domingo, 14 de diciembre de 2025

Profesar la fe y la esperanza


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

En este Jubileo de la Esperanza conmemoramos que en el año 325, hace ahora 1.700 años, tuvo lugar en Nicea el primer concilio ecuménico de la historia de la Iglesia. Allí, los 318 obispos proclamaron la fe católica en la divinidad de Jesucristo con estas palabras: «Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza (homoousios) del Padre». Esta formulación fue enriquecida el año 381 por el concilio de Constantinopla, dando origen al Credo niceno-constantinopolitano (el llamado popularmente “credo largo”) que profesamos en la celebración de la Eucaristía.

De este modo proclamamos que Jesucristo es nuestra Esperanza, pues al compartir el ser de Dios y también nuestra naturaleza humana, no hay ninguna situación de pobreza o violencia en la que no se haga presente la fuerza salvadora del amor de Dios.

El Credo niceno-constantinopolitano es común para católicos, ortodoxos, luteranos, reformados, bautistas, anglicanos, metodistas, evangélicos… La diócesis de Málaga ha sido pionera en el camino de la reconciliación entre las Iglesias cristianas y todos nosotros –laicos, religiosos, sacerdotes y obispo– hemos de seguir avanzando. No se trata solo de orar juntos en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, sino de aprender a trabajar unidos al servicio del Reino y de ser instrumentos de reconciliación y concordia en un mundo polarizado y dividido.

El papa León XIV ha conmemorado el concilio de Nicea peregrinando a Turquía y participando en la oración ecuménica que tuvo lugar en la antigua Nicea, actual Iznik, frente a los restos de la basílica donde se celebró el concilio. Y en su carta apostólica “In unitate fidei” ha dado un renovado impulso a esa profesión de fe. En ella nos invita a volver a la pregunta que hizo Jesús a los Doce: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 15, 15).

En los tiempos del concilio de Nicea, el presbítero Arrio había afirmado que Jesucristo era una criatura especial, superior a todas las demás, pero que no era Dios. El concilio corrigió a Arrio, afirmando que Jesús de Nazaret es de la misma sustancia (homoousios) del Padre. No se trataba de una disputa sobre palabras, sino de una cuestión fundamental: si Jesús fue un personaje carismático, un revolucionario social o alguien que amó como nadie lo había hecho hasta entonces, es un hombre digno de admiración, pero si además es de la misma sustancia del Padre, entonces es el Hijo de Dios, que sigue vivo y presente entre nosotros y nos salva de caer en el vacío. La pregunta “¿Quién es Jesús para ti?” no es ociosa, como no lo fue la respuesta que dio, en su día, el concilio de Nicea.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Violencia contra la mujer


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

En una semana han sido asesinadas dos mujeres en la provincia de Málaga, víctimas de la violencia de género; seis en lo que va de año. Como Iglesia, no podemos permanecer indiferentes ante este drama.

San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Mulieris Dignitatem (1988), analiza los textos del libro del Génesis, que desgraciadamente se han utilizado para justificar la subordinación de la mujer al varón, y concluye: «la mujer no puede convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina». Benedicto XVI denunció con claridad que «aún persiste una mentalidad machista, que ignora la novedad del cristianismo, el cual reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer con respecto al hombre». El papa Francisco señaló que «las distintas formas de malos tratos que sufren muchas mujeres son una cobardía y una degradación para toda la humanidad… No podemos mirar para otro lado». Y León XIV, en la homilía del pasado Pentecostés, se refirió «con mucho dolor» a «los numerosos y recientes casos de feminicidio».

Ante esta dura realidad y a la luz del Magisterio de los últimos papas, surge de manera espontánea la pregunta: ¿qué estamos haciendo y qué más podemos hacer? Los proyectos de casas de acogida de Cáritas, organizados en dos arciprestazgos de la diócesis, se han consolidado como un recurso esencial para mujeres embarazadas en situación de vulnerabilidad, algunas víctimas de violencia. Las religiosas Adoratrices en la ciudad de Málaga ofrecen un hogar de protección y atención educativa, socio-laboral, psicológica, jurídica y sanitaria a mujeres, también a las que han sufrido algún tipo de violencia, favoreciendo que puedan reconstruir sus vidas y, desde su experiencia, contribuir a la construcción de un mundo más justo. El Cotolengo y el Centro de Orientación Familiar, igualmente, han acogido a mujeres maltratadas y, en coordinación con los servicios sociales, se ha buscado una respuesta adecuada en centros especializados.

Debemos celebrar los avances innegables en el reconocimiento de la igual dignidad de hombres y mujeres, así como en la lucha contra la violencia machista. Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer, tanto en la sociedad como en la Iglesia.

