domingo, 15 de marzo de 2026

Paz en la tierra


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Nos duelen profundamente las noticias que llegan de la guerra en Irán y Oriente Medio. Tampoco podemos olvidar el sufrimiento que persiste en Ucrania o en Gaza, ni las guerras olvidadas que desangran a tantos pueblos africanos. En muchos de estos lugares, la riqueza de la tierra —codiciada por intereses poderosos— se convierte en causa de violencia y guerra, en vez de ser fuente de vida y desarrollo para sus habitantes.

No solo nos inquietan las repercusiones que podemos padecer al llenar el depósito del coche o al pagar la cesta de la compra. Lo que verdaderamente nos hiere es la pérdida de vidas inocentes, el dolor de tantas familias, el clima de odio, inseguridad y desamparo que sufren millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos. Ante esta dolorosa realidad, ¿qué podemos hacer?

Rezar por la paz. La oración es la primera respuesta del creyente ante el sufrimiento del mundo. Con León XIV, «elevamos nuestro humilde ruego al Señor para que cese el estruendo de las bombas, callen las armas y se abra un espacio de diálogo en el que se puedan escuchar las voces de los pueblos». El Papa nos invita a confiar esta intención a María, «para que interceda por cuantos sufren a causa de la guerra y acompañe los corazones a través de senderos de reconciliación y de esperanza».

Acoger la paz en el corazón. La paz verdadera comienza con una transformación interior que nos hace renunciar al odio, al rencor y a la indiferencia. Acoger la paz en el corazón significa dejar que Dios cure nuestras heridas, purifique nuestros miedos y nos enseñe a mirar al otro como hermano. Es un camino de conversión que nos invita a buscar la justicia y la verdad, a reconocer la propia agresividad y a dejarnos reconciliar. Solo un corazón pacificado puede convertirse en fuente de paz para los demás.

Vivir la paz en la vida cotidiana. La paz se construye día a día, en lo pequeño y en lo cercano: en la familia, en el puesto de trabajo, en la parroquia, en la hermandad, en el barrio o en el pueblo. Vivir la paz implica elegir palabras que no hieran, gestos que unan, actitudes que favorezcan el encuentro. Es aprender a escuchar antes de juzgar, a resolver los conflictos sin recurrir a la violencia, a tender puentes donde otros levantan muros. Como recordábamos los obispos de Aragón en 2023, «no sirve de mucho lamentarse de las guerras entre países, si en el ámbito doméstico no somos capaces de trabajar por la paz». Como ciudadanos responsables, también estamos llamados a exigir a las autoridades de las naciones decisiones valientes, que prioricen la vida de los pueblos por encima de intereses económicos, estratégicos o ideológicos.

Que la Paz del Señor habite en vuestros corazones y se extienda al mundo entero.

domingo, 8 de marzo de 2026

Con la “p” de Pedro, no de política


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.

Hemos recibido con alegría la noticia del viaje de León XIV a España el próximo mes de junio. Algunos la presentan como un movimiento estratégico, tratando de alinear al Papa con algunos partidos políticos y de enfrentarlo con otros. Pero los hijos de la Iglesia no podemos desenfocar su verdadero sentido. La llegada del sucesor del apóstol Pedro, aunque tenga una amplia repercusión social y mediática, es ante todo un acontecimiento eclesial, una experiencia de gracia.

Fue Jesús quien dijo a Simón: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). El ministerio petrino nace de la llamada del Señor, que quiso que su apóstol fuera signo visible de la unidad eclesial y el principio y fundamento perpetuo de su comunión, como recordó el Concilio Vaticano II (LG 23). San Juan Pablo II recordó que el sucesor de Pedro es «servidor de la unidad en la verdad y en la caridad». Benedicto XVI insistió en que el Papa no es un soberano de este mundo, sino el que garantiza el seguimiento fiel a Jesucristo, cuyo señorío no se impone con estrategias humanas, sino por la fuerza transformadora del amor.

