domingo, 26 de noviembre de 2023

Iglesia, ¿qué dices de ti misma?


Cuatro días antes de terminar la primera de las cuatro sesiones que tuvo el Concilio, el cardenal de Malinas-Bruselas, Leo Jozef Suenens, lanzó a la asamblea conciliar la pregunta: «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?». Esta pregunta estuvo presente en los posteriores debates conciliares y cuajó en la primera de las constituciones dogmáticas del Concilio, cuyas palabras identificativas, en latín, son: “Lumen gentium”: «por ser Cristo luz de las gentes…». Sin embargo, el Concilio, en la respuesta a esta pregunta sobre su identidad, no empezó hablando de sí misma, sino de Cristo, luz de los hombres y mujeres que habitamos esta tierra. Sólo después se identificó a sí misma como “sacramento” de Cristo o «señal e instrumento» de lo que Cristo aporta a la humanidad, «señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano (LG 1)».

El Concilio, a lo largo de todos sus debates y documentos, manifestó dos convicciones fundamentales. Primera: por gracia, todos somos “hijos de Dios” ?la filiación? y segunda: que estamos llamados a construir un mundo de hermanos ?la fraternidad?. En esto se condensa la tarea o misión que Jesucristo ha querido encomendar a este nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia: «anunciar el Reino de Cristo y de Dios y establecerlo en medio de todas las gentes», observando fielmente los «preceptos de caridad, de humildad y abnegación» de su Fundador, siendo ya «el germen y el principio de este reino» (LG 5).

Todas las demás consideraciones, que el Concilio desgrana en esta constitución, dependen de esa declaración de principios sobre la identidad de la Iglesia. No soy capaz de resumir su riqueza espiritual, pero, al menos, debo enumerar sus grandes afirmaciones. Los dos primeros capítulos hablan del misterio de la Iglesia, primero en su dimensión trascendente como Iglesia que nace de la Trinidad, y luego en su forma histórica de pueblo de Dios en esta tierra, que le hace ser una «realidad compleja». Los dos siguientes describen los “estados de vida” en la Iglesia: pastores, laicos cristianos y miembros de la vida consagrada. Los capítulos quinto y sexto plantean su misión santificadora, común a todos los miembros del pueblo de Dios. Los dos últimos asocian el desarrollo escatológico de la Iglesia con la figura de la Virgen María y su participación en el misterio de Cristo: ella es modelo del ideal cristiano y de la Iglesia ya consumada.

No penséis que es una lectura aburrida o difícil. Esta constitución, leída con la luz del Espíritu Santo y, cuando sea necesario, con la ayuda de los sacerdotes de vuestras parroquias, os hará gustar el gozo de pertenecer al pueblo de Dios, que peregrina en estas tierras de Teruel y Albarracín.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 19 de noviembre de 2023

Redescubrir el Concilio



Al cumplirse sesenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, el papa Francisco nos invita a redescubrir su riqueza. Impulsado por esta invitación, deseo proponeros en mis próximas cartas dominicales unas breves reflexiones sobre los cuatro pilares básicos del Concilio: las tres constituciones dogmáticas “Lumen Gentium”, “Dei Verbum”, “Sacrosanctum Concilim” y la constitución pastoral “Gaudium et spes”. Quisiera reflexionar con vosotros sobre la importancia decisiva de este Concilio para nuestra Iglesia y animaros a conocerlo mejor.

Hoy, a modo de introducción, recuerdo el discurso de san Juan XXIII, en la Solemne apertura del Concilio Vaticano II. Aquel jueves 11 de octubre de 1962, resonaron las palabras emocionadas del Pontífice, invitando a toda la Iglesia a alegrarse, «porque, gracias a un regalo singular de la Providencia Divina, ha alboreado ya el día tan deseado en que el Concilio Ecuménico Vaticano II se inaugura solemnemente aquí, junto al sepulcro de San Pedro, bajo la protección de la Virgen Santísima».

Frente a los detractores, que veían con gran temor la convocatoria del Concilio, y de quienes pretendían romper con la Tradición de la Iglesia, el Santo Padre, explicó sus intenciones: «el gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea».

