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domingo, 14 de junio de 2026

Que brille nuestra “magnífica humanidad”


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Quisiera animaros a profundizar en la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica humanitas (Magnífica humanidad), dedicada a la «custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial» (IA). Este documento, fruto de años de escucha, actualiza la tradición de las grandes encíclicas sociales iniciada por León XIII con Rerum Novarum (1891), que abordó los desafíos de la «revolución industrial», y continuada recientemente por Francisco con Laudato Si’ (2015), centrada en la «cuestión ecológica».

La Iglesia no es experta en cuestiones técnicas, pero aporta «una sabiduría sobre lo humano que nuestro tiempo necesita desesperadamente: cada persona es única e insustituible, un sujeto libre e inteligente dotado de conciencia, capaz de buscar a Dios, de servir a los demás y de cuidar de nuestra casa común». Con hondura teológica y realismo histórico, el Papa defiende la inviolable dignidad de la persona, el valor sagrado del trabajo y la urgencia de una justicia que proteja la libertad frente al poder de los algoritmos y los datos.

Lejos de rechazar el progreso técnico, la encíclica —inspirada en la rica tradición patrística y, de modo especial, en san Agustín— se presenta como una guía lúcida para orientar el debate sobre la IA con racionalidad, seriedad ética y esperanza. Su propósito es evitar que esta tecnología dé lugar a una nueva torre de Babel, que «sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios», y promover, en cambio, una «civilización del amor» más humana y fraterna.

El Papa insiste en que el progreso tecnológico solo será auténticamente humano si permanece al servicio de la persona y del bien común. Por ello, lanza un llamamiento universal: «La IA requiere hoy ser desarmada, liberada de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, de exclusión o de muerte, y puesta al servicio del bien común». Pero no basta con desarmar: es necesario «reparar los lazos, restablecer la confianza y despertar la esperanza en el futuro. Además, nadie reconstruye solo».

León XIV, citando a Gandalf, el mago de El Señor de los Anillos, nos invita a todos a aportar nuestro granito de arena para hacer crecer la civilización del amor: desarmar las palabras, practicar la justicia para encontrar la paz, asumir la mirada de las víctimas, discernir con realismo qué es posible lograr y qué pasos podemos dar, y ejercitar el diálogo en todos los niveles, desde las relaciones personales hasta las internacionales. Incluso propone una espiritualidad eucarística arraigada en la vida de los pobres.

Que esta encíclica y los discursos del Santo Padre en su visita a España nos ayuden a comprender el desafío de la IA, y a trabajar unidos para que siga resplandeciendo en el porvenir nuestra “magnífica humanidad”.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

sábado, 13 de junio de 2026

Pontífice, constructor de puentes


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

De todos los títulos que acompañan al Papa, quisiera subrayar hoy el de Pontífice: constructor de puentes. No se trata de una mera dignidad honorífica ni de una evocación histórica. Es expresión de su misión: tender puentes entre las personas, entre los pueblos, entre las culturas y, sobre todo, entre Dios y la humanidad. La reciente visita de León XIV a España ha estado marcada precisamente por esa vocación pontifical: abrir espacios de encuentro donde se levantan fronteras, unir sin uniformar y reconciliar desde la verdad, la justicia y el perdón.

Madrid fue el escenario de ese gran puente hacia la sociedad civil. En sus encuentros con representantes del mundo de la cultura, la economía, el arte y el deporte, León XIV ofreció una imagen de la Iglesia alejada de cualquier repliegue. Escuchó más de lo que habló y propuso un diálogo sereno capaz de llamar al corazón de quienes buscan respuestas a los grandes interrogantes de nuestro tiempo: «Os invito a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza».

En el Congreso de los Diputados afirmó que para promover la convivencia es preciso abandonar la cultura del descarte y custodiar toda vida humana «desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». Además, en una sociedad marcada por la polarización y el cansancio colectivo, recordó que el entendimiento sigue siendo posible: «La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos».

El Encuentro con la Comunidad Diocesana fue la ocasión propicia para hacer una llamada clara a tender puentes entre diversas realidades eclesiales. Nos invitó a aprender «el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad», a apostar por los consejos parroquiales y diocesanos: «son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad».

Canarias representó otra dimensión de su servicio como pontífice: la de tender puentes hacia los hombres y mujeres más pobres. En Arguineguín, como hiciera Francisco en Lampedusa, puso rostro humano a un fenómeno que con demasiada frecuencia se reduce a cifras y debates políticos. En su mensaje defendió con firmeza que «la dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra... La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

Desde esta dolorosa realidad, León XIV interpeló a la sociedad, que «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». También dirigió su apelación a las comunidades cristianas: «La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras».

Pero la tarea del Pontífice no consiste únicamente en tender puentes entre las personas, sino entre el ser humano y Dios. Y esa dimensión alcanzó su expresión más luminosa en Barcelona. La bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia constituyó mucho más que un acontecimiento arquitectónico o cultural. Allí nos recordó que cada persona es una obra maestra de Dios. Somos “piedras vivas”, llamadas a unirse unas a otras: «Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un único proyecto».

En una época que con frecuencia reduce la fe al ámbito privado, León XIV mostró en Barcelona que «es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador». La luz, la música, la arquitectura y la liturgia convergieron en una celebración donde la técnica, lejos de sustituir la trascendencia, contribuyó a hacer más accesible el misterio.

Quizá por eso la visita ha despertado una acogida tan amplia. Porque, en medio de una sociedad fragmentada y necesitada de referencias comunes, León XIV ha encarnado justamente aquello que expresa su título: el humilde y exigente oficio de tender puentes. Lo ha hecho con la belleza y la coherencia de sus discursos, así como con su modo humilde y respetuoso de presentarse. Puentes entre culturas y generaciones, entre identidad y universalidad, entre la tierra y el cielo. Puentes, en definitiva, hacia nuestra propia dignidad, hacia los demás —especialmente los más vulnerables— y hacia Dios.

Termino esta carta con una pregunta: ¿qué sucedería si tú y yo, y nuestra parroquia y nuestro grupo de fe, cada cual con sus matices particulares, asumiéramos con mayor seriedad la tarea de construir puentes?

domingo, 8 de marzo de 2026

Con la “p” de Pedro, no de política


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.

Hemos recibido con alegría la noticia del viaje de León XIV a España el próximo mes de junio. Algunos la presentan como un movimiento estratégico, tratando de alinear al Papa con algunos partidos políticos y de enfrentarlo con otros. Pero los hijos de la Iglesia no podemos desenfocar su verdadero sentido. La llegada del sucesor del apóstol Pedro, aunque tenga una amplia repercusión social y mediática, es ante todo un acontecimiento eclesial, una experiencia de gracia.

