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domingo, 11 de enero de 2026

Empezar de nuevo


Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla.

El domingo 28 de diciembre clausuramos el Año Jubilar 2025. Con tanta gracia recibida, afrontemos el desafío de comenzar de nuevo, siguiendo la tradición bíblica del Jubileo: la experiencia de la indulgencia de Dios impulsaba a tratar con indulgencia a las personas y a la creación. Por eso se cancelaban las deudas, se liberaba a los esclavos y se devolvían las tierras. Empezar de nuevo no es fruto de un esfuerzo voluntarista, sino el resultado de acoger la salvación que Dios nos ofrece, para que nadie quede prisionero para siempre de las estructuras de pecado, ni encadenado a sus acciones pasadas, ni sometido a viejos resentimientos.

Comenzar de nuevo no significa cambiar de lugar o de oficio, sino cambiar el corazón. Es cierto que lo hemos intentado muchas veces y, con frecuencia, no lo hemos logrado. Pero si profundizamos en la verdad de nuestras vidas, dedicamos tiempo al encuentro con Dios, nos dejamos conducir por su mano —aunque lo nuevo nos asuste— y aceptamos la ayuda de los hermanos, será posible sanar el corazón para amar más y mejor.

Nuestras familias y comunidades están llamadas a manifestar los frutos de este Jubileo: tiempos y espacios de gracia para sanar heridas, pedir perdón, propiciar encuentros, escucharnos de nuevo sin reproches acumulados, soñar juntos, atentos a las necesidades de tantos pobres de pan y de esperanza, y dispuestos a afrontar la urgencia misionera a la que somos llamados.

Nuestras parroquias, fortalecidas por la gracia jubilar, seguirán avanzando para ser mucho más que “un dispensario de productos religiosos”, “el territorio en el que vivo”, “la iglesia a la que voy a misa” o “el lugar donde se reúne mi grupo de fe”. Están llamadas a ser comunidades de comunidades vivas, corresponsables y misioneras, donde se respire la presencia de Dios y el amor a los más pequeños y vulnerables.

Este Jubileo nos invita también a comenzar de nuevo como Iglesia Diocesana, promoviendo en todos los bautizados, dentro de nuestras parroquias y comunidades, un profundo sentido de pertenencia a la Diócesis, que camina unida en torno al Sucesor de los Apóstoles. Necesitamos cuidar y promover la espiritualidad de comunión y las estructuras sinodales que la hacen posible. Podemos lograrlo de la mano de Dios.

Nuestra sociedad, asimismo, necesita nacer de nuevo. Muchas personas están cansadas de tanta confrontación y así lo expresan. Unámonos con decisión a esta corriente que apuesta por el respeto, la verdad, el cuidado y la fraternidad. Recordemos que la Iglesia es en Cristo «signo e instrumento… de la unidad de todo el género humano» (LG 1). Soñemos y trabajemos, junto con todas las personas de buena voluntad, por una sociedad donde nadie sea descartado, la dignidad de todos sea respetada y el cuidado de la Tierra sea una prioridad.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 9 de febrero de 2025

Esperanza en la enfermedad


Cuando mejoran nuestras condiciones de vida, podemos pasar años y años sin ninguna dolencia importante y, poco a poco, va creciendo la impresión de que los enfermos son siempre otros, se llega a pensar que tenemos derecho a estar sanos, creemos que no necesitamos a nadie para vivir. Y cuando nos toca la enfermedad, nos coge tan desprevenidos que en ocasiones nos sentimos zarandeados y maltratados. Hasta las personas creyentes a veces miramos al cielo con la sensación de que Dios ha cometido una injusticia con nosotros.

Superado el golpe inicial, vamos aceptando la realidad y aprendiendo las lecciones que la enfermedad nos enseña: somos seres frágiles y vulnerables, necesitamos ser ayudados por otras personas, tenemos recursos interiores que desconocíamos, toda desgracia trae consigo la posibilidad de madurar, Dios se hace el encontradizo cuando sentimos nuestra fragilidad… Este proceso de aceptación y aprendizaje, distinto en cada persona, no es una línea siempre ascendente. Alternan la confusión y la claridad, el enfado y la confianza, la negatividad y la esperanza. Así vamos creciendo.

