domingo, 27 de febrero de 2022
Dios confía en ti
A punto de comenzar la Cuaresma, os animo a escuchar la llamada a convertirnos, que la Iglesia hará resonar de nuevo en nuestros corazones, dentro de pocos días. Esta llamada puede chocar con la pereza y la comodidad, tan frecuentes en las personas; y también con la desesperanza o el desengaño generados por los fracasos que hemos experimentado, a lo largo de la vida, en el camino de la conversión. Sin embargo, permitidme que os recuerde que esta llamada concuerda con los deseos más profundos del ser humano. En efecto, cuando miramos hacia el interior de nosotros mismos, descubrimos cuánto nos gustaría cambiar algunas actitudes, mejorar nuestras relaciones con determinadas personas y vivir la experiencia de un encuentro más vivo con Dios.
Si hemos perdido la esperanza de mejorar, recordemos que Dios confía en ti y en mí más que nosotros mismos; cree más que nadie en nuestras posibilidades de cambio. No encontraremos mejor cómplice que Él para hacer realidad nuestros deseos más profundos de renovación. Tengamos presente, además, que la conversión no es un requisito previo para obtener el favor de Dios, sino la puerta que Él mismo nos abre para que disfrutemos su abrazo misericordioso y la fuerza transformadora de su amor.
La Sagrada Escritura nos ayuda a comprender que la conversión es, antes que nada y sobre todo, un regalo de Dios, que reclama ciertamente nuestra colaboración. Así, San Pablo nos recuerda que éste es un “tiempo favorable”, un “día de salvación”, y nos exhorta con vehemencia: “dejaos reconciliar con Dios”, “no echéis en saco roto la gracia de Dios” (cf. 2 Co 5–6). El profeta Isaías, por su parte, subraya la importancia de la acción de Dios en nuestra conversión, con una imagen preciosa y sugerente: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano” (Is 64,7). Estamos en las manos del mejor alfarero, que nos ama entrañablemente, y siempre está dispuesto a reconstruirnos y embellecernos, por dentro y por fuera.
Por eso, si de verdad queremos convertirnos, hemos de acercarnos a Él confiadamente, pues nos espera como el padre bueno de la parábola del hijo pródigo. Y, aunque Él está en todas partes, haremos bien en buscarlo en las experiencias, situaciones y lugares donde se hace presente de una forma más intensa: en el silencio de la oración, ante el Sagrario de una iglesia, en la grandeza de la Creación, en las personas enamoradas de Él, en quienes más sufren, en la comunidad de la Iglesia, que, a pesar de las limitaciones y pecados de sus hijos, cree en Él y quiere seguirle. Búscalo también en ese lugar, tan especial para ti, en el que lo has percibido en otros momentos.
Os animo, pues, a comenzar la Cuaresma bien dispuestos, para convertirnos y dejarnos transformar por Dios. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 20 de febrero de 2022
Ejercicios para vivir
Somos cristianos. Jesucristo nos ha conquistado con su forma de tratar a los pobres y a los poderosos, a los que se creían santos y a los pecadores, a los marginados y a los apestados de su tiempo. Nos ha fascinado su relación con Dios: el Abbá, el papá que nos ama entrañablemente, como la madre más tierna. Nos atrae con su modo de amar y servir con todo el corazón y con toda el alma, hasta el extremo. Por eso, decidimos tomar como brújula su Evangelio y acoger la invitación a ser sus amigos. Desde entonces, hemos experimentado muchas veces la cercanía de Dios, también en los momentos más duros de nuestra vida.
Sin embargo, cuando nos descuidamos, el orgullo nos lleva a separarnos de Dios, el egoísmo nos aparta de los hermanos, la vanidad nos hace olvidar nuestra pequeñez, la prisa y el activismo recortan tiempo a la reflexión y a la oración. Así, poco a poco, nos despistamos del camino del Evangelio. Por eso, de vez en cuando necesitamos frenar la rueda del trabajo, las diversiones y el ruido, para encontrarnos con Dios y experimentar de nuevo su amor, para que Jesucristo vuelva a enamorarnos y a guiarnos, para tomar decisiones que enderecen nuestra vida hacia el mayor bien posible.