Fue Jesús quien dijo a Simón: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). El ministerio petrino nace de la llamada del Señor, que quiso que su apóstol fuera signo visible de la unidad eclesial y el principio y fundamento perpetuo de su comunión, como recordó el Concilio Vaticano II (LG 23). San Juan Pablo II recordó que el sucesor de Pedro es «servidor de la unidad en la verdad y en la caridad». Benedicto XVI insistió en que el Papa no es un soberano de este mundo, sino el que garantiza el seguimiento fiel a Jesucristo, cuyo señorío no se impone con estrategias humanas, sino por la fuerza transformadora del amor.

En esta línea, el viaje apostólico del papa León, como los de sus predecesores, expresa la solicitud del Pastor que, “con olor a oveja”, desea compartir los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres y mujeres de España, especialmente de los pobres y de quienes sufren (cf. GS 1). Viene a custodiar la fe apostólica, fortalecer nuestra fraternidad y animar la misión evangelizadora. No viene a negociar espacios de poder, sino a iluminar las conciencias y a movilizar cristianos que sean levadura de Evangelio en el mundo.

Prepararnos para su visita con espíritu cristiano requiere ante todo nuestra oración: orar por el Papa y con el Papa; orar para que su palabra encuentre corazones humildes y dispuestos, tanto para recibir su aliento, que nos da fuerza para seguir adelante en los caminos emprendidos, como para acoger sus llamadas a la conversión personal y comunitaria, en nuestras diócesis, parroquias, movimientos y asociaciones. Junto a la oración, dediquemos tiempo a conocer sus exhortaciones, mensajes y homilías.

Dispongámonos, pues, para que la próxima visita del papa a España abra caminos de esperanza en nuestras comunidades y nuestra sociedad. Renunciemos a todo tipo de competición mundana para ver qué diócesis o que movimiento eclesial tiene mayor participación o visibilidad. No nos dejemos robar la alegría de vivir este acontecimiento como Iglesia que espera a su Pastor, no nos dejemos arrastrar por la polarización ni permitamos que el ruido apague la voz del Espíritu.

Que María, Madre de la Iglesia, disponga nuestros corazones para que el Papa encuentre una comunidad deseosa de caminar fielmente tras las huellas de Jesús.

Un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Cotolengo, esperanza para los últimos


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

León XIV, en su Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres, ha afirmado: «Tú, Señor, eres mi esperanza (Sal 71,5). Estas palabras brotan de un corazón oprimido por graves dificultades: Me hiciste pasar por muchas angustias (v. 20), dice el salmista. A pesar de ello, su alma está abierta y confiada, porque permanece firme en la fe, que reconoce el apoyo de Dios».

Nos invita, por tanto, a mirar al pobre no sólo como destinatario de nuestra caridad, sino como portador de un mensaje evangelizador: «El pobre no confía en las seguridades del poder o del tener; al contrario, las sufre y con frecuencia es víctima de ellas. Su esperanza sólo puede reposar en otro lugar. Reconociendo que Dios es nuestra primera y única esperanza, nosotros también realizamos el paso de las esperanzas efímeras a la esperanza duradera».

Acojamos la fuerza evangelizadora de las personas empobrecidas y compartamos con ellas nuestros bienes materiales y espirituales, porque, como advertía el papa Francisco, «la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de brindarles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe» (EG n. 200).

Estas palabras cobran vida en la Casa del Sagrado Corazón, nuestro querido Cotolengo, fundado en 1965 en una de las zonas más desfavorecidas de Málaga gracias al impulso del P. Jacobo y las hermanas de la Institución Benéfica del Sagrado Corazón. Hoy, el trabajo incansable de las hermanas franciscanas clarisas de Kerala (India), así como el compromiso generoso de un reducido grupo de trabajadores y de un numeroso voluntariado, dan calor a este hogar sencillo, donde la caridad se encarna, la esperanza se respira y la fe resuena en el eco del salmo: “Tú, Señor, eres mi esperanza”. No es casual que esta casa, que acoge a familias desahuciadas con niños, personas sin hogar, con discapacidad grave, enfermas o sin derechos sociales reconocidos, haya sido designada como lugar jubilar en este 2025, año de gracia dedicado a fortalecer y contagiar la esperanza.

La celebración de la IX Jornada Mundial de los Pobres, las últimas jornadas del Jubileo y el 60 aniversario del Cotolengo nos invitan a crear nuevos signos de esperanza, activando nuestra responsabilidad social en aras del bien común, impulsando políticas sociales que cambien estructuras injustas, fomentando las distintas formas de voluntariado y colaboración, también económica, y poniendo a los pobres «en el centro de toda la acción pastoral, no sólo de la dimensión caritativa, sino también de lo que la Iglesia celebra y anuncia».

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 20 de julio de 2025

Impulsar la Sinodalidad


El Santo Padre León XIV nos ha animado a proseguir nuestro compromiso en el camino sinodal, recordándonos que somos «una Iglesia misionera, una Iglesia que construye puentes dialogando, siempre abierta, como esta plaza, para recibir con los brazos abiertos a todos aquellos que necesitan nuestra caridad, nuestra presencia, nuestro diálogo y nuestro amor». Con su aprobación, la Santa Sede ha publicado las “Pistas para la fase de implementación del Sínodo”.

El Documento Final subraya la responsabilidad de los pastores en este proceso, pues quien ejerce este ministerio «no recibe prerrogativas ni tareas que deba desempeñar en solitario, sino que recibe la gracia y la misión de reconocer, discernir y armonizar en unidad los dones que el Espíritu derrama sobre las personas y comunidades» (DF, n. 69). Por ello, en las semanas que aún compartiré con vosotros, deseo seguir alentando la rica y prolongada experiencia sinodal de nuestra Iglesia particular, de sus parroquias, comunidades religiosas y asociaciones laicales.

Aprovechando la pausa en muchas actividades que el verano trae consigo, quisiera animaros a dedicar tiempo para leer y rezar el Documento Final del Sínodo, tal como sugiere el texto de “Pistas para la fase de implementación”. El Documento Final expresa «el consenso alcanzado al final del discernimiento de los Pastores provenientes de todas las Iglesias y que, como parte del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro, compromete a todo el Pueblo de Dios». Nos propone un camino de conversión que «implica un proceso de profundización y purificación interior, al que, en el plano personal, seguirá un cambio de elecciones, comportamientos y estilos de vida». Esta conversión provocará transformaciones en nuestras estructuras eclesiales, no meros retoques superficiales, sino cambios auténticos, duraderos y eficaces. «Sin cambios concretos a corto plazo, la visión de una Iglesia sinodal no será creíble, y eso alejará a aquellos miembros del Pueblo de Dios que han hallado fuerza y esperanza en este camino» (DF, n. 94).

