domingo, 27 de abril de 2025
Las “manías” de Francisco
Mientras nos recuperamos del dolor por la muerte del papa Francisco y crece nuestra gratitud por su vida y ministerio, quisiera recordar algunas de sus “manías”.
Un rasgo significativo de su pontificado ha sido su empeño para que todos los hombres y mujeres, “cada uno con su vida a cuestas”, pudieran encontrarse en la Iglesia como en su casa y no como ante una aduana, en la que debían exhibir sus méritos para traspasar la puerta. ¡Cuántas veces repitió “todos, todos, todos”! y confirmó este deseo con decisiones y gestos, como la convocatoria del Sínodo sobre la sinodalidad, el nombramiento de mujeres para cargos de responsabilidad en la Iglesia y la posibilidad de bendecir a parejas en situaciones irregulares. Esta “manía” del papa Francisco encontró el mismo rechazo que sufrió Jesús hace 2000 años, de quienes, teniéndose por justos, despreciaban a los demás (Lc 18).
Otra “manía” de Francisco han sido los pobres, especialmente los que se ven obligados a salir de su tierra para huir del hambre o de la guerra. Su solidaridad con estas personas ha sido una constante desde su primer viaje a Lampedusa hasta su reciente carta a los obispos de los Estados Unidos, condenando cualquier medida que identifique la condición ilegal de algunos migrantes con la criminalidad. Esta “manía” ha estado presente en sus palabras y actitudes, a pesar de la incomodidad manifestada por algunos. No hacía otra cosa que seguir la estela del Maestro de Nazaret, cuando puso como ejemplo a personas consideradas extranjeras: alabó la fe de una mujer cananea (Mt 15) y la solidaridad del samaritano que se compadeció de un moribundo tirado al borde del camino (Lc 10); y advirtió que serían bienaventurados quienes lo hospedaron siendo forastero (Mt 25).
También señalo su “manía” por la normalidad. Renunció a los zapatos rojos, tradicionalmente usados por sus predecesores, y se atrevió a vestir el poncho con el que apareció hace pocos días en la basílica de San Pedro. Siempre que pudo “pasó como uno de tantos” (Fil 2) y la gente lo percibía. Recuerdo a una mujer romana que me dijo: «Me gusta este Papa porque dice “buenos días” cuando saluda y “buen provecho” al terminar de rezar el “Ángelus”. Es una persona como nosotros». En efecto, utilizaba un lenguaje coloquial, comprensible por todos, se manifestaba con naturalidad y espontaneidad, corriendo el riesgo de ser poco preciso o de cometer algún error, de los que pedía perdón.
Por último, me ha impresionado su “manía” por el buen humor y la esperanza, especialmente en este Año Jubilar. Muchas veces, después de tratar temas delicados, añadía con su acento porteño: «no perdás el sentido del humor». En su buen humor y su esperanza se pone de manifiesto el hombre de profunda fe, que percibía, en medio de las tormentas, el amor y la acción de Dios en su corazón, en la vida de la Iglesia y en las entrañas del mundo (Mt 28).
¡Benditas las “manías” de Francisco, que nos acercan al Evangelio de Jesucristo y a los hombres y mujeres de hoy!
domingo, 20 de abril de 2025
La gran esperanza
La vida humana está construida sobre la esperanza. Sin ella no podríamos vivir. Siempre tenemos alguna esperanza: disfrutar de buena salud, tener suerte en la vida, alcanzar éxito profesional o deportivo, que un ser querido consiga trabajo, que llegue la paz a nuestro mundo… Pero existe, sobre todo, la que el papa Benedicto XVI definió como «la gran esperanza»; la de sentirnos amados siempre y con un amor incondicional, más allá de nuestras limitaciones e incluso de la muerte.
En efecto, como enseña la encíclica Spe Salvi (n. 26), «el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39)». Esta fue la experiencia del apóstol San Pablo, que él comunicó a la comunidad de Roma del siglo I y a los cristianos de todos los tiempos.
En Pascua celebramos que el Amor incondicional del Padre resucitó a Jesús, su Hijo, dándole una vida nueva. Celebramos además que, al haber sido alcanzados por este Amor, se afianza la esperanza en nuestros corazones, pues tal como el Papa Benedicto manifiesta, «quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente “vida”. Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera la “vida eterna”, la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces “vivimos”» (Spe salvi, 26).
La resurrección de Jesús nos asegura que el Reino de gracia y fraternidad que Él vivió y predicó no es una ilusión vana, sino una promesa garantizada por el amor fiel de Dios. Unidos al Resucitado, contagiemos la fuerza de esta «gran esperanza», que sostiene las pequeñas esperanzas cotidianas, más allá de los fracasos aparentes; trabajemos como Jesús y con Jesús para plasmar en nuestro mundo este Reino de justicia, paz y fraternidad, en el que todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, pueblo y nación, puedan sentirse amados por Él y vivir como hermanas y hermanos; pues la esperanza en la vida eterna «no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio» (Gaudium et spes 21).
