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domingo, 30 de marzo de 2025
Rearmar Europa
Mucho está cambiando el panorama político mundial y, en este contexto, los gobiernos europeos han optado por aumentar significativamente el gasto en armamento. No estoy cualificado para valorar esta decisión en sus justos términos, pero sí me parece claro que el rearme que nuestro continente necesita tiene que ver sobre todo con los valores, ya que, como escribió San Juan Pablo II, refiriéndose a Europa,
«Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida. Como manifestaciones y frutos de esta angustia existencial pueden mencionarse, en particular, el dramático descenso de la natalidad… Prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones y las contraposiciones. Entre otros síntomas de este estado de cosas, la situación europea actual experimenta el grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia, la persistencia y los rebrotes de conflictos étnicos, el resurgir de algunas actitudes racistas, las mismas tensiones interreligiosas, el egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios. Para muchos, la globalización que se está produciendo, en vez de llevar a una mayor unidad del género humano, amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles y aumenta el número de los pobres de la tierra… Junto con la difusión del individualismo, se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal… de manera que muchas personas, aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo» (Exhortación “Ecclesia in Europa”, n. 8).
Las palabras del Pontífice fueron tachadas de catastrofistas, pero, aunque muchos gobernantes y ciudadanos persistan en ignorarlas, los datos de la dura realidad diaria confirman que el Papa no iba desencaminado al reclamar un rearme moral de Europa.
En el escaso espacio de esta carta, quisiera al menos enunciar cuatro opciones que podemos vivir y promover para colaborar en ese necesario rearme moral. Primera, cuidar nuestras relaciones personales con los miembros de nuestras familias, con los vecinos y con quienes compartimos el trabajo y el ocio; de modo que todos podamos ofrecer y recibir apoyo material y afectivo. Segunda, apostar por la vida en todas las fases de la existencia humana, desde su concepción hasta su muerte natural, aumentando los cuidados cuando la vida es más vulnerable, también con quienes vienen de lejos. Tercera, participar en la multiforme y variada acción política, económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Y cuarta, fomentar el silencio y la interioridad, que nos permiten desenmascarar los engaños y conocer mejor la verdad de la vida y de nosotros mismos; nos ayudan además a conectar con la fuente de la que brota la paz y la fortaleza, para ser más libres y amar más y mejor.
Un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 10 de noviembre de 2024
Piedras vivas
Queridos hermanos y hermanas: Somos “piedras vivas” del templo santo de Dios, que es la Iglesia, y que Él se ha construido en esta bendita tierra de Teruel y Albarracín. Formamos parte de este templo, cuya piedra angular es Cristo (cf. 1 Pe 2, 5; He 4, 11). En el “Día de la Iglesia diocesana”, recordemos que, si el apóstol Pedro nos ha llamado “piedras vivas”, está claro que nuestra vocación es unir nuestro corazón y nuestro quehacer a Cristo, de modo que este “templo espiritual” sea “santuario de encuentro”, para quienes buscan a Dios, y “hospital de campaña”, para todas las personas heridas.
Valoremos, por consiguiente, lo que somos y vivamos nuestra vocación cristiana con ilusión, agradecimiento y compromiso. Con ilusión y agradecimiento, porque, a pesar de nuestra pequeñez, el Señor nos ha elegido para ser “piedras vivas” de su templo; como eligió a María, una joven desconocida de Nazaret, para ser la madre de su Hijo, hecho hombre por nuestra salvación. Ella respondió con disponibilidad y proclamó: «Mi espíritu se alegra en Dios, porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava» (Lc 1, 47-48). También cada uno de nosotros podemos decir lo mismo cuando nos reconocemos miembros de esta Iglesia diocesana.
