domingo, 19 de marzo de 2023

San José


A pesar de las escasas palabras que los evangelios dedican a San José, lo poco que sabemos de él resulta fascinante. De la mano de la Carta Apostólica Patris Corde, del Santo Padre Francisco, quisiera destacar cinco notas de su personalidad y de su misión.

1. Padre en la confianza. José nos muestra que tener fe en Dios incluye creer que Él puede actuar incluso a través de nuestra debilidad. Nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia.

2. Padre en la obediencia. La confianza le lleva a la obediencia. José estaba muy angustiado por el embarazo incomprensible de María y decidió «romper su compromiso en secreto» (Mt 1,19), pero no se precipitó y esperó la luz de Dios, que le permitió ver claro el camino a seguir. En sueños, el ángel lo ayudó a resolver su grave dilema: «No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Con la obediencia superó su drama y salvó a María. En cada circunstancia, José supo pronunciar su “sí”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.

3. Padre en la acogida. José acogió a María sin poner condiciones previas. La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido en la ley. En este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Sólo el Señor puede darnos la fuerza para acoger la vida tal como viene, con sus alegrías y decepciones.

4. Padre en la ternura. Como hizo el Señor con Israel, así José a Jesús «le enseñó a caminar, y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer» (cf. Os 11,3-4). Jesús vio la ternura de Dios en José: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13).

5. Padre de la valentía creativa. Muchas veces, leyendo los “Evangelios de la infancia”, nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. José era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre. Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar.

Que San José inspire nuestros proyectos personales y los planes pastorales de nuestras comunidades. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 12 de marzo de 2023

La alegría de servir


El próximo día 19 va a ser un domingo especialmente gozoso, porque, junto a la alegría propia del cuarto domingo de Cuaresma, nuestra Iglesia diocesana de Teruel y Albarracín escuchará el “sí” de Alfonso Torcal Nueno, llamado por el Señor para el servicio diaconal. “Diácono” es una palabra de origen griego, que significa “servidor”.

Jesús es el Servidor con mayúscula, el Siervo de Dios anunciado por el profeta Isaías. Su vida y su palabra nos invitan a servir como Él y con Él: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 42-45).

Estas palabras quedaron escenificadas durante la Última Cena, cuando Jesús se quitó el manto, se ciñó una toalla y lavó los pies a sus discípulos. Ellos no daban crédito a lo que veían, pues lavar los pies era tarea de esclavos. Pedro no se lo quería permitir, pues no le entraba en la cabeza que el mayor se hiciera servidor. Tras el lavatorio, Jesús aclaró el sentido de aquel gesto que resumía su vida: «Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’ y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 13-14).

En efecto, la actitud de servicio debe caracterizar la vida de todos los discípulos de Jesús, a ejemplo suyo, y debe marcar de un modo particular la vida de quienes tenemos encomendada una misión en la Iglesia. De hecho, uno de los títulos más apreciados por el Obispo de Roma es ser “Siervo de los siervos de Dios”.

El papa Francisco nos ha recordado que abandonar este camino tiene sus consecuencias: «Jesús es el servidor de Israel. El pueblo de Dios es siervo, y cuando el pueblo de Dios se aleja de esta actitud de servicio es un pueblo apóstata: se aleja de la vocación que Dios le ha dado. Y cuando cada uno de nosotros se aleja de esta vocación de servicio, se aleja del amor de Dios y construye su vida sobre otros amores, muchas veces idólatras» (Homilía del 7 de abril de 2020).

El servicio no es el precio con el que compramos la vida eterna; es un camino de alegría y vida plena ya en esta tierra. Contemplando a María, que fue a servir con gozo a su prima Isabel, y a tantas personas que han descubierto la alegría de servir, animados por el «sí» de Alfonso, hemos de preguntarnos de qué manera, tanto nosotros como nuestras comunidades, podríamos ser más diaconales, mejores servidores.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 5 de marzo de 2023

Desahogar el corazón


Algunas veces la tristeza nos pone contra la pared y tenemos la sensación de que las dificultades se agrandan mientras que nuestras fuerzas menguan; en otras ocasiones, nos falla la voluntad para llevar a término los compromisos adquiridos, no sabemos qué hacer para ayudar a quienes amamos, o no nos atrevemos a afrontar nuestra “zona oscura”. Todos sufrimos, en algún momento, situaciones de ahogo.

