domingo, 24 de abril de 2022
Antorchas de Pascua
Aún resuena el grito dramático de Cristo en el Viernes Santo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46). Aquella tarde el Padre se mantuvo en silencio, pero al tercer día, pronunció una palabra que iluminó la noche y movió la fría losa que tapaba la entrada del sepulcro: «¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!»
No hubo testigos, porque los únicos que estaban allí eran unos guardias somnolientos. Pero desde aquel domingo, el Resucitado se fue encontrando con los suyos y les transmitió el fuego de una vida nueva. Ellos, a su vez, se fueron convirtiendo, no sin vacilaciones, en antorchas que encendieron el mismo fuego en otros. Este es el doble movimiento de la Pascua: dejarse prender por el fuego del Resucitado y prenderlo en otras personas.
¿Cómo avivar el fuego de Jesús, que recibimos en el Bautismo, para que Él siga resucitando nuestra vida, tantas veces mortecina, y nos convierta en antorchas? El relato de los que se marchaban a Emaús (Lc 24, 13-35) nos brinda algunas pistas: acoger a las personas que encontramos por el camino, como ellos acogieron a aquel viajero desconocido que resultó ser Jesús; confiar al Resucitado nuestras esperanzas y decepciones, como hicieron aquellos discípulos; abrirnos a la luz de la Palabra que Jesús les recordó y explicó; compartir el techo y el pan, volver a la comunidad y contar a los hermanos que sus corazones ardían al escucharle.
En este tiempo de Pascua, también resulta muy provechoso leer las apariciones del Resucitado que narran los Evangelios, como si estuviésemos en aquel lugar y en aquel tiempo. Así podremos pasar desde la tristeza a la alegría, con María Magdalena; desde la incredulidad y el miedo a la fe y a la valentía, con los apóstoles; desde el desánimo a la esperanza, con los de Emaús; y desde la arrogancia al amor humilde, con Pedro.
¿Cómo encender en otros el fuego del Resucitado? El papa Francisco nos ofrece algunas indicaciones: «Nosotros anunciamos la resurrección de Cristo cuando su luz ilumina los momentos oscuros de nuestra existencia y podemos compartirla con los demás; cuando sabemos sonreír con quien sonríe y llorar con quien llora; cuando caminamos junto a quien está triste y corre el riesgo de perder la esperanza; cuando transmitimos nuestra experiencia de fe a quien está en búsqueda de sentido y felicidad. Con nuestra actitud, con nuestro testimonio, con nuestra vida decimos: ¡Jesús ha resucitado!» (Regina coeli, 06/04/2015).
Tengamos en cuenta que los hombres y mujeres de hoy nos parecemos mucho a Tomás, el Mellizo, que no creyó en la resurrección hasta que se encontró con Jesús. Por tanto, anunciemos la resurrección explicando con humildad como la fuerza, la luz y la alegría del Resucitado han transformado nuestra vida; allanando así el camino para que otras personas puedan descubrirle, acogerle y experimentar su amor y su gracia.
¡Feliz Pascua, hermanas y hermanos! Vosotros sois las antorchas del Resucitado.
domingo, 10 de abril de 2022
Semana Santa
Nos adentramos ya en la espesura de la Semana Santa. Tratemos de profundizar en un momento significativo de la pasión de Cristo, para conocerlo mejor, amarlo más y seguirlo más de cerca.
Es impresionante la escena de Jesús en el huerto de Getsemaní. Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas nos proporcionan algunos datos que nos ayudan a situarnos junto a Jesús en aquella “hora”. El Maestro quiso la compañía de tres amigos cercanos: Pedro, Santiago y Juan; «se arrancó de ellos», con esfuerzo y dolor, y se puso a rezar. Le invadió una profunda tristeza y el abatimiento fue creciendo en su alma. Buscó el consuelo de sus amigos y les dijo: «Triste está mi alma hasta la muerte». Tal era su angustia que «le entró un sudor que caía hasta el suelo, como si fueran gotas espesas de sangre». Y seguía rezando con intensidad: «Padre mío, si no es posible que pase este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
Por amor, Jesús había compartido con sus amigos la belleza de sus parábolas y la fuerza de sus milagros, y ahora comparte con ellos su tristeza, su angustia y su agonía. También aquí nos muestra el camino a seguir. No podemos comunicar nuestra debilidad a cualquiera, pero ¡cuánto bien nos hace desnudar el alma ante personas que nos pueden comprender, acoger y abrazar, al estilo de Dios!