Esta es la experiencia que acabamos de vivir, a pesar de nuestras limitaciones, un grupo de sacerdotes de Teruel y Albarracín, en los Ejercicios Espirituales que concluyeron hace pocos días. En 1536, San Ignacio de Loyola escribió: «Los Ejercicios Espirituales son todo lo mejor que yo puedo en esta vida pensar, sentir y entender, para que el hombre se pueda aprovechar a sí mismo, y para poder fructificar y ayudar a otros muchos».
Ciertamente, los Ejercicios Espirituales pueden cambiarte la vida. Tras unos días de oración, la mirada se agudiza y descubres hasta dónde llega tu fragilidad, adviertes la facilidad con la que te engañas o te dejas engañar, sientes la punzada de dolor que producen tus pecados y acoges con más profundidad y gratitud el perdón de Dios. En esos días de retiro, Jesús te contagia el deseo de recorrer el camino de las bienaventuranzas, del amor y de la entrega hasta el extremo. En este proceso, el Señor transforma tu sensibilidad y la vida entera, de modo que tu mayor deseo no es otro que amar a Dios y a los hermanos, con Él y como Él.
Nuestra Iglesia diocesana ofrece todos los años Ejercicios Espirituales para sacerdotes y, a través de la Acción Católica, también los laicos tienen la oportunidad de retirarse varios días. Sé que muchos querríais practicarlos y no podéis, por vuestros compromisos familiares y laborales. La Diócesis pretende poner a vuestra disposición otras modalidades, para que todos tengáis la oportunidad de disfrutar las gracias que Dios derrama a través de los Ejercicios.
Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.
domingo, 13 de febrero de 2022
La indiferencia nos condena
Un amigo apoyó económicamente a varias instituciones sociales durante años, pero todo cambió cuando se compró un piso. Tenía que pagar el apartamento y cortó su ayuda a aquellas instituciones. Poco a poco, sus preocupaciones y su dinero se volcaron más con el piso que con los necesitados; ya no veía ni sentía ni vivía más allá de los muros de su casa. Unos meses después, al darse cuenta de que esta actitud estaba ahogando su alegría y su libertad, volvió a compartir una parte de su dinero. “En cuanto lo hice ?me confesó?, tuve la sensación de que volvía a vivir en libertad”.
El lema de la Campaña contra el hambre ?«Nuestra indiferencia los condena al olvido»? me ha recordado lo que le pasó a mi amigo. Frecuentemente, vivimos tan centrados en nuestros problemas, en nuestras metas personales, en la defensa de lo que consideramos nuestros legítimos derechos, que olvidamos que, en este siglo XXI, millones de seres humanos pasan hambre cada día. Y si pensamos en los servicios de salud y educación de que disponen, nuestro olvido produce más sonrojo todavía. Nuestra indiferencia condena a pueblos enteros al olvido, a la injusticia y a la muerte.
Pero esta indiferencia también nos condena a nosotros. Como le ocurrió a mi amigo, cuando vivimos y trabajamos solo para nosotros mismos, vamos estrangulando progresivamente nuestra alegría y nuestra libertad. No es por casualidad, ya que hemos sido creados para vivir juntos. Tenemos un Padre común, que ama a todos y nos anima a encontrarnos y a lograr una fraternidad que incluya a todos.
“Manos Unidas” y muchas otras instituciones solidarias nos dan mucho más de lo que piden, porque nos brindan la oportunidad de tender puentes que nos liberen de una vida cómoda y cegata. Cuando atravesamos esos puentes, llegamos a ver la cautivadora sonrisa de Flor María, una niña que vive en un asentamiento peruano, sin acceso a la sanidad y a la educación, donde los niños que tienen algún problema físico sufren especialmente, y alcanzamos a compartir la alegría de Flor María, de sus amigos y de su familia, que, gracias a la solidaridad de mucha gente sencilla, pueden disfrutar de un proyecto de desarrollo que mejora sustancialmente sus condiciones de vida.