Por ello, animo a nuestras parroquias, movimientos y comunidades a superar la tentación de silenciar este gravísimo problema; a acoger y acompañar a las víctimas; a promover programas de formación sobre la dignidad de la mujer y la igualdad en Cristo; a respaldar iniciativas que protejan a las mujeres en situación de riesgo; a promover, en suma, el Evangelio de la vida.

Invito también a la sociedad en su conjunto a evaluar y mejorar las estrategias necesarias para erradicar con eficacia esta lacra, y a promover la formación humana que reciben nuestros jóvenes, de modo que los fortalezca interiormente para reconocer, prevenir y enfrentar la violencia contra la mujer.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 30 de noviembre de 2025

¡Atención!


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Pierre Anthon, en la novela “Nada”, se sube a un ciruelo. Desde allí observa el mundo con distancia, sin implicarse y, por tanto, sin esperanza. El Adviento, en cambio, nos invita a “bajar del ciruelo”, a vivir con los pies en la tierra, atentos a los signos de la presencia de Dios, que nunca advertiremos encaramados en las ramas de un árbol.

Por eso quiero dirigirme a vosotros con una palabra que considero esencial en este momento de nuestra historia: atención. Jesús mismo nos exhorta: «Velad, porque no sabéis el día ni la hora». La vigilancia es la actitud del discípulo que sabe que el Señor viene, que su presencia se manifiesta en lo cotidiano, y que no podemos dejar pasar la oportunidad de reconocerlo.

Vivimos un cambio de época, no solo en una época de cambio. Las transformaciones culturales, sociales y tecnológicas nos colocan ante nuevos desafíos y también ante nuevas oportunidades. En medio de este mundo en movimiento, la atención se convierte en una virtud especialmente necesaria. Si no estamos atentos, podemos perder de vista los nuevos peligros que amenazan la vida y la fe. Pero si permanecemos vigilantes, descubriremos oportunidades inéditas para vivir y anunciar el Evangelio: nuevas formas de comunicación, nuevas búsquedas espirituales en los jóvenes, nuevas sensibilidades hacia la justicia y la paz.

La vigilancia y la atención no son únicamente virtudes personales; estamos llamados a vivirlas en comunidad. No basta con que algunos permanezcan atentos: es necesario que toda la Diócesis, y cada parroquia en particular, se mantengan despiertas para esquivar la rutina, acoger con fe los signos de los tiempos y discernir juntos lo que el Espíritu está diciendo hoy a la Iglesia.

El Adviento nos recuerda que Dios viene siempre, que su llegada no es solo un acontecimiento del pasado ni una promesa futura, sino una realidad presente. La vigilancia nos ayuda a reconocerlo en los signos pequeños: en la sonrisa de un niño, en la paciencia de los ancianos, en la solidaridad de quienes comparten lo poco que tienen. Estar atentos es abrir los ojos para descubrir que el Reino ya está germinando entre nosotros.

La atención también nos llama a cuidar nuestra vida interior. No podemos vivir vigilantes si no cultivamos el silencio y la oración, si no alimentamos nuestra fe con la Palabra de Dios, si no participamos con fervor en la Eucaristía. La vigilancia no es nerviosismo ni ansiedad, sino serenidad activa, fruto de una relación viva con el Señor.

Queridos hermanos y hermanas, os invito a que este Adviento sea un tiempo de atención vigilante. Así, cuando llegue la Navidad, podremos acoger al Señor con un corazón despierto y agradecido, sabiendo que hemos vivido atentos a su presencia y a su llamada.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor que viene.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Recuperar la razón... cordial


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Vivimos en una época de contrastes y contradicciones. No es raro encontrar personas que solo aceptan como verdadero lo que la ciencia demuestra, desestimando lo que proviene de la filosofía o la religión. Al mismo tiempo, estas mismas personas a menudo relegan la razón a la hora de elegir pareja, orientarse profesionalmente, crear vínculos, decidir en política o vivir la fe, dejándose guiar únicamente por emociones y sensaciones, con frecuencia engañosas y cambiantes.

Cuando despreciamos la razón y absolutizamos el sentimiento, caemos en un relativismo y un pensamiento débil, que suelen aliarse con los poderosos y perjudicar a los más vulnerables. Por otro lado, cuando absolutizamos una razón entendida exclusivamente como cálculo técnico, ajena a las dimensiones no cuantificables de la existencia, construimos una civilización científicamente avanzada pero vacía de humanidad, un modelo de razón al servicio del interés económico, capaz de sostener estructuras de explotación y de violencia.

En este contexto, es menester afirmar el valor de la razón científica, pues gracias a su método para medir y organizar la realidad, se ha ampliado notablemente la capacidad humana para transformar el mundo. No obstante, también debemos admitir que dicha razón se revela insuficiente para orientar nuestra existencia y marcar el rumbo de la historia.