La comunidad cristiana quiere acercarse a este mundo, siguiendo el ejemplo del Señor. Hace 2000 años, Él mostro una predilección especial por los enfermos y, aunque no nos ofreció sesudas teorías acerca de la salud y la enfermedad, se acercó con amor a las personas enfermas, sin juzgarlas ni culpabilizarlas, y utilizó todo su poder para curar las dolencias del cuerpo y del alma. Este es el camino que sus discípulos y discípulas queremos recorrer, unidos a Él. El mundo del dolor es tierra sagrada, en la que hemos de entrar con las sandalias de la humildad y el respeto, para ser buenos samaritanos que transparenten el amor, la misericordia y la paz que Dios nos ofrece.

Cada 11 de febrero celebramos la Jornada Mundial del enfermo, para recordarnos esta preciosa misión que Jesús ha confiado a la comunidad creyente, a cada cristiano en particular y a muchas personas de buena voluntad que no comparten nuestro credo. No es ésta una tarea que Dios encomienda solo a quienes aparentemente gozamos de buena salud; pues las personas enfermas también son, en tantos momentos, transparencia de amor, misericordia y paz. Además, cuando nos acercamos al mundo del dolor, vemos que la frontera entre la salud y la enfermedad no es tan clara, ya que todos tenemos alguna dolencia en el alma o en el cuerpo y, por otra parte, hasta cuando nos sentimos más limitados podemos ser instrumentos en manos de Dios, para llevar consuelo y esperanza a quienes nos rodean.

Doy gracias a Dios por quienes abrazáis cada día esta misión, a veces dolorosa y siempre apasionante: personas enfermas, familias, cuidadores, profesionales de la sanidad, voluntarias y voluntarios de pastoral de la salud. Gracias por encender una luz de esperanza en la oscuridad del sufrimiento. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 2 de febrero de 2025

Un jubileo para los más pobres


Los jubileos cristianos, cuyo origen se remonta al Antiguo Testamento, siempre se han presentado como una ocasión propicia para la promoción de la justicia social, que permita vivir con dignidad a todas las personas, especialmente a las que habían caído en desgracia. De hecho, leemos en el Libro del Levítico: «Declararéis santo el año cincuenta y promulgaréis por el país la liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo: cada uno recobrará su propiedad y retornará a su familia» (25, 10).

Con motivo de la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas, quisiera recordar la importancia de desarrollar esta dimensión social, en la que se verifica la conversión y la reconciliación personales propias de todo año jubilar. Así, san Juan Pablo II, al convocar el Jubileo del año 2000, hizo este llamamiento: «Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia… Asimismo, se ha de crear una nueva cultura de solidaridad y cooperación internacionales, en la que todos —especialmente los Países ricos y el sector privado— asuman su responsabilidad en un modelo de economía al servicio de cada persona».

En esta línea, el papa Francisco, propone a los gobernantes signos concretos que inviten a mirar al futuro con confianza: la condonación de la deuda que grava duramente el destino de algunas naciones; la eliminación de la pena de muerte y el respeto a la vida humana en todo su proceso natural, así como la constitución de un fondo mundial mediante la aplicación de un porcentaje del gasto en armamento, para destinarlo a eliminar el hambre, promover la educación y afrontar el reto del cambio climático. Al mismo tiempo, el Santo Padre nos pide a los cristianos que seamos instrumentos visibles de esperanza para quienes sufren.

El pasado año, gracias a vuestra generosidad y al trabajo de la Delegación de Manos Unidas en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín, se llevaron a cabo tres proyectos que han generado esperanza en personas y comunidades concretas. En la India un grupo de mujeres lograron iniciar pequeños negocios para garantizar el sustento de sus familias, a través de programas de formación y microcréditos; en Tanzania se construyó un sistema de captación y distribución de agua potable, para varias aldeas que carecían de acceso a este recurso vital; y en Cuba se apoyó un programa para ancianos con problemas de desnutrición.