También me recuerdo y os recuerdo que la sinodalidad no toma vacaciones. Muchas parroquias, escasamente concurridas en invierno, ven crecer su comunidad de fieles. Este aumento nos brinda ocasiones valiosas para cultivar la sinodalidad, promoviendo encuentros formales y espontáneos, donde rezar juntos y tratar temas como la organización de las fiestas patronales, los retos pastorales y económicos, o la atención solidaria a quienes sufren. Incluso en parroquias de mayor tamaño, el verano permite generar espacios tranquilos para compartir experiencias y soñar juntos, sin la presión de la agenda habitual.

El camino sinodal, recorrido tanto en la Iglesia universal como en nuestra Diócesis, nos anima a mirar el futuro con confianza, «con esa esperanza que no defrauda, la única capaz de sostener el compromiso de avanzar, como Iglesia sinodal, en la misión que el Señor Jesús confió a sus discípulos».

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 18 de mayo de 2025

Un tsunami de gratitud y esperanza


En las últimas semanas hemos asistido con asombro a la cobertura mediática sin precedentes en torno a la muerte y el funeral del papa Francisco, seguidos por el cónclave y la elección del cardenal Prevost como sucesor del apóstol Pedro. Pero más impactante aún que el despliegue informativo ha sido el tsunami de gratitud impulsado por personas de múltiples credos, culturas e ideologías, que han reconocido en el papa Francisco un precioso regalo para la Iglesia y la humanidad. Una vez más, la muerte ha sido como un espejo en el que hemos podido contemplar con nitidez la grandeza de una vida.

Tras su funeral, emergió otro tsunami —esta vez de esperanza— en el corazón de muchísimos hombres y mujeres, con el deseo de que su sucesor siguiera cultivando los valores que Francisco encarnó magistralmente, con sus palabras, sus gestos y, sobre todo, con su forma de vivir. He podido percibir esta esperanza en no pocas personas, con sensibilidades bien distintas. Una amiga, que dice no creer en Dios, me confesaba que había rezado por esta intención. Y León XIV, con su modo de ser propio, no ha defraudado esta esperanza.

Pero no ha de ser únicamente el Papa quien sostenga y transmita la esperanza que se ha manifestado en el mundo. Con él, los obispos, los sacerdotes, las personas consagradas y todos los bautizados y bautizadas deberíamos reflexionar, sin ningún tipo de triunfalismo, sobre lo que ha acontecido en las últimas semanas; para responder a la esperanza que tantos han depositado -a menudo sin saberlo- en quienes formamos parte de la Iglesia, a pesar de nuestras incoherencias.

Todos estamos llamados, cada cual con su estilo y sus talentos, a seguir el Evangelio de Jesús, que el papa Francisco vivió con una frescura cautivadora y a veces desconcertante: el humilde reconocimiento de los propios pecados frente a la tentación de culpabilizar a otros; la defensa incondicional de los pequeños y vulnerables, incluso cuando con ello se incomoda a los poderosos; el compromiso por la paz ante guerras que siguen devastando vidas inocentes; el cuidado activo de la hermana madre tierra, la casa común que Dios nos ha confiado; la apuesta, en una sociedad tan crispada, por la fraternidad, que reconoce la dignidad inviolable de “todos, todos, todos”, por encima de muros ideológicos, económicos o geográficos; junto con el trabajo por una Iglesia que no tenga su centro en sí misma sino en Dios y sea un auténtico “hospital de campaña”, donde cualquier expresión del sufrimiento humano se abraza con ternura.

Acojamos con alegría y responsabilidad, en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín y en cada una de sus comunidades, el deseo y el compromiso de sostener y transmitir este tsunami de esperanza, que ha supuesto el papa Francisco, y pidamos al Espíritu Santo, que guió e impulsó su vida, que siga alentando y fortaleciendo la nuestra.

Recibid mi saludo cordial en el Señor.

viernes, 9 de mayo de 2025

“Tú eres Pedro”


Escribo esta carta cuando todavía no se conoce el nombre del nuevo sucesor de Pedro, que habrá de continuar la tarea del papa Francisco. Se llame como se llame, me parece oportuno recordar cuál es el servicio del Papa a la Iglesia.

Jesús encomendó al apóstol Pedro una misión peculiar al decirle: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos…» (cf. Mt 16, 18-19). Pero no se la encomendó por la superior santidad de Pedro, pues bien sabía de su fragilidad, sino por el auxilio divino que asiste al apóstol, reconocido por Cristo mismo: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). En efecto, el apóstol encuentra en su boca palabras más grandes que él, que no vienen de sus capacidades naturales, sino del Padre celeste. Además, en la última Cena, Jesús le aseguró: «Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-33).

El Concilio Vaticano II enseña que el sucesor de Pedro «es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles… El Pontífice Romano tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad» (cf. LG 22 – 23). Su servicio no anula los diversos carismas que el Espíritu suscita en su Iglesia, sino que los promueve y los armoniza.

Siguiendo la estela del Concilio, la Congregación para la Doctrina de la Fe afirmó que «el Sucesor de Pedro es la roca que, contra la arbitrariedad y el conformismo, garantiza una rigurosa fidelidad a la Palabra de Dios… La responsabilidad última e inderogable del Papa encuentra la mejor garantía, por una parte, en su inserción en la Tradición y en la comunión fraterna y, por otra, en la confianza en la asistencia del Espíritu Santo, que gobierna la Iglesia» (cf. Nota del 31 de octubre de 1998).

Además, la vinculación de las Iglesias locales y de sus obispos con el Romano Pontífice no reduce su libertad, sino que la ensancha, al protegerlos de las influencias de los poderes que intentan influir interesadamente en la marcha de cada Iglesia particular.

Por todo ello, la misión confiada a Pedro y a sus sucesores reclama en todos los fieles, incluidos los obispos, una actitud de acogida confiada de sus enseñanzas e iniciativas, siguiendo el ejemplo de San Pablo, quien, a pesar de ser consciente de su condición de apóstol llamado por Jesucristo, expuso el evangelio que predicaba a los apóstoles de Jerusalén, «no fuera que caminara o hubiera caminado en vano» (Gal 2,2).