Y con compromiso, porque la elección no es un privilegio, sino una responsabilidad y llamada a la misión. A la misión de anunciar incansablemente a tantos hermanos y hermanas, que aún no conocen a Jesucristo, que él es nuestra salvación y nuestra vida para siempre. A la misión de hacer palpable el amor y la ternura de Dios a tantas personas que viven cansadas y agobiadas. A la misión de colaborar, cada uno desde su personal vocación, a construir con todos los que creemos en Cristo una comunidad de hermanas y hermanos que se aman y se ayudan mutuamente.
En este momento de la historia, nuestra Iglesia necesita con urgencia jóvenes dispuestos a asumir la vocación sacerdotal, religiosa y misionera, como donación de sí mismos, para construir unas comunidades vivas, serviciales y atractivas. Esta disponibilidad no se improvisa. Es el fruto de la educación, sobre todo en el ámbito de la familia; de un modo de vivir que no tenga como meta “pasarlo bien”, sino servir a tanta gente que necesita un hálito de esperanza; de unas comunidades en las que cristianos y cristianas de toda edad y condición vivan atentos y dispuestos, para escuchar y responder a las llamadas de Dios con generosidad. Vivamos, por tanto, el “Día de la Iglesia diocesana” abriendo nuestro corazón a la llamada del Padre, para ser en Cristo y con Cristo “piedras vivas” de su templo.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 15 de septiembre de 2024
Cambios de párrocos
Esta escasez de sacerdotes nos apena, pues es evidente que un párroco no puede atender de la misma manera tres parroquias que ocho. Sin embargo, no nos dejemos atrapar por la tristeza y escuchemos lo que el Espíritu Santo quiere decirnos a través de esta situación. Cuando llevo a la oración esta realidad, percibo tres llamadas muy claras:
Primera: impulsar decididamente la pastoral vocacional. Desgraciadamente, la tasa de natalidad es muy baja en España y no pocos niños y jóvenes de nuestros pueblos y ciudades proceden de otras culturas y, en algunos casos, de otras religiones; pero creemos que Dios sigue llamando a hombres y mujeres de esta tierra, unos jóvenes y otros adultos, para que se entreguen al servicio de la Iglesia y de las personas. Todos nosotros –laicos, religiosos y pastores– hemos de abrir los oídos y ensanchar nuestra disponibilidad, y motivar para que otros hagan lo mismo, de modo que escuchemos y respondamos a las llamadas deDios, convencidos de que Él nunca se deja ganar en generosidad.
Segunda: superar, de una vez por todas, el modelo de parroquia donde el sacerdote lo hace casi todo y los feligreses se limitan a asistir. El Bautismo, que nos hizo hijos de Dios y miembros activos y corresponsables de su Pueblo, nos impulsa a preguntarnos qué podemos hacer en la comunidad cristiana. Todos podemos aportar algo, según la vocación, edad y circunstancias de cada cual:desde aquellas tareas que parecen sencillas hasta otrosservicios que requieren cierta experiencia y formación. En nuestra Iglesia podemos ser catequista o coordinador de catequistas, trabajar como voluntario de Cáritas o de Manos Unidas, participar y promover la participación en la Liturgia, rezar el Santo Rosario o animar las celebraciones en espera de presbítero, tocar la campana antes de las Eucaristías o ayudar en la limpieza, el mantenimiento o la economía… Todo es necesario para que la parroquia esté viva.
Tercera: intensificar la colaboración con otras parroquias en la Unidad Pastoral o en el Arciprestazgo. Estamos llamados a superar, sin prisa pero sin pausa, esa larga tradición de parroquias cuasi autónomas que viven de espaldas a otras comunidades, y trabajar en red con lasparroquias vecinas, de modo que podamos desarrollar mejor la misión encomendada por el Señor.
¡Feliz curso pastoral 2024-2025!
domingo, 12 de mayo de 2024
Carta de los Obispos de Aragón: «Desafíos y esperanzas en el mundo rural»
Queridos hermanos, hoy nos dirigimos especialmente a los hombres y mujeres del campo. Como pastores de esta tierra, eminentemente rural, compartimos no solo la fe en Cristo, sino también las dificultades y los retos que afrontáis en vuestro quehacer cotidiano.
