Santa: Amor, Cruz y Vida
Durante la Semana Santa, la Iglesia nos invita a compartir los sentimientos del corazón de Cristo en aquellos intensos días de su Pascua o “paso” de este mundo al Padre. En ellos se revela el misterio del Hijo de Dios en un dinamismo que podríamos describir con las palabras “amor”, “cruz” y “vida”.
“Amor”. El Jueves Santo nos hace revivir el amor en su forma más pura y desbordante. Jesús, el Maestro y Señor, se ciñe una toalla y se arrodilla delante de cada discípulo para lavarle los pies. Con este gesto, nos da a entender que el amor no es un sentimiento pasajero, sino un estilo de vida que se concreta en hechos de humilde servicialidad. En la Última Cena se entregó a sus discípulos como alimento, y en cada Eucaristía sigue entregándonos su Cuerpo y su Sangre, como el alimento y la bebida que sostienen y fortalecen nuestro espíritu para ser capaces de amar como Él y con Él.
“Cruz”. En el Viernes Santo contemplamos a Cristo abrazando el sufrimiento y la muerte por amor al Padre y a la humanidad. La Cruz no es el símbolo de una vida derrotada, sino de una fidelidad llevada hasta el extremo. En la Cruz, Jesús carga con el dolor de los seres humanos, nos abre un camino hacia la esperanza e instaura el reinado de Dios: el sueño del Padre de una fraternidad efectiva entre todos sus hijos e hijas. Abrazar la cruz como Jesús y con Jesús implica asumir nuestras heridas y limitaciones. Significa también aceptar el sufrimiento que comporta el compromiso de vivir con los que sufren, de defender la verdad y de construir un mundo más justo y en paz.
“Vida”. La Pascua es un canto a la Vida. Cristo resucitado nos muestra que el “amor” entregado hasta el extremo y la “cruz” que se abraza como él la abrazó no terminan en la oscuridad, sino en la luz. La Resurrección de Jesús no es sólo un hecho que tuvo lugar en un momento preciso de la historia humana, sino que también es fuerza transformadora del presente. La Pascua invita a vivir como hombres y mujeres nuevos, testigos de la esperanza que no defrauda, portadores de la alegría que produce el encuentro con el Resucitado, constructores de fraternidad y paz en un mundo atemorizado por las guerras.
Amar y morir con Cristo para resucitar con Él es el dinamismo de la Semana Santa y de la vida cristiana. Dejemos que el ritmo de la liturgia, de las procesiones y de la oración personal, vivido con devoción, abrase nuestro corazón, sane nuestras heridas y renueve nuestra vida con el “amor”, la “cruz” y la “vida” de Cristo.
Un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 22 de marzo de 2026
Merece la pena ser cura hoy
Queridos seminaristas, jóvenes que os estáis planteando entrar en el Seminario, sacerdotes y familias:
Sí, también en este momento concreto de la historia, merece la pena ser sacerdote. Tal vez no sea tan sencillo como en otros tiempos, pero sin duda es apasionante. Así lo he experimentado a lo largo de más de treinta años de ministerio.
Los sacerdotes somos testigos privilegiados del paso de Dios por la vida de las personas, cuando nos acercamos a ellas con delicadeza y disponibilidad para acompañarlas y escucharlas. Entonces, descubrimos en sus corazones el poder salvador de los sacramentos que presidimos; y reconocemos, con asombro, cómo Dios se sirve de nuestras pobres palabras y de nuestra frágil humanidad para iluminar y fortalecer a muchos hijos suyos. Por eso, nuestra mayor alegría no es tanto que nos quieran cuanto que nuestros feligreses se encuentren con Dios y se dejen transformar por Él.
Además, nuestro trabajo es valorado por una multitud de personas que trabajan generosamente en nuestras parroquias, en todo tipo de celebraciones, actividades formativas, caritativas y solidarias. Son mujeres y hombres, niños, jóvenes y mayores que agradecen lo que hacemos y lo que representamos, incluso con nuestras limitaciones. Nos quieren, nos perdonan y nos sostienen, a poco que seamos humildes, cercanos, sinceros y entregados a la misión recibida.
Es cierto que hoy el sacerdote ya no recibe los honores ni los privilegios de antaño. Pero lejos de ser un inconveniente, esta circunstancia es una oportunidad. Cuanto menos reconocimiento externo tenemos, más libres somos para vivir con autenticidad nuestra fe y nuestra vocación; más fácilmente podremos configurarnos con Cristo Siervo y Pastor, que da la vida por su rebaño. Nuestro mayor privilegio es acercarnos a los privilegiados del Señor: los que tienen hambre de pan y de esperanza; los enfermos, los jóvenes y las familias que necesitan nuestro tiempo y dedicación para sentirse acompañados en sus crisis, búsquedas y proyectos.
Incluso en esta Iglesia herida por el terrible escándalo de los abusos, merece la pena ser sacerdote. Unos pocos han causado un sufrimiento inmenso a las víctimas. Ahora es el momento de que todos ofrezcamos lo mejor de nosotros para que las heridas puedan cicatrizar, para desterrar de la Iglesia relaciones de dependencia enfermizas que nos dañan a todos, y para promover vínculos verdaderamente fraternos, como Dios quiere para sus hijos e hijas.
El Señor sigue llamando a ser buenos pastores como Él y con Él. Es un regalo precioso estar con Él y compartir su misión con confianza y generosidad. A su lado, hasta cuando la cruz se hace más pesada, crece una alegría profunda en nuestro corazón que nadie puede arrebatarnos. Además, Él nos promete el ciento por uno y la vida eterna.
Oremos con san Manuel González para que el Señor nos dé –y haga de todos los sacerdotes– «buenos pastores, dispuestos a dar la vida por las ovejas».
Recibid un saludo muy cordial en el Señor
Primero de mayo
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