Recibid mi saludo cordial en el Señor.

domingo, 27 de abril de 2025

Las “manías” de Francisco


Mientras nos recuperamos del dolor por la muerte del papa Francisco y crece nuestra gratitud por su vida y ministerio, quisiera recordar algunas de sus “manías”.

Un rasgo significativo de su pontificado ha sido su empeño para que todos los hombres y mujeres, “cada uno con su vida a cuestas”, pudieran encontrarse en la Iglesia como en su casa y no como ante una aduana, en la que debían exhibir sus méritos para traspasar la puerta. ¡Cuántas veces repitió “todos, todos, todos”! y confirmó este deseo con decisiones y gestos, como la convocatoria del Sínodo sobre la sinodalidad, el nombramiento de mujeres para cargos de responsabilidad en la Iglesia y la posibilidad de bendecir a parejas en situaciones irregulares. Esta “manía” del papa Francisco encontró el mismo rechazo que sufrió Jesús hace 2000 años, de quienes, teniéndose por justos, despreciaban a los demás (Lc 18).

Otra “manía” de Francisco han sido los pobres, especialmente los que se ven obligados a salir de su tierra para huir del hambre o de la guerra. Su solidaridad con estas personas ha sido una constante desde su primer viaje a Lampedusa hasta su reciente carta a los obispos de los Estados Unidos, condenando cualquier medida que identifique la condición ilegal de algunos migrantes con la criminalidad. Esta “manía” ha estado presente en sus palabras y actitudes, a pesar de la incomodidad manifestada por algunos. No hacía otra cosa que seguir la estela del Maestro de Nazaret, cuando puso como ejemplo a personas consideradas extranjeras: alabó la fe de una mujer cananea (Mt 15) y la solidaridad del samaritano que se compadeció de un moribundo tirado al borde del camino (Lc 10); y advirtió que serían bienaventurados quienes lo hospedaron siendo forastero (Mt 25).

También señalo su “manía” por la normalidad. Renunció a los zapatos rojos, tradicionalmente usados por sus predecesores, y se atrevió a vestir el poncho con el que apareció hace pocos días en la basílica de San Pedro. Siempre que pudo “pasó como uno de tantos” (Fil 2) y la gente lo percibía. Recuerdo a una mujer romana que me dijo: «Me gusta este Papa porque dice “buenos días” cuando saluda y “buen provecho” al terminar de rezar el “Ángelus”. Es una persona como nosotros». En efecto, utilizaba un lenguaje coloquial, comprensible por todos, se manifestaba con naturalidad y espontaneidad, corriendo el riesgo de ser poco preciso o de cometer algún error, de los que pedía perdón.

Por último, me ha impresionado su “manía” por el buen humor y la esperanza, especialmente en este Año Jubilar. Muchas veces, después de tratar temas delicados, añadía con su acento porteño: «no perdás el sentido del humor». En su buen humor y su esperanza se pone de manifiesto el hombre de profunda fe, que percibía, en medio de las tormentas, el amor y la acción de Dios en su corazón, en la vida de la Iglesia y en las entrañas del mundo (Mt 28).

¡Benditas las “manías” de Francisco, que nos acercan al Evangelio de Jesucristo y a los hombres y mujeres de hoy!

domingo, 2 de febrero de 2025

Un jubileo para los más pobres


Los jubileos cristianos, cuyo origen se remonta al Antiguo Testamento, siempre se han presentado como una ocasión propicia para la promoción de la justicia social, que permita vivir con dignidad a todas las personas, especialmente a las que habían caído en desgracia. De hecho, leemos en el Libro del Levítico: «Declararéis santo el año cincuenta y promulgaréis por el país la liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo: cada uno recobrará su propiedad y retornará a su familia» (25, 10).

Con motivo de la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas, quisiera recordar la importancia de desarrollar esta dimensión social, en la que se verifica la conversión y la reconciliación personales propias de todo año jubilar. Así, san Juan Pablo II, al convocar el Jubileo del año 2000, hizo este llamamiento: «Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia… Asimismo, se ha de crear una nueva cultura de solidaridad y cooperación internacionales, en la que todos —especialmente los Países ricos y el sector privado— asuman su responsabilidad en un modelo de economía al servicio de cada persona».

En esta línea, el papa Francisco, propone a los gobernantes signos concretos que inviten a mirar al futuro con confianza: la condonación de la deuda que grava duramente el destino de algunas naciones; la eliminación de la pena de muerte y el respeto a la vida humana en todo su proceso natural, así como la constitución de un fondo mundial mediante la aplicación de un porcentaje del gasto en armamento, para destinarlo a eliminar el hambre, promover la educación y afrontar el reto del cambio climático. Al mismo tiempo, el Santo Padre nos pide a los cristianos que seamos instrumentos visibles de esperanza para quienes sufren.

El pasado año, gracias a vuestra generosidad y al trabajo de la Delegación de Manos Unidas en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín, se llevaron a cabo tres proyectos que han generado esperanza en personas y comunidades concretas. En la India un grupo de mujeres lograron iniciar pequeños negocios para garantizar el sustento de sus familias, a través de programas de formación y microcréditos; en Tanzania se construyó un sistema de captación y distribución de agua potable, para varias aldeas que carecían de acceso a este recurso vital; y en Cuba se apoyó un programa para ancianos con problemas de desnutrición.

El domingo que viene, la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas nos ofrece la posibilidad de aportar nuestro granito de arena en la construcción de un mundo más justo y fraterno. Seamos generosos, especialmente en este año, para que los pueblos y personas más pobres puedan mirar al futuro con esperanza y experimentar la gracia del Jubileo.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 19 de enero de 2025

«Gitanas y gitanos, ¡estáis en el corazón de la Iglesia!»


Hace 600 años, el 12 de enero de 1425, durante el reinado de Alfonso V de Aragón, el gitano Juan, Duque de Egipto Menor, recibió un salvoconducto que le permitía el paso por los territorios de la Corona de Aragón. Es el testimonio más antiguo de la presencia del pueblo gitano en España.

Al cumplirse esta efeméride, el papa Francisco ha escrito un mensaje al pueblo gitano de nuestro país, muy cariñoso y alentador, en el que mezcla expresiones en castellano propias de los gitanos con otras en lengua romaní, con el deseo de «mostrarles mi afecto, reconocer sus valores y animarlos a afrontar el futuro con esperanza».

