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domingo, 23 de junio de 2024

Valores de ahora y de siempre


Vengo observando que, en los discursos que se pronuncian en no pocos actos públicos, predominan valores que tienen que ver con la ecología y la sostenibilidad, con la violencia de género y la igualdad de la mujer, con el respeto a la diversidad y con los derechos de las personas más desfavorecidas, y no puedo menos de congratularme porque estos valores han sido destendidos en demasiados momentos de la historia. Considero que es un bien para el conjunto de la población tomar conciencia de las carencias que nuestra cultura ha tenido en las pasadas décadas y ponerles remedio. Aún con todas las imperfecciones que siempre lleva a cuestas la vida humana, es justo reconocer que estos nuevos valores entroncan con el Evangelio de Jesús y que en ellos está presente su Espíritu, que actúa en las entrañas de la historia humana y en el corazón de las personas de buena voluntad.

Pero también observo que se van arrinconando otros valores “de toda la vida”. Así, apenas se habla de la disciplina y de la necesidad de aprender a renunciar y a sacrificarse para conseguir que la sociedad mejore; con el auge de un relativismo muchas veces interesado, no se promueve la búsqueda y la defensa de la verdad; la obsesión por la inmediatez no deja espacio para la paciencia y la perseverancia; la lealtad y el compromiso de por vida no están de moda, con consecuencias en ámbitos tan diversos como la participación en la vida social o la natalidad; en nombre de una igualdad mal entendida, no se respeta la autoridad de padres, profesores, gobernantes, etc.

Con estas pinceladas, sólo pretendo llamar la atención de los miembros de nuestra Iglesia diocesana y de todos los que quieran escucharme sobre un fenómeno preocupante: unos valores están en auge entre nosotros, pero otros van cayendo en desuso, sin darnos cuenta de las consecuencias, positivas y negativas, que esta situación propicia, especialmente en las nuevas generaciones.

A este respecto, vienen a mi memoria dos enseñanzas que Jesús nos dejó. En unas advertencias que hizo a los escribas y fariseos les dijo: «Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello» (Mt 23, 23), y, después de exponer a todos algunas parábolas sobre el Reino de los Cielos, concluyó: «Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo» (Mt 13,52). De este modo nos invitó a no desdeñar lo nuevo porque sea nuevo, ni lo viejo porque sea antiguo; a conservar los valores que nos han ayudado a desarrollarnos como personas y como pueblo, impulsando al mismo tiempo aquellos nuevos valores que engrandecen el patrimonio moral de nuestra sociedad.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 10 de septiembre de 2023

El cuidado de la Creación


El pasado viernes 1 de septiembre el Papa volvió a invitarnos a orar por «el cuidado de la Creación». Abrió así el llamado «tiempo de la Creación», que se prolongará hasta la fiesta de San Francisco de Asís, el próximo 4 de octubre.

En su mensaje, el Santo Padre nos invita a escuchar el latido materno de la tierra y nos recuerda que: «el consumismo rapaz, alimentado por corazones egoístas, está perturbando el ciclo del agua en el planeta. El uso desenfrenado de combustibles fósiles y la tala de los bosques están produciendo un aumento de las temperaturas y provocando graves sequías. Horribles carestías de agua afligen cada vez más a nuestras casas, desde las pequeñas comunidades rurales hasta las grandes metrópolis. Además, industrias depredadoras están consumiendo y contaminando nuestras fuentes de agua potable con prácticas extremas como la fracturación hidráulica, para la extracción de petróleo y gas, los proyectos de mega-extracción descontrolada y la cría intensiva de animales». Ante esta preocupante realidad, el Santo Padre nos señala tres tareas:

1ª. Nuestra «conversión ecológica», practicando «el respeto ecológico en cuatro direcciones: hacia Dios, hacia nuestros semejantes de hoy y de mañana, hacia toda la naturaleza y hacia nosotros mismos». Esta conversión requiere cambios interiores que tengan repercusión en la vida diaria, pues –como afirmó Benedicto XVI– «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores» (Homilía del 24 de abril de 2005).

