domingo, 29 de junio de 2025
El privilegio de servir
Al finalizar el curso, es normal sentir el peso del cansancio, resultado del esfuerzo, las dificultades, los fracasos… Son experiencias humanas que forman parte del camino, pero no deben empañar la alegría por el trabajo realizado. Por eso, os invito a recordar una verdad que sostiene y renueva nuestro ánimo: servir no sólo es una carga o una obligación; servir es ante todo un privilegio, un regalo que debemos acoger con gratitud.
El papa Benedicto XVI, en la encíclica Deus Caritas est, expuso esta verdad con admirable hondura: «Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Esto es gracia. Cuanto más se esfuerza uno por los demás, mejor comprenderá… que no actúa fundándose en una superioridad o mayor capacidad personal, sino porque el Señor le concede este don» (DCE 35).
Y la poeta Gabriela Mistral explicó con gran belleza que el servicio da sentido a nuestra vida y nos asemeja a Dios: «No caigas en el error de que sólo se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios: ordenar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña. Aquel critica, éste es el que destruye, tú sé el que sirve. El servir no es faena de seres inferiores. Dios que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamarse así: “El que Sirve”. Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién?».
Estas consideraciones nos invitan a ver el servicio desde una nueva perspectiva. No se trata de trabajar porque nos sentimos superiores o esperando ser reconocidos, sino porque hemos sido llamados por Dios y, en su amor, nos ha confiado una misión; servimos porque Él nos ha regalado el don de poder hacerlo, por nuestro bien y por el de quienes nos rodean. Así hacemos presente el amor de Dios en nuestro mundo y colaboramos en la construcción de su Reino.
Por eso, al terminar el curso, agradezcamos la oportunidad de servir que Dios nos concede a todas las personas, cualquiera que sea nuestra edad, a quienes tienen autoridad y a la ciudadanía de a pie, a los sacerdotes y a todos los fieles. Demos gracias a Dios por el encuentro con las personas con las que compartimos misión, por los frutos visibles y también por los que no alcanzamos a ver. Finalmente, agradezcamos la entrega silenciosa de tantas personas que han servido y sirven a nuestro lado, en la familia y la parroquia, en el pueblo y la ciudad, en el puesto de trabajo y en las periferias donde tanta gente sufre.
Ojalá podáis descansar este verano, queridos hermanos y hermanas de la Diócesis de Teruel y Albarracín, y experimentéis, también en vacaciones, la alegría de servir como Jesús y con Jesús.
viernes, 27 de junio de 2025
Carta de despedida de Mons. José Antonio Satué a su diócesis de Teruel y Albarrracín
Hermanas y hermanos de la diócesis de Teruel y Albarracín,
Con dolor me veo en la obligación de anunciaros que en pocas semanas dejaré de ser vuestro Obispo, ya que el Santo Padre León XIV me ha confiado la misión de pastorear la Diócesis de Málaga. Al comunicaros este nombramiento, quiero compartir tres palabras que reflejan sentimientos muy hondos. Las tres palabras son: gracias, perdón y adelante.
Sobre todo, os digo ¡gracias! porque he sido y soy muy feliz aquí. Hace cuatro años os transmitía la convicción de que esta Diócesis sería para mí la esposa más bella. Esta expectativa se ha visto desbordada por vuestra acogida, vuestro cariño y vuestra disponibilidad para trabajar juntos al servicio de la Iglesia y de los hombres y mujeres de estas tierras. Gracias porque los fríos y la luz, los páramos y las sierras de esta provincia han tocado mi corazón; he llevado al corazón de Dios vuestros sufrimientos, vuestras esperanzas y vuestra fe; y, con el salmista, he dicho muchas veces al Señor: «Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad» (Sal 16,3).
Gracias porque he experimentado, además, la alegría de cosechar lo que han sembrado muchos buenos obispos y sacerdotes, religiosas y religiosos, mujeres y hombres turolenses, que han vivido con pasión la consagración bautismal en sus familias, en los pueblos o en la ciudad, en su lugar de trabajo o en las periferias donde hay tanta gente que sufre. Gracias también porque he podido sembrar con vosotros semillas de fe, esperanza y amor en tantos rincones de esta Diócesis, semillas cuyos frutos, antes o después y con el favor de Dios, germinarán, fructificarán y otros podrán disfrutar. Por todo ello, ¡gracias de corazón!
También quiero pediros perdón por mis defectos y excesos, por esas ocasiones en las que no he sabido estar a la altura de la llamada del Espíritu y de vuestra generosidad. Y, sobre todo, quiero pedir perdón a quienes haya herido con mis silencios, mis actitudes o mis palabras.
