viernes, 9 de mayo de 2025
“Tú eres Pedro”
Escribo esta carta cuando todavía no se conoce el nombre del nuevo sucesor de Pedro, que habrá de continuar la tarea del papa Francisco. Se llame como se llame, me parece oportuno recordar cuál es el servicio del Papa a la Iglesia.
Jesús encomendó al apóstol Pedro una misión peculiar al decirle: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos…» (cf. Mt 16, 18-19). Pero no se la encomendó por la superior santidad de Pedro, pues bien sabía de su fragilidad, sino por el auxilio divino que asiste al apóstol, reconocido por Cristo mismo: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). En efecto, el apóstol encuentra en su boca palabras más grandes que él, que no vienen de sus capacidades naturales, sino del Padre celeste. Además, en la última Cena, Jesús le aseguró: «Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-33).
El Concilio Vaticano II enseña que el sucesor de Pedro «es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles… El Pontífice Romano tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad» (cf. LG 22 – 23). Su servicio no anula los diversos carismas que el Espíritu suscita en su Iglesia, sino que los promueve y los armoniza.
Siguiendo la estela del Concilio, la Congregación para la Doctrina de la Fe afirmó que «el Sucesor de Pedro es la roca que, contra la arbitrariedad y el conformismo, garantiza una rigurosa fidelidad a la Palabra de Dios… La responsabilidad última e inderogable del Papa encuentra la mejor garantía, por una parte, en su inserción en la Tradición y en la comunión fraterna y, por otra, en la confianza en la asistencia del Espíritu Santo, que gobierna la Iglesia» (cf. Nota del 31 de octubre de 1998).
Además, la vinculación de las Iglesias locales y de sus obispos con el Romano Pontífice no reduce su libertad, sino que la ensancha, al protegerlos de las influencias de los poderes que intentan influir interesadamente en la marcha de cada Iglesia particular.
Por todo ello, la misión confiada a Pedro y a sus sucesores reclama en todos los fieles, incluidos los obispos, una actitud de acogida confiada de sus enseñanzas e iniciativas, siguiendo el ejemplo de San Pablo, quien, a pesar de ser consciente de su condición de apóstol llamado por Jesucristo, expuso el evangelio que predicaba a los apóstoles de Jerusalén, «no fuera que caminara o hubiera caminado en vano» (Gal 2,2).
Recibid mi saludo cordial en el Señor.
domingo, 27 de abril de 2025
Las “manías” de Francisco
Mientras nos recuperamos del dolor por la muerte del papa Francisco y crece nuestra gratitud por su vida y ministerio, quisiera recordar algunas de sus “manías”.
Un rasgo significativo de su pontificado ha sido su empeño para que todos los hombres y mujeres, “cada uno con su vida a cuestas”, pudieran encontrarse en la Iglesia como en su casa y no como ante una aduana, en la que debían exhibir sus méritos para traspasar la puerta. ¡Cuántas veces repitió “todos, todos, todos”! y confirmó este deseo con decisiones y gestos, como la convocatoria del Sínodo sobre la sinodalidad, el nombramiento de mujeres para cargos de responsabilidad en la Iglesia y la posibilidad de bendecir a parejas en situaciones irregulares. Esta “manía” del papa Francisco encontró el mismo rechazo que sufrió Jesús hace 2000 años, de quienes, teniéndose por justos, despreciaban a los demás (Lc 18).
Otra “manía” de Francisco han sido los pobres, especialmente los que se ven obligados a salir de su tierra para huir del hambre o de la guerra. Su solidaridad con estas personas ha sido una constante desde su primer viaje a Lampedusa hasta su reciente carta a los obispos de los Estados Unidos, condenando cualquier medida que identifique la condición ilegal de algunos migrantes con la criminalidad. Esta “manía” ha estado presente en sus palabras y actitudes, a pesar de la incomodidad manifestada por algunos. No hacía otra cosa que seguir la estela del Maestro de Nazaret, cuando puso como ejemplo a personas consideradas extranjeras: alabó la fe de una mujer cananea (Mt 15) y la solidaridad del samaritano que se compadeció de un moribundo tirado al borde del camino (Lc 10); y advirtió que serían bienaventurados quienes lo hospedaron siendo forastero (Mt 25).