2ª. Transformar nuestros estilos de vida. «A partir de la grata admiración del Creador y de la creación, arrepintámonos de nuestros «pecados ecológicos». Con la ayuda de la gracia de Dios, adoptemos estilos de vida que impliquen menos desperdicios y menor consumo innecesario. Colaboremos en la continua creación de Dios a través de decisiones positivas, haciendo un uso lo más moderado posible de los recursos, practicando una gozosa sobriedad, eliminando y reciclando los desechos y recurriendo a los productos y a los servicios, cada vez más disponibles, que son ecológica y socialmente responsables».

3ª. Cambiar las políticas públicas, «que gobiernan nuestras sociedades y modelan la vida de los jóvenes de hoy y de mañana». El Papa Francisco levanta su voz para que los líderes mundiales escuchen a la ciencia y se comprometan para frenar el riesgo de calentamiento global y detener así «esta injusticia hacia los pobres y hacia nuestros hijos, que sufrirán las peores consecuencias del cambio climático».

Por su parte, la Conferencia Episcopal Española anima a nuestras Iglesias a incluir «esta conciencia ecológica en los procesos catequéticos de los niños y jóvenes, pues el cuidado de la Creación es sin ninguna duda un elemento central en la formación cristiana».

Recibid mi cordial saludo en el Señor.

domingo, 14 de mayo de 2023

Nazaret sigue siendo un pueblo pequeño


Tres años y medio han pasado desde que los Obispos de las diócesis de Aragón escribieron una carta pastoral titulada “Nazaret era un pueblo pequeño”, que pretendía explicar cómo la Iglesia ha de continuar al servicio del mundo rural en las presentes circunstancias.

En vísperas de la fiesta de San Isidro labrador, que celebráis tantos hombres y mujeres de Aragón dedicados a cultivar la tierra que nos da el pan de cada día, una severa sequía nos preocupa y acongoja. En una sociedad acelerada como la actual, el mundo rural también está cambiando: han pasado los tiempos en los que era preciso escalonar los cerros y lomas para arrancar a la tierra unas pocas espigas. En la actualidad, nuestros agricultores tienen que vérselas con las exigencias burocráticas para acceder a las ayudas de la Política Agraria Común (PAC). Además, a la escasez de agua se añaden nuevos desafíos: la contaminación de acuíferos, el control de las emisiones de gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, las macrogranjas, la implantación de energías renovables, los incendios…

Y, a pesar de los esfuerzos de las Administraciones, el mundo rural se siente marginado en muchos aspectos (sanidad, educación, servicios sociales, comunicaciones, acceso a internet…), porque sigue siendo “un pueblo pequeño”. Los agricultores se quejan de que quienes desconocen los problemas y aspiraciones de los pueblos sean los que toman las decisiones que afectan al mundo rural, y de que no pocas inversiones están inspiradas por intereses electorales más que por las necesidades de los pueblos, con la consiguiente pérdida de población, que cada día es más palpable.

Este panorama reclama un debate sincero, alejado de dudosos intereses económicos y de ideologías apartadas de la realidad, en el que se oiga la voz de los expertos (meteorólogos, geólogos, ingenieros, veterinarios, economistas, ecologistas…), pero también la de los agricultores y ganaderos. Es hora de tomar en consideración y apreciar el valor social y medioambiental que aportan los hombres y mujeres del campo.

En este debate, «es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritualidad… Ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje» (Encíclica Laudato si’ 63). Si atendemos sólo a la economía y olvidamos los valores culturales de nuestros pueblos, no frenaremos problemas como la despoblación.

Termino esta carta con una palabra de reconocimiento a los hombres y especialmente a las mujeres del mundo rural. Además de ocuparos de vuestras casas y de diversas explotaciones familiares, muchas trabajáis por cuenta ajena y colaboráis generosamente en las parroquias y en un sinfín de iniciativas culturales, recreativas y sociales del pueblo. ¡Gracias de corazón!

A pesar de la sequía, que este año ha arruinado tantos cultivos, os deseo un feliz día de San Isidro.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...