Sobrecoge, sobre todo, la lucha interior de Jesús, para no desviarse del camino de su misión. Habría podido escapar por el desierto y evitar tantos sufrimientos, pero se mantuvo fiel a Dios Padre, que lo había enviado a la humanidad, para mostrarnos su amor, un amor total, que no se echa atrás cuando llegan las dificultades, el sufrimiento y hasta la misma muerte; el único amor que puede salvarnos.
Martín Descalzo comenta esta lucha íntima diciendo: «sus labios temblaban, pero no los apartaría de este cáliz». Contemplando a Jesús rezando en medio del abatimiento, comprendemos aquellas palabras de la liturgia: «cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada». Es verdad que Jesús fue traicionado por Judas, abandonado por sus discípulos y condenado por los sumos sacerdotes y por Pilato; pero no diríamos toda la verdad si no afirmásemos también que él aceptó voluntariamente la pasión y la muerte, por ser fiel al Padre y por amor a la humanidad.
Esta lucha suprema de Jesús ilumina nuestras luchas diarias, cuando discernimos qué camino tomar: ¿la honradez o la corrupción?, ¿la verdad o la mentira?, ¿el bien común o los intereses personales?, ¿la solidaridad o la indiferencia?, ¿el amor o la propaganda?, ¿la fidelidad o el capricho?, ¿el Reino de Dios o mi reino?
Contemplemos a Jesús, en su pasión y muerte, como si estuviésemos presentes en aquella tierra y en aquel momento. Dejémonos impactar por sus palabras, gestos y silencios. ¡Vivamos una Semana verdaderamente Santa!
domingo, 3 de abril de 2022
“Procesionar” a Jesús
Pronto saldrán por nuestras calles los “pasos” de la Semana Santa, suscitando profundos sentimientos religiosos, en quienes los portan y en muchos de los que los contemplan. Es ahora el momento oportuno para recordar que sacar en procesión aquellos momentos de la pasión y muerte de Jesús, representados en esos “pasos”, supone enaltecer a una persona que fue condenada a muerte por la envidia de unos, el fanatismo de otros, el miedo de algunos a perder el poder, el silencio de tantos y el griterío de una masa manipulada. Esa visualización del dolor de Cristo nos recuerda hasta dónde llegan las consecuencias del pecado y la injusticia, y pone ante nuestros ojos a muchos hombres, mujeres y niños que ahora sufren, sin merecerlo, junto a nosotros, en Ucrania y en demasiados rincones del mundo.
Sacar en procesión la pasión de Cristo nos descubre que Dios lucha, con un realismo e intensidad inimaginables, contra el mal que habita en el mundo. El papa Francisco ha dicho: “A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad, Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón” (29 de marzo de 2013). Por ello, los discípulos de Jesús debemos implicarnos decididamente en la lucha contra la injusticia, utilizando las mismas armas que el Señor: la verdad, el bien, el amor, el servicio y la entrega hasta el extremo; y rechazando, por tanto, la tentación de recurrir a la violencia, que engendra todavía más sufrimiento.
Sacar en procesión a Cristo lleva consigo la llamada a descubrir que Dios ama a la humanidad y a cada uno de nosotros, pues envió a su Hijo al mundo para mostrarnos su amor entrañable y enseñarnos un nuevo modo de vida. Por amor, Jesús predicó, curó y rezó al Padre; por amor no se escondió cuando su vida corrió peligro y aceptó voluntariamente la cruz; y por amor murió y resucitó, para que compartamos con él una vida nueva, plena y eterna.
