domingo, 26 de marzo de 2023

Por la vida, ¡siempre!


La reciente decisión del Tribunal Constitucional, que avala la Ley Orgánica 2/2010, cambia sustancialmente la legislación española, al considerar por primera vez el aborto como un derecho.

Esta resolución nos entristece profundamente porque, como dice la nota de la Conferencia Episcopal, «la historia nos enseña que cada vez que el ser humano se ha cuestionado la dignidad o el valor de ciertas vidas humanas…, se ha equivocado gravemente». 

Nos entristece, pero no puede desanimarnos. Es necesario renovar el compromiso de las personas, de cualquier credo e ideología, que procuramos defender la vida humana desde su concepción. Quisiera enumerar algunas sugerencias que puedan orientarnos en este empeño:

  1. Apoyar decididamente a las madres y a los padres que se sienten agobiados ante un embarazo imprevisto, a través de asociaciones que les ofrecen acompañamiento, asesoramiento y diversas ayudas materiales; además de exigir políticas que favorezcan la maternidad.
  2. Presentar nuestro compromiso como un “sí”, no solo a las criaturas que crecen en el vientre de sus madres; también es un “sí” a las propias madres, a las mujeres y a la sociedad en su conjunto. En efecto, cuando crece la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se desarrollan otras formas de acogida provechosas para la vida social (cf. CV 28, LS 120).
  3. Acompañar la vida de cada persona siempre, «en todas las fases de su existencia, desde su concepción hasta su muerte natural, aumentando los cuidados cuando la vida es más vulnerable» (Mensaje de los obispos para la Jornada por la Vida 2023). Quisiera subrayar las palabras “siempre” y “en todas las fases de la existencia”, para evitar incoherencias. Por ejemplo, no tiene sentido defender a ultranza la vida de los no nacidos y, a la vez, rechazar los derechos de las personas migrantes.
  4. Luchar contra el descarte de los más débiles, el individualismo exasperado y otras tendencias sociales que favorecen la extensión del aborto; y trabajar por una solidaridad abierta a todos, la cultura del cuidado y los valores que promueven la vida humana.
  5. Desenmascarar expresiones confusas, frecuentemente repetidas. Así, el aborto no es la interrupción del embarazo, sino la eliminación de un ser humano; y el feto no es parte del cuerpo de la madre, es una vida humana nueva, como afirma la ciencia.
  6. Ofrecer el perdón curativo de Dios a quienes sienten el peso de la culpa por haber practicado o procurado algún aborto. Como dijo el papa Francisco: «Quiero enfatizar con todas mis fuerzas que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente. Con la misma fuerza, sin embargo, puedo y debo afirmar que no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido» (Carta Apostólica Misericordia et misera, 12).
Con el deseo de sumar compromisos en favor de toda vida humana, recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 19 de marzo de 2023

San José


A pesar de las escasas palabras que los evangelios dedican a San José, lo poco que sabemos de él resulta fascinante. De la mano de la Carta Apostólica Patris Corde, del Santo Padre Francisco, quisiera destacar cinco notas de su personalidad y de su misión.

1. Padre en la confianza. José nos muestra que tener fe en Dios incluye creer que Él puede actuar incluso a través de nuestra debilidad. Nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia.

2. Padre en la obediencia. La confianza le lleva a la obediencia. José estaba muy angustiado por el embarazo incomprensible de María y decidió «romper su compromiso en secreto» (Mt 1,19), pero no se precipitó y esperó la luz de Dios, que le permitió ver claro el camino a seguir. En sueños, el ángel lo ayudó a resolver su grave dilema: «No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Con la obediencia superó su drama y salvó a María. En cada circunstancia, José supo pronunciar su “sí”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.

3. Padre en la acogida. José acogió a María sin poner condiciones previas. La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido en la ley. En este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Sólo el Señor puede darnos la fuerza para acoger la vida tal como viene, con sus alegrías y decepciones.

4. Padre en la ternura. Como hizo el Señor con Israel, así José a Jesús «le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer» (cf. Os 11,3-4). Jesús vio la ternura de Dios en José: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13).

5. Padre de la valentía creativa. Muchas veces, leyendo los “Evangelios de la infancia”, nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. José era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre. Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar.

Que San José inspire nuestros proyectos personales y los planes pastorales de nuestras comunidades. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 12 de marzo de 2023

La alegría de servir


El próximo día 19 va a ser un domingo especialmente gozoso, porque, junto a la alegría propia del cuarto domingo de Cuaresma, nuestra Iglesia diocesana de Teruel y Albarracín escuchará el “sí” de Alfonso Torcal Nueno, llamado por el Señor para el servicio diaconal. “Diácono” es una palabra de origen griego, que significa “servidor”.

Jesús es el Servidor con mayúscula, el Siervo de Dios anunciado por el profeta Isaías. Su vida y su palabra nos invitan a servir como Él y con Él: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 42-45).