También señalo su “manía” por la normalidad. Renunció a los zapatos rojos, tradicionalmente usados por sus predecesores, y se atrevió a vestir el poncho con el que apareció hace pocos días en la basílica de San Pedro. Siempre que pudo “pasó como uno de tantos” (Fil 2) y la gente lo percibía. Recuerdo a una mujer romana que me dijo: «Me gusta este Papa porque dice “buenos días” cuando saluda y “buen provecho” al terminar de rezar el “Ángelus”. Es una persona como nosotros». En efecto, utilizaba un lenguaje coloquial, comprensible por todos, se manifestaba con naturalidad y espontaneidad, corriendo el riesgo de ser poco preciso o de cometer algún error, de los que pedía perdón.
Por último, me ha impresionado su “manía” por el buen humor y la esperanza, especialmente en este Año Jubilar. Muchas veces, después de tratar temas delicados, añadía con su acento porteño: «no perdás el sentido del humor». En su buen humor y su esperanza se pone de manifiesto el hombre de profunda fe, que percibía, en medio de las tormentas, el amor y la acción de Dios en su corazón, en la vida de la Iglesia y en las entrañas del mundo (Mt 28).
¡Benditas las “manías” de Francisco, que nos acercan al Evangelio de Jesucristo y a los hombres y mujeres de hoy!
domingo, 20 de abril de 2025
La gran esperanza
La vida humana está construida sobre la esperanza. Sin ella no podríamos vivir. Siempre tenemos alguna esperanza: disfrutar de buena salud, tener suerte en la vida, alcanzar éxito profesional o deportivo, que un ser querido consiga trabajo, que llegue la paz a nuestro mundo… Pero existe, sobre todo, la que el papa Benedicto XVI definió como «la gran esperanza»; la de sentirnos amados siempre y con un amor incondicional, más allá de nuestras limitaciones e incluso de la muerte.
En efecto, como enseña la encíclica Spe Salvi (n. 26), «el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39)». Esta fue la experiencia del apóstol San Pablo, que él comunicó a la comunidad de Roma del siglo I y a los cristianos de todos los tiempos.
En Pascua celebramos que el Amor incondicional del Padre resucitó a Jesús, su Hijo, dándole una vida nueva. Celebramos además que, al haber sido alcanzados por este Amor, se afianza la esperanza en nuestros corazones, pues tal como el Papa Benedicto manifiesta, «quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente “vida”. Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera la “vida eterna”, la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces “vivimos”» (Spe salvi, 26).
La resurrección de Jesús nos asegura que el Reino de gracia y fraternidad que Él vivió y predicó no es una ilusión vana, sino una promesa garantizada por el amor fiel de Dios. Unidos al Resucitado, contagiemos la fuerza de esta «gran esperanza», que sostiene las pequeñas esperanzas cotidianas, más allá de los fracasos aparentes; trabajemos como Jesús y con Jesús para plasmar en nuestro mundo este Reino de justicia, paz y fraternidad, en el que todos los hombres y mujeres, de cualquier raza, pueblo y nación, puedan sentirse amados por Él y vivir como hermanas y hermanos; pues la esperanza en la vida eterna «no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio» (Gaudium et spes 21).
Feliz Pascua de resurrección, hermanas y hermanos. Aunque no estemos en el mejor momento, podemos experimentar y contagiar el Amor incondicional de Dios, que ahuyenta los fantasmas de la desesperanza y el sin sentido.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 13 de abril de 2025
Fortalecer, celebrar y procesionar la esperanza
No es un secreto para nadie que nuestra sociedad, tan crecida tecnológicamente, ha menguado en esperanza. Mientras se desarrolla la Inteligencia Artificial, que hoy ya es una herramienta muy poderosa, van cayendo las grandes utopías de libertad, igualdad y fraternidad, por las que tantas personas, movidas por su fe o por sus valores humanos, entregaron su tiempo y arriesgaron la vida. Así, hoy nos encontramos con muchos hombres y mujeres, también niños y jóvenes, que no encuentran razones ni siquiera para seguir viviendo.
En este contexto social, que por supuesto también afecta a los hijos de la Iglesia, estamos inmersos en la gracia del Jubileo 2025, convocado por el papa Francisco con el lema “Peregrinos de esperanza”. Por eso, animo a todas las personas que queréis vivir intensamente la Semana Santa, y especialmente a los cofrades, a fortalecer la esperanza, a celebrarla en nuestras comunidades parroquiales y a procesionarla por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades.