El Santo Padre reconoce «la incomprensión, el rechazo y la marginación» que han marcado su historia, así como «el esfuerzo realizado en las últimas décadas por el pueblo gitano, por la Iglesia y por la sociedad española en su conjunto, para emprender un camino nuevo hacia una inclusión respetuosa con vuestras señas de identidad», un empeño que es necesario mantener «porque todavía hay prejuicios que superar y situaciones dolorosas a las que hacer frente».

Francisco, recordando las emocionadas palabras de san Pablo VI, cuando, en el año 1965, dijo a los gitanos de todo el mundo: «Ustedes están en el corazón de la Iglesia», les anima a caminar juntos, en las diócesis y las parroquias, en las cofradías y asociaciones, para que «puedan crecer en su fe cristiana sin renunciar a los mejores valores de su cultura» y, al mismo tiempo, ser discípulos misioneros, «peregrinos de esperanza para tantas personas que han perdido la alegría de vivir».

El papa subraya valores propios del pueblo gitano que son profundamente evangélicos: «el aprecio a las personas mayores y el sentido de familia, que se hace más fuerte en los momentos de dificultad; el cuidado por la creación, representada en su bandera por el azul del cielo y el verde de la tierra; nuestra condición de peregrinos hacia la patria del cielo, simbolizada en la rueda de los carros en los que se desplazaban sus antepasados; la capacidad para mantener la alegría y hacer fiesta aunque haya nubarrones en el horizonte; el significado del trabajo –tantas veces malentendido– como un medio para vivir y no tanto para acumular».

Pido a Dios que, por intercesión de los gitanos beatificados, Ceferino y Emilia, «maestros de fe y de vida para gitanos y payos», el mensaje del papa Francisco ayude al pueblo gitano y a la sociedad española a avanzar en el camino de una inclusión respetuosa, que tanto enriquece a todos; que sea, además, un revulsivo para animar y fortalecer la pastoral gitana en nuestra Iglesia de Teruel y Albarracín, y en todas las diócesis españolas.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 1 de diciembre de 2024

Esperanza sin trampas


Parece claro que en este tiempo la esperanza es un bien escaso. Esta realidad quizá puede ser percibida con más nitidez en las palabras y en la vida de los jóvenes, pues aún no les ha crecido esa capa de maquillaje que, conforme vamos cumpliendo años, va cubriendo la espontaneidad. Ellos, en no pocas ocasiones, manifiestan su preocupación por el futuro, afirmando que van a vivir peor que sus padres y abuelos.

Este contexto de falta de esperanza afecta –como no podría ser de otra manera– a los hijos e hijas de la Iglesia. Aunque decimos que la fe sostiene nuestra esperanza, en ocasiones vivimos y hablamos como si el desánimo nos hubiera ganado la partida: “soy así y no puedo mejorar”, “las comunidades cristianas no tienen rumbo”, “el mundo va de mal en peor”. Estas expresiones revelan falta de fe en Dios, que trabaja en la historia, en el mundo y en los corazones, y en la fuerza del Resucitado, que vencerá sobre todo mal.

Por otra parte, a veces podemos caer en la trampa de utilizar la esperanza como una excusa para no implicarnos, esperando pasivamente que el tiempo o Dios nos regalen un futuro mejor, que no construimos día a día. De hecho, algunas personas empeñadas en la transformación del mundo denuncian nuestra esperanza poco comprometida, nos piden que nos indignemos ante la injusticia y trabajemos decididamente para mejorar las condiciones de la humanidad y del planeta.

Otra trampa consiste en confundir la esperanza con el optimismo ingenuo, que se pone una venda en los ojos y tapones en los oídos, para no advertir las limitaciones propias, los pecados en la Iglesia y las injusticias de la sociedad; un optimismo que pretende transformar el mundo y cambiar a las personas sólo a base de buena voluntad.

El Adviento que comenzamos este domingo y el próximo jubileo 2025 son ocasión propicia para tomar el pulso a la esperanza en nuestras vidas y en las comunidades cristianas; para avivar y transmitir una esperanza sin trampas, una esperanza auténtica, en la que sepamos compaginar adecuadamente el análisis de la realidad, la reflexión y la interioridad; la confianza en la acción del Espíritu, el cuidado de uno mismo, los encuentros gratuitos y el compromiso social.

Que este tiempo nos ayude «a recuperar la confianza necesaria —tanto en la Iglesia como en la sociedad— en los vínculos interpersonales, en las relaciones internacionales, en la promoción de la dignidad de toda persona y en el respeto de la creación. Que el testimonio creyente pueda ser en el mundo levadura de genuina esperanza, anuncio de cielos nuevos y tierra nueva, donde habite la justicia y la concordia entre los pueblos» (Papa Francisco, Bula de convocatoria del jubileo 2025).

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 6 de octubre de 2024

El catequista, signo de esperanza


El pasado 4 de septiembre, en su viaje apostólico a Indonesia, el Papa Francisco reconoció la labor de los catequistas, situándolos al frente de la Iglesia con estas palabras: “La Iglesia —debemos pensar en esto—, a la Iglesia la llevan adelante los catequistas. Los catequistas son aquellos que van al frente, que siempre van al frente. Luego vienen las religiosas —inmediatamente después de los catequistas—; le siguen los sacerdotes y el obispo. Sin embargo, son los catequistas los que van “siempre al frente”, son la fuerza de la Iglesia”.

Nosotros, los pastores de la Iglesia que peregrina en Aragón, queremos hacer nuestras las palabras del Santo Padre y agradecer, en este Día de la Educación en la fe, la labor de todos los agentes de pastoral, la de los padres y abuelos y especialmente la de los catequistas en la transmisión y educación en la fe.

En un territorio desigual, pero con necesidades similares, los catequistas seguís siendo los pilares de nuestras comunidades, ya sea en la ciudad, ya sea en el pueblo más escondido. Los catequistas, colaborando con vuestros sacerdotes y donde sea posible con otros muchos agentes de pastoral, sois signo de esperanza para muchas personas, sois presencia de la Iglesia que desea estar y vivir en medio de sus gentes.

El catequista, en nombre de la comunidad, al compartir su fe y acompañar a niños, jóvenes, adultos y familias, va construyendo una nueva humanidad, centrada en la fe en Cristo, nuestra única y verdadera esperanza. Vosotros, catequistas, sois por vuestra presencia y buen hacer signo de credibilidad en una sociedad en donde la labor de la Iglesia es cuestionada. Vosotros sois el rostro de una Iglesia en salida, propositiva, alegre, paciente…

El Directorio para la catequesis, al señalar las características del catequista, nos recuerda que sois por vuestro testimonio de vida un signo de transparencia, gestando con vuestra labor la memoria de Dios: “El testimonio de vida es necesario para la credibilidad de la misión. Reconociendo su propia fragilidad ante la misericordia de Dios, el catequista nunca deja de ser un signo de esperanza para sus hermanos” (DC 113).