Estas palabras quedaron escenificadas durante la Última Cena, cuando Jesús se quitó el manto, se ciñó una toalla y lavó los pies a sus discípulos. Ellos no daban crédito a lo que veían, pues lavar los pies era tarea de esclavos. Pedro no se lo quería permitir, pues no le entraba en la cabeza que el mayor se hiciera servidor. Tras el lavatorio, Jesús aclaró el sentido de aquel gesto que resumía su vida: «Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’ y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 13-14).

En efecto, la actitud de servicio debe caracterizar la vida de todos los discípulos de Jesús, a ejemplo suyo, y debe marcar de un modo particular la vida de quienes tenemos encomendada una misión en la Iglesia. De hecho, uno de los títulos más apreciados por el Obispo de Roma es ser “Siervo de los siervos de Dios”.

El papa Francisco nos ha recordado que abandonar este camino tiene sus consecuencias: «Jesús es el servidor de Israel. El pueblo de Dios es siervo, y cuando el pueblo de Dios se aleja de esta actitud de servicio es un pueblo apóstata: se aleja de la vocación que Dios le ha dado. Y cuando cada uno de nosotros se aleja de esta vocación de servicio, se aleja del amor de Dios y construye su vida sobre otros amores, muchas veces idólatras» (Homilía del 7 de abril de 2020).

El servicio no es el precio con el que compramos la vida eterna; es un camino de alegría y vida plena ya en esta tierra. Contemplando a María, que fue a servir con gozo a su prima Isabel, y a tantas personas que han descubierto la alegría de servir, animados por el «sí» de Alfonso, hemos de preguntarnos de qué manera, tanto nosotros como nuestras comunidades, podríamos ser más diaconales, mejores servidores.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 5 de marzo de 2023

Desahogar el corazón


Algunas veces la tristeza nos pone contra la pared y tenemos la sensación de que las dificultades se agrandan mientras que nuestras fuerzas menguan; en otras ocasiones, nos falla la voluntad para llevar a término los compromisos adquiridos, no sabemos qué hacer para ayudar a quienes amamos, o no nos atrevemos a afrontar nuestra “zona oscura”. Todos sufrimos, en algún momento, situaciones de ahogo.

No hay recetas fáciles para superarlas. Sin embargo, hay algo que casi siempre ayuda: compartir nuestras preocupaciones, no con cualquiera, sino con una persona adecuada. Comunicar los agobios mejora casi siempre la situación, al sentirnos comprendidos y acompañados. Aunque el otro sólo sea capaz de escucharnos, poner palabras a lo que nos pasa ayuda a identificar el problema y ver más claramente sus verdaderas dimensiones, que a veces se agigantan en la soledad de nuestros pensamientos. Al comunicarlos, podemos encontrar estrategias para afrontarlos con realismo y esperanza.

En esta recomendación coinciden los maestros espirituales y los profesionales de la psicología. Los padres del monacato, ya en el siglo III, observaban y analizaban sus pensamientos y sentimientos en el silencio de su celda eremítica, pero también compartían regularmente sus dudas e intuiciones con sus padres espirituales, para llegar a entender mejor sus personales vivencias. Así fue surgiendo la llamada “confesión de los monjes”, que se anticipó al coloquio terapéutico, desarrollado posteriormente por la psicología moderna.

Sin embargo, frecuentemente encontramos dificultades para practicar esta comunicación de corazón a corazón. Podemos pensar que no vamos a ser bien comprendidos, tememos que nuestro interlocutor nos juzgue negativamente y deje de apreciarnos; incluso llegamos a convencernos de que esto sirve para otros, pero no para nosotros, porque en el fondo creemos que no tenemos solución. Evidentemente, son excusas que debemos desechar.

Dios mismo nos invita a desahogar nuestro corazón con Él, aunque Él ya conozca nuestros agobios. Con los salmos rezamos: «De Dios viene mi salvación y mi gloria, él es mi roca firme, Dios es mi refugio. Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón: Dios es nuestro refugio» (Sal 62); «a voz en grito clamo al Señor, desahogo ante él mis afanes, expongo ante él mi angustia» (Sal 142). Además, su Palabra nos anima a confiarnos a personas sensatas: «Recurre siempre a un hombre piadoso, de quien sabes seguro que guarda los mandamientos, que comparte tus anhelos y que, si caes, sufrirá contigo» (Eclo 37,12).

En el Sacramento de la Reconciliación –tan olvidado y, a la vez, tan enriquecedor– también podemos desahogar nuestro corazón. Además, tenemos la oportunidad de experimentar el amor de Dios, que nos abraza con todas nuestras miserias, nos ofrece su perdón gratuito y nos da la fuerza de su Espíritu, para seguir adelante con más paz y esperanza.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Por la vida, ¡siempre!

La reciente decisión del Tribunal Constitucional, que avala la Ley Orgánica 2/2010, cambia sustancialmente la legislación española, al consi...