El domingo que viene, la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas nos ofrece la posibilidad de aportar nuestro granito de arena en la construcción de un mundo más justo y fraterno. Seamos generosos, especialmente en este año, para que los pueblos y personas más pobres puedan mirar al futuro con esperanza y experimentar la gracia del Jubileo.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 12 de enero de 2025

Subir al tren del Jubileo


Todas las personas necesitamos “momentos especiales”, que vayan más allá del monótono transcurrir de las horas y los días. Si volvemos la mirada a nuestra historia personal, encontraremos acontecimientos y encuentros –algunos con faz dolorosa y otros con rostro amable– que han marcado nuestra forma de pensar, de sentir y de ser. Son tiempos de gracia en los que se percibe la presencia de Dios con especial intensidad; momentos significativos llamados “kairos” en teología, que hemos de aprovechar porque, como decimos en el lenguaje coloquial, “hay que subir al tren cuando pasa”.

Por eso, la Iglesia nos ofrece de tanto en tanto la oportunidad de vivir momentos fuertes de encuentro con el Señor, para reanimar nuestra fe, esperanza y caridad, para reavivar nuestra amistad con Él, abrazarnos a su misericordia y ejercer mejor nuestra misión en el mundo. El Jubileo, que el Papa ha convocado para este año 2025 y que abrimos el pasado 29 de diciembre en nuestra Diócesis, es uno de estos momentos fuertes y privilegiados, para cada creyente y para la comunidad cristiana en su conjunto.

El papa Francisco lo ha convocado bajo el signo de la esperanza, preocupado por la desesperanza que amenaza a nuestro mundo, al hombre y a la mujer de hoy, sacudidos por guerras crueles e interminables, crispación social, corrupción en tantos ámbitos de la sociedad, incoherencias a veces graves en el testimonio de los cristianos, fracasos personales enquistados que no logramos superar, falta de responsabilidad de no pocas personas en el cumplimiento de sus compromisos familiares, laborales y sociales…

Ante este panorama, que no deberíamos negar, podemos caer en el desaliento u olvidarnos de todo e intentar disfrutar lo más posible. Pero también podemos reconocer en la realidad la presencia y la llamada de un Dios bueno que quiere amarnos y salvarnos, amar y sanar el mundo con nuestra colaboración. Por eso, el Papa, a la vez que reclama a la sociedad y a la comunidad internacional signos concretos que inviten a mirar al futuro con confianza, pide a los cristianos que seamos instrumentos visibles de esperanza para los que sufren: los presos, los enfermos, los jóvenes, los ancianos, los migrantes, refugiados y exiliados, los pobres que carecen de lo necesario para vivir, los niños, jóvenes y adultos que no encuentran razones para seguir viviendo.

Aprovechemos decididamente este “kairos”, para avivar y transmitir esperanza, aunque a veces nos parezca imposible. En la apertura del Jubileo en nuestra Diócesis escuchamos testimonios preciosos, en los que pudimos comprobar que siempre hay motivos para mantener la esperanza, incluso cuando una hija cae gravemente enferma o se pierde la libertad al ingresar en un centro penitenciario. Aprovechemos este “kairos”, queridos diocesanos y diocesanas, subamos desde el principio a este tren de gracia, que se llama Jubileo 2025.

domingo, 29 de diciembre de 2024

«Os deseamos esperanza y paz». Carta de los obispos de Aragón con motivo del Año Jubilar 2025


Queridos hermanos y hermanas,

Los obispos de Aragón, en comunión con el papa Francisco, os deseamos esperanza y paz, cuando estamos a punto de comenzar el nuevo año 2025, en el que la Iglesia Católica celebra un jubileo que proviene del Corazón del Redentor, un tiempo de gracia para fortalecer nuestra fe, esperanza y caridad, que deberíamos aprovechar personal y comunitariamente desde su inicio.