Necesitamos, por tanto, recuperar una razón cordial que dé cuenta de todo lo que, sin ser demostrable ni medible, sigue siendo real: el amor, los afectos, la justicia, la fe, el misterio de la persona… Esta razón ha de ser capaz de reconocer el valor incondicional de cada ser humano e impulsarnos a una acción transformadora, además de ofrecer el marco adecuado para orientar el desarrollo de la razón científico-técnica. Una razón que no huya de los interrogantes existenciales y que se acerque al Misterio, que sostiene la vida y responde a nuestros deseos y esperanzas.

Una razón así no solo se nutre de argumentos lógicos, sino también de intuiciones, decisiones no calculadas y vínculos que la mente no puede controlar. Ya en el siglo XVII, Blaise Pascal escribió: «El corazón tiene razones que la razón no entiende», reflejando la complementariedad entre la razón y la emoción.

En este sentido, san Juan Pablo II afirmó que «la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad» (FR 1). Y Benedicto XVI criticó tanto el fundamentalismo como el laicismo, ya que impiden «un diálogo fecundo y una provechosa colaboración entre la razón y la fe religiosa» (CV 56). La fe sin razón enferma y se fanatiza; la razón sin la fe pierde el rumbo de la justicia y termina sirviendo al poder.

Que el Espíritu nos ayude a “pensar con el corazón y sentir con la cabeza”.

Recibid un saludo cordial en el Señor.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Cotolengo, esperanza para los últimos


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

León XIV, en su Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres, ha afirmado: «Tú, Señor, eres mi esperanza (Sal 71,5). Estas palabras brotan de un corazón oprimido por graves dificultades: Me hiciste pasar por muchas angustias (v. 20), dice el salmista. A pesar de ello, su alma está abierta y confiada, porque permanece firme en la fe, que reconoce el apoyo de Dios».

Nos invita, por tanto, a mirar al pobre no sólo como destinatario de nuestra caridad, sino como portador de un mensaje evangelizador: «El pobre no confía en las seguridades del poder o del tener; al contrario, las sufre y con frecuencia es víctima de ellas. Su esperanza sólo puede reposar en otro lugar. Reconociendo que Dios es nuestra primera y única esperanza, nosotros también realizamos el paso de las esperanzas efímeras a la esperanza duradera».

Acojamos la fuerza evangelizadora de las personas empobrecidas y compartamos con ellas nuestros bienes materiales y espirituales, porque, como advertía el papa Francisco, «la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de brindarles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe» (EG n. 200).

Estas palabras cobran vida en la Casa del Sagrado Corazón, nuestro querido Cotolengo, fundado en 1965 en una de las zonas más desfavorecidas de Málaga gracias al impulso del P. Jacobo y las hermanas de la Institución Benéfica del Sagrado Corazón. Hoy, el trabajo incansable de las hermanas franciscanas clarisas de Kerala (India), así como el compromiso generoso de un reducido grupo de trabajadores y de un numeroso voluntariado, dan calor a este hogar sencillo, donde la caridad se encarna, la esperanza se respira y la fe resuena en el eco del salmo: “Tú, Señor, eres mi esperanza”. No es casual que esta casa, que acoge a familias desahuciadas con niños, personas sin hogar, con discapacidad grave, enfermas o sin derechos sociales reconocidos, haya sido designada como lugar jubilar en este 2025, año de gracia dedicado a fortalecer y contagiar la esperanza.

La celebración de la IX Jornada Mundial de los Pobres, las últimas jornadas del Jubileo y el 60 aniversario del Cotolengo nos invitan a crear nuevos signos de esperanza, activando nuestra responsabilidad social en aras del bien común, impulsando políticas sociales que cambien estructuras injustas, fomentando las distintas formas de voluntariado y colaboración, también económica, y poniendo a los pobres «en el centro de toda la acción pastoral, no sólo de la dimensión caritativa, sino también de lo que la Iglesia celebra y anuncia».

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 9 de noviembre de 2025

La Iglesia, una gran familia


Queridos diocesanos y diocesanas:

En muchas ocasiones, nos resulta más fácil ventilar los fallos de la Iglesia que darnos cuenta de lo mucho que nos ofrece. Nos duelen sus errores —que debemos asumir con honestidad y corregir con firmeza—, pero también es justo y necesario reconocer, con alegría y gratitud, que la Iglesia, nuestra Iglesia diocesana de Málaga, es una gran familia en la que muchos habéis conocido a Jesucristo y su Evangelio; una gran familia que nos alimenta en la fe y nos sostiene en la misión.

Tú y yo somos cristianos por la gracia de Dios y también gracias a la mediación de la Iglesia: por aquella catequista que nos ayudó a vislumbrar la grandeza de creer, por ese sacerdote que nos escuchó y nos condujo al encuentro con la misericordia de Dios, por tantos laicos que nos conquistaron con su ejemplo de oración, solidaridad y valentía, anunciando verdades incómodas y defendiendo la dignidad de los más pequeños.