En esta línea, el viaje apostólico del papa León, como los de sus predecesores, expresa la solicitud del Pastor que, “con olor a oveja”, desea compartir los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres y mujeres de España, especialmente de los pobres y de quienes sufren (cf. GS 1). Viene a custodiar la fe apostólica, fortalecer nuestra fraternidad y animar la misión evangelizadora. No viene a negociar espacios de poder, sino a iluminar las conciencias y a movilizar cristianos que sean levadura de Evangelio en el mundo.

Prepararnos para su visita con espíritu cristiano requiere ante todo nuestra oración: orar por el Papa y con el Papa; orar para que su palabra encuentre corazones humildes y dispuestos, tanto para recibir su aliento, que nos da fuerza para seguir adelante en los caminos emprendidos, como para acoger sus llamadas a la conversión personal y comunitaria, en nuestras diócesis, parroquias, movimientos y asociaciones. Junto a la oración, dediquemos tiempo a conocer sus exhortaciones, mensajes y homilías.

Dispongámonos, pues, para que la próxima visita del papa a España abra caminos de esperanza en nuestras comunidades y nuestra sociedad. Renunciemos a todo tipo de competición mundana para ver qué diócesis o que movimiento eclesial tiene mayor participación o visibilidad. No nos dejemos robar la alegría de vivir este acontecimiento como Iglesia que espera a su Pastor, no nos dejemos arrastrar por la polarización ni permitamos que el ruido apague la voz del Espíritu.

Que María, Madre de la Iglesia, disponga nuestros corazones para que el Papa encuentre una comunidad deseosa de caminar fielmente tras las huellas de Jesús.

Un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 1 de marzo de 2026

El pecado, ni más ni menos


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.

En este camino cuaresmal deseo compartir una reflexión serena sobre el pecado. El poeta Charles Baudelaire escribió que «la más bella de las artimañas del Diablo es persuadiros de que no existe». Más allá del contexto literario de la frase, su intuición resulta profundamente actual. En nuestra cultura, hablar de pecado y de culpa parece improcedente, incómodo o incluso dañino. Así, casi sin advertirlo, el pecado ha ido desapareciendo de nuestro horizonte espiritual.

Sin embargo, restar importancia al pecado es tan empobrecedor como colocarlo en el centro obsesivo de la experiencia religiosa, algo que ocurrió con demasiada frecuencia en otros tiempos. Aquellas miradas exageradas, que veían pecado casi en cualquier cosa —sobre todo en lo relacionado con el sexto mandamiento—, generaron heridas, miedos y escrúpulos. Hoy estamos llamados a aprender de esos errores y a recuperar una comprensión más bíblica del pecado y del perdón de Dios.

La Escritura nos enseña a entender el pecado, ante todo, como un desamor: una falta de gratitud y de correspondencia al amor que Dios nos regala. No es simplemente una mancha que afea, ni una limitación que nos condiciona, ni una mera transgresión de normas. El pecado nos remite al drama más hondo de la condición humana: creados para la comunión con Dios y para la fraternidad, experimentamos una herida interior, una inclinación que nos encierra en nosotros mismos. Somos criaturas valiosas, creadas por Dios a su imagen, y, al mismo tiempo, estamos marcados por la fragilidad. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ignorar esta paradoja conduce a una visión excesivamente optimista del ser humano o a un pesimismo estéril, pero nunca a la verdad que nos hace libres.

Hoy, en nuestra sociedad, el pecado se presenta a menudo como algo apetecible e incluso recomendable, mientras que el pecador es rápidamente señalado y condenado. Frente a esa tendencia, Jesús nos enseña a combatir el pecado y a acoger al pecador. También trivializamos el pecado cuando valoramos nuestras acciones únicamente por la satisfacción inmediata que nos proporcionan, erigiéndonos en medida suprema de lo justo y olvidando el daño real que podemos causar a los hermanos, a la madre tierra o a nuestra relación con Dios. Esta actitud, que en el fondo repite la tentación originaria, nos encierra en nuestro egoísmo, nos impide amar con madurez, debilita el compromiso con el bien común y termina por fracturar la convivencia.