Finalmente, deseo animaros a continuar el camino sinodal que con esperanza venimos recorriendo, tratando de identificar y secundar las inspiraciones del Espíritu Santo; un camino que ha cristalizado en el Plan Pastoral 2023-2028. Con todo cariño, me permito deciros que no hay excusas para no seguir adelante con esta hoja de ruta, humilde y a la vez tan sugerente. Por supuesto, no puede paralizarnos el hecho de que los últimos obispos de Teruel y Albarracín hayamos permanecido poco tiempo al frente de la Diócesis. A pesar de las dificultades y el desconcierto que esta situación produce, hay motivos sobrados para continuar desarrollando nuestro Plan Pastoral, con la ilusión de seguir favoreciendo el encuentro de cada persona con el Señor, crecer en comunión sinodal y construir una Iglesia más samaritana y misionera. Nos acompañará y sostendrá el amor fiel de Dios, manifestado en el Sagrado Corazón de su Hijo Jesús, cuya solemnidad hoy celebramos.
Hasta el 13 de septiembre, fecha en la que comenzaré mi andadura como obispo de Málaga, tendremos ocasión de despedirnos y celebrar tantos bienes como hemos compartido en los últimos cuatro años, y siempre seguiréis teniendo un amigo en tierras malacitanas.
Hermanas y hermanos de Teruel y Albarracín, pidamos al Señor que os conceda pronto un nuevo pastor, que camine con vosotros y pueda disfrutar de vuestra calidad humana y cristiana.
Un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 22 de junio de 2025
Sembradores de caridad, fe y esperanza
En el marco del Jubileo 2025 y con ocasión de la Solemnidad del Corpus Christi, Día de la Caridad, quisiera compartir una reflexión acerca de cómo abrir caminos a la esperanza.
Hoy parece más sencillo realizar un diagnóstico pesimista sobre el futuro que beber en la fuente de la verdadera esperanza, que es Cristo resucitado. Él, en su resurrección, nos ha anticipado el final de la historia: el amor vencerá toda forma de mal. Por eso, para nosotros la esperanza no es una utopía, sino que tiene rostro: el de Jesús de Nazaret. Él es nuestra esperanza (1 Tim 1,1), y cuando lo llevamos en el corazón se multiplican las posibilidades de contagiarla.
Si permanecemos en su amor, Cristo seguirá alentando los corazones abatidos. Por tanto, la expresión más genuina de la esperanza consiste en manifestar a Cristo mediante una actitud solidaria. En un mundo cada vez más marcado por la prisa, la indiferencia y el individualismo, la solidaridad se alza como un acto profundamente humano y evangélico; supone mirar a quienes Jesús miraba, con el amor que él lo hacía. Y esta forma de amar genera esperanza en quienes más la necesitan.
Para los hombres y mujeres que viven en los márgenes —en la pobreza, la exclusión, la soledad o la enfermedad—, la esperanza a menudo se vuelve frágil. Y es aquí donde la labor de Cáritas encarna esta solidaridad activa. No se trata únicamente de dar comida, techo o abrigo, sino de dar a Cristo. Es lo que hizo Pedro con un cojo de nacimiento que pedía limosna. Primero le dijo: «Míranos», porque es fundamental entablar vínculos verdaderamente fraternos, nunca verticales o desde la lástima. Recordemos que la lástima lastima cuando miramos con aire de superioridad. Por eso es tan importante no contemplar tanto en el otro sus carencias, sino su preciosa dignidad inviolable. Esa mirada transforma, porque reconoce lo sagrado en cada persona.
Y entonces Pedro añadió: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda» (Hch 3,6). Se produjo el milagro y quien pensó que no habría alternativa para él, comenzó a transitar una nueva vida, llena de posibilidades.
Hoy, más que nunca, necesitamos cultivar esta solidaridad como fuente de esperanza para que muchos caminen por su propio pie. La esperanza se siembra con hechos. Por ello, cuando Cáritas tiende la mano, no solo asiste y promueve: testimonia que el amor de Dios posee una fuerza transformadora, que nadie está condenado a la desesperanza, y que la fraternidad es la única respuesta válida a la emergencia social de un mundo hambriento de esperanza.
¡Gracias a todas las personas adultas y jóvenes, voluntarias, trabajadoras y donantes de Cáritas Diocesana de Teruel y Albarracín, por cultivar a un tiempo la caridad, la fe y la esperanza!
domingo, 15 de junio de 2025
Palos en las propias ruedas
Normalmente, somos muy conscientes cuando alguien nos pone palos en las ruedas. Nos duele, nos frustra y en muchas ocasiones lo hacemos notar. Sin embargo, nos cuesta advertir que a veces somos nosotros mismos quienes nos ponemos obstáculos en nuestro propio camino, con pensamientos negativos, con dudas poco razonables y con una visión catastrófica de la realidad.
Es común que nos digamos a nosotros mismos frases como: “Soy un desastre”, “Nunca voy a cambiar”, “Lo voy a hacer mal de todas formas, así que para qué intentarlo”, o “No tengo suficiente talento y voluntad para tener éxito”. Estos mensajes actúan como barreras invisibles que nos impiden avanzar, que nos mantienen en la zona de confort, del miedo o de la inseguridad. Y así, sin darnos cuenta, nos detenemos antes de empezar.