De la misma manera el Directorio, al señalar las tareas de la catequesis, nos exhorta a todos a formar para la vida en Cristo (Cf. DC 83-84), educando desde una mirada serena a la sociedad, invitando a todos los creyentes a ser parte activa de la transformación de la realidad. El catequista, siendo fiel a su vocación, hace posible, por tanto, que la esperanza sea el “ancla del alma, segura y firme” (Heb. 6, 19)

Con nuestro afecto y bendición

+ D. Carlos-Manuel Escribano Subías, Arzobispo de Zaragoza
+ D. Vicente Jiménez, Arzobispo Emérito de Zaragoza y Ad-
ministrador Apostólico de Huesca y de Jaca
+ D. Ángel-Javier Pérez Pueyo, Obispo de Barbastro-Monzón
+D. José Antonio Satué Huerto, Obispo de Teruel y Albarracín
+ D. Vicente Rebollo Mozos, Obispo de Tarazona

domingo, 28 de abril de 2024

Todos, todos, todos


El Papa Francisco pronunció en la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa estas palabras: “todos, todos, todos”, para reclamar una Iglesia de puertas abiertas, que no se convierta en una aduana para seleccionar a quienes entran. Retomo esta expresión para recordar que todos los seres humanos tenemos una dignidad infinita y, como declaró el Dicasterio para la Doctrina de la fe el 8 de abril de 2024, esta dignidad pertenece al ser humano «más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre. Este principio, plenamente reconocible incluso por la sola razón, fundamenta la primacía de la persona humana y la protección de sus derechos. La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús».

Por ello, celebramos el apoyo mayoritario a la toma en consideración de la Iniciativa Legislativa Popular para la regularización extraordinaria de personas migrantes, que se ha producido en el Congreso de los Diputados. Más de 700.000 firmas y 900 organizaciones han apoyado esta iniciativa. Es un primer paso para regularizar la residencia y un marco de derechos fundamentales de unas 500.000 personas que se encuentran actualmente en situación administrativa irregular.

Sin embargo, no todo son buenas noticias. Hace pocos días el Parlamento Europeo aprobó una resolución para promover la inclusión del aborto en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión, equiparando “el derecho de las mujeres a decidir sobre su salud sexual y reproductiva” con el aborto, sin tener en cuenta que el aborto no supone simplemente la interrupción del embarazo, sino la eliminación de una vida humana, a la que no se le reconoce derecho alguno. Esta resolución produce una gran tristeza a quienes defendemos que todos los seres humanos, también los no nacidos, tienen una dignidad que hay que proteger y defender.

Personalmente, me causa perplejidad comprobar que algunas personas que trabajan seriamente por los derechos de los inmigrantes y de otras personas discriminadas parezcan insensibles ante el aborto, que también acaba con la vida de seres humanos y marca profundamente la existencia de muchas madres. Como también me cuesta entender que haya personas que se declaran “pro-vida” y se oponen al reconocimiento de los derechos de tantos prójimos que sufren miseria, violencia y todo tipo de injusticias. ¡Ojalá que todos, todos, todos los seres humanos seamos capaces de defender y proteger la dignidad y la vida de todos, todos, todos los hombres y mujeres del mundo!

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 28 de enero de 2024

Cuidar el cuerpo como Dios manda


Al comenzar un nuevo año, solemos plantearnos propósitos muy diversos. Uno de los más habituales es el de ponernos en forma.

Actualmente, el cuidado del cuerpo se ha incrementado e incluso ha llegado a ser, en algunas personas, una obsesión y me atrevo a decir que una idolatría, cuando lo que se busca no es la salud, sino la apariencia, una apariencia que nunca satisface del todo. Pero también hay que reconocer que tanto el cuidado como el descuido del cuerpo tienen repercusiones en la relación con Dios. De hecho, una cristiana con dilatada experiencia de fe me comentaba con asombro que su vida espiritual venía avanzando desde que comenzó a hacer con regularidad ejercicio físico. Me decía: “Yo temía que dedicar tiempo a cuidar el cuerpo me podría alejar de Dios y ha sucedido justo lo contrario”.

Los antiguos ya aseguraban: “mens sana in corpore sano” (la mente o el espíritu está sano cuando el cuerpo está sano). San Pablo, por su parte, nos recuerda que el cuerpo humano es «santuario de Dios» (1Co 6,16) y, por tanto, hemos de respetar y cuidar tanto nuestro cuerpo como el de nuestros prójimos. El cuerpo, con su sensibilidad, nos permite percibir la presencia de Dios y con él expresamos nuestro amor a Él y a los demás. Recordemos a aquella mujer que, en casa del fariseo Simón, «se puso junto a los pies de Jesús llorando, se los regó con sus lágrimas, se los enjugó con los cabellos de su cabeza y se los ungió con el perfume» (Lc 7, 38). Expresó su gratitud y amor con sus gestos corporales, y mereció la alabanza de Jesús.

En esta línea, el papa Francisco nos anima a superar las visiones negativas del cuerpo, propias de algunas filosofías y teologías, al afirmar: «el cuerpo no es un obstáculo o una prisión del alma. El cuerpo está creado por Dios y el hombre no está completo si no es una unión de cuerpo y alma… Debemos tener una idea positiva de nuestro cuerpo. Éste puede convertirse en una ocasión o en un instrumento de pecado, pero el pecado no está provocado por el cuerpo, sino por nuestra debilidad moral. El cuerpo es un regalo maravilloso de Dios» (Regina Coeli del 15 de abril de 2018). Es importante cultivar esta mirada positiva sobre el cuerpo, en general, y sobre nuestro cuerpo, en particular.

Tras las fiestas de Navidad, en las que celebramos que Dios se ha hecho carne en el cuerpo de una mujer, os animo a proponernos cuatro cuidados, distintos entre sí, pero claramente interconectados: el cuidado del propio cuerpo, el cuidado de la relación con Dios, el cuidado de la Tierra y el cuidado de las personas.

Recibid mi cordial saludo en el Señor.

domingo, 21 de enero de 2024

Inteligencia Artificial


En nuestro “primer mundo”, la inteligencia artificial está al alcance de casi todos y se empieza a utilizar en un sinfín de tareas: redactar discursos, componer canciones, conducir vehículos autónomos, fabricar máquinas que pueden “aprender”, traducir textos de cualquier idioma, seleccionar personal para un trabajo e incluso utilizar la voz de personajes famosos para leer textos.