Las protestas de las últimas semanas han puesto de manifiesto la existencia de serios problemas que directamente os afectan, como son: las altas inversiones que suponen la maquinaria y las infraestructuras necesarias en las explotaciones agrícolas y ganaderas, las condiciones excesivas para acceder a las ayudas de la Unión Europea, la irrupción en el campo de grandes grupos de inversión con los que no podéis competir, la escasa capacidad negociadora de las pequeñas cooperativas agrícolas frente a los grandes grupos distribuidores de alimentos, las dificultades de la Administración pública para cubrir las plazas vacantes de los centros sanitarios en no pocas zonas de nuestra tierra, la falta de relevo generacional y el desánimo que producen el envejecimiento y la disminución de la población, a pesar de los estudios y programas que se anuncian para hacer frente a la “España vaciada”.
Esta problemática, sin embargo, no puede hacernos olvidar los valores que nuestros pueblos vienen aportando al conjunto de la sociedad: un estilo de vida menos estresante que en la ciudad, la práctica de la solidaridad y del cuidado mutuo entre los vecinos, el contacto con la naturaleza, el aprecio de lo pequeño, lo gratuito y lo auténtico frente a la dictadura de los números, la productividad y la apariencia; y, en definitiva, una vida más humanizada y saludable, que favorece, sin duda, el desarrollo de la espiritualidad y de la religiosidad.
Además de reconocer a los hombres y mujeres del campo vuestra aportación, también queremos invitar a quienes vivís en la ciudad a valorar el trabajo del mundo rural por «la función social, cultural y económica que desempeña en los sistemas económicos de muchos países y por su creciente importancia en la salvaguarda del medio natural», y a mirar con espíritu solidario «los numerosos problemas que el mundo rural debe afrontar en el contexto de una economía cada vez más globalizada», como advierte la Doctrina Social de la Iglesia (vid. Compendio, n. 299).
Deseamos, pues, animar a todos nuestros diocesanos a afrontar con esperanza los desafíos que se presentan. La agricultura y la ganadería del siglo XXI han de producir suficientes alimentos de calidad para una población mundial en constante crecimiento, sin dejar por ello de cuidar la tierra que habitamos. Hacemos, por tanto, un llamamiento a que entre todos mantengamos el respeto a la “casa común”, en la búsqueda de un desarrollo sostenible que sustente el necesario equilibrio ecológico. Además, en esta tierra nuestra de Aragón, al igual que en otras regiones españolas, debemos encarar el reto de la despoblación con decisión, mediante políticas eficaces y promoviendo, al mismo tiempo, el aprecio del estilo de vida rural frente a la cultura dominante que sobrevalora la vida urbana.
Queridos hermanos y hermanas, contad con nuestro apoyo en vuestras justas reivindicaciones y con nuestra oración. San Isidro, modelo de hombre del campo, trabajador y orante, ruega por nosotros y nuestros pueblos.
Las protestas de las últimas semanas han puesto de manifiesto la existencia de serios problemas que directamente os afectan, como son: las altas inversiones que suponen la maquinaria y las infraestructuras necesarias en las explotaciones agrícolas y ganaderas, las condiciones excesivas para acceder a las ayudas de la Unión Europea, la irrupción en el campo de grandes grupos de inversión con los que no podéis competir, la escasa capacidad negociadora de las pequeñas cooperativas agrícolas frente a los grandes grupos distribuidores de alimentos, las dificultades de la Administración pública para cubrir las plazas vacantes de los centros sanitarios en no pocas zonas de nuestra tierra, la falta de relevo generacional y el desánimo que producen el envejecimiento y la disminución de la población, a pesar de los estudios y programas que se anuncian para hacer frente a la “España vaciada”.