Por otro lado, también tendemos a destacar las limitaciones y errores de quienes nos rodean. Comentamos: “Mi jefe no me valora”, “Es un intelectual sin experiencia”, “Hace muchas cosas buenas, pero algo buscará”, o “Me hacen la vida imposible”. En lugar de ver en los demás sus talentos y sus esfuerzos, nos concentramos en lo negativo, en lo que falta o en lo que podría mejorar. Esta actitud también nos limita, porque en vez de descubrir personas con la que trabajar y avanzar, vemos más bien enemigos o competidores.
A veces, también nos quejamos de las circunstancias externas: “Nuestra sociedad está en decadencia”, “La Iglesia ha perdido credibilidad”, “La gente no participa”, “Los jóvenes están desmotivados”. Es fácil caer en la trampa de pensar que todo conspira en nuestra contra, de que este tiempo no nos ofrece oportunidades para cumplir nuestros sueños. Y así nos podemos pasar la vida, esperando que llegue el momento perfecto para emprender un proyecto, para asumir un compromiso, para vivir de verdad, en definitiva.
Ojalá aprendamos a identificar los mensajes internos y externos que, aunque tengan su parte de verdad, nos sabotean. Ojalá nos decidamos a aprovechar cada instante, porque hoy Dios te llama a ti, hoy Dios nos da hermanas y hermanos de camino, hoy Dios quiere salvarte y salvar al mundo contigo. En este sentido, el papa Francisco afirmó: «Dios viene al encuentro de los hombres y las mujeres de todos los tiempos y lugares en las situaciones concretas en las cuales estos estén. También viene a nuestro encuentro. Es siempre Él quien da el primer paso: viene a visitarnos con su misericordia, a levantarnos del polvo de nuestros pecados; viene a extendernos la mano para hacernos levantar del abismo en el que nos ha hecho caer nuestro orgullo, y nos invita a acoger la consolante verdad del Evangelio y a caminar por los caminos del bien» (Ángelus del 31 de enero de 2016).
Recibid hoy un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 8 de junio de 2025
Virtudes de ayer para el laicado de hoy
En el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, me ha parecido sugerente recordar las virtudes de un laico santo del siglo XIII. A pesar del tiempo y de la distancia cultural que nos separan, sus virtudes son muy actuales.
San Fernando destacó especialmente por su justicia. Fue un rey que gobernó con equidad, buscando siempre el bienestar de sus súbditos, independientemente de su estatus social. En una época como la España feudal del siglo XIII, marcada por profundas desigualdades, aplicar justicia no era tarea fácil y sin embargo él lo logró. Hoy, en nuestra sociedad moderna, esta virtud sigue siendo fundamental, ya que a menudo prevalecen intereses personales o ideológicos por encima de la auténtica justicia.
Su valentía como líder militar es otra de las virtudes que hoy siguen siendo necesarias. En la actualidad, se requiere coraje para afrontar los problemas, sin huir de las dificultades, y para anteponer el bien común a la comodidad personal.
La humildad de San Fernando fue igualmente notable. Vivió de manera sencilla, sin lujos ni ostentaciones, lo que le permitió conectar con su pueblo. Esta humildad es esencial, porque si algo tenemos es porque lo hemos recibido, y hemos de utilizarlo no tanto para ser servidos, sino para servir. Además, sólo cuando somos humildes, la gente más sencilla podrá acudir a nosotros con confianza.
Igualmente, San Fernando fue un monarca sabio, capaz de negociar con inteligencia y manejar las complejas relaciones entre los reinos cristianos y musulmanes. La sabiduría, tanto la académica como la que se obtiene a través de la reflexión y la escucha, sigue siendo clave para tomar decisiones justas y servir al bien común.
La generosidad fue otra de sus señas de identidad. San Fernando apoyó a los más necesitados, promoviendo obras de caridad y fomentando la construcción de hospitales. Hoy, la generosidad sigue siendo un valor fundamental para hacer frente al individualismo y a la indiferencia. Esta capacidad de dar sin esperar nada a cambio revela la verdadera grandeza de una sociedad o de una persona.
Aunque fue un guerrero, San Fernando prefería la paz. Sabía evitar el derramamiento de sangre cuando era posible y entendía que no todo vale, ni siquiera en tiempos de guerra. En el mundo actual, tan polarizado y dividido, debemos ser conscientes de que un buen fin no justifica medios inicuos, y empeñarnos en fomentar el diálogo, la reconciliación y la paz.
Finalmente, San Fernando fue un hombre de profunda oración. Buscaba la inspiración divina para discernir, decidir y actuar con sabiduría y misericordia. Cuidemos, también nosotros, la relación personal con Dios, pues Él nos ama y nos proporciona serenidad y fuerza para seguir con Él su camino de amor.
Que San Fernando interceda por todos, especialmente por los hombres y mujeres laicos de nuestra Iglesia, para que crezcamos en justicia, valentía, humildad, sabiduría, generosidad, paz y oración.
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