Es preciso que nos atrevamos a mirar más allá de nuestros propios problemas y tengamos el coraje de llorar con los que sufren, de compartir con ellos nuestro dinero y nuestros talentos, y de exigir a nuestros gobernantes que se ocupen de las personas y pueblos más empobrecidos. El papa Francisco nos ha recordado que “los pobres no pueden esperar. Su calamitosa situación no lo permite”. Y nosotros tampoco debemos esperar para caminar decididamente hacia una fraternidad que abraza, ama y comparte de verdad.
Con mi sincera gratitud a las mujeres que trabajan en Manos Unidas desde sus inicios, recibid un saludo muy cordial, en el Señor.
domingo, 6 de febrero de 2022
Dios te ama
En este mundo nuestro, tan apasionante y tan extraño, muchos prefieren comunicarse con una pantalla de ordenador o de teléfono móvil de por medio, arrinconando las relaciones tú a tú, que pueden comprometer y limitar la libertad. Gana terreno la consigna “No llames por teléfono, manda un audio”. Llamar se considera algo invasivo y arriesgado.
En el ámbito religioso ocurre algo similar. Hay quienes prefieren una espiritualidad sin rostro e incluso sin Dios. A través de ciertas técnicas de introspección, algunas espiritualidades propician el encuentro con uno mismo, generando cierta sensación de armonía, que satisface, pero no salva. Si hace algunas décadas hizo fortuna, en ámbitos críticos, el eslogan “Jesús, sí; Iglesia, no”, ahora parece abrirse paso el lema “Espiritualidad, sí; Dios, no”.
Sin embargo, el ser humano, para ser feliz, necesita amar y ser amado. Y el amor no es una energía que podemos tomar y usar, como si fuera el combustible con que rellenamos el depósito del coche. El amor requiere el encuentro personal con un “tú”, humano o divino, al que abrimos el corazón, para recibir amor y para ofrecérselo; ya que solo mi disponibilidad para amar y entregarme me hace capaz de acoger y disfrutar el amor que el otro me regala.
Para ayudarnos a entender que Dios es un tú, una persona, ciertamente diversa a nosotros, la Biblia utiliza, al referirse a Él, palabras que indican relación estrecha: Señor, Padre, Amigo, Pastor, Esposo… Y Jesús, el Hijo de Dios encarnado, se encuentra a menudo no con una energía indefinida, sino con el Abbá, el Padre, el papá.
Por estas y por tantas razones, he querido titular esta carta: Dios te ama. El Dios que ve y escucha, que tiene entrañas de misericordia y corazón de madre, te ama. “Dios te ama tanto que te da toda su vida. No es un dios que nos mira con indiferencia desde lo alto, sino que es un Padre, un Padre enamorado que se involucra en nuestra historia; no es un dios que se complace en la muerte del pecador, sino un Padre preocupado de que nadie se pierda; no es un dios que condena, sino un Padre que nos salva con su abrazo amoroso” (Francisco, 14-III-2021). Dios te ama y te impulsa a amar; no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre a la fraternidad, especialmente con los que sufren.
Es verdad que las relaciones directas con otras personas comprometen mucho más que un diálogo virtual, pero el tú a tú propicia una comunicación más profunda y satisfactoria. Es cierto que el encuentro con un Dios personal, tal como es revelado por Jesús, compromete mucho más que el contacto con una energía, pero sólo el amor de Dios, más fuerte que la muerte, puede llenarnos el corazón y salvarnos de la soledad, del miedo, del egoísmo, de la desesperanza.