Consciente de su importancia, el papa Francisco dedica a la Inteligencia artificial el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. He aquí algunas de sus reflexiones.

  1. La inteligencia es expresión de la dignidad que nos ha dado el Creador al hacernos a su imagen y semejanza, capaces de responder a su amor a través de la libertad y del conocimiento. Cuando los seres humanos, con ayuda de los recursos técnicos, nos esforzamos para que la tierra llegue a ser morada digna de toda la familia humana, actuamos según el designio de Dios.
  2. La inteligencia artificial producirá efectos positivos si somos capaces de conducirnos responsablemente, respetando valores humanos tan fundamentales como la inclusión, la transparencia, la seguridad y la equidad.
  3. Hemos de considerar el impacto de las nuevas tecnologías en el ámbito laboral. Las aplicaciones industriales absorben trabajos que eran competencia exclusiva de la mano de obra humana y, en este escenario, ha de evitarse el beneficio desproporcionado de unos pocos a costa del empobrecimiento de muchos.
  4. El uso bélico de la inteligencia artificial es motivo de especial preocupación por las implicaciones éticas que comporta. Es preciso garantizar la supervisión humana de los sistemas de armas, que nunca habrían de gestionarse de forma autónoma. Además, las aplicaciones técnicas más avanzadas deberían servir para pavimentar los caminos de la paz, no para la resolución violenta de los conflictos.
  5. Si se utiliza la inteligencia artificial para promover el desarrollo humano integral, introducirá importantes innovaciones en la agricultura, la educación y la cultura, un mejoramiento del nivel de vida de enteras naciones y pueblos, el crecimiento de la fraternidad humana y de la amistad social. En definitiva, el modo en que la usamos para incluir a los últimos, es decir, a los hermanos y las hermanas más débiles y necesitados, es la medida que revela nuestra humanidad.
  6. Es preciso educar el uso de la inteligencia artificial, impulsando el pensamiento crítico y la capacidad de discernir el uso responsable de los datos y contenidos producidos por este sistema u obtenidos en internet.

Os animo a leer íntegramente el Mensaje del Santo Padre y a comentarlo en los grupos de formación, a fin de conocer y saber utilizar la inteligencia artificial como una herramienta para desarrollar el bien común y la paz.

Recibid un cordial saludo, en el Señor.

domingo, 26 de noviembre de 2023

Iglesia, ¿qué dices de ti misma?


Cuatro días antes de terminar la primera de las cuatro sesiones que tuvo el Concilio, el cardenal de Malinas-Bruselas, Leo Jozef Suenens, lanzó a la asamblea conciliar la pregunta: «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?». Esta pregunta estuvo presente en los posteriores debates conciliares y cuajó en la primera de las constituciones dogmáticas del Concilio, cuyas palabras identificativas, en latín, son: “Lumen gentium”: «por ser Cristo luz de las gentes…». Sin embargo, el Concilio, en la respuesta a esta pregunta sobre su identidad, no empezó hablando de sí misma, sino de Cristo, luz de los hombres y mujeres que habitamos esta tierra. Sólo después se identificó a sí misma como “sacramento” de Cristo o «señal e instrumento» de lo que Cristo aporta a la humanidad, «señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano (LG 1)».

El Concilio, a lo largo de todos sus debates y documentos, manifestó dos convicciones fundamentales. Primera: por gracia, todos somos “hijos de Dios” ?la filiación? y segunda: que estamos llamados a construir un mundo de hermanos ?la fraternidad?. En esto se condensa la tarea o misión que Jesucristo ha querido encomendar a este nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia: «anunciar el Reino de Cristo y de Dios y establecerlo en medio de todas las gentes», observando fielmente los «preceptos de caridad, de humildad y abnegación» de su Fundador, siendo ya «el germen y el principio de este reino» (LG 5).

Todas las demás consideraciones, que el Concilio desgrana en esta constitución, dependen de esa declaración de principios sobre la identidad de la Iglesia. No soy capaz de resumir su riqueza espiritual, pero, al menos, debo enumerar sus grandes afirmaciones. Los dos primeros capítulos hablan del misterio de la Iglesia, primero en su dimensión trascendente como Iglesia que nace de la Trinidad, y luego en su forma histórica de pueblo de Dios en esta tierra, que le hace ser una «realidad compleja». Los dos siguientes describen los “estados de vida” en la Iglesia: pastores, laicos cristianos y miembros de la vida consagrada. Los capítulos quinto y sexto plantean su misión santificadora, común a todos los miembros del pueblo de Dios. Los dos últimos asocian el desarrollo escatológico de la Iglesia con la figura de la Virgen María y su participación en el misterio de Cristo: ella es modelo del ideal cristiano y de la Iglesia ya consumada.

No penséis que es una lectura aburrida o difícil. Esta constitución, leída con la luz del Espíritu Santo y, cuando sea necesario, con la ayuda de los sacerdotes de vuestras parroquias, os hará gustar el gozo de pertenecer al pueblo de Dios, que peregrina en estas tierras de Teruel y Albarracín.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 19 de noviembre de 2023

Redescubrir el Concilio



Al cumplirse sesenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, el papa Francisco nos invita a redescubrir su riqueza. Impulsado por esta invitación, deseo proponeros en mis próximas cartas dominicales unas breves reflexiones sobre los cuatro pilares básicos del Concilio: las tres constituciones dogmáticas “Lumen Gentium”, “Dei Verbum”, “Sacrosanctum Concilim” y la constitución pastoral “Gaudium et spes”. Quisiera reflexionar con vosotros sobre la importancia decisiva de este Concilio para nuestra Iglesia y animaros a conocerlo mejor.

Hoy, a modo de introducción, recuerdo el discurso de san Juan XXIII, en la Solemne apertura del Concilio Vaticano II. Aquel jueves 11 de octubre de 1962, resonaron las palabras emocionadas del Pontífice, invitando a toda la Iglesia a alegrarse, «porque, gracias a un regalo singular de la Providencia Divina, ha alboreado ya el día tan deseado en que el Concilio Ecuménico Vaticano II se inaugura solemnemente aquí, junto al sepulcro de San Pedro, bajo la protección de la Virgen Santísima».

Frente a los detractores, que veían con gran temor la convocatoria del Concilio, y de quienes pretendían romper con la Tradición de la Iglesia, el Santo Padre, explicó sus intenciones: «el gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea».

