domingo, 28 de abril de 2024

Todos, todos, todos


El Papa Francisco pronunció en la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa estas palabras: “todos, todos, todos”, para reclamar una Iglesia de puertas abiertas, que no se convierta en una aduana para seleccionar a quienes entran. Retomo esta expresión para recordar que todos los seres humanos tenemos una dignidad infinita y, como declaró el Dicasterio para la Doctrina de la fe el 8 de abril de 2024, esta dignidad pertenece al ser humano «más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre. Este principio, plenamente reconocible incluso por la sola razón, fundamenta la primacía de la persona humana y la protección de sus derechos. La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús».

Por ello, celebramos el apoyo mayoritario a la toma en consideración de la Iniciativa Legislativa Popular para la regularización extraordinaria de personas migrantes, que se ha producido en el Congreso de los Diputados. Más de 700.000 firmas y 900 organizaciones han apoyado esta iniciativa. Es un primer paso para regularizar la residencia y un marco de derechos fundamentales de unas 500.000 personas que se encuentran actualmente en situación administrativa irregular.

Sin embargo, no todo son buenas noticias. Hace pocos días el Parlamento Europeo aprobó una resolución para promover la inclusión del aborto en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión, equiparando “el derecho de las mujeres a decidir sobre su salud sexual y reproductiva” con el aborto, sin tener en cuenta que el aborto no supone simplemente la interrupción del embarazo, sino la eliminación de una vida humana, a la que no se le reconoce derecho alguno. Esta resolución produce una gran tristeza a quienes defendemos que todos los seres humanos, también los no nacidos, tienen una dignidad que hay que proteger y defender.

Personalmente, me causa perplejidad comprobar que algunas personas que trabajan seriamente por los derechos de los inmigrantes y de otras personas discriminadas parezcan insensibles ante el aborto, que también acaba con la vida de seres humanos y marca profundamente la existencia de muchas madres. Como también me cuesta entender que haya personas que se declaran “pro-vida” y se oponen al reconocimiento de los derechos de tantos prójimos que sufren miseria, violencia y todo tipo de injusticias. ¡Ojalá que todos, todos, todos los seres humanos seamos capaces de defender y proteger la dignidad y la vida de todos, todos, todos los hombres y mujeres del mundo!

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 21 de abril de 2024

Sacerdotes felices


No es fácil ser sacerdote por las renuncias que esta vocación comporta y por el incierto resultado de nuestro trabajo pastoral. Pero tampoco es fácil ser buenos padres de familia o ser cristianos coherentes en el trabajo, la política, la empresa o el compromiso social. Toda vocación tiene su cara y su cruz. No sirve de mucho calcular cuál es la vocación más difícil. Lo que importa es convencernos de que, cuando Dios llama a cualquiera de las diversas vocaciones, lo hace porque nos ama y busca nuestra felicidad.

En este domingo del Buen Pastor quiero subrayar las posibilidades de ser felices que Dios nos brinda a los sacerdotes. Y en primer lugar destaco la relación personal con Dios, propia de todo creyente, que en los sacerdotes tiene un matiz peculiar. El evangelista san Marcos escribió que Jesús, de entre la muchedumbre de los que le seguían, «instituyó a Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). No somos sólo colaboradores de Dios, y mucho menos sus siervos, «a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 12-17). Valoremos, pues, y acojamos esta invitación a ser “sus amigos” no como una pesada obligación, sino como un precioso regalo, que nos permite intuir su acción en nuestra vida y en nuestras comunidades, y experimentar su amor incondicional, su abrazo misericordioso y su fuerza renovadora.

La celebración de los sacramentos es también un motivo de alegría en nuestro corazón. Dios se acerca a cada persona por muchos caminos, pero en la celebración de los sacramentos su presencia es más intensa y eficaz. A través de nuestra pobre mediación, es Jesús quien bautiza y infunde su Espíritu, quien perdona y alimenta, quien bendice la vocación matrimonial y conforta en la enfermedad.

También quiero destacar el gozo que nos aporta la relación con las personas que comparten su tiempo en las comunidades cristianas, que nos confían sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias. Aunque la opción celibataria nos impida las relaciones sexuales, nuestro estilo de vida hace posible que establezcamos relaciones muy variadas y profundas, que nos enriquecen y nos hacen testigos privilegiados de la acción de Dios en el corazón de mucha gente buena. Por eso, el Papa Francisco nos invita a menudo a salir de nosotros mismos, para acercarnos al pueblo confiado y activar así lo más hondo de nuestro corazón presbiteral.

Por estas razones y por tantas otras, queridos sacerdotes, hermanos y hermanas de nuestra Iglesia diocesana, en este domingo del Buen Pastor, recemos por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a los diversos modos de seguir a Jesús, seguros de que Dios nos llama porque nos ama y nos proporciona una alegría que nadie ni nada nos podrá quitar.

domingo, 14 de abril de 2024

La cruz y la gloria


La búsqueda obsesiva de la felicidad, tan propia de la sociedad actual, nos empuja a sortear cualquier tipo de sufrimiento. Sin darnos cuenta, se va anestesiando la sensibilidad, de tal suerte que dejamos de sentirnos afectados por el dolor de las muchas personas que sufren, sea por la soledad, la enfermedad y el sinsentido; la marginación, la violencia y las guerras; por un largo y penoso etcétera. Nos hacemos la ilusión de vivir en ese “país de las maravillas”, que de sobras sabemos que no existe.