Dios te ama. Acoge, vive y comparte esta Buena Noticia. Recibe un saludo muy cordial, en el Señor.
domingo, 30 de enero de 2022
Dolor, Compromiso y Esperanza
La pandemia ha trastocado la vida de personas, familias, empresas, pequeños negocios e instituciones. En estos meses, hemos visto las dificultades y el sufrimiento de mucha gente, más o menos cercana, pero no sabíamos hasta qué punto está golpeando esta crisis. La semana pasada, Cáritas ofreció datos concretos, que nos permiten conocer mejor la situación y, por tanto, nos pueden ayudar a plantear compromisos más eficaces.
Algunas cifras encogen el corazón. En España, la precariedad laboral alcanza a casi 2 millones de hogares; 600.000 familias no tienen ningún tipo de ingreso periódico que permita una cierta estabilidad; 1,8 millones de hogares no tienen acceso real a internet, particularmente necesario en este tiempo, para poder trabajar, estudiar o tramitar prestaciones sanitarias y de todo tipo; la exclusión social ha crecido más del doble en los hogares cuya sustentadora principal es una mujer; la diferencia entre la población con más y menos ingresos ha aumentado más de un 25%; 2,7 millones de jóvenes, entre 16 y 34 años, están afectados por procesos de exclusión social intensa; tres de cada diez familias se han visto obligadas a reducir los gastos habituales en alimentación, ropa y calzado; la exclusión social en hogares con población inmigrante es casi tres veces mayor que en los españoles…
Cáritas Teruel y Albarracín, por su parte, nos informa de la realidad más cercana: ha crecido el número de personas en situación irregular, que no pueden acceder a un trabajo normalizado; han aumentado las demandas de ayuda para alimentación, alquiler y suministros, empleo y formación; algunas familias no pueden cubrir sus necesidades básicas, por el aumento de precios y porque solo uno de los miembros trabaja, precaria o temporalmente.
Fiel a su estilo, Cáritas no se contenta con señalar y cuantificar los problemas sociales de nuestro mundo, sino que ofrece propuestas a los gobiernos y a las instituciones (cf. último Informe Foessa). Asimismo, Cáritas recuerda a la ciudadanía que todos podemos colaborar, de modo que el compromiso de muchos alivie la situación de las familias y personas más vulnerables y genere esperanza en el futuro. Podríamos plantearnos ser voluntarios de organizaciones sociales y contribuir económicamente. Además, la campaña “Seamos más pueblo” nos ofrece pistas de actuación factibles y eficaces: a) Cambia tu estilo de vida: cultiva la cercanía y la disponibilidad, hazte vecino y vecina; b) Cambia tu mirada: párate a conocer la realidad, escucha sin juzgar y habla con ternura y amabilidad; c) Cambia tu tiempo: agradece, bendice, disfruta de la naturaleza, comparte tu alegría, acompaña el dolor y la tristeza; d) No pases de largo: seguir a Jesús implica tomar partido, revisa lo que dices, lo que piensas y lo que haces, para ser más coherente.
Con la esperanza de que el dolor de tantos encienda el compromiso de muchos y crezca, con mayor fuerza, la fraternidad y la esperanza, os saludo muy cordialmente en el Señor.
domingo, 23 de enero de 2022
Potenciar lo que nos une
Me contaron el caso de dos hermanos gemelos que, al llegar la adolescencia, se esforzaban en demostrar que no se parecían en nada. Algo similar nos sucede a veces a todos. El deseo de afirmarnos y de ser nosotros mismos nos puede llevar a fijarnos y a valorar mucho más lo poco que nos separa que lo mucho que nos une, en la familia, el trabajo, la sociedad, la relación con otras confesiones y religiones, etc.
En esta semana de oración por la unidad de los cristianos, estamos llamados a descubrir y potenciar lo mucho que nos une con otras iglesias y confesiones, siguiendo el camino marcado por el Concilio Vaticano II: “Es necesario que los católicos, con gozo, reconozcan y aprecien en su valor los tesoros verdaderamente cristianos que, procedentes del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las virtudes en la vida de quienes dan testimonio de Cristo y, a veces, hasta el derramamiento de su sangre, porque Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras. Ni hay que olvidar que todo lo que obra el Espíritu Santo en los corazones de los hermanos separados puede conducir también a nuestra edificación” (Decreto Unitatis Redintegratio 4).
