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domingo, 22 de marzo de 2026

Merece la pena ser cura hoy


Queridos seminaristas, jóvenes que os estáis planteando entrar en el Seminario, sacerdotes y familias:

Sí, también en este momento concreto de la historia, merece la pena ser sacerdote. Tal vez no sea tan sencillo como en otros tiempos, pero sin duda es apasionante. Así lo he experimentado a lo largo de más de treinta años de ministerio.

Los sacerdotes somos testigos privilegiados del paso de Dios por la vida de las personas, cuando nos acercamos a ellas con delicadeza y disponibilidad para acompañarlas y escucharlas. Entonces, descubrimos en sus corazones el poder salvador de los sacramentos que presidimos; y reconocemos, con asombro, cómo Dios se sirve de nuestras pobres palabras y de nuestra frágil humanidad para iluminar y fortalecer a muchos hijos suyos. Por eso, nuestra mayor alegría no es tanto que nos quieran cuanto que nuestros feligreses se encuentren con Dios y se dejen transformar por Él.

Además, nuestro trabajo es valorado por una multitud de personas que trabajan generosamente en nuestras parroquias, en todo tipo de celebraciones, actividades formativas, caritativas y solidarias. Son mujeres y hombres, niños, jóvenes y mayores que agradecen lo que hacemos y lo que representamos, incluso con nuestras limitaciones. Nos quieren, nos perdonan y nos sostienen, a poco que seamos humildes, cercanos, sinceros y entregados a la misión recibida.

Es cierto que hoy el sacerdote ya no recibe los honores ni los privilegios de antaño. Pero lejos de ser un inconveniente, esta circunstancia es una oportunidad. Cuanto menos reconocimiento externo tenemos, más libres somos para vivir con autenticidad nuestra fe y nuestra vocación; más fácilmente podremos configurarnos con Cristo Siervo y Pastor, que da la vida por su rebaño. Nuestro mayor privilegio es acercarnos a los privilegiados del Señor: los que tienen hambre de pan y de esperanza; los enfermos, los jóvenes y las familias que necesitan nuestro tiempo y dedicación para sentirse acompañados en sus crisis, búsquedas y proyectos.

Incluso en esta Iglesia herida por el terrible escándalo de los abusos, merece la pena ser sacerdote. Unos pocos han causado un sufrimiento inmenso a las víctimas. Ahora es el momento de que todos ofrezcamos lo mejor de nosotros para que las heridas puedan cicatrizar, para desterrar de la Iglesia relaciones de dependencia enfermizas que nos dañan a todos, y para promover vínculos verdaderamente fraternos, como Dios quiere para sus hijos e hijas.

El Señor sigue llamando a ser buenos pastores como Él y con Él. Es un regalo precioso estar con Él y compartir su misión con confianza y generosidad. A su lado, hasta cuando la cruz se hace más pesada, crece una alegría profunda en nuestro corazón que nadie puede arrebatarnos. Además, Él nos promete el ciento por uno y la vida eterna.

Oremos con san Manuel González para que el Señor nos dé –y haga de todos los sacerdotes– «buenos pastores, dispuestos a dar la vida por las ovejas».

Recibid un saludo muy cordial en el Señor

domingo, 12 de marzo de 2023

La alegría de servir


El próximo día 19 va a ser un domingo especialmente gozoso, porque, junto a la alegría propia del cuarto domingo de Cuaresma, nuestra Iglesia diocesana de Teruel y Albarracín escuchará el “sí” de Alfonso Torcal Nueno, llamado por el Señor para el servicio diaconal. “Diácono” es una palabra de origen griego, que significa “servidor”.

Jesús es el Servidor con mayúscula, el Siervo de Dios anunciado por el profeta Isaías. Su vida y su palabra nos invitan a servir como Él y con Él: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 42-45).

Estas palabras quedaron escenificadas durante la Última Cena, cuando Jesús se quitó el manto, se ciñó una toalla y lavó los pies a sus discípulos. Ellos no daban crédito a lo que veían, pues lavar los pies era tarea de esclavos. Pedro no se lo quería permitir, pues no le entraba en la cabeza que el mayor se hiciera servidor. Tras el lavatorio, Jesús aclaró el sentido de aquel gesto que resumía su vida: «Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’ y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 13-14).