Lo mismo que para sacar un “paso” en procesión necesitamos unir fuerzas y arrimar nuestro hombro al de otros hermanos, en esta lucha contra el mal y en el trabajo por el Reino de Dios, hemos de colaborar de igual modo, dejando a un lado protagonismos estériles. A veces, nos parece que solos avanzamos más deprisa, hasta que caemos en la cuenta de que necesitamos a los otros. Del mismo modo, en la familia y en la comunidad cristiana, caminando y trabajando juntos logramos deshacer las dificultades y multiplicar los éxitos y las alegrías.
Con mi deseo de que los “pasos” de la pasión de Jesucristo, que saldrán por nuestras calles, nos ayuden a contemplarlo y a implicarnos para mejorar nuestro mundo, como Él y con Él, os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.
domingo, 27 de marzo de 2022
Somos comunidad, somos Iglesia
Hace algún tiempo, en un viaje, un joven, al ver mi distintivo sacerdotal, me dijo que él era católico. Le pregunté cuál era su comunidad o su parroquia. Respondió: “No tengo comunidad, creo en Dios y, cuando puedo, hago el bien y voy a Misa”. Mi interlocutor vivía su fe al margen de una comunidad concreta. Aunque esto no es lo habitual, lo cierto es que muchos cristianos van a su parroquia regularmente, sin considerarla su comunidad.
Esta realidad, a la que quizá nos hemos acostumbrado, contrasta con la vivencia de los primeros cristianos. Aunque sus comunidades no eran perfectas, no perdieron de vista el ideal descrito en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos… El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (He 2,44-47; 4,32).
Así, el Papa Francisco recuerda frecuentemente la necesidad de vivir la fe en comunidad: “Somos cristianos porque pertenecemos a la Iglesia. Es como un apellido: si el nombre es «soy cristiano», el apellido es «pertenezco a la Iglesia»… Nadie llega a ser cristiano por sí mismo. Si creemos, si sabemos rezar, si conocemos al Señor y podemos escuchar su Palabra, si lo sentimos cercano y lo reconocemos en los hermanos, es porque otros, antes que nosotros, han vivido la fe y luego nos la han transmitido… Este camino lo podemos vivir no sólo gracias a otras personas, sino junto a otras personas… No podemos ser buenos cristianos si no es junto a todos aquellos que buscan seguir al Señor Jesús, como un único pueblo, un único cuerpo, y esto es la Iglesia” (25 de junio de 2014).
Necesitamos avanzar por este camino comunitario (sinodal) en la Iglesia y, en particular, en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín. Es vital para fortalecer nuestra fe y para hacer más eficaz la misión que el Señor nos ha confiado. Si nuestras comunidades progresan en fraternidad, hacia dentro, y en solidaridad, hacia fuera; otras personas podrán decir: “Mirad como se aman” y nuestra Iglesia crecerá “no por proselitismo, sino por atracción”, tal como señaló Benedicto XVI. En cambio, si en nuestros grupos y parroquias no se percibe más claramente la alegría de vivir como hermanos y hermanas, de poco servirán los esfuerzos por cuidar más las celebraciones, la catequesis y el servicio a los pobres.
El próximo sábado 2 de abril tendremos la ocasión de sentirnos Iglesia, en la Asamblea Diocesana, abierta a todos, que acogerá el Colegio Las Viñas. Juntos daremos un paso adelante en nuestro proceso sinodal, compartiendo reflexión, oración, experiencias, diversión y una buena paella. ¡Inscríbete en cualquier parroquia, cuanto antes! ¡Te esperamos!
domingo, 20 de marzo de 2022
Sacerdotes
Los sacerdotes tenemos un estilo de vida poco común: no vivimos en pareja, ganamos poco dinero, hemos perdido prestigio social y no nos faltan dificultades para llevar a puerto la misión que se nos ha encomendado. Aparentemente, tenemos pocos motivos para ser felices. Sin embargo y a pesar de todo ello, la mayor parte de nosotros damos gracias a Dios por nuestra vocación.