Quizá alguien pueda preguntarse qué tiene que ver la esperanza con las celebraciones y procesiones de Semana Santa. Aparentemente son dos realidades contradictorias: ¿cómo podemos crecer y transmitir esperanza celebrando y procesionando a alguien que fue traicionado con vileza, condenado injustamente y ejecutado en una cruz? Sin embargo, cuando miramos con mayor profundidad la Pasión de Cristo, no vemos simplemente un camino de sufrimiento, sino una misión profundamente asumida y vivida con generosidad hasta las últimas consecuencias. Jesús sabía cuál era su proyecto: entregarse con amor a Dios Padre y a la humanidad, para abrir un camino de salvación y transformar el dolor en redención. A través de ese acto supremo de amor, nos enseñó que incluso en los momentos más oscuros hay una promesa de vida nueva, de resurrección, de esperanza.
Sí, queridos hermanos y hermanas, la pasión y la esperanza van de la mano. La esperanza, por un lado, nos mueve a trabajar por el bien común, a compartir cuanto hemos recibido y a entregar la vida con pasión, seguros de que este modo de vivir dará frutos de fraternidad, justicia y paz. Y cuando vivimos con esta pasión, con este amor, generamos esperanza en quienes nos rodean. Pido al Señor Jesús que, en esta Semana Santa, nos libere del círculo vicioso de la desesperanza, que provoca pasividad e indiferencia; para dejarnos atraer por el círculo virtuoso de la esperanza, que nos mueve a vivir con pasión, como Jesús y con Jesús.
Cada celebración litúrgica, cada tambor y corneta que suenan en la Semana Santa de nuestros pueblos y ciudades, cada paso procesional y cada oración compartida son una forma de decir al mundo que la fe sigue viva, que el sacrificio por amor tiene sentido y que la esperanza no defrauda.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 6 de abril de 2025
“Juntos”, camino de conversión
En Cuaresma volvemos a escuchar la llamada de Dios a convertirnos, pero en muchas ocasiones nuestra respuesta se reduce a pequeños compromisos con los que pretendemos alcanzar no tanto lo que Dios quiere, sino lo que nosotros deseamos: leer un poco más, ser fieles a las prácticas piadosas, compartir con alguna persona u organización, perder peso…
Estos propósitos son beneficiosos sin duda alguna, pero quienes seguimos a Jesús tendríamos que preguntar a Dios más a menudo en qué deberíamos convertirnos. Estoy convencido de que un camino de conversión muy querido por Dios se puede resumir con la palabra: “juntos”. Así, el papa Francisco, nos decía recientemente:
«En esta cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente de nuestras necesidades. Preguntémonos ante el Señor si somos capaces de trabajar juntos como obispos, presbíteros, consagrados y laicos, al servicio del Reino de Dios; si tenemos una actitud de acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o si la marginamos» (Mensaje de Cuaresma 2025).
Pidamos, por tanto, la gracia de convertirnos a un estilo de vida sinodal, es decir, a lo que san Juan Pablo II llamó “espiritualidad de comunión”:
«Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí”, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias» (NMI 43).
Aquí tenemos un camino de conversión extraordinario y concreto, que nos llevará a crecer en amor a Dios, en apoyo mutuo y en ardor misionero. Recibid, pues, mi cordial saludo en el Señor.
domingo, 30 de marzo de 2025
Rearmar Europa
Mucho está cambiando el panorama político mundial y, en este contexto, los gobiernos europeos han optado por aumentar significativamente el gasto en armamento. No estoy cualificado para valorar esta decisión en sus justos términos, pero sí me parece claro que el rearme que nuestro continente necesita tiene que ver sobre todo con los valores, ya que, como escribió San Juan Pablo II, refiriéndose a Europa,
«Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida. Como manifestaciones y frutos de esta angustia existencial pueden mencionarse, en particular, el dramático descenso de la natalidad… Prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones y las contraposiciones. Entre otros síntomas de este estado de cosas, la situación europea actual experimenta el grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia, la persistencia y los rebrotes de conflictos étnicos, el resurgir de algunas actitudes racistas, las mismas tensiones interreligiosas, el egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios. Para muchos, la globalización que se está produciendo, en vez de llevar a una mayor unidad del género humano, amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles y aumenta el número de los pobres de la tierra… Junto con la difusión del individualismo, se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal… de manera que muchas personas, aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo» (Exhortación “Ecclesia in Europa”, n. 8).