En efecto, la actitud de servicio debe caracterizar la vida de todos los discípulos de Jesús, a ejemplo suyo, y debe marcar de un modo particular la vida de quienes tenemos encomendada una misión en la Iglesia. De hecho, uno de los títulos más apreciados por el Obispo de Roma es ser “Siervo de los siervos de Dios”.

El papa Francisco nos ha recordado que abandonar este camino tiene sus consecuencias: «Jesús es el servidor de Israel. El pueblo de Dios es siervo, y cuando el pueblo de Dios se aleja de esta actitud de servicio es un pueblo apóstata: se aleja de la vocación que Dios le ha dado. Y cuando cada uno de nosotros se aleja de esta vocación de servicio, se aleja del amor de Dios y construye su vida sobre otros amores, muchas veces idólatras» (Homilía del 7 de abril de 2020).

El servicio no es el precio con el que compramos la vida eterna; es un camino de alegría y vida plena ya en esta tierra. Contemplando a María, que fue a servir con gozo a su prima Isabel, y a tantas personas que han descubierto la alegría de servir, animados por el «sí» de Alfonso, hemos de preguntarnos de qué manera, tanto nosotros como nuestras comunidades, podríamos ser más diaconales, mejores servidores.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 20 de marzo de 2022

Sacerdotes


Los sacerdotes tenemos un estilo de vida poco común: no vivimos en pareja, ganamos poco dinero, hemos perdido prestigio social y no nos faltan dificultades para llevar a puerto la misión que se nos ha encomendado. Aparentemente, tenemos pocos motivos para ser felices. Sin embargo y a pesar de todo ello, la mayor parte de nosotros damos gracias a Dios por nuestra vocación.

¿De qué fuente brota nuestra alegría? Como todos los bautizados, nos sabemos amados, perdonados, elegidos y enviados por Dios. Además, en el ejercicio de nuestro sacerdocio, tenemos la oportunidad de “tocar a Dios”, en la Eucaristía y en los corazones de muchas personas, que nos confían sus sufrimientos y sus esperanzas, sus fracasos y sus logros. En esa verdad desnuda, de tantos hombres y mujeres, descubrimos como Dios los acompaña, anima, consuela, cura y salva.

Percibimos que, a pesar de nuestra pobreza, somos colaboradores e instrumentos de Dios, que ha querido tener “necesidad” de nosotros, para acercarse a otros seres humanos y realizar su obra en muchos corazones que, confiadamente, se abren a su amor. Experimentamos que Dios se manifiesta a través de nuestro humilde servicio, dejando una huella preciosa en los hermanos que vienen a nosotros, buscando el consuelo divino. Así, estas vivencias producen en nosotros un gozo profundo y verdadero.

Gracias a Dios, nunca nos falta el cariño de las comunidades a las que servimos. A veces, incluso gozamos del aprecio de personas ajenas a la Iglesia, que valoran nuestra contribución a la sociedad. ¡Cuánta buena gente hay en nuestras Parroquias, que, sin dejarse vencer por los intereses egoístas que predominan en el ambiente, se compromete en favor de la Iglesia y de la humanidad! ¡Cuántas personas nos motivan con su profunda experiencia de Dios! Esta buena gente comprende nuestra fragilidad, perdona nuestros errores y nos anima a ser mejores pastores. Sus detalles de cariño nos demuestran que Dios jamás se deja ganar en generosidad.

Por estos y otros muchos motivos, aliento a los jóvenes a plantearse que tal vez Dios los está llamando a ser sacerdotes, y animo a las familias a valorar esta vocación como un camino que puede engrandecer la vida de sus hijos. Asimismo, quisiera recordar que Dios sigue llamando, también ahora y en esta tierra, y que la pastoral juvenil y vocacional es tarea de todos. Entre todos hemos de anunciar a los jóvenes que “Dios no quita nada y lo da todo” (Benedicto XVI). Con el testimonio de una vida gozosamente entregada, podemos transmitir que responder a la llamada de Dios es fuente de alegría, de libertad, de amor y de esperanza.

Con sincero afecto, doy gracias a Dios por los sacerdotes y los seminaristas de esta Diócesis de Teruel y Albarracín, pido para ellos la protección de San José y os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.

Afinar el oído

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escu...