Demos gracias a Dios por quienes sois solidarios con vuestros hermanos, por los que trabajáis en Cáritas, Manos Unidas y tantas otras organizaciones, porque sois Iglesia; por los que cuidáis con generosidad nuestros templos y celebraciones, porque sois Iglesia; por quienes os consagráis a Dios en la vida religiosa, el sacerdocio o las misiones, porque sois Iglesia.

Agradezcamos también a quienes rezáis por los que sufren y por quienes más queréis, porque sois Iglesia; a los que compartís con responsabilidad vuestro dinero con la parroquia y la Diócesis, porque sois Iglesia, y a tantos laicos y laicas comprometidos en la familia, la parroquia, la hermandad, el trabajo, la economía, la política, el pueblo, el barrio y en el cuidado de la casa común en la que vivimos, porque sois Iglesia. Esta gran familia cuenta contigo, porque tú eres Iglesia.

En este Día de la Iglesia Diocesana, conviene que nos preguntemos: ¿Reconozco y agradezco de forma habitual la aportación de la Iglesia a mi vida y a la sociedad? ¿Podría ofrecer algo más para que la Iglesia continúe sembrando palabras de esperanza y gestos de humanidad, en nuestra tierra y en los rincones del mundo más empobrecidos?

Esta gran familia trabaja para crecer en transparencia y, por eso, como cada año, hoy se publica la situación económica de la Diócesis. También seguimos avanzando en el camino de la sinodalidad, para que nadie se sienta “cristiano de segunda” y todos los bautizados y bautizadas puedan vivir plenamente como miembros de esta gran familia.

Con el corazón agradecido por la entrega de los laicos, religiosos y sacerdotes, por la generosidad de tantos hombres y mujeres de nuestra Diócesis, os envío un saludo muy cordial a todos, en el Señor.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Vivir y morir con sabiduría


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

El acceso a una vivienda digna se ha convertido en un problema gravísimo para muchas personas y familias. Hace poco, un profesor universitario me confesaba que, pese a contar con un salario estable, había renunciado al sueño –largamente acariciado– de adquirir una vivienda. Del mismo modo, una amiga compartía su angustia al no encontrar un piso cuyo alquiler no superara su sueldo mensual. Si esta es la realidad de muchos que llevan una vida aparentemente “normalizada”, ¿cómo será entonces la de tantos hermanos y hermanas empobrecidos? El director de Cáritas Málaga contaba su encuentro con una persona conocida que quedó en la calle, a raíz de una enfermedad: la invitó a tomar un café y esta rechazó la propuesta, diciendo: «Gracias, pero no quiero que me veas así».

Cáritas nos invita a mirar con profundidad y ternura la realidad de quienes habitan nuestras calles. Son hombres y mujeres con historias, vínculos, emociones y sueños silenciados: personas que, a pesar de trabajar, no pueden acceder a una vivienda; jóvenes extutelados que, al alcanzar la mayoría de edad, se enfrentan a la exclusión; migrantes, víctimas de violencia, mayores sin red familiar, personas con problemas de salud mental o adicciones… En 2024, Cáritas acompañó a 917 personas sin hogar en Málaga y Melilla, y constató cómo el “sinhogarismo” se prolonga en el tiempo: el 13% lleva más de cinco años viviendo en la calle. Esta situación no supone solo un problema de pobreza material; significa no tener acceso a salud, protección social y participación comunitaria. De hecho, el 52,7% de las personas sin hogar en Málaga no están empadronadas, lo que les impide acceder a prestaciones básicas.

La fe nos impulsa a transformar la realidad desde el amor y la justicia. Por ello, como Iglesia, además de exigir a las administraciones políticas eficaces que garanticen el derecho a la vivienda para los jóvenes y sus familias, nos unimos a las propuestas de Cáritas para aliviar el dolor de quienes viven en la calle: facilitar el empadronamiento incluso en ausencia de techo; crear recursos para familias con menores; garantizar atención a solicitantes de protección internacional; ampliar el Programa +18; mejorar la atención en salud mental; asegurar recursos tras altas hospitalarias; reforzar los servicios sociales, coordinar administraciones y establecer mecanismos de participación para las personas sin hogar.

No basta con ofrecer asistencia: debemos abrir caminos de inclusión, donde cada persona pueda desarrollar su proyecto de vida. ¡Ojalá nuestras comunidades cristianas puedan ofrecer a tantas personas sin hogar el cariño y, cuando sea posible, el techo que precisan! Que el Espíritu nos mueva a la compasión activa, al compromiso concreto y a la esperanza compartida; porque nadie debería vivir sin hogar y todos los hombres y mujeres merecen vivir con dignidad.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...