¿De qué fuente brota nuestra alegría? Como todos los bautizados, nos sabemos amados, perdonados, elegidos y enviados por Dios. Además, en el ejercicio de nuestro sacerdocio, tenemos la oportunidad de “tocar a Dios”, en la Eucaristía y en los corazones de muchas personas, que nos confían sus sufrimientos y sus esperanzas, sus fracasos y sus logros. En esa verdad desnuda, de tantos hombres y mujeres, descubrimos como Dios los acompaña, anima, consuela, cura y salva.
Percibimos que, a pesar de nuestra pobreza, somos colaboradores e instrumentos de Dios, que ha querido tener “necesidad” de nosotros, para acercarse a otros seres humanos y realizar su obra en muchos corazones que, confiadamente, se abren a su amor. Experimentamos que Dios se manifiesta a través de nuestro humilde servicio, dejando una huella preciosa en los hermanos que vienen a nosotros, buscando el consuelo divino. Así, estas vivencias producen en nosotros un gozo profundo y verdadero.
Gracias a Dios, nunca nos falta el cariño de las comunidades a las que servimos. A veces, incluso gozamos del aprecio de personas ajenas a la Iglesia, que valoran nuestra contribución a la sociedad. ¡Cuánta buena gente hay en nuestras Parroquias, que, sin dejarse vencer por los intereses egoístas que predominan en el ambiente, se compromete en favor de la Iglesia y de la humanidad! ¡Cuántas personas nos motivan con su profunda experiencia de Dios! Esta buena gente comprende nuestra fragilidad, perdona nuestros errores y nos anima a ser mejores pastores. Sus detalles de cariño nos demuestran que Dios jamás se deja ganar en generosidad.
Por estos y otros muchos motivos, aliento a los jóvenes a plantearse que tal vez Dios los está llamando a ser sacerdotes, y animo a las familias a valorar esta vocación como un camino que puede engrandecer la vida de sus hijos. Asimismo, quisiera recordar que Dios sigue llamando, también ahora y en esta tierra, y que la pastoral juvenil y vocacional es tarea de todos. Entre todos hemos de anunciar a los jóvenes que “Dios no quita nada y lo da todo” (Benedicto XVI). Con el testimonio de una vida gozosamente entregada, podemos transmitir que responder a la llamada de Dios es fuente de alegría, de libertad, de amor y de esperanza.
Con sincero afecto, doy gracias a Dios por los sacerdotes y los seminaristas de esta Diócesis de Teruel y Albarracín, pido para ellos la protección de San José y os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.
domingo, 13 de marzo de 2022
Atentos a lo pequeño
Ante los horrores de la guerra, ante la muerte de tantas mujeres a manos de sus parejas, ante los abusos e injusticias, de todo tipo, que a diario golpean nuestras conciencias, nos sentimos abrumados y nos preguntamos cómo es posible que los seres humanos seamos tan inhumanos.
No hay una respuesta que satisfaga plenamente nuestra inquietud, porque el mal es un problema complejo; pero es evidente que esos comportamientos, que terminan siendo abominables, frecuentemente tienen su origen en otros menos vistosos, a los que no solemos prestar atención. Nos vamos acostumbrando a almacenar rencor en el corazón, a buscar nuestro interés antes que el de los demás, a despreciar a quien discrepa de nuestras convicciones, a no valorar lo que se nos da, a mirar para otro lado cuando se maltrata a una persona vulnerable, a justificar los propios errores, a disculpar la corrupción de los nuestros…, y el resultado es el que tantas veces lamentamos.
Un antiguo eremita advertía: «No subestimemos las cosas pequeñas, no las despreciemos como insignificantes. No son pequeñas, son un cáncer, son un hábito nocivo. Estemos alerta, cuidémonos de las cosas leves, no sea que se transformen en graves… Si descuidamos las pasiones, por parecernos pequeñas, se enquistarán en nosotros y, cuanto más se endurezcan, más difícil será arrancarlas… La virtud y el pecado comienzan por cosas pequeñas, pero llevan a las cosas grandes, sean buenas o malas».