Estas palabras de Juan XXIII son como una llave que nos permite acceder a los tesoros del Concilio. De igual modo, el papa Benedicto XVI, en su discurso del 22 de diciembre de 2005, invitó a toda la Iglesia a comprender los textos conciliares en clave de reforma: «de la renovación dentro de la continuidad». Así deberíamos leer también los documentos del Sínodo de los obispos, en fidelidad a la Tradición de la Iglesia y abiertos a la eterna novedad del Espíritu (cf. Jn 16,13). En aquel tiempo y en el nuestro, el camino de la Iglesia es siempre la fidelidad y el dinamismo. No cabe ruptura ni inmovilismo.

Finalmente, quisiera subrayar algunas actitudes que San Juan XXIII destaca en su discurso de apertura. Ante los errores, «la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad». Frente al pesimismo de los «profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos», el papa proclama: «la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados». Ante las discordias, «debe promoverse la unidad de la familia cristiana y humana»

Reavivemos, queridos hermanos y hermanas, estas actitudes de fidelidad y renovación, de misericordia, esperanza y unidad. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 7 de mayo de 2023

Cultura de Paz en Aragón


Queridos hermanos y hermanas,

Las guerras destruyen la vida de muchas personas inocentes y provocan un sinfín de daños psicológicos, sociales, medioambientales, económicos… Un ejemplo palpable es la guerra en Ucrania, aunque desgraciadamente son tantos los países en guerra que el papa Francisco ha llegado a decir que estamos en una “tercera guerra mundial a pedazos”.

En España no sufrimos conflictos bélicos, pero padecemos una polarización, que amenaza la cultura de reconciliación a la que habíamos llegado con no poco esfuerzo y generosidad. Frecuentemente sucumbimos a la tentación de etiquetar a las personas en bandos antagónicos, perdiendo la capacidad para reconocer las limitaciones de “los míos” y los aciertos de “los otros”. Con estas actitudes resulta prácticamente imposible alcanzar el consenso que reclaman los temas más decisivos y sensibles para la vida social y la convivencia pacífica de los pueblos.

Estas tensiones podrían agravarse con la campaña electoral previa a los comicios autonómicos y municipales del 28 de mayo. Por ello, hemos creído oportuno advertir de este riesgo y animar a la ciudadanía a favorecer el respeto mutuo y a cuidar la convivencia. No sirve de mucho lamentarse de las guerras entre países, si en el ámbito doméstico no somos capaces de trabajar por la paz, con la mirada puesta en el bien común.

En esta línea, el 9 de marzo de 2023 recibimos una buena noticia: a propuesta del Seminario de Investigación para la Paz de Zaragoza, las Cortes de Aragón aprobaron la Ley de Cultura de Paz, que pretende promover compromisos concretos en el ámbito de la educación, la investigación, los medios de comunicación, las entidades locales, la cooperación internacional y la protección social de las víctimas de violencia.

Se habla de “cultura de paz” porque la paz no se logra sólo con un acto aislado de alto el fuego o de reconciliación, sino que requiere, para que sea estable y duradera, un modo de vivir, de relacionarse, de afrontar los conflictos renunciando a las vías violentas, buscando la justicia y la verdad. Trabajar por la paz es el arte de tender puentes una y otra vez, en cada familia, en cada pueblo o ciudad, en cada nación, aunque las orillas estén lejos o el egoísmo humano haya levantado muros de incomprensión.

La ley es para todos los ciudadanos sin distinción de creencias, pero los cristianos tenemos, además, una motivación fundada en el evangelio de Jesús para comprometernos en favor de esta cultura. Él dijo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). La paz es un don de Dios, que hemos de pedir y ejercitar. «Paz a vosotros» fue el saludo del Resucitado y construir la paz es una de las tareas que nos encomendó. Trabajar por la paz supone colaborar con Jesucristo en su misión de reconciliarnos: con Dios, entre nosotros y con nuestra “casa común”, la hermana-madre tierra, que el Señor nos ha confiado.

Con nuestro reconocimiento y ánimo a todos los hombres y mujeres que, con la gracia de Dios, os empeñáis cada día en ser pacíficos y pacificadores, os saludamos muy cordialmente en el Señor.

+ D. Carlos Manuel Escribano Subías, Arzobispo de Zaragoza
+ D. Julián Ruiz Martorell, Obispo de Huesca y de Jaca
+ D. Ángel Javier Pérez Pueyo, Obispo de Barbastro-Monzón
+ D. José Antonio Satué Huerto, Obispo de Teruel y Albarracín
+ D. Vicente Rebollo Mozos, Obispo de Tarazona

domingo, 15 de enero de 2023

Benedicto XVI, maestro de lo esencial


En torno a la muerte del papa Benedicto XVI se han publicado estudios serios, que nos han ayudado a conocerlo mejor; pero no han faltado críticas injustas, que lo presentan como un tradicionalista desfasado, y algunas alabanzas interesadas, utilizadas para atacar a su sucesor. Estemos atentos para no favorecer este tipo de críticas tendenciosas y de alabanzas con doble intención. En esta carta quisiera destacar su acierto al recordar a los hijos e hijas de la Iglesia lo esencial de la experiencia cristiana: el encuentro con Jesucristo y la práctica del amor fraterno.

Con respecto al encuentro con Jesucristo, afirmó: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE 1). En efecto, la salvación no viene por el conocimiento teórico de ciertas verdades o por el cumplimiento de algunas normas; la salvación de Dios nos alcanza cuando nos encontramos con Jesucristo y nos dejamos amar por él. Por eso, en la encíclica Spe Salvi explicó que el ser humano es redimido por el amor incondicional de Dios, que nunca nos faltará, suceda lo que suceda (cf. n. 26). En su última Audiencia, confirmó esta enseñanza al expresar este deseo: «Me gustaría que cada uno se sintiera amado por ese Dios que ha dado a su Hijo por nosotros y que nos ha mostrado su amor sin límites».

Acerca del amor fraterno, nos ayudó a entender que el amor a Dios y al prójimo están estrechamente unidos: «Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo “piadoso” y cumplir con mis “deberes religiosos”, se marchita también la relación con Dios (…). Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama» (DCE 18). Asimismo, recordó a la Iglesia y a cada comunidad cristiana: «Practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio» (DCE 22).

Además, profundizó en la importancia del amor en la vida social. Explicó la relación entre el amor y la justicia: «Por un lado, la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos (…). Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón» (CV 6). También aseguró que el amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa: «Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo» (DCE 28).

Con el corazón agradecido por el ministerio y el magisterio de este papa sabio y humilde, os saludo muy cordialmente en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...