En el día primero del año celebraremos la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y, por iniciativa del papa san Pablo VI hace ya 53 años, la Jornada Mundial de la Paz, en esta ocasión con el lema: “Perdona nuestras ofensas, concédenos tu paz”, conforme con la tradición jubilar del Antiguo Testamento. Esta Jornada Mundial nos invita a orar por el don de la paz y al mismo tiempo a convertirnos, para incrementar nuestra responsabilidad personal, cultural y social en favor de la paz. Una conversión que germina en nuestros corazones cuando nos reconocemos hijos perdonados por el Padre y llamados a perdonarnos mutuamente.

De la mano de Santa María, Madre de Dios, pongámonos en camino como peregrinos de esperanza hacia el abrazo con el Dios de la paz, con los hermanos y con la Creación. Dios nos da la paz y cura nuestro desaliento ante el futuro, si tenemos el corazón desarmado, dispuesto a salir al encuentro de los demás, a acoger el perdón y la indulgencia, a estar prontos para perdonar y para mirar a toda persona como un bien para nuestro mundo.

El Jubileo nos impulsa a escuchar el “grito desesperado de auxilio”, que se eleva desde muchas situaciones de explotación de las personas y de la tierra. Dios no deja de escuchar este grito y nos pide que colaboremos para restablecer la justicia. El Papa sugiere tres acciones concretas: reclamar la condonación de la deuda que grava duramente el destino de algunas naciones; la eliminación de la pena de muerte y el respeto a la vida humana en todo su proceso natural; y la constitución de un fondo mundial mediante la aplicación de un porcentaje del gasto en armamento, para destinarlo a eliminar el hambre, a promover la educación y a afrontar el reto del cambio climático.

En cada una de nuestras diócesis se han designado lugares jubilares y se irán desarrollando diversas iniciativas celebrativas, culturales y solidarias, encaminadas a promover la justicia y la reconciliación, a renovar la esperanza y a transmitirla a nuestros hermanos y hermanas, sobre todo a tantos niños, jóvenes y adultos, heridos por la epidemia de desaliento que recorre nuestra sociedad y nuestro mundo. Os animamos a participar y a encomendar los frutos de este año de gracia.

+ Carlos Manuel Escribano Subías, Arzobispo de Zaragoza
+ Vicente Jiménez Zamora, Arzobispo Emérito de Zaragoza 
y Administrador Apostólico de Huesca y de Jaca
+ Ángel Javier Pérez Pueyo, Obispo de Barbastro-Monzón
+ José Antonio Satué Huerto, Obispo de Teruel y Albarracín
+ Vicente Rebollo Mozos, Obispo de Tarazona

domingo, 1 de diciembre de 2024

Esperanza sin trampas


Parece claro que en este tiempo la esperanza es un bien escaso. Esta realidad quizá puede ser percibida con más nitidez en las palabras y en la vida de los jóvenes, pues aún no les ha crecido esa capa de maquillaje que, conforme vamos cumpliendo años, va cubriendo la espontaneidad. Ellos, en no pocas ocasiones, manifiestan su preocupación por el futuro, afirmando que van a vivir peor que sus padres y abuelos.

Este contexto de falta de esperanza afecta –como no podría ser de otra manera– a los hijos e hijas de la Iglesia. Aunque decimos que la fe sostiene nuestra esperanza, en ocasiones vivimos y hablamos como si el desánimo nos hubiera ganado la partida: “soy así y no puedo mejorar”, “las comunidades cristianas no tienen rumbo”, “el mundo va de mal en peor”. Estas expresiones revelan falta de fe en Dios, que trabaja en la historia, en el mundo y en los corazones, y en la fuerza del Resucitado, que vencerá sobre todo mal.

Por otra parte, a veces podemos caer en la trampa de utilizar la esperanza como una excusa para no implicarnos, esperando pasivamente que el tiempo o Dios nos regalen un futuro mejor, que no construimos día a día. De hecho, algunas personas empeñadas en la transformación del mundo denuncian nuestra esperanza poco comprometida, nos piden que nos indignemos ante la injusticia y trabajemos decididamente para mejorar las condiciones de la humanidad y del planeta.

Otra trampa consiste en confundir la esperanza con el optimismo ingenuo, que se pone una venda en los ojos y tapones en los oídos, para no advertir las limitaciones propias, los pecados en la Iglesia y las injusticias de la sociedad; un optimismo que pretende transformar el mundo y cambiar a las personas sólo a base de buena voluntad.