Esta problemática, sin embargo, no puede hacernos olvidar los valores que nuestros pueblos vienen aportando al conjunto de la sociedad: un estilo de vida menos estresante que en la ciudad, la práctica de la solidaridad y del cuidado mutuo entre los vecinos, el contacto con la naturaleza, el aprecio de lo pequeño, lo gratuito y lo auténtico frente a la dictadura de los números, la productividad y la apariencia; y, en definitiva, una vida más humanizada y saludable, que favorece, sin duda, el desarrollo de la espiritualidad y de la religiosidad.
Además de reconocer a los hombres y mujeres del campo vuestra aportación, también queremos invitar a quienes vivís en la ciudad a valorar el trabajo del mundo rural por «la función social, cultural y económica que desempeña en los sistemas económicos de muchos países y por su creciente importancia en la salvaguarda del medio natural», y a mirar con espíritu solidario «los numerosos problemas que el mundo rural debe afrontar en el contexto de una economía cada vez más globalizada», como advierte la Doctrina Social de la Iglesia (vid. Compendio, n. 299).
Deseamos, pues, animar a todos nuestros diocesanos a afrontar con esperanza los desafíos que se presentan. La agricultura y la ganadería del siglo XXI han de producir suficientes alimentos de calidad para una población mundial en constante crecimiento, sin dejar por ello de cuidar la tierra que habitamos. Hacemos, por tanto, un llamamiento a que entre todos mantengamos el respeto a la “casa común”, en la búsqueda de un desarrollo sostenible que sustente el necesario equilibrio ecológico. Además, en esta tierra nuestra de Aragón, al igual que en otras regiones españolas, debemos encarar el reto de la despoblación con decisión, mediante políticas eficaces y promoviendo, al mismo tiempo, el aprecio del estilo de vida rural frente a la cultura dominante que sobrevalora la vida urbana.
Queridos hermanos y hermanas, contad con nuestro apoyo en vuestras justas reivindicaciones y con nuestra oración. San Isidro, modelo de hombre del campo, trabajador y orante, ruega por nosotros y nuestros pueblos.
+ Carlos Manuel Escribano Subías, Arzobispo de Zaragoza
+ Vicente Jiménez Zamora, Arzobispo Emérito de Zaragoza
y Administrador Apostólico de Huesca y de Jaca
+ Ángel Javier Pérez Pueyo, Obispo de Barbastro-Monzón
+ José Antonio Satué Huerto, Obispo de Teruel y Albarracín
+ Vicente Rebollo Mozos, Obispo de Tarazona
domingo, 3 de marzo de 2024
Hispanoamérica
El domingo 3 de marzo, Día de Hispanoamérica, recordamos a los sacerdotes españoles que fueron a trabajar a aquellas tierras, azotadas entonces por la penuria vocacional. Ahora un buen número de sacerdotes latinoamericanos colaboran en algunas diócesis españolas, en una muestra palpable de la catolicidad de la Iglesia. Demos gracias a Dios, en esta jornada, por la generosidad de unos y otros.
El Cardenal Robert Prevost, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, comenta en su mensaje el lema de esta Jornada -“Arriesgan su vida por el evangelio”- a la luz de la vida y martirio de San Óscar Romero, con estas palabras: «Era un hombre que amaba a Dios y a su pueblo. A través de un proceso de purificación y conversión, descubrió que el amor de Jesús hay que ofrecerlo más allá de la zona de confort, arriesgando la vida… Justo en la homilía, pronunciada pocos instantes antes de ser asesinado, dijo: “Acaban de escuchar en el evangelio de Cristo que es necesario no amarse tanto a uno mismo, que se cuide uno para no meterse en los riesgos de la vida que la historia nos exige y que quien quiera apartar de sí el peligro perderá su vida. En cambio, el que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, vivirá”. Esta es la más grande verdad. La vida encuentra su destino verdadero en el amor. El amor, que implica ofrendar la vida por nuestros hermanos trascendiendo la retórica y sumergiéndonos en la gran aventura que significa seguir la vocación que el Señor nos ha confiado».