Finalmente, dejadme recordar algo esencial: Dios no nos abandona cuando pecamos; es más, «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rom 5,20). Pero cuando desaparece el sentido del pecado, nos privamos de experimentar con hondura el perdón de Dios, y el sacramento de la penitencia deja de ser un encuentro transformador para convertirse en algo prescindible. Y, sin embargo, es precisamente allí donde la gracia restaura, fortalece y abre caminos nuevos.

Un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 22 de febrero de 2026

Convertirse... al Evangelio


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.

A menudo se entiende la Cuaresma como una segunda oportunidad para retomar los buenos propósitos de inicio de año. Pero la Cuaresma es mucho más que eso; es un tiempo propicio en el que Dios nos ofrece su gracia, no para realizar cambios superficiales o estéticos, sino para afianzar nuestra conversión al Evangelio de Jesucristo. Él nos muestra el corazón compasivo del Padre que ama a todas sus criaturas, especialmente a quienes más sufren.

En su primera exhortación apostólica, el papa León XIV nos invita con fuerza a encontrarnos con los pobres. Por ello, os animo a hacer de este documento nuestra lectura espiritual durante este tiempo de Cuaresma, y a abrir el corazón a las inspiraciones con las que el Espíritu Santo os visitará al meditarla.

Desde sus primeras palabras —Dilexi te (“Te he amado”), dirigidas por el vidente del Apocalipsis a una comunidad cristiana despreciada—, el Papa nos urge a descubrir en los pobres el rostro y la carne sufriente de su Hijo Jesús. Esta mirada contemplativa no surge de manera espontánea: es fruto de una relación profunda con el Señor y de una cercanía real con quienes viven en la necesidad. No basta con hablar de los pobres o reflexionar sobre la pobreza; es imprescindible hacerles un lugar más amplio en nuestra vida diaria y en nuestra oración. Sólo así podremos conocer y presentar a Dios sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias. Sólo así podremos valorarlos, amarlos y servirles como Jesús y con Jesús, y acoger las enseñanzas y llamadas que Dios nos dirige a través de ellos.

Llevar ante Dios la vida de las personas necesitadas y llevar a ellas el amor de Dios transformará también nuestra propia mentalidad, tantas veces condicionada por discursos ideológicos interesados; pues, como ha señalado el Papa, «el hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver al Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana».

A modo de resumen, os propongo algunas cuestiones a incluir en un examen de conciencia cuaresmal, auténticamente evangélico: ¿qué espacio ocupan los pobres en mi vida cotidiana y en mi presupuesto?, ¿presento ante Dios sus necesidades y doy gracias por su fe y sus aportaciones?, ¿los considero un problema social distante o una “cuestión familiar” que me implica?, ¿trabajo para que nuestra comunidad cristiana sea cada vez más samaritana con las personas y los pueblos descartados?, ¿cómo me sitúo ante los bienes materiales, ante el consumo y ante la hermana madre Tierra, tan necesitada de nuestro cuidado, para favorecer una sociedad más justa y fraterna, en la que todos los hijos e hijas de Dios podamos vivir con dignidad?

Un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 8 de febrero de 2026

Frente al “¡sálvese quien pueda!”, Manos Unidas


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.

¿Quién no se ha sentido incómodo al encontrarse, en los medios de comunicación, con noticias que muestran las injusticias y desigualdades que golpean la vida de tantas personas y pueblos? En alguna ocasión, quizá hayamos preferido evitar estas informaciones porque nos hacen sufrir y nos recuerdan que algo debería cambiar en nuestra propia vida. Las mujeres de Manos Unidas, en cambio, afrontan esta realidad con valentía y, año tras año, nos animan a vencer la indiferencia y a unirnos a su “guerra contra el hambre”.