Estas palabras de Juan XXIII son como una llave que nos permite acceder a los tesoros del Concilio. De igual modo, el papa Benedicto XVI, en su discurso del 22 de diciembre de 2005, invitó a toda la Iglesia a comprender los textos conciliares en clave de reforma: «de la renovación dentro de la continuidad». Así deberíamos leer también los documentos del Sínodo de los obispos, en fidelidad a la Tradición de la Iglesia y abiertos a la eterna novedad del Espíritu (cf. Jn 16,13). En aquel tiempo y en el nuestro, el camino de la Iglesia es siempre la fidelidad y el dinamismo. No cabe ruptura ni inmovilismo.

Finalmente, quisiera subrayar algunas actitudes que San Juan XXIII destaca en su discurso de apertura. Ante los errores, «la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad». Frente al pesimismo de los «profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos», el papa proclama: «la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados». Ante las discordias, «debe promoverse la unidad de la familia cristiana y humana»

Reavivemos, queridos hermanos y hermanas, estas actitudes de fidelidad y renovación, de misericordia, esperanza y unidad. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 12 de noviembre de 2023

Agradecidos por la Fe y la Iglesia


Los cristianos estamos llamados a vivir nuestro seguimiento de Jesús evitando dos peligros: la prepotencia, que presenta la fe como algo indeseable, y los complejos, que la hacen prácticamente invisible. Hemos de vivir la fe con humildad, pues hemos experimentado hasta qué punto somos pecadores, pero sin esconderla, porque la fe es un don que no hemos recibido sólo para nosotros mismos. No tiene sentido recluir la fe en lo íntimo del corazón o en el interior de nuestros templos; hemos de anunciar y ofrecer ?nunca imponer? la vida nueva que Jesucristo nos regala.

No sería coherente guardarnos la alegría de sentirnos amados incondicionalmente por elPadre, en un mundo en el que tantas personas harían casi cualquier cosa por un pedacito de cariño. No sería coherente quedarnos con el tesoro del Evangelio en un mundo en el que muchos van dando tumbos, buscando ansiosamente un sentido para sus vidas. No sería coherente ocultar que amar es procurar el bien del otro y ser capaces de darnos, en cada gesto y cada encuentro, sin pretender nada a cambio, gratuitamente, como Jesús y con Jesús. No sería coherente esconder la gracia del Espíritu Santo, que potencia nuestras fuerzas, a veces tan mermadas, para alcanzar esos buenos propósitos que, en demasiados momentos, se apolillan en el baúl de las buenas intenciones.

Y por todo ello, tampoco sería coherente disimular nuestra pertenencia a la Iglesia, aunque nos duelan en el alma los abusos y los escándalos que en ella también existen. A pesar de todos los errores y pecados de los hijos de la Iglesia, no conoceríamos el amor del Padre, el Evangelio del Hijo y los dones del Espíritu Santo sin la necesaria mediación de la Iglesia, que se hace presente y concreta para nosotros en esta Diócesis de Teruel y Albarracín, y en cada una de sus parroquias y comunidades.

En este día de la Iglesia diocesana, os invito, hermanas y hermanos, a agradecer a esa inmensa cadena de testigos que ha hecho posible que llegara a nuestra tierra la noticia de la vida y obra de Jesús de Nazaret; a reconocer y agradecer lo que la Iglesia viene aportando a cada uno de nosotros y al conjunto de nuestra sociedad; os animo a contribuir con vuestra oración, vuestro tiempo, vuestros talentos y vuestros recursos económicos, para que esta Iglesia siga siendo fuente del amor más puro y jalón que señala a Jesucristo, camino, verdad y vida.

Con mi sincera gratitud a todos los hombres y mujeres, adultos, jóvenes y niños, que sostenéis mi fe y mi esperanza en esta preciosa Diócesis de Teruel y Albarracín, recibid mi cordial saludo en el Señor.

domingo, 5 de noviembre de 2023

Acerca del informe sobre abusos sexuales en la Iglesia Católica


Artículo para el Diario de Teruel, 5 de noviembre de 2023

La presentación del Informe del Defensor del Pueblo sobre abusos sexuales en el ámbito de la Iglesia católica y el papel de los poderes públicos, así como la posterior celebración de una Asamblea extraordinaria de la Conferencia Episcopal Española, han sido materia informativa en los últimos días, y he considerado oportuno compartir algunas reflexiones.