Esta valoración positiva de quienes invocan al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y salvador, aunque no estén en plena comunión con la Iglesia católica, crece con la oración por la unidad y en la colaboración con ellos, en proyectos de solidaridad y de interés común. Nada mejor que rezar y trabajar juntos, para que nos conozcamos más, nos valoremos mejor y avancemos hacia la unidad querida por el Señor, «para que el mundo crea» (Jn 17,21).
Podemos extender este ejercicio de descubrir y valorar más lo que nos une que lo que nos separa en la relación con los judíos, “el pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia se dignó establecer la Antigua Alianza”, y con los musulmanes, “que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y honran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno” (Decreto Nostra Aetate 3 y 4).
Asimismo, podríamos ejercitar esta actitud con todas las personas, cualquiera que sea su credo o su ideología; pues más allá de tantas diferencias, todos los seres humanos sufrimos y experimentamos múltiples limitaciones, nos sentimos ilimitados en nuestros deseos y llamados a una vida más plena y fraterna (cf. Constitución Gaudium et Spes 10).
Con la esperanza de que, a pesar de nuestras peculiaridades, sepamos valorar y promover lo mucho que nos une, os saludo muy cordialmente en el Señor.
domingo, 16 de enero de 2022
Para avanzar juntos
Caminar y avanzar juntos ha sido norma y práctica de la Iglesia desde sus orígenes. La sinodalidad no es algo que ahora está de moda porque el Papa insiste en ella, sino porque “expresa la naturaleza de la Iglesia, su forma, su estilo, su misión” (Francisco, 18/IX/2021). Bien es verdad que no siempre ni en todos los ámbitos se ha vivido con la deseable intensidad, pero también hemos de reconocer que el momento actual es un tiempo de gracia para crecer en este camino.
Con el fin de avanzar juntos, hemos de abrirnos humilde y confiadamente a los demás, cultivando lo que San Juan Pablo II llamó espiritualidad de comunión. Esta espiritualidad parte de “una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad, que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos… Espiritualidad de comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades… Espiritualidad de comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios” (NMI 43).
Cultivar esta espiritualidad es imprescindible para avanzar juntos, pero también es necesaria una organización adecuada, que facilite la participación de todos los bautizados. “Todos fuimos bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo” (1 Co 12,13); por eso, “todos estamos llamados a participar en la vida y misión de la Iglesia. Si falta una participación real de todo el Pueblo de Dios, los discursos sobre la comunión corren el riesgo de permanecer como intenciones piadosas” (Francisco, 9/X/2021). En efecto, tan ineficaz resulta una espiritualidad de comunión que no cuaje en estructuras de participación, como peligrosas son las estructuras que, al no estar animadas por el Espíritu, corren el riesgo de producir nuevas formas de manipulación y dominio.
Profundicemos en este camino de comunión y participación, en el que se viene trabajando desde hace tantos años en nuestra Iglesia diocesana de Teruel y Albarracín. El mes pasado se constituyeron el Consejo Presbiteral y el Colegio de Consultores. Hoy domingo comienza su andadura el nuevo Consejo Diocesano de Pastoral, con la participación de mujeres y hombres, laicos, religiosos y sacerdotes, de todos los arciprestazgos. Muchas parroquias tienen sus consejos de pastoral y de asuntos económicos; otras los están promoviendo. En algunas comunidades más pequeñas sólo es posible convocar a todos los feligreses, dos o tres veces al año, para informarles de la economía y darles la oportunidad de que ofrezcan sus ideas. Los modos de participación son muchos y variados, seamos creativos para favorecer, con realismo y verdad, la participación de todos los bautizados. Os saludo muy cordialmente en el Señor.
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