Estas desigualdades tienen su raíz en el egoísmo que anida, en mayor o menor medida, en el corazón de cada uno y en lo que san Juan Pablo II llamó “estructuras de pecado”, que «se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres» (SRS 36). Estas estructuras se alimentan por ideologías que promueven una visión individualista y materialista de la vida, que llegan a responsabilizar a los pobres de sus propias penurias, adormecen nuestra conciencia para que la injusticia no nos duela y desacreditan los discursos que defienden la dignidad humana frente a los intereses económicos.

El Magisterio de la Iglesia ha advertido siempre del peligro de estas ideologías materialistas. San Juan Pablo II nos previno contra los sistemas económicos que pretenden «reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales» (CA 19). Y el papa Francisco ha afirmado que ciertos modelos económicos matan, pues «grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida» (EG 53).

Ante esta dolorosa realidad, mantengamos viva la confianza en la eficacia de los pequeños gestos de solidaridad que el Señor no deja de bendecir. Gracias a la recaudación del año pasado en Málaga y Melilla, fue posible financiar 18 proyectos, con un importe total de 839.200 €, que levantaron una bandera de esperanza en la vida de no pocas personas –con nombre y rostro– y pueblos.

Este año, la Delegación de Manos Unidas nos presenta otros 18 proyectos en los ámbitos educativo, sanitario, de agua y saneamiento, alimentación, derechos de la mujer y derechos humanos. Entre ellos, destaca el que se va a llevar a cabo en Moursale (Chad), que contempla la construcción de aulas para niños y niñas de 7 a 14 años de las zonas rurales, contando además con la implicación activa de los propios estudiantes y de sus familias.

Mi gratitud a todos los equipos de Manos Unidas en nuestra Diócesis y a todas las personas de buena voluntad que apoyáis con generosidad sus proyectos, luchando contra las estructuras de pecado y las ideologías que propagan el “¡sálvese quien pueda!”, y promoviendo la justicia, la dignidad de cada persona y la fraternidad humana, tan deseada y alentada por Dios.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

Ejercicios para la Operación Cuaresma


Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla:

Cuando se acercan los meses de calor, muchos se embarcan en la conocida “operación verano”, cuidando la dieta y haciendo ejercicio físico. En estas fechas, queremos proponeros una “Operación Cuaresma”, proponiendo una serie de Ejercicios, esta vez espirituales, a todos los bautizados y bautizadas, especialmente para los miembros de nuestras queridas cofradías y hermandades, que vivís con tanta intensidad este tiempo litúrgico y la Semana Santa.

Con mucho cariño, hemos preparado esta iniciativa en colaboración con la Delegación Diocesana correspondiente y la Agrupación de Cofradías de Semana Santa de Málaga. Queremos que el trabajo precioso que realizáis —preparando cultos, procesiones, acciones de caridad y encuentros fraternos— venga acompañado de un trabajo interior, que os permita disfrutar más profundamente de lo que hacéis, y transmitir con más fuerza la alegría, el amor y la esperanza que brotan de la cercanía de Jesucristo y de su Madre Santísima.

No se trata de algo complicado ni exigente en tiempo. La semana próxima, del lunes 9 al viernes 13 de febrero, de 20.00 a 20.45 horas, se ofrecerán cinco charlas en la iglesia de los Santos Mártires de Málaga. No serán teóricas, sino que se explicarán pistas sencillas para ejercitarse espiritualmente, inspiradas en intuiciones de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Os animo a acudir presencialmente si podéis, y si no, a seguirlas por internet en diocesismalaga.es desde cualquier lugar de la Diócesis.

Aunque parezca una propuesta humilde, os aseguro que puede cambiarnos la vida. Cuando dedicamos un tiempo de calidad a la oración, descubrimos nuestra fragilidad, reconocemos cómo nos engañamos o nos dejamos engañar, sentimos el dolor por nuestros pecados y acogemos con más hondura el perdón de Dios. Poco a poco, Jesús nos contagia su deseo de vivir las bienaventuranzas, de amar hasta el extremo, de entregarnos sin reservas, para participar así de su vida nueva resucitada. En este proceso, el Señor transforma nuestra sensibilidad y nuestra vida entera. Con su gracia, el corazón empieza a latir al ritmo del Evangelio, de modo que nuestro mayor deseo no es otro que amar a Dios y a los hermanos, como Jesús y con Jesús.

