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domingo, 17 de mayo de 2026

Comunicar en cristiano


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Vivimos en una época donde la comunicación ocupa gran parte de nuestra vida. Nunca habíamos tenido tantos medios para expresarnos y, sin embargo, pocas veces había resultado tan difícil reconocernos de verdad. Las palabras circulan con rapidez, las opiniones se multiplican y, con frecuencia, el barullo termina imponiéndose a la reflexión serena. Para ayudarnos a comunicar desde el espíritu del Evangelio, quisiera proponer tres actitudes fundamentales: verdad, humildad y caridad.

Verdad. En el actual clima de crispación podemos acostumbrarnos, casi sin darnos cuenta, a la manipulación y la descalificación de personas. Si recurrimos a la mentira para defender a la Iglesia, a nuestro grupo de fe o al partido político preferido, quizá ganemos alguna batalla, pero nos alejaremos de Cristo, pues Él es la Verdad con mayúscula. Mientras que «quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios», como señaló con tanta lucidez santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).

Cristo no nos pidió ganar debates, sino permanecer en la verdad. La mentira, incluso cuando parece útil, destruye. La verdad, aunque resulte incómoda, libera y abre caminos de crecimiento. Por eso, comunicar en cristiano exige contención para no difundir mensajes inciertos y honestidad para no exagerar una parte de la información, ocultando aspectos relevantes. Comunicar en cristiano exige, en definitiva, el coraje de buscar y transmitir la verdad.

Humildad. No somos propietarios de la verdad, sino sus servidores. La humildad nos enseña a escuchar antes de responder, a comprender antes de juzgar y a reconocer que nadie posee una mirada completa sobre la realidad, porque la verdad de Dios, del mundo y de nosotros mismos no cabe en nuestra pequeña cabeza.

Además, el papa León XIV ha insistido recientemente en la importancia de custodiar “las voces y los rostros humanos” en medio de una comunicación cada vez más acelerada y tecnológica. En este contexto, los creyentes estamos llamados a encontrarnos y dialogar desde la serenidad y la humildad.

Caridad. Parafraseando a san Pablo, podemos decir que, aunque tuviéramos la mejor información y la más brillante estrategia comunicativa, si no tenemos amor, de nada nos sirve. Santa Teresa Benedicta de la Cruz nos recordó la necesidad de unir verdad y caridad: «No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad». También la verdad, cuando la usamos como un arma arrojadiza, puede herir a nuestro interlocutor e incluso dañar la convivencia.

Por eso, conviene preguntarnos si nuestras palabras fortalecen realmente la esperanza de quienes sufren y la fraternidad entre personas y pueblos. No olvidemos que el lenguaje es un don sagrado para tender puentes que unan, no para levantar muros que dividan.

Con el deseo de que el Señor resucitado renueve nuestro modo de escuchar y de manifestarnos, y nos ayude a crecer en verdad, humildad y caridad, recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 15 de junio de 2025

Palos en las propias ruedas


Normalmente, somos muy conscientes cuando alguien nos pone palos en las ruedas. Nos duele, nos frustra y en muchas ocasiones lo hacemos notar. Sin embargo, nos cuesta advertir que a veces somos nosotros mismos quienes nos ponemos obstáculos en nuestro propio camino, con pensamientos negativos, con dudas poco razonables y con una visión catastrófica de la realidad.

Es común que nos digamos a nosotros mismos frases como: “Soy un desastre”, “Nunca voy a cambiar”, “Lo voy a hacer mal de todas formas, así que para qué intentarlo”, o “No tengo suficiente talento y voluntad para tener éxito”. Estos mensajes actúan como barreras invisibles que nos impiden avanzar, que nos mantienen en la zona de confort, del miedo o de la inseguridad. Y así, sin darnos cuenta, nos detenemos antes de empezar.

Por otro lado, también tendemos a destacar las limitaciones y errores de quienes nos rodean. Comentamos: “Mi jefe no me valora”, “Es un intelectual sin experiencia”, “Hace muchas cosas buenas, pero algo buscará”, o “Me hacen la vida imposible”. En lugar de ver en los demás sus talentos y sus esfuerzos, nos concentramos en lo negativo, en lo que falta o en lo que podría mejorar. Esta actitud también nos limita, porque en vez de descubrir personas con la que trabajar y avanzar, vemos más bien enemigos o competidores.