Nuestra diócesis de Teruel y Albarracín ha sido generosa al compartir con las Iglesias hermanas de Latinoamérica el servicio evangelizador de sacerdotes, personas consagradas y cristianas y cristianos laicos. ¡Bendito sea Dios por todos ellos! Y bendito sea también por los que ahora han llegado de allende los mares a nuestra tierra “vaciada”, dando una nueva vitalidad a estas comunidades cristianas demográficamente empobrecidas. Unos y otros han sido y son capaces de entregar y, en cierto modo, “arriesgar su vida por el Evangelio”.
Al pensar en todos ellos, recuerdo emocionado la acogida cariñosa que me han dispensado las comunidades cristianas latinoamericanas que he tenido la gracia de visitar. Han conseguido que entre ellos me sintiera como en mi propia casa y sus despedidas han sido especialmente generosas y cariñosas. Dios quiera que nosotros los acojamos y les abramos nuestras puertas de igual manera. La Eucaristía que celebramos en la Catedral el 12 de diciembre pasado, con motivo de la fiesta de la Virgen de Guadalupe, nos siga dando impulso para que, al tiempo que ellos alientan en nosotros la fe, les ayudemos a vivir sus bellas tradiciones religiosas, logrando que este intercambio sea enriquecedor para todos.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 18 de junio de 2023
Romerías y fiestas patronales
Durante la Pascua se han multiplicado las romerías a las ermitas y santuarios que salpican la geografía diocesana. Las romerías son espacios de convivencia en torno a la Virgen María y a los Santos, que nos permiten sentirnos como eslabones de esa cadena viva, que es la tradición que nos han legado nuestros mayores y que reconocemos como parte de nuestra identidad cultural y religiosa.
Las romerías propias de este tiempo ya están dando paso a las fiestas de los diferentes pueblos y barrios. Bienvenidas las fiestas, cuando nos hacen más humanos, cuando nos arriman con alegría y gratitud al amigo de siempre y al que viene de lejos, cuando nos permiten descansar del esfuerzo diario y brindar por las cosas buenas y bellas de la vida. Bienvenidas estas celebraciones que nos acercan al Dios que prepara para sus hijas e hijos de todos los pueblos «un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados» (Is 25,6).
Los sacerdotes intentan multiplicarse para llegar a todas las romerías y fiestas patronales, pero a veces resulta imposible conseguirlo. Cuando a un párroco le piden que celebre tres Misas, normalmente a las doce del mediodía, en la misma jornada y en tres lugares distintos, nadie tiene que sorprenderse si dice que no puede.
Por ello, pido encarecidamente a las comisiones de fiestas y a los responsables de las diversas cofradías que, antes de fijar y publicar la fecha y hora de las misas de romerías y fiestas patronales, hablen con los respectivos párrocos, para encontrar la solución más adecuada en cada caso. Con buena voluntad siempre se pueden alcanzar acuerdos satisfactorios para todos. En cambio, si no hay diálogo, se corre el riesgo de que no se puedan llevar a cabo las celebraciones anunciadas, a causa de las numerosas obligaciones que recaen sobre los sacerdotes en determinadas fechas, con el consiguiente disgusto tanto para los feligreses como para los propios sacerdotes.
Es verdad que siempre se ha celebrado la Misa en una fecha y a una hora concreta, y que esto se ha convertido en tradición, pero no podemos ignorar que la situación ha cambiado. Somos menos sacerdotes para atender el mismo número de parroquias; por lo tanto, es indispensable echar mano del diálogo, la comprensión y la flexibilidad para poder prevenir y resolver conflictos desagradables.
Aprovecho esta carta para agradecer a los sacerdotes su disponibilidad y esfuerzo para acompañar a todas las parroquias –también a las más pequeñas– en sus múltiples celebraciones. Además, quisiera poner en valor el trabajo de quienes organizan estos festejos desde las parroquias, cofradías, comisiones y ayuntamientos, con gran generosidad y espíritu de servicio.
Queridos diocesanos y diocesanas, ¡feliz verano y felices fiestas! Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.
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