Os invito, pues, a sumaros a esta “Operación Cuaresma”, para que la Semana Santa no solo se celebre, sino que se viva en la familia, en el trabajo y en los momentos de encuentro y de descanso. Que esta experiencia pueda animar a los cofrades y a todos los bautizados y bautizadas a considerar la posibilidad de realizar Ejercicios Espirituales en formatos más intensos: dedicando unos días de retiro a la meditación y a la contemplación de la vida del Señor, o bien viviendo los Ejercicios en la Vida Diaria, reservando cada día un tiempo de oración durante varios meses.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 1 de febrero de 2026

Gratitud y esperanza para la vida consagrada


Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla:

La vida consagrada es un tesoro que el Espíritu ha suscitado desde los orígenes del cristianismo. También hoy, en nuestra Diócesis de Málaga, sigue siendo un regalo precioso. Lo sabéis bien quienes disfrutáis de la amistad de una persona consagrada o habéis tenido cerca una comunidad religiosa alegre, unida y entregada a su misión.

En esta carta deseo, ante todo, invitar a toda la comunidad eclesial a reconocer la grandeza de este don. La vida consagrada no es un adorno opcional dentro del cuerpo eclesial; es una presencia esencial que nos recuerda que Dios es lo primero, que el Evangelio puede vivirse con radicalidad y que una existencia entregada anticipa ya la plenitud del cielo.

Los consagrados no viven apartados del mundo, sino profundamente insertos en él desde la lógica del amor incondicional de Dios. Sus comunidades son escuelas donde se aprende a perdonar, a compartir, a escuchar, a discernir y a servir. Sus obras —educativas, sanitarias, sociales, contemplativas, misioneras— son signos visibles de la ternura de Dios hacia los más pequeños y vulnerables.

La Iglesia —nuestra diócesis de Málaga— necesita la vida consagrada, y el mundo también. Por eso, queridos hermanos y hermanas, os invito a valorar, acompañar y sostener a quienes han entregado su vida al Señor. Y animo a los chicos y chicas que se encuentran en discernimiento vocacional a preguntarse, delante de Dios, si Él los llama a este camino.

A vosotros, queridos consagrados y consagradas, deseo dirigiros una palabra especial en estos tiempos complejos. A quienes vivís vuestro carisma en esta diócesis, os pido con afecto lo mismo que el papa León ha pedido recientemente a los sacerdotes: “una fidelidad que genera futuro”. Es una expresión luminosa y desafiante para todos los bautizados. Os animo, pues, a permanecer firmes en la oración, fieles a la vida fraterna, disponibles para la misión, abiertos a la Iglesia diocesana, atentos a los pobres y dóciles al Espíritu. La fidelidad cotidiana —a veces escondida, a veces cansada— es la que fecunda a la Iglesia y transforma el mundo desde dentro.

La vida consagrada florece cuando se vive desde la verdad del Evangelio, sin rebajas ni exageraciones, sin prisa ni miedo; aunque seáis menos, aunque tengáis que unir comunidades, incluso de congregaciones distintas para llevar adelante un proyecto misionero. En cambio, no sirven de nada los atajos para obtener más vocaciones, el “todo vale” para conservarlas, los experimentos extraños para sostener comunidades sin recursos humanos suficientes, la rigidez que no da consistencia interior o la mundanización que busca satisfacer todos los caprichos.

El Señor no os llamó para tener éxito, ni para ser más en número e influencia, sino para ser testigos fieles de su amor, como Él y con Él, que manifestó su gloria desde el madero de la cruz. El Señor bendice vuestra entrega y sostiene vuestra esperanza.

Contad con mi oración, mi aprecio y mi apoyo.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...