El Adviento que comenzamos este domingo y el próximo jubileo 2025 son ocasión propicia para tomar el pulso a la esperanza en nuestras vidas y en las comunidades cristianas; para avivar y transmitir una esperanza sin trampas, una esperanza auténtica, en la que sepamos compaginar adecuadamente el análisis de la realidad, la reflexión y la interioridad; la confianza en la acción del Espíritu, el cuidado de uno mismo, los encuentros gratuitos y el compromiso social.

Que este tiempo nos ayude «a recuperar la confianza necesaria —tanto en la Iglesia como en la sociedad— en los vínculos interpersonales, en las relaciones internacionales, en la promoción de la dignidad de toda persona y en el respeto de la creación. Que el testimonio creyente pueda ser en el mundo levadura de genuina esperanza, anuncio de cielos nuevos y tierra nueva, donde habite la justicia y la concordia entre los pueblos» (Papa Francisco, Bula de convocatoria del jubileo 2025).

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 2 de junio de 2024

El arte de la oración


«Me alegra pensar que el año 2024, que precede al acontecimiento del Jubileo, pueda dedicarse a una gran “sinfonía” de oración; ante todo, para recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo». Desde la Iglesia particular de Teruel y Albarracín acogemos con alegría esta llamada del papa Francisco. Me satisface comprobar que nuestro Plan Pastoral Diocesano 2023-2028 concuerda con esta convocatoria del Santo Padre. En este Plan nos comprometimos a «ayudar a todos los bautizados a crecer en la relación con Dios, a purificarla y a hacerla madurar, siguiendo el modelo de Jesucristo y dejándonos conducir por su Espíritu».

Somos conscientes de que necesitamos cultivar la relación amorosa con Dios, “estando a solas muchas veces con quien sabemos nos ama”, como Santa Teresa de Jesús recomendaba a sus monjas. Sin embargo, reconocemos las dificultades que encontramos en algunas ocasiones: nos faltan tiempos de calidad, nos falla la humildad para acoger el regalo inmerecido de la amistad con Dios, vivimos la oración más como una tarea pesada que una relación gozosa, nos aburrimos, realizamos nuestras prácticas piadosas pero no acabamos de encontrarnos con Dios. Y así poco a poco nuestra fe pierde vitalidad y corre el riesgo de convertirse en ideología.

Cuando con la ayuda del Espíritu vamos superando las dificultades y creciendo en la auténtica oración cristiana, la relación con Dios produce un impacto directo sobre nuestra vida, ya que nos configura progresivamente con Jesús, hace que nos vayamos pareciendo a Él, sobre todo en la confianza, la alegría, la misericordia y el compromiso con los menos afortunados. Cáritas nos lo recuerda con motivo de la Solemnidad del Corpus Christi.

A pesar de experimentar con gozo la cercanía de Dios, no nos resulta fácil transmitir el gusto y el arte de la oración a las jóvenes generaciones. Bombardeadas por un sinfín de impactos sonoros y visuales encuentran no pocos problemas para apreciar el silencio, fijar sus ojos en Jesucristo y abrirse al paso de Dios por su vida y por el mundo en el que viven.

Por estas y por tantas otras razones, quiero invitaros, hermanos y hermanas de nuestras parroquias y comunidades, así como a todas las personas que queráis iniciaros o avanzar en vuestra relación con Dios, a participar en la Asamblea Diocesana que tendrá lugar en el Colegio Diocesano “Las Viñas” el próximo sábado 15 de junio. Además de escuchar una reflexión general acerca de la relación con Dios, tendremos ocasión de participar en varios talleres en los que se practicarán diversos modos de oración, cada uno con su propio acento: el sufrimiento, la belleza, el silencio, el goldy play, la música, Taizé, la Palabra, la vida, la adoración al Santísimo, los niños y el cuerpo. Podéis inscribiros en la página web de la diócesis y en las parroquias, antes del 10 de junio.

Recibid un cordial saludo en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...