Esta estrategia produce frecuentemente un efecto contrario al deseado, pues la insensibilidad ante el sufrimiento nos incapacita para disfrutar de los gozos más hondos. Además, cuando queremos esquivar la dura realidad nos perdemos los motivos para la alegría y la esperanza que la misma realidad nos brinda. Así es la vida y así es también la experiencia cristiana: la cruz y la gloria, la muerte y la resurrección son inseparables. Las llagas del Resucitado nos recuerdan esta importante lección. En este sentido, no es casualidad la alegría desbordante de María Magdalena al encontrarse con Jesús Resucitado, ya que ella lo acompañó con amor fiel y sufrió con él en su pasión y muerte.

Soy testigo de que a menudo las experiencias de resurrección surgen del encuentro con el dolor. Un presidiario, que acababa de ser puesto en libertad, me contó cómo fueron sus primeros días en la cárcel: después de llorar durante tres días, comprendió que Dios le estaba dando la oportunidad de acercarse a Él y dar sentido a su vida mediante el servicio a sus compañeros.

También me parece significativa la historia de un empresario de éxito. Sufrió una inesperada enfermedad que le llevó a perder una pierna y a cerrar alguna de sus empresas. No logró superar la situación y se dio a la bebida; perdió a su mujer y a sus hijos y terminó sólo, en la calle, con una silla de ruedas a la que dormía atado, para que no se la robaran. Cuando una trabajadora social y una religiosa empezaron a saludarlo, se crearon poco a poco lazos de amistad y después de un tiempo accedió a entrar en una vivienda. A pesar de alguna recaída, ha recuperado una vida normal: ya no bebe, tiene su propio piso y un trabajo estable. Ahora dice que es más feliz que antes, porque no ambiciona tantas cosas, disfruta de los pequeños detalles y de vivir cada nuevo día. Él dice que su historia personal puede ayudar a otros. En medio de tanto sufrimiento creció una vida nueva.

Hermanos y hermanas, abramos los ojos y el corazón a la vida, con sus tristezas y alegrías, y abracemos la cruz como Jesús, esperando resucitar como Él y con Él.

domingo, 7 de abril de 2024

Resucitar


No hay duda de que Jesús murió crucificado. Así lo atestiguan los Evangelios y lo afirman historiadores de la época, como Flavio Josefo. Pero, la fe cristiana proclama que Jesús resucitó. Es más, el Catecismo enseña que “la Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo” (n. 638).

No obstante, en algunos momentos no nos resulta fácil creer en la resurrección. Es normal esta dificultad; ya que la muerte se nos impone con un realismo brutal y, además, no es posible demostrar la resurrección científicamente. Sin embargo, podemos afirmar que creer en ella es razonable. Quisiera señalar tres razones que sostienen este artículo de nuestra fe:

La primera razón la encontramos en la palabra de Jesús, quien anunció al mismo tiempo su pasión y su resurrección: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días” (Mc 8,31). Jesús no era un predicador chiflado, ni un soñador iluso. Se destacó por su realismo y su autenticidad, rubricadas por su muerte en la cruz. Él es digno de crédito. Además, experimentamos cada día la verdad y la sabiduría de sus enseñanzas, al comprobar que ponerlas en práctica nos ayuda a crecer en felicidad y en libertad.

La segunda razón es la autoridad de los primeros testigos que pudieron encontrarse con Jesús Resucitado, de los que hemos recibido la Buena Noticia. No fueron –como se ha sostenido– unos caraduras que no querían volver a trabajar y se inventaron la resurrección del Maestro, para seguir viviendo del cuento. Nada más alejado de la realidad. Si hubieran querido vivir una vida más tranquila hubieran vuelto a sus hogares. Creer en la resurrección y anunciarla a los cuatro vientos les causó no pocos problemas, hasta el punto de que muchos acabaron en la cárcel o martirizados. ¿Cómo explicar que ese grupo de discípulos se pusiera en pie, se reuniera de nuevo y comenzase a predicar la resurrección, a pesar de las persecuciones? Lo más razonable es creer que la fuerza del Resucitado los levantó, los reunió y los envió.

La tercera razón descansa en nuestra experiencia personal. Creemos en la resurrección de Jesús porque, aunque Él no se nos ha aparecido como a los primeros testigos, hemos percibido la fuerza del resucitado en nuestras vidas. Cuando nos unimos a Él, nos resucita ya en esta vida: del miedo a la confianza, de la indiferencia a la compasión, de la comodidad al compromiso, del individualismo a la fraternidad, del pesimismo a la esperanza…

El Resucitado nos espera en el silencio de la oración, en la celebración de los sacramentos, en la comunidad de los creyentes, en las personas que sufren… Dejémonos encontrar por Él, para resucitar con Él a una vida nueva ya en esta tierra, anticipo de la vida eterna y plena del cielo. Amén.

Las "manías" de Francisco

Al cumplirse el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, quisiera recordar con inmensa gratitud algunas de sus “manías”. Un rasgo...