Las palabras del Pontífice fueron tachadas de catastrofistas, pero, aunque muchos gobernantes y ciudadanos persistan en ignorarlas, los datos de la dura realidad diaria confirman que el Papa no iba desencaminado al reclamar un rearme moral de Europa.
En el escaso espacio de esta carta, quisiera al menos enunciar cuatro opciones que podemos vivir y promover para colaborar en ese necesario rearme moral. Primera, cuidar nuestras relaciones personales con los miembros de nuestras familias, con los vecinos y con quienes compartimos el trabajo y el ocio; de modo que todos podamos ofrecer y recibir apoyo material y afectivo. Segunda, apostar por la vida en todas las fases de la existencia humana, desde su concepción hasta su muerte natural, aumentando los cuidados cuando la vida es más vulnerable, también con quienes vienen de lejos. Tercera, participar en la multiforme y variada acción política, económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Y cuarta, fomentar el silencio y la interioridad, que nos permiten desenmascarar los engaños y conocer mejor la verdad de la vida y de nosotros mismos; nos ayudan además a conectar con la fuente de la que brota la paz y la fortaleza, para ser más libres y amar más y mejor.
Un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 23 de marzo de 2025
Paciencia, virtud proscrita
En este año 2025 dedicado a la esperanza, es necesario subrayar la palabra “paciencia”, tantas veces proscrita en nuestra sociedad, porque, como afirma el papa Francisco en la bula de convocatoria del Jubileo, estamos acostumbrados a quererlo todo y de inmediato, en un mundo donde la prisa se ha convertido en una constante. Ya no se tiene tiempo para encontrarse, y a menudo incluso en las familias se vuelve difícil reunirse y conversar con tranquilidad. La paciencia ha sido relegada por la prisa, ocasionando un daño grave a las personas. De hecho, ocupan su lugar la intolerancia, el nerviosismo y a veces la violencia gratuita, que provocan insatisfacción y cerrazón».
La paciencia fue una de las cualidades más notables y llamativas de los primeros cristianos. Como señalan los obispos de País Vasco y Navarra en su carta de Cuaresma y Pascua 2025, la paciencia «marcó profundamente su modo de estar en el mundo. Esta paciencia no era simple resignación o pasividad, sino una actitud vital que reflejaba su comprensión de un Dios que actúa con mansedumbre y respeta los ritmos de la historia humana. Se manifestaba en múltiples aspectos: en su modo de crecer como comunidad sin forzar conversiones, en su manera de responder a la persecución sin buscar represalias, en la formación pausada de nuevos creyentes a través del catecumenado, en sus prácticas de culto que forjaban identidades renovadas, y en su disposición a testimoniar la fe más con el ejemplo que con palabras. Esta “extraña paciencia”, como la percibían algunos observadores paganos, resultó ser paradójicamente una fuerza transformadora que contribuyó decisivamente a la sorprendente expansión del cristianismo en los primeros siglos».
Sí, hermanas y hermanos turolenses, para convertirnos en esta Cuaresma a una vida más orante, solidaria y comunitaria, y para desarrollar y transmitir esperanza, hemos de pedir y cultivar el don de la paciencia. Paciencia comprometida, para seguir apostando por la verdad y por la dignidad de las personas más vulnerables, para seguir combatiendo el mal con la fuerza del bien, para seguir educando en la fe y en valores humanos, para seguir trabajando en favor de una Iglesia más evangélica y de un mundo más fraterno; paciencia, en fin, para mantener con perseverancia los compromisos, aunque den pocos frutos, pues los proyectos que merecen la pena no se construyen en poco tiempo. Paciencia confiada, también, para aceptar las contrariedades y las limitaciones propias y ajenas; para esperar sin desánimos lo que no depende de nosotros: los frutos de la acción del Espíritu en nuestros corazones, en las personas con las que convivimos y en las entrañas de la Historia.
Practiquemos, como enseñaba San Cipriano, «la paciencia que aprendimos de las lecciones divinas. Esta virtud nos es común con el mismo Dios. De Él trae el origen y toma su dignidad y prestigio». Sólo así podremos ser peregrinos de esperanza en este Año Jubilar.
Un saludo muy cordial en el Señor.
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