A veces, también nos quejamos de las circunstancias externas: “Nuestra sociedad está en decadencia”, “La Iglesia ha perdido credibilidad”, “La gente no participa”, “Los jóvenes están desmotivados”. Es fácil caer en la trampa de pensar que todo conspira en nuestra contra, de que este tiempo no nos ofrece oportunidades para cumplir nuestros sueños. Y así nos podemos pasar la vida, esperando que llegue el momento perfecto para emprender un proyecto, para asumir un compromiso, para vivir de verdad, en definitiva.

Ojalá aprendamos a identificar los mensajes internos y externos que, aunque tengan su parte de verdad, nos sabotean. Ojalá nos decidamos a aprovechar cada instante, porque hoy Dios te llama a ti, hoy Dios nos da hermanas y hermanos de camino, hoy Dios quiere salvarte y salvar al mundo contigo. En este sentido, el papa Francisco afirmó: «Dios viene al encuentro de los hombres y las mujeres de todos los tiempos y lugares en las situaciones concretas en las cuales estos estén. También viene a nuestro encuentro. Es siempre Él quien da el primer paso: viene a visitarnos con su misericordia, a levantarnos del polvo de nuestros pecados; viene a extendernos la mano para hacernos levantar del abismo en el que nos ha hecho caer nuestro orgullo, y nos invita a acoger la consolante verdad del Evangelio y a caminar por los caminos del bien» (Ángelus del 31 de enero de 2016).

Recibid hoy un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 10 de marzo de 2024

Sólo la verdad nos hace libres


Frecuentemente se critica a algunos políticos porque un día dicen lo contrario de lo que dijeron el día anterior, sin apoyar tal cambio de opinión en razones convincentes. Y me parece preocupante que nuestra sociedad se vaya contagiando de esta enfermedad, aceptando con creciente pasividad que faltar a la verdad es un instrumento “normal” para conseguir lo que se pretende. Además, tendemos a condenar la mentira en “los otros”, silenciándola en “los nuestros”.

Fiódor Dostoyevski hizo un juicio severo y certero sobre la degradación a la que conduce la mentira continuada. En una de sus grandes novelas, “Los hermanos Karamazov”, escribió: «Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás. Luego, como ya no estima a nadie, deja también de amar, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos; y por culpa de sus vicios, se hace como una bestia. Y todo esto deriva del continuo mentir a los demás y a sí mismo». En efecto, quien utiliza habitualmente la mentira hace daño a otros y a la sociedad, pero también destruye su propia persona.

En este tiempo de revisión y conversión cuaresmal, me parece oportuno llamar la atención sobre este modo de proceder que también afecta, en cierto modo, a los hombres y mujeres de fe. A veces, caemos en la tentación de utilizar medias verdades o incluso mentiras, para acallar a quienes nos critican, defender a la Iglesia o descalificar a otros cristianos a los que creemos equivocados. Si actuamos así, no pretendamos justificarlo, porque Jesús dijo con absoluta claridad: «Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32). Sólo la verdad nos conduce a Dios y puede sostener proyectos de futuro para la sociedad y para la Iglesia.

Es cierto que la mentira es tan antigua como la Humanidad, pero en los tiempos actuales hemos llegado a afirmar que la verdad no existe, que todo es del color del cristal con que se mira. Este relativismo, que quizá sea el contrapunto extremado del dogmatismo de quienes quisieron imponer su verdad, sólo conduce a una creciente devaluación del ser humano. Por eso, queridos hermanos y hermanas, al hacer examen de conciencia en este tiempo cuaresmal, también hemos de preguntarnos si alguna vez confundimos la verdad con “mi verdad“ y si intentamos imponerla a los demás.

Unidos a los hombres y mujeres de buena voluntad, seamos humildes buscadores de la verdad y sus valientes heraldos en todos los ámbitos de la vida. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...