No hay recetas fáciles para superarlas. Sin embargo, hay algo que casi siempre ayuda: compartir nuestras preocupaciones, no con cualquiera, sino con una persona adecuada. Comunicar los agobios mejora casi siempre la situación, al sentirnos comprendidos y acompañados. Aunque el otro sólo sea capaz de escucharnos, poner palabras a lo que nos pasa ayuda a identificar el problema y ver más claramente sus verdaderas dimensiones, que a veces se agigantan en la soledad de nuestros pensamientos. Al comunicarlos, podemos encontrar estrategias para afrontarlos con realismo y esperanza.

En esta recomendación coinciden los maestros espirituales y los profesionales de la psicología. Los padres del monacato, ya en el siglo III, observaban y analizaban sus pensamientos y sentimientos en el silencio de su celda eremítica, pero también compartían regularmente sus dudas e intuiciones con sus padres espirituales, para llegar a entender mejor sus personales vivencias. Así fue surgiendo la llamada “confesión de los monjes”, que se anticipó al coloquio terapéutico, desarrollado posteriormente por la psicología moderna.

Sin embargo, frecuentemente encontramos dificultades para practicar esta comunicación de corazón a corazón. Podemos pensar que no vamos a ser bien comprendidos, tememos que nuestro interlocutor nos juzgue negativamente y deje de apreciarnos; incluso llegamos a convencernos de que esto sirve para otros, pero no para nosotros, porque en el fondo creemos que no tenemos solución. Evidentemente, son excusas que debemos desechar.

Dios mismo nos invita a desahogar nuestro corazón con Él, aunque Él ya conozca nuestros agobios. Con los salmos rezamos: «De Dios viene mi salvación y mi gloria, él es mi roca firme, Dios es mi refugio. Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón: Dios es nuestro refugio» (Sal 62); «a voz en grito clamo al Señor, desahogo ante él mis afanes, expongo ante él mi angustia» (Sal 142). Además, su Palabra nos anima a confiarnos a personas sensatas: «Recurre siempre a un hombre piadoso, de quien sabes seguro que guarda los mandamientos, que comparte tus anhelos y que, si caes, sufrirá contigo» (Eclo 37,12).

En el Sacramento de la Reconciliación –tan olvidado y, a la vez, tan enriquecedor– también podemos desahogar nuestro corazón. Además, tenemos la oportunidad de experimentar el amor de Dios, que nos abraza con todas nuestras miserias, nos ofrece su perdón gratuito y nos da la fuerza de su Espíritu, para seguir adelante con más paz y esperanza.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 26 de febrero de 2023

A tontas y a locas


Hace años escuché el testimonio de una persona que dedicaba dos horas diarias a meditar, a reflexionar e interpretar sus vivencias íntimas y su vida social. Explicó que, cuando comenzó esta práctica, el silencio le resultaba casi insoportable, pero poco a poco se fue convirtiendo en el espacio más deseado y enriquecedor del día. Tras su brillante defensa de la importancia de hacer silencio, sorprendió a muchos al confesar su agnosticismo. Entonces caí en la cuenta de que hacer silencio y meditar son necesidades de todo ser humano, sea creyente o no.

La meditación es una práctica imprescindible, si queremos resguardarnos del chaparrón de informaciones y opiniones que puede empaparnos. La reflexión pausada nos ayuda a ser más libres, porque nos da una mirada más aguda, para descubrir los mecanismos del mundo que queremos mejorar, para abrazar la verdad y rechazar la mentira de quienes pretenden controlar, conforme a sus intereses, nuestro modo de percibir la realidad, de pensar y de comportarnos.

El silencio también nos ayuda a conocer e interpretar mejor nuestro mundo interior, en el que conviven alegrías y enfados, desilusiones y esperanzas, deseos de venganza y de reconciliación, mociones que tiran de nosotros hacia lo más alto y hacia lo más bajo. La meditación nos permite no perder el norte en esa tormenta de sensaciones contrapuestas, en la que a veces se convierte nuestro corazón.

Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta apagar la televisión, el ordenador o el teléfono móvil, para analizar con paz las experiencias vitales y plantearnos serenamente las decisiones a tomar! Cuando no cultivamos el silencio, vivimos “a tontas y a locas”, como se dice con lenguaje coloquial, y se extiende la llamada “epidemia de superficialidad”.

Para quienes creemos en Dios, hacer silencio y meditar debería ser una prioridad, porque en ocasiones hasta la oración personal y las celebraciones comunitarias se asemejan a una catarata de palabras, gestos y canciones, en las que se echan de menos «espacios de silencio, en los que pueda emerger otra Palabra, es decir, Jesús, la Palabra»; espacios en los que «damos la posibilidad al Espíritu de regenerarnos, de consolarnos, de corregirnos» (Audiencia del papa Francisco, 15 de diciembre de 2021). Además, en este tiempo sinodal que estamos viviendo en la Iglesia, el silencio es el ámbito idóneo para la escucha de Dios y de las personas.

Procuremos, en esta Cuaresma, no vivir “a tontas y a locas”. Al menos, dediquemos cada noche unos minutos a examinar cómo hemos vivido la jornada, para valorar y agradecer el bien realizado y los dones recibidos, para ser más conscientes de nuestros errores y ponerles remedio, para prestar oídos a las inspiraciones de Dios, que podemos intuir en las experiencias más gozosas y más tristes de la existencia.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 19 de febrero de 2023

Dios nos añora


Quizá te parezca excesivo decir que Dios nos añora. Sin embargo, la Biblia está llena de párrafos en los que aflora la añoranza que Dios tiene de nosotros. Los profetas, hablando al pueblo de Israel, en el que todos estamos incluidos, dicen: «Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí… Pero era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; y no reconocieron que yo los cuidaba» (Os 11, 1-3); «os llamé y no me respondisteis» (Jr 7,13), «¡no volvisteis a mí!» (Am 4,11).

Jesús de Nazaret describió la añoranza que Dios tiene de nosotros con la parábola del padre bueno que tenía dos hijos, a los que repartió la herencia, aun antes de morir. El pequeño se marchó a otro país y el padre añoraba su presencia; tanto que a menudo subía a lo más alto de la casa, para ver si su hijo volvía. El mayor se quedó, pero su corazón estaba lejos, y el padre añoraba su amor de hijo y de hermano; tanto que se puso a sus pies, para rogarle que compartiese su alegría, en la fiesta organizada por la vuelta del pequeño.

Benedicto XVI explicó la añoranza de Dios con estas preciosas palabras: «el Todopoderoso espera el “sí” de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa» (Mensaje para la Cuaresma, 2007).

Dios nos añora a todos. Dios te añora a ti, aunque a veces dudes, te alejes de Él o te cueste rezar. A Dios le agradan tus buenas obras, pero añora tu cercanía y tu amor. Te añora a ti, como si fueras la única persona que Él creo, porque solo en su amor encontrarás el descanso, la alegría y la libertad –sí, también libertad– que dejan pequeños nuestros más grandes deseos.

Dios te añora e inventa mil estrategias para que puedas disfrutar con Él y Él contigo. Así lo reconoció San Agustín cuando, después de ir dando tumbos por la vida, escribió: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti».

El miércoles próximo comenzaremos la Cuaresma, tiempo oportuno para darnos cuenta de que también nosotros añoramos a Dios, a veces sin saberlo. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 12 de febrero de 2023

Frenar la desigualdad está en tus manos


¿Quién no se ha sentido incómodo cuando aparecen, en los medios de comunicación, noticias que reflejan las injusticias y desigualdades que azotan la vida de tantas personas y pueblos? Es posible que, en alguna ocasión, hayamos querido evitar estas informaciones, porque nos hacen sufrir y nos dicen que algo tendría que cambiar en nuestra vida. Las mujeres de Manos Unidas no se rinden ante esta situación y, año tras año, nos urgen a superar la indiferencia y a hacernos cargo de las injustas desigualdades que existen lejos y cerca de nosotros.

Estas desigualdades tienen su origen en el egoísmo que anida solapado en el corazón de cada uno y en lo que san Juan Pablo II llamó “estructuras de pecado”. Las estructuras de pecado «están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres» (SRS 36).

Las “estructuras de pecado” son alentadas por personas y organizaciones que se benefician del sistema económico, político y social dominante. Así, promueven una visión de la vida centrada en el propio individuo y en sus intereses materiales, llegan a responsabilizar a los pobres de su propia pobreza, anestesian nuestra conciencia para que la injusticia no nos duela, y desautorizan los discursos religiosos y morales que promueven la dignidad de las personas frente a los intereses económicos.

El Magisterio de la Iglesia siempre ha advertido del peligro de estas ideologías materialistas. San Juan Pablo II nos previno ante los sistemas económicos que pretenden «reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales» (CA 19). Benedicto XVI advirtió del «predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2013). Y el papa Francisco ha asegurado que ciertos modelos económicos matan, ya que «grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida» (EG 53).

Ante esta dolorosa realidad, evitemos caer en la desesperanza de pensar que nuestros humildes trabajos en favor del desarrollo de los pueblos aportan poco o nada al cambio deseado. No perdamos la fe en la eficacia de los pequeños gestos de solidaridad, que el Señor no deja de bendecir. Acojamos en el corazón la llamada que nos dirige Manos Unidas: “Frenar la desigualdad está en tus manos”. Ojalá que la Campaña contra el Hambre de este año nos ayude a mirar con más compasión a quienes sufren las injusticias de nuestro mundo, y a defender su dignidad; apoyando decididamente, junto con Manos Unidas y tantas personas de buena voluntad, proyectos que favorezcan la igualdad y la justicia.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 5 de febrero de 2023

La obsesión por la felicidad


Todos los seres humanos queremos ser felices. Este deseo de felicidad «es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre» (Catecismo, n. 1718). Sin embargo, en muchas ocasiones la felicidad se convierte en una obsesión: pretendemos ser felices a cualquier precio, rechazando todo aquello que pueda suponer esfuerzo y sacrificio; apartándonos de Dios y de cualquier persona que nos pueda cuestionar o incomodar. Estas actitudes nos alejan de la felicidad que tanto ansiamos. Lo sabemos por experiencia propia y ajena.

Jesús ha salido al encuentro de la humanidad para mostrarnos, con su vida y con sus palabras, el camino más seguro para nuestra felicidad. «Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad» (Catecismo, n. 1718) y nos muestran que la alegría cristiana no se aparta de la senda de la pobreza, el sufrimiento y las lágrimas; se adentra en el territorio de la misericordia, la limpieza de corazón, la justicia, la paz y la persecución; para encontrar su fuente más pura en el encuentro con Dios.

Queda claro que el ideal de persona humana que nos presenta Jesús poco tiene que ver con el que nos vende la publicidad, representado por un hombre joven, guapo, fuerte, rico, independiente, que no sufre por nada ni por nadie. A veces, sin darnos cuenta, hemos asumido este modelo. Por eso, de vez en cuando, deberíamos preguntarnos si realmente nuestro referente de vida es Jesucristo.

Quizá una famosa conversación de san Francisco con el hermano León nos ayude a intuir el giro radical que el Evangelio nos presenta en la búsqueda de la felicidad. El santo explica al hermano que la verdadera alegría no consiste en el crecimiento de la orden franciscana, en la conversión de todos los infieles o en la capacidad de hacer milagros. «Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría», repetía Francisco. «Pero entonces, ¿cuál es la verdadera alegría?», preguntaba el hermano. Y el maestro le respondió: «Regreso de Perusa y llego aquí muy de noche y es invierno… Y lleno de barro, con el frío y el hielo, llego a la puerta y, después de mucho aporrear y llamar, viene el fraile y pregunta: “¿Quién es?”; yo respondo: “Fray Francisco”; y él dice: «Vete, éstas no son horas de llegar, no entrarás aquí». Y al insistir de nuevo responde: «Vete, eres un simple y un ignorante; de ningún modo vendrás con nosotros; somos tantos y tales que no te necesitamos”… Yo te digo que si en todo esto conservo la paciencia y no me molesto, y sigo en paz… esa es la verdadera alegría».

Que el Señor nos conceda no obsesionarnos con nuestra propia felicidad y busquemos, como Él y con Él, el bien de las personas que nos rodean y de aquellas más necesitadas. Así, la felicidad se nos dará por añadidura. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...