Feliz Pascua de resurrección, hermanas y hermanos. Aunque no estemos en el mejor momento, podemos experimentar y contagiar el Amor incondicional de Dios, que ahuyenta los fantasmas de la desesperanza y el sin sentido.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 13 de abril de 2025
Fortalecer, celebrar y procesionar la esperanza
No es un secreto para nadie que nuestra sociedad, tan crecida tecnológicamente, ha menguado en esperanza. Mientras se desarrolla la Inteligencia Artificial, que hoy ya es una herramienta muy poderosa, van cayendo las grandes utopías de libertad, igualdad y fraternidad, por las que tantas personas, movidas por su fe o por sus valores humanos, entregaron su tiempo y arriesgaron la vida. Así, hoy nos encontramos con muchos hombres y mujeres, también niños y jóvenes, que no encuentran razones ni siquiera para seguir viviendo.
En este contexto social, que por supuesto también afecta a los hijos de la Iglesia, estamos inmersos en la gracia del Jubileo 2025, convocado por el papa Francisco con el lema “Peregrinos de esperanza”. Por eso, animo a todas las personas que queréis vivir intensamente la Semana Santa, y especialmente a los cofrades, a fortalecer la esperanza, a celebrarla en nuestras comunidades parroquiales y a procesionarla por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades.
Quizá alguien pueda preguntarse qué tiene que ver la esperanza con las celebraciones y procesiones de Semana Santa. Aparentemente son dos realidades contradictorias: ¿cómo podemos crecer y transmitir esperanza celebrando y procesionando a alguien que fue traicionado con vileza, condenado injustamente y ejecutado en una cruz? Sin embargo, cuando miramos con mayor profundidad la Pasión de Cristo, no vemos simplemente un camino de sufrimiento, sino una misión profundamente asumida y vivida con generosidad hasta las últimas consecuencias. Jesús sabía cuál era su proyecto: entregarse con amor a Dios Padre y a la humanidad, para abrir un camino de salvación y transformar el dolor en redención. A través de ese acto supremo de amor, nos enseñó que incluso en los momentos más oscuros hay una promesa de vida nueva, de resurrección, de esperanza.
Sí, queridos hermanos y hermanas, la pasión y la esperanza van de la mano. La esperanza, por un lado, nos mueve a trabajar por el bien común, a compartir cuanto hemos recibido y a entregar la vida con pasión, seguros de que este modo de vivir dará frutos de fraternidad, justicia y paz. Y cuando vivimos con esta pasión, con este amor, generamos esperanza en quienes nos rodean. Pido al Señor Jesús que, en esta Semana Santa, nos libere del círculo vicioso de la desesperanza, que provoca pasividad e indiferencia; para dejarnos atraer por el círculo virtuoso de la esperanza, que nos mueve a vivir con pasión, como Jesús y con Jesús.
Cada celebración litúrgica, cada tambor y corneta que suenan en la Semana Santa de nuestros pueblos y ciudades, cada paso procesional y cada oración compartida son una forma de decir al mundo que la fe sigue viva, que el sacrificio por amor tiene sentido y que la esperanza no defrauda.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 6 de abril de 2025
“Juntos”, camino de conversión
En Cuaresma volvemos a escuchar la llamada de Dios a convertirnos, pero en muchas ocasiones nuestra respuesta se reduce a pequeños compromisos con los que pretendemos alcanzar no tanto lo que Dios quiere, sino lo que nosotros deseamos: leer un poco más, ser fieles a las prácticas piadosas, compartir con alguna persona u organización, perder peso…
Estos propósitos son beneficiosos sin duda alguna, pero quienes seguimos a Jesús tendríamos que preguntar a Dios más a menudo en qué deberíamos convertirnos. Estoy convencido de que un camino de conversión muy querido por Dios se puede resumir con la palabra: “juntos”. Así, el papa Francisco, nos decía recientemente:
«En esta cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente de nuestras necesidades. Preguntémonos ante el Señor si somos capaces de trabajar juntos como obispos, presbíteros, consagrados y laicos, al servicio del Reino de Dios; si tenemos una actitud de acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o si la marginamos» (Mensaje de Cuaresma 2025).
Pidamos, por tanto, la gracia de convertirnos a un estilo de vida sinodal, es decir, a lo que san Juan Pablo II llamó “espiritualidad de comunión”:
«Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí”, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias» (NMI 43).
Aquí tenemos un camino de conversión extraordinario y concreto, que nos llevará a crecer en amor a Dios, en apoyo mutuo y en ardor misionero. Recibid, pues, mi cordial saludo en el Señor.
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