Esta exhortación sigue siendo válida para nosotros. Una vida santa, lo mismo que una vida de pecado, tiene su origen en los pequeños comportamientos de cada día. Si reconocemos nuestros errores y somos capaces de pedir perdón, si compartimos el tiempo y el dinero con quienes nos necesitan, si rezamos un poco todos los días, si defendemos a los que se sienten frágiles, si leemos buenos libros, si pedimos ayuda con humildad y la agradecemos cuando se nos ofrece…, forjamos unos hábitos que, poco a poco, moldean nuestra personalidad en conformidad con los deseos de Dios.
La tan deseada renovación de nuestras comunidades cristianas también pasa por el cuidado de pequeños detalles: la acogida a las personas que se acercan, una llamada o una visita a quienes están enfermos o están pasando un mal momento, la preparación de peticiones sencillas para favorecer la participación en la liturgia, la consulta a los feligreses antes de emprender un nuevo proyecto, la publicación de las cuentas parroquiales, la organización de una colecta para colaborar con una buena causa, etc.
Al emprender la Cuaresma, me ha parecido oportuno recordar la importancia de los pequeños gestos, para avanzar en el camino de la conversión, tanto personal como comunitaria. Aunque parezcan insignificantes o inútiles, resultan imprescindibles para abrir nuestro corazón a Dios, apreciar su amor misericordioso y, en definitiva, transformar nuestra vida conforme a su voluntad.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 6 de marzo de 2022
Pedir perdón por amor
En nuestras conversaciones familiares, cuando estamos con los amigos y no digamos en los discursos de los parlamentos, parece que hay palabras prohibidas. Rara vez se escuchan expresiones como “Me equivoqué” o “Pido perdón”, ni siquiera cuando nos sorprenden “con las manos en la masa”. También los cristianos, que comenzamos cada Eucaristía reconociendo nuestros pecados “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, tenemos no pocas dificultades para admitirlos en la vida cotidiana.
Así es desde el origen de los tiempos. Tras el primer pecado, Dios se acercó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás, Adán?, ¿de qué gloria has caído?, ¿en qué miseria?»; buscando con ello que el hombre le dijera: «¡Perdóname!» Pero, no hubo ni humillación ni arrepentimiento, sino todo lo contrario. El hombre le respondió: “La mujer que Tú me has dado me engañó”. No dijo: «mi mujer», sino: «la mujer que Tú me has dado», como si dijera: «la carga que Tú me has puesto sobre mi cabeza». Entonces Dios se dirigió a la mujer y le dijo: “¿Por qué no has guardado lo que te había mandado?”, como queriendo decirle: «Al menos tú di ¡perdóname!, y así tu alma se humille y alcance misericordia». Pero tampoco ella pidió perdón. La mujer por su parte le respondió: “La serpiente me ha engañado» (cf. Conferencia de Doroteo de Gaza, sobre el renunciamiento).
En vez de admitir nuestros pecados y poner enmienda, en demasiadas ocasiones empleamos nuestras fuerzas en justificarlos o esconderlos, como el Rey David. Cuando el Rey peca con la mujer de Urías, en vez de reconocerlo, manda a Urías a primera línea del frente, para que acaben con su vida (cf. 2 Sam 11). Reflexionando acerca de esta escena, el Papa Francisco comenta: “Os confieso que cuando veo estas injusticias, esta soberbia humana, o cuando advierto el peligro de que yo mismo puedo correr de perder el sentido del pecado, hace bien pensar en los numerosos Urías de la historia, en los numerosos Urías que también hoy sufren nuestra mediocridad” (cf. Meditación cotidiana, 31 de enero de 2014).
En esta Cuaresma recién estrenada, necesitamos escuchar la voz de nuestra conciencia, la voz de tantos profetas que, como Natán al Rey David, nos dicen: “Tú eres ese hombre”, el que mató la única cordera del pobre en vez de sacrificar una de tus muchas reses. Tú eres ese hombre o esa mujer, que, como el hijo mayor de la parábola, ha olvidado el mucho amor que ha recibido y se dedica a pasar factura de los servicios prestados, a las personas y a Dios.
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