En primer lugar, me parece necesario destacar que el Informe del Defensor del Pueblo, aun con sus límites, ofrece no pocos aspectos positivos: ha supuesto un proceso de escucha a 487 víctimas, arrojando luz sobre los devastadores efectos de los abusos sexuales, que tienen su origen en procesos de abuso de conciencia; denuncia algunas prácticas inaceptables dentro de la Iglesia, sin dejar de reconocer avances en la legislación canónica y en la forma de abordar dichos abusos; enmarca este doloroso problema en el amplio contexto del abuso sexual a menores en nuestra sociedad, proponiendo iniciativas a la Iglesia y a las administraciones públicas para prevenir y reparar los daños causados. Es un estudio que, en su conjunto, merece ser considerado atentamente.

A la vista de este Informe, los obispos reunidos en Asamblea Plenaria, junto con los responsables de la Confederación de Religiosos y Religiosas, manifestamos de nuevo nuestro dolor por el daño causado por algunos miembros de nuestra Iglesia y pedimos perdón sinceramente. Muchos de nosotros hemos escuchado el testimonio de víctimas y su sufrimiento nos ha permitido comprender mejor la magnitud del daño que produce el abuso, particularmente cuando el agresor está vinculado a la Iglesia, y nos ha hecho caer en la cuenta de la importancia de escucharlas, darles credibilidad y apoyarlas decididamente, para que puedan sanar sus heridas. En este sentido, en la Asamblea de la Conferencia Episcopal decidimos encomendar a su servicio de Protección de Menores una propuesta para aplicar las recomendaciones del Defensor del Pueblo.

La necesidad de escuchar, dar credibilidad y apoyar a las personas que nos confían el dolor de haber sufrido un abuso no supone un atropello de los sacerdotes acusados, en su derecho a la presunción de inocencia. Es fundamental entender que, en estos casos, nuestra actitud no ha de ser juzgar, absolver o condenar, sino escuchar, acoger y respaldar. Determinar la responsabilidad de los denunciados corresponde a los órganos y procedimientos jurídicos que se siguen, tanto en la sociedad como en la Iglesia. Además, me parece justo aclarar que esta no debe ser una batalla contra los sacerdotes en su conjunto, ya que en la Iglesia, al igual que en las familias y otras instituciones, hay quienes cometen abusos y quienes buscan la verdad, la justicia y el bien de las víctimas.

En cuanto al número de abusos sexuales en el ámbito eclesial, algunos medios de comunicación han extrapolado los datos del estudio demoscópico contenido en el Informe del Defensor del Pueblo, publicando la cifra de 440.000 víctimas. Este dato no aparece en dicho Informe. No quisiera entrar en una guerra de cifras, porque nos alejaría del respeto que merecen las víctimas, quienes nunca deberían ser utilizadas como munición para nuestras luchas políticas y sociales. Solamente recuerdo que el propio Defensor del Pueblo afirmó: «Creemos que no hay que extrapolar (…) Es más, estoy diciendo que les animo a que no lo hagan». Independientemente del número de víctimas, cada una de ellas supone un drama por el que pedimos perdón y ofrecemos nuestra colaboración y compromiso para reparar y prevenir estos hechos en el futuro.

Por lo que respecta a nuestra diócesis de Teruel y Albarracín, el Informe del Defensor del Pueblo recoge tres casos. El más antiguo se refiere a un sacerdote condenado en 1962 por tribunales eclesiásticos. Los otros dos datan de 1968 y 1967, fueron presentados por medio del diario “El País” y no han podido ser investigados, porque uno de los denunciantes no ha respondido a las comunicaciones de la diócesis para esclarecer su denuncia y, en el otro caso, el mencionado periódico no ha contestado por el momento a la carta que este obispado le dirigió, a fin de recabar la necesaria información. Cabe señalar que en la base de datos de dicho diario, publicada en internet, no se informa de los intentos de esta diócesis para investigar ambas denuncias.

En conclusión, hago una llamada a la responsabilidad de las personas, de las familias, de las comunidades cristianas, de las instituciones públicas y de la sociedad en su conjunto. Aunque el citado estudio demoscópico pueda tener errores, los datos que ofrece deben ser considerados atentamente: el 11,7 % de las personas encuestadas afirman haber sido abusadas antes de los 18 años: el 34,1 % en el ámbito familiar, el 17,7 % en la vía pública, el 9,6 % en un ámbito educativo no religioso, el 9,5 % en un ámbito social no familiar, el 7,5 % en el ámbito laboral, el 7,3 % a través de internet, el 5,9 % en el ámbito educativo religioso, el 4,6 % en el ámbito religioso, el 4 % en el ámbito del ocio, el 3 % en el ámbito deportivo y el 2,6 % en el ámbito sanitario. El dolor de tantas víctimas exige que no miremos hacia otro lado y pongamos nuestro punto de mira en este problema, con el fin de reparar los daños causados y evitarlos en el futuro.

Finalmente, expreso mi agradecimiento a todas las personas que trabajan incansablemente en el apoyo de las víctimas y en la prevención de los abusos sexuales. Reconozco, en particular, la labor de “Repara-Diócesis de Teruel”, el Servicio Diocesano para la atención de las víctimas y la prevención de abusos sexuales, y del proyecto “Repara” en Madrid, que nos asesora constantemente. Y, sobre todo, agradezco a las víctimas su valentía y su coraje, en medio de tantas dificultades e incomprensiones. Con su lucha no solo están sanando sus heridas, sino que también están construyendo una sociedad y una Iglesia más seguras y saludables para todos.

Paz en Tierra Santa


¡Cómo duele a cualquier persona de bien la situación de Tierra Santa! El daño que se provoca a una niña israelí o palestina hiere a toda la humanidad. Los hombres y mujeres del mundo entero –lo reconozcamos o no– estamos unidos, interconectados, como los diversos órganos de un cuerpo: «si un miembro sufre -dice San Pablo– todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

Contemplamos las imágenes de Tierra Santa y experimentamos una gran impotencia. ¿Qué podemos hacer? Tanto el papa Francisco como el patriarca latino de Jerusalén nos invitan a rezar y ayunar. Puede parecer inútil, pero estamos convencidos de que, lo mismo que nosotros sentimos el dolor de las personas que sufren allí, a ellas también les llega nuestra cercanía espiritual.

Ayunamos porque tener hambre un día, voluntariamente, favorece la solidaridad con quienes no disponen de alimentos y tienen que dejar sus casas estos días, para salvar sus vidas. El ayuno de comida, que depura el cuerpo de tantas toxinas, nos puede ayudar a purificar el corazón; ayunando de resentimientos, indiferencia, deseos inútiles de tener más; de la tentación de luchar contra el mal utilizando la violencia, de todo lo que nos separe del amor a Dios y a los hermanos.

Ayunamos y oramos. Rezamos a Dios, no porque Él necesite de nuestra oración para ser bueno y acabar de un plumazo con todos los conflictos. Rezamos a Dios, para que en el encuentro con Él, pueda purificarnos y contagiarnos su compasión, su misericordia, su paz, su justicia, su amor; y todos nosotros, sus hijas e hijos, podamos ser pacíficos y pacificadores. Rezamos porque la paz es un don de Dios, un don que hemos de cultivar responsablemente, con la ayuda de su gracia.

No podemos rezar por la paz, si no nos empeñamos en construir la paz en nuestra vida cotidiana. En efecto, con motivo de la ley de Cultura de Paz de las Cortes de Aragón, los obispos aragoneses escribimos: «Se habla de “cultura de paz” porque la paz no se logra sólo con un acto aislado de alto el fuego o de reconciliación, sino que requiere, para que sea estable y duradera, un modo de vivir, de relacionarse, de afrontar los conflictos renunciando a las vías violentas, buscando la justicia y la verdad. Trabajar por la paz es el arte de tender puentes una y otra vez, en cada familia, en cada pueblo o ciudad, en cada nación, aunque las orillas estén lejos o el egoísmo humano haya levantado muros de incomprensión».

Acojamos, queridos hermanos y hermanas, las palabras de Jesús: «Paz a vosotros… Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Jn 20,21, Mt 5, 9), para que Él nos sugiera caminos para ser instrumentos de su paz, aquí y en cualquier rincón del mundo.

Un saludo muy cordial en el Señor.

Bendiciones

Las fiestas de Navidad y del Año Nuevo son momentos propicios para las bendiciones, es decir, para